Las reglas del dinero

I

Somos tan lerdos que dejamos el origen del dinero fuera del centro del debate. Hablamos de política, discutimos ideologías y nos labramos un criterio. Y vemos con nuestros propios ojos que no tiene mucha importancia quien gobierne, pues los que acumulan el dinero en los países occidentales (las altas finanzas, la banca y las grandes corporaciones internacionales) son quienes, al fin y al cabo, determinan nuestras leyes. Nos dicen: «El dinero lo tenemos nosotros. Si queréis que lo llevemos a vuestro país para crear empresas y empleo, tenéis que competir entre vosotros para ver quién nos ofrece mejores condiciones». Es un chantaje, pero accedemos a entrar en ese juego: todos los países competimos para ver quién hace mejor la cama a los propietarios del capital. Competimos para satisfacer sus sueños, para ver quién les ofrece plena libertad para especular y máxima protección al especulador, menos impuestos a los ricos y libertad para que el dinero se mueva entre paraísos fiscales ocultando la identidad del propietario. Y liberalizamos los servicios públicos (como educación, sanidad y pensiones) para que ellos puedan hacer negocio fácilmente con nuestras cosas vitales. Quieren ser ricos y libres, pero sienten que aún les falta algo y nos piden que nos bajemos los salarios, que sean más precarios y flexibles, que los contengamos, que desaparezcan las pensiones públicas, que no gastemos tanto en sanidad…

Lo que piden nos hace miserables y nos empobrece, pero dependemos de ellos porque necesitamos su dinero. Si no hacemos lo que quieren, se lo llevarán a otros países que sepan cumplir sus exigencias. Y nos dicen: «Ahí tenéis la prueba. Los países que aplican las recetas liberales atraen inversiones que crean empresas y empleo. Son el modelo a seguir, el mundo libre y no hay alternativa posible». Las universidades más prestigiosas lo ven claro y acogen a los hijos de la élite para enseñarles el modelo liberal, para que también triunfen y se hagan ricos, para que mañana dirijan las finanzas, los fondos de inversión y las empresas especulativas que también someterán a nuestros hijos. La rueda no debe detenerse. La Iglesia también lo tiene claro –siempre les ha gustado estar en lado que más dinero hay– y defienden el liberalismo económico en prime time desde sus canales de televisión y radio.

El liberalismo –la ideología del propietario del capital y del especulador– se ha impuesto en el siglo XXI. Todo gira sobre los pocos que acumulan el dinero. Su poder sobrepasa al de cualquier Estado. Mientras tengan el dinero y puedan someternos a chantaje, dará igual la movilización social y dará igual qué político accede al gobierno: cambiarán las formas y los detalles, pero los fundamentos del capitalismo se mantendrán. Sin embargo, a pesar de todo esto, a pesar de que el origen del dinero es el asunto crucial, seguimos concentrados en lidiar con la ultraderecha y en hablar de república (y no debemos detenerlo), pero somos tan lerdos que no dejamos ni un pequeño hueco para discutir qué es el dinero, quién lo crea y quién decide. Debería ser tema común de debate, pero no lo es. Nos hacen chantaje fácilmente porque no nos enteramos de nada. Nos llueven piedras y no sabemos de dónde vienen.

Tú no escribes las reglas del dinero. No las conoces. No te las planteas. Nuestros representantes políticos tampoco escriben las reglas del dinero. Ni siquiera las debaten. Sin embargo, alguien se encarga de escribir esas reglas y modificarlas a su gusto, al margen del resto del mundo y sin que nadie importune. Los grandes medios de comunicación omiten el tema: al igual que el trilero se encarga de distraer tu atención para que no sepas dónde se oculta la bolita, los del templo sagrado se encargan de que nadie hable sobre la creación de dinero; y si de algo no se habla, entonces no existe. El capital tiene buenos motivos para que siga siendo así. ¿Entonces, para qué está el Parlamento? Lo primero que hicieron nuestros representantes fue arrancar de nuestra soberanía la capacidad de decisión sobre las reglas del dinero para entregársela a la banca. Así que el debate sobre el dinero existe, pero no en el Parlamento, sino en un nivel superior. Todas las reglas que determinan «cómo se crea y reparte el dinero nuevo» las escribe, las discute y las ejecuta la cúpula bancaria desde las oficinas más altas de los edificios más lujosos. Ni nosotros tenemos acceso a esos despachos ni lo tienen nuestros representantes: no pintamos nada en la discusión sobre esas reglas. Lo segundo que hicieron nuestros representantes fue arrancar de nuestra soberanía los grandes medios de comunicación para entregárselos también a la élite. Ahora son de su propiedad. Y así han quedado asentados definitivamente los pilares de nuestras democracias capitalistas: ¡somos libres y soberanos! Seguro, pero solo después de que nos hayan birlado lo más importante, solo después de que nuestros representantes hayan dejado «atado y bien atado» en manos de la élite el elemento material más importante (la capacidad para decidir las reglas del dinero) y el elemento más importante para la difusión y debate de las ideas (los grandes medios de comunicación). Mientras no golpees ahí, que es donde más les duele, mientras no toques sus juguetes preferidos, no verás a la bestia moverse. Les da igual república o monarquía, la bandera nacional que ondee, tus reivindicaciones sociales y tu lucha obrera. Brindan con champán y se ríen de nosotros: «¡El rebaño no entiende el dinero, qué fácil es hacerle chantaje!» Son pocos, pero hemos consentido que los políticos les entreguen la creación del dinero y la propiedad de los grandes medios: ahora el mundo les pertenece y tienen el planeta globalizado con su ideología liberal.

Las bases de las reglas del dinero son tan sencillas que los niños las entenderían a la primera si se las explicáramos. Pero no lo hacemos. No les explicamos nada. Desde que dejamos de vivir en pequeños grupos y empezamos a vivir en grandes sociedades, siempre han surgido élites que han explotado a la masa social. Si esto no ha cambiado, ¿por qué no enseñamos a los niños a comunicarse y a cooperar entre ellos para que se hagan respetar como colectivo y sean capaces de defenderse del abuso de esas élites? No les enseñamos que los humanos –los antiguos y los de hoy– no solo somos sapiens, sino también credulus, porque somos especialistas en crear infinidad de culturas basadas en todo tipo de creencias y falacias. No les explicamos que, durante miles de años y hasta hace bien poco, la élite ha utilizado una mano para quedarse con toda la riqueza de la época (la tierra) y la otra mano para retener el foco emisor de las ideas (la cúpula sacerdotal): la riqueza quedaba justificada y la masa social culturizada al gusto de la élite. No les enseñamos que aún mantenemos los mismos patrones de conducta y que la élite de hoy continúa utilizando una mano para quedarse con toda la riqueza (el dinero) y la otra para quedarse con el principal foco emisor de las ideas (los grandes medios de comunicación). Resultado: nuestra cultura justifica y legaliza los abusos de la élite, la ideología capitalista.

Si les enseñáramos a desarrollar su tendencia natural a cooperar entre ellos para defenderse de minorías abusivas, los niños disfrutarían, porque lo llevan dentro. Pero somos tan lerdos que les enseñamos lo contrario. Sabemos que la élite está ahí, pero dejamos que en el colegio eduquen a nuestros hijos como si esta no existiera, como si no fuera capaz de quedarse con toda la riqueza, ni capaz de difundir sus falacias que justifican y glorifican su acumulación de riqueza ni capaz de chantajear a nuestros hijos cuando sean adultos. Como en el cuento de El rey desnudo, en el colegio les enseñan a «ver un traje que no existe», les enseñan a decir que esto es democracia y libertad y a creer que los grandes medios de comunicación representan la mismísima libertad de expresión. Aprenden a ser individualistas, a romper la fuerza del grupo y a asumir sin cuestionarse unas reglas que nadie sabe quién las hizo ni de dónde vinieron (¿cuáles son las reglas del dinero, quién las ha escrito, por qué no están en el debate?) Y así los enviamos al matadero, a sufrir el mismo chantaje al que estamos sometidos, los destinamos a asumir el paro, a tener salarios precarios y a que suden sangre para acceder a una vivienda.

Está muy bien que hables de lucha de clases y república, pero ¿qué tal si empezamos a hablar también de las reglas del dinero y dejas de apartarlas como si no fueran contigo? Ten cuidado, porque son tan sencillas que es posible que no te creas que el engaño que sufrimos por parte del capitalismo pueda ser tan grande. El rey camina desnudo. No me refiero al Borbón, sino a su verdadera majestad, la realeza bancaria. Te recomiendo que, por un momento, dejes a un lado tu ego sapiens y te reconozcas como un credulus más, en comunión con nuestros antepasados y con el resto de la humanidad. Vivimos inmersos en una cultura llena de creencias. Siempre ha sido así. Está en nuestra naturaleza. El dinero actual es una ficción, la mentira más grande de toda la historia. No es malo que sea una ficción o una abstracción (todas las leyes lo son), ya que podríamos alcanzar grandes logros utilizando el dinero ficticio a nuestro favor. Lo malo es que ignoramos que se trata de una ficción, y dejamos que una minoría la utilice para hacernos daño, para beneficiarse a sí misma y ocupar la cima social. Creemos que son poderosos y que dependemos de su dinero, cuando en realidad están desnudos y no tienen más que humo en sus manos. Tu fe en la gran mentira, en que el dinero actual es algo valioso y escaso que proviene del ahorro, del beneficio de los empresarios y del trabajo –sin que sepas cómo se hace en realidad ni quien lo crea, lo parte y lo reparte– es lo que mantiene vivo el chantaje y el dominio de unos pocos. El capitalismo, la última cultura construida sobre el abuso, se desmoronará cuando tumbemos su columna vertebral, cuando destapemos la mentira de su dinero y dejemos de creer en él y depender de él.

II

Imagina. Te llamas «Jo qué lista», eres pobre y vives en una gran ciudad donde no existe nada fuera de la frontera. Un día desaparece todo el dinero. Y les dices a todos: «No os preocupéis, que esto lo arreglo yo ahora mismo». Y te pones a dibujar infinidad de papeles donde escribes «Vale por 1 €», «Vale por 10 €», «Vale por 20 €»… Y dices: «Ya he hecho dinero, pero no os lo doy: os lo presto». La gente necesita el dinero y acuden a ti. Nadie se plantea una alternativa distinta. Prestas solo a gente que confías que te devolverá el dinero con intereses, como los que tienen buenos negocios o casas que embargar. Los que reciben dinero prestado lo gastan inmediatamente (pagan salarios, compran cosas) y el dinero se pone a circular por toda la ciudad de mano en mano. En total has prestado mil millones. Ese es todo el dinero que circula en la ciudad. La ciudad tiene una deuda contigo de mil millones, más los intereses. Es decir, la deuda es más grande que todo el dinero en circulación. La economía crece, la ciudad se amplía y cada vez necesita más dinero, por lo que cada vez dibujas y prestas más papeles. Ganas tanto que te has convertido en la más rica de toda la ciudad. Pero algo te fastidia: ¡la presión social quiere que pagues más impuestos! ¿Cómo lo arreglas? (no puedes dibujar dinero para ti, solo lo prestas).

Luces con orgullo tu nombre y pones en marcha 3 ideas magníficas. La primera, te compras todos los medios de comunicación para ti sola. Vas a ver qué bien hablan de ti los periodistas y cómo elogian tu sabiduría empresarial. Asciendes al más pelota y despides al que te incomoda. Segunda idea, aportas dinero a un par de partidos políticos y además les ofreces excelente cobertura mediática para que se peleen entre ellos y siempre sea uno u otro el que gane las elecciones; a cambio, redactarán leyes protegiendo tus negocios. Tercera idea, en el barrio más lujoso fundas un pequeño distrito, al que llamas Libertad. Será el centro financiero, pero estará fuera de la jurisdicción de la ciudad, con impuestos, leyes, policía y jueces propios (algo parecido a La City en el centro de Londres o a cualquier otro paraíso fiscal). No te ha sido difícil fundar este distrito: los medios elogian Libertad y los dos partidos que se alternan en el poder han redacto encantados la ley que lo ha hecho posible. Ahora duermes tranquila: en Libertad nadie puede impedir que ganes más dinero con la especulación financiera que prestando a empresas que generan empleo y nadie te puede obligar a pagar impuestos. Acumulas la riqueza y te sientes libre de la presión social. Pero lo mejor de todo es que ahora eres tú quien manda: si la gente no acepta tus condiciones, dejas de prestarles y te llevas tu dinero a Libertad; los dejas secos, endeudados, desahuciados, sin empresas y sin empleo.

Volvamos a la realidad. ¿Te parece increíble que en el siglo V a. C. se tomaran en serio a los dioses del Olimpo? ¿Y que en la Edad Media se tomaran en serio a una familia real que decía haber sido elegida por dios para poseer la tierra y gobernarnos a todos? ¿Y qué te parece que en la ficción anterior creyeran en los papeles dibujados de «Jo qué lista» y se sometieran a ella? Pues esto último es exactamente lo que hacemos nosotros: nos sometemos ante una banca que piensa igual que «Jo qué lista» y utiliza sus mismos trucos. Los del futuro se reirán, pero en el siglo XXI nos lo tomamos muy en serio: estamos de rodillas ante una corporación privada que hace dinero de la nada.

Hablemos de los papeles dibujados. Los billetes representan menos del 10% del dinero existente. Están en desuso porque pagamos casi todo con tarjeta, el móvil o el ordenador, y su adiós definitivo llegará pronto, cuando también paguemos las cañas y el pan con algún dispositivo electrónico. El dinero no es más que bits en el sistema informático de la banca y todos los días se mueven miles y miles de millones de dólares y euros de una parte a otra del planeta por gente sentada en una silla. Les basta con tocar las teclas de un ordenador y, en una fracción de segundo, los propietarios de ese dinero lo colocan en la parte del planeta que les ofrezcan mejores condiciones, sea un paraíso fiscal, como Andorra o Islas Caimán, sea un pueblo de Cuenca. El dinero son bits, se transportan al instante… y se crean al instante. ¿Quieres verlo? Acércate a la sucursal bancaria más cercana y pide 20.000 €. La banca realiza el mismo truco que «Jo qué lista». Si confían en tu capacidad para devolverlo y tienes un piso que te puedan embargar en caso de que falles, saldrás en unos minutos con ese dinero digital disponible en tu tarjeta y en tu cuenta corriente. Para darte ese dinero, el banco solo necesita confiar en ti. No necesita tener ni un solo céntimo almacenado. No usa dinero previamente existente, no usa su propio dinero, no usa los ahorros de los demás. No necesita oro. Teclean la cifra y ya está: te vas con dinero completamente nuevo, recién creado expresamente para ti. Y también te vas con una deuda recién creada expresamente para ti, con tu nombre grabado a fuego. Si quieres billetes, tienes el cajero para pequeñas cantidades, y si te pones cabezota y exiges todo el dinero en papel, el banco te dirá que esperes un par de días porque no dispone de él y tiene que pedirlo al banco central. Y esta es la manera principal de crear dinero. A medida que gastas ese dinero, se pone en circulación y pasa de mano en mano. Todo el dinero que está en circulación surge de la nada y tiene su origen, en su mayor parte, en el dinero que a lo largo de los años han pedido prestado –y gastado– los Estados, las empresas y los particulares. Si nadie pidiera préstamos, no habría dinero en circulación. El dinero en circulación es, en su mayor parte, deuda de la sociedad con la banca.

Nos dicen que la creación de dinero no puede estar en nuestras manos porque lo haríamos técnicamente mal, cometeríamos excesos y crearíamos una gran inflación. Nos dicen que ellos son los listos y que saben manejar esto sin crear inflación y que es necesario ponernos en sus manos, por nuestro propio bien. ¿En realidad lo hacen bien? Tienen el poder de los dioses. ¿Han creado un mundo a favor de la gente, donde hay empleo y vivienda para todos, donde el progreso, la cultura, la ciencia, la medicina y la tecnología son accesibles para todos? ¿O han construido un mundo a la medida del acumulador de capital, del especulador y del prestamista para que puedan quedarse con toda la riqueza? Tú sabes la respuesta. Escandalosamente obvia.

¿Por qué les tenemos miedo y respeto? Son tan farsantes como el protagonista de El mago de Oz, un comediante de caseta de feria que solo sabe hacer trucos visuales. Retira la cortina y verás sentados a los tramposos más grandes de la historia –nuestros encargados de crear dinero– aplicando su técnica chapucera. Cuando la economía «va bien», entramos en un círculo vicioso: la banca se hincha a prestar dinero surgido de la nada, con ese dinero nuevo se crean aún más empresas y empleo, pero también crece la deuda (incluida la deuda hipotecaria y el precio de la vivienda). Hasta que ocurre algún evento (p.ej., una guerra donde hay petróleo, un banco grande como Lehman Brothers que cae víctima de sus propias estafas) y el frágil equilibrio del «globo infinito de deuda que crece y crece mientras la gente siga pagando» se rompe: alguien importante deja de pagar sus deudas. Y la banca, por miedo a perder dinero, deja de prestar y cierra el grifo del dinero fácil. Entonces se inicia el proceso inverso. Sin nuevas entradas de dinero prestado, la gente deja de comprarse cosas y casas, y las empresas y las constructoras dejan de vender, caen en impagos por sus deudas anteriores y cierran, y despiden a trabajadores que, a su vez, también harán impagos de sus deudas, sufrirán desahucios y comprarán aún menos cosas y casas. Las fichas del dominó caen una tras otra. La catástrofe es imparable porque la banca, nuestra buena suministradora de dinero, cierra la ventanilla y sale corriendo, con los bolsillos llenos, cuando se destapa el problema. Todas las épocas de crecimiento económico van necesariamente vinculadas a un gran crecimiento del dinero en circulación en forma de deuda, por lo que necesariamente van seguidas de una gran crisis y desempleo. A ellos les va bien así porque la deuda los hace ricos y se quedan con todo, pero a nosotros nos destruye.

¿Cómo se sale de estas crisis? La farsa tras la cortina continúa. Cuando la banca cierra la ventanilla y sale corriendo, aparece el banco central tratando de poner algún parche y pulsa las teclas del ordenador para crear cantidades ingentes de dinero. ¿A quién se lo entrega? A quien decida. ¿Regala ese dinero o endeuda a quien se lo entrega? Puede hacer un poco de cada, es su decisión. Ni nosotros ni nuestros representantes tomamos parte en estas decisiones. Fíjate en todo el bien o el mal que se puede hacer con el poder divino de crear dinero de la nada. Ellos lo hacen mal: utilizan ese poder en su propio beneficio para tenernos de rodillas. Tú también lo harás mal si creas demasiado: provocarás una hiperinflación y la gente tendrá que llevar el dinero en carretillas para intentar comprar una barra de pan (o lo que sea) que nadie querrá fabricar porque el dinero que se obtiene a cambio carece de valor (y eso son despidos masivos). Sin embargo, si lo haces bien, crearás empleo para todos. Mira este ejemplo. Tras la Segunda Guerra Mundial, Alemania estaba arrasada, sus billetes no valían nada, no tenían oro ni fábricas. El capitalismo tenía enfrente a un nuevo enemigo con el que competir, la URSS, así que tomó la decisión de imprimir millones de billetes para reconstruir Alemania y Europa. Lo único que quedaba en pie en Alemania era gente con ganas de trabajar, pero les fue bien.

La decisión que tomó el capitalismo fue muy diferente tras la gran recesión de 2008. Desde los años 90 se había producido gran crecimiento de la economía y del dinero en circulación en forma de deuda, hasta que esa deuda gigantesca nos estalló en la cara y se inició la mayor recesión jamás conocida. En España, la masa social puso en marcha el Movimiento 15M, pero no afectó a la farsa de la creación de dinero (ni a la propiedad de los medios). En la banca se sintieron tan seguros que pensaron que no había ningún peligro real de revolución que amenazara seriamente al sistema. Había que salvar a la gente del desastre. Pero no lo hicieron. Crearon miles de millones de euros solo para salvarse a sí mismos, a su poder para retener la máquina de crear dinero, al sistema especulativo, a los mismos que habían causado el desastre. Si hubiera existido ese peligro (o un peligro comunista, como el de la URSS, ya extinta), habrían tardado medio segundo en crear dinero al servicio de la gente. Todo el dinero que crearon de la nada y se entregaron a sí mismos (el rescate de la banca), lo cargaron en nuestra cuenta y nos lo hicieron pagar ¡Lo convirtieron en nuestra deuda! Era ilegal, así que el PP y el PSOE, muy serviciales, corrieron a modificar la Constitución (art. 135, septiembre 2011) para que pagáramos esa deuda con prioridad absoluta y sin rechistar. Aún sufrimos las consecuencias, con recortes en pensiones, colegios, sanidad, investigación… Nuestro buen suministrador de dinero nos ha dejado tiesos: el Estado está endeudado con la banca y no puede gastar en lo que sí nos interesa; las empresas perdieron el acceso a préstamos durante años porque la banca cerró la ventanilla y el desempleo nos acosa como la peste negra. ¿Podemos tener un suministrador de dinero más cutre? Claro que sí. Esto va mucho más allá. La banca piensa y actúa igual que «Jo qué lista». No les basta con el poder de crear dinero. Se sienten agobiados por la presión social que los fuerza a pagar impuestos y hace tiempo que pusieron en marcha las 3 magníficas ideas que definitivamente nos han dejado con el encefalograma plano: se han quedado los grandes medios de comunicación; respaldan a nuestros representantes políticos con dinero y apoyo mediático para que estos redacten leyes a su favor, y han creado un entramado de paraísos fiscales fuera de nuestra jurisdicción, donde escapan de la presión social y donde el negocio consiste en especular y no pagar impuestos.

Con la pandemia covid, el banco central tiene que rescatar de nuevo al sistema y ya ha empezado a pulsar las teclas para crear de la nada miles de millones de euros. En la Unión Europea van a entregar el dinero directamente a los gobiernos de cada país (los Fondos de recuperación) para que cada uno decida cómo gastarlo (siempre que mantenga las condiciones neoliberales). No sabemos qué parte incrementará nuestra deuda y qué parte será un regalo, pero lo que es seguro es que, cuando pasen los efectos de la pandemia, todo volverá a ser como antes.

La humanidad lleva más de 5.000 años esperándonos. Las masas sociales nunca han tenido tantas oportunidades como ahora para vencer a la élite. Nunca lo hemos tenido tan fácil. ¿A qué esperamos? ¿Reclamamos ya lo que debe ser nuestro, la soberanía sobre el dinero y sobre los grandes medios de comunicación, o delegamos este asunto crucial en alguna generación venidera? Disponemos de lo necesario (los conocimientos, el saber hacer, las ganas, la gente, la mano de obra, los médicos, los profesores, los ingenieros, las fábricas, las materias primas y la tecnología) para tener empleo hasta cansarnos y dotarnos de vivienda, educación, medicina y alimentos. Y podemos hacerlo de manera limpia, integrada en el medio ambiente. No necesitamos hacer negocios basados en la especulación o que contaminen o exploten a la gente. Somos mil izquierdas y nos falta ponernos de acuerdo en un objetivo común que proporcione esperanza a la gente. Nos despistamos al poner toda nuestra atención en lidiar con la ultraderecha, en el Borbón que nos dejó Franco en la taza antes de marcharse, en el Ibex35, en los empresarios depredadores, los antidisturbios, los políticos corruptos, la lucha obrera y la república. Todo ese activismo es imprescindible y no debe detenerse. Pero mientras sean ellos quienes creen el dinero de la nada y sean capaces de llevárselo y dejarnos sin pan y sin empleo, y mientras sean suyos los grandes medios de comunicación para asustar a la población y ocultar la verdad, seguiremos siendo bebés indefensos en sus brazos: lloraremos y patalearemos, y nos pondrán un chupete –aceptarán subirnos el salario mínimo, detener cuatro desahucios, darnos más vivienda social y mejorar las prestaciones sociales– para que nos calmemos y se alivie nuestra rabia, pero seguiremos a su merced, inmersos en esta maldita cultura que todavía legaliza el abuso.

Manuel Nb

Este texto comprende la tercera y cuarta parte del artículo «Los pilares del capitalismo», basado en el libro Homo sapiens credulus, del mismo autor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *