La industria del sexo, los migrantes y la familia europea

Laura María Agustín es una antropóloga que estudia -entre otras cuestiones- la migración indocumentada, los mercados laborales informales, y la industria del sexo. Cuenta con un amplio conocimiento de estos temas, así como una dilatada trayectoria investigadora. Publicamos un extracto de un texto más largo, que es accesible, así como otros trabajos de la autora en diversos idiomas en: https://www.lauraagustin.com

Este artículo demuestra cómo el uso de categorías como prostitución, turismo sexual y «tráfico», por parte de representantes de gobiernos, proyectos sociales y académicos, borra la diversidad entre las situaciones e impulsos de la gente que viaja, participa en redes que facilitan los viajes y vive del comercio sexual. Así se reproducen discursos estigmatizantes y controladores que justifican intervenciones de los que quieren «ayudar» pero que entienden muy poco de lo que pasa sobre el terreno. Estos discursos también esquivan la colaboración de los europeos en la problemática de la migración: turistas que quieren disfrutar de sus vacaciones, que pueden formar vínculos afectivos con «nativos» y que cada vez más quieren pagar a gente de fuera por servicios domésticos, de cuidado y sexuales en Europa.

Introducción

Entre los temas relativos a la «prostitución», usualmente se abordan los más melodramáticos: la pobreza del «tercer mundo», el «tráfico» de seres humanos, la violencia, la esclavitud, las enfermedades, la estigmatización, la marginación, la injusticia y el sufrimiento. No planteo ninguno de éstos en este ensayo.

Tampoco intento explicar por qué existe la «prostitución», ni definirla ni juzgarla; y sobre todo no pretendo entrar en la polémica de si algún ser humano puede «elegir» el ejercerla. Mi trabajo a largo plazo es uno de deconstrucción, y lo principal que deconstruyo es un concepto, la «prostitución», inventado hace sólo dos siglos, sobre cuyo sentido ni los estudios ni los agentes sociales nunca han podido llegar a un acuerdo. Se supone que engloba tantas actividades que al final es mejor prescindir de la palabra. De todas maneras, no pienso en la industria del sexo sólo en términos de los trabajadores; en cambio, ya que la mirada obsesiva siempre se ha dirigido hacia ellos (o mejor dicho, ellas) prefiero señalar otros asuntos, sobre todo la existencia y la naturaleza de un mercado sexual.

Mientras la mayoría de los trabajadores sexuales es femenina, cada vez los que estamos en los ambientes conocemos más hombres, transexuales y transgenéricos. Sus servicios pueden tener un carácter homosexual, heterosexual o alguna posición intermedia. Los servicios sexuales son demandados también por las mujeres y personas trans, y no sólo por los hombres; también son demandados por los trabajadores sexuales. En una industria que se caracteriza por sus ambigüedades, es conveniente no perpetuar el supuesto clásico de mujer-sexoservidora/hombre-cliente.

Los trópicos: sitios de vacaciones y de salidas

Muchos habitantes de las lindas playas y los cascos históricos conocen a los turistas durante sus vacaciones, cuando todos parecen sofisticados y abiertos a posibilidades afectivas y sexuales. Los visitantes se enamoran, se relacionan y hacen planes para el futuro; muchos invitan a sus nuevas amistades a Europa.

Se dan casos de turistas que se convierten en facilitadores de viajes y hacen buen negocio con ello. Todo parece llevar a viajes al exterior.

Sin embargo, en Europa estos migrantes encuentran que, a pesar de las oportunidades laborales abundantes, ellos mismos son despreciados, lamentados, acosados y ninguneados, a veces más que en sus propios países. Se preguntan: ¿Por qué los europeos les facilitan viajes para luego satanizarles, cazarles y deportarles? ¿Por qué los que quieren ayudarles ofrecen preservativos en vez de lo que realmente importa: consejos sobre cómo convertirse en «legal»? ¿No se decía que Europa era más progresista que el «tercer mundo»?

Yo vivía cerca de la zona colonial de Santo Domingo, con sus tiendas de artesanía y sus restaurantes para turistas. Siempre andaban muchas parejas compuestas de una persona blanca y una morena, y muchas veces pensé lo mismo: que los que ven en esta relación solamente la explotación por parte de un hombre rico a una mujer pobre no captan todo el cuadro. A menudo observaba a una mujer fuerte que guiaba y dirigía a un hombre, que le explicaba y le traducía su cultura, que le pedía su comida y aseguraba que no le robaran. Era normal ver a turistas con caras de angustia, cansancio o inseguridad y a nativas cuyos rostros lu­cían confianza, placer o aburrimiento. No toda pareja se veía igual, pero muchas rompían el estereotipo de un hombre blanco que domina a una mujer negra. También se veían cada vez más parejas en las que era la mujer la turista y el hombre el nativo, así como parejas de dos hombres, de dos mujeres y de colores mixtos. El ambiente comenzaba a estar en todos lados a todas horas1.

En varios puntos de Dominicana algunas personas se presentan como compradores de viajes. Quieren que ciertos vendedores se les acerquen para hacerles ofertas; sin embargo, esta situación se está denominando «tráfico de personas» en la comunidad internacional. Allí conocí a Lucía, que bailaba en un bar; me contó en detalle las propuestas que había recibido hasta la fecha. Había rechazado todas ellas porque exigía condiciones específicas. Por ejemplo, le habían ofrecido un «paquete» completo a buen precio, pero para Suiza y no para Francia, que era su destino preferido; otro le habría llevado a París, pero por un precio demasiado elevado. Desde el punto de vista de Lucía, nadie le estaba traficando; al contrario, ella estaba utilizando agentes de viajes, sólo que no podía recurrir a las agencias «normales». Se consideraba una consumidora inteligente, y hay muchas personas como ella.

Los paquetes pueden incluir varios de, o todos los elementos siguientes: pasaporte con la identidad verdadera del viajero o con una identidad falsa; contrato para trabajar en un negocio específico en el extranjero; permiso de trabajo en el país de destino; visado para ese país basado en los elementos anteriores; billete de avión; cantidad adecuada para enseñar a oficiales de la inmigración en el país de entrada; ropa apropiada o consejos para vestirse correctamente; asesoramiento sobre cómo se debe contestar a las preguntas de los oficiales, sobre todo si se va a presentar como turista (enterarse, por ejemplo, cuáles son los monumentos principales, dónde está la costa o la capital, etc.)

En mi trabajo en una ONG de Santo Domingo escribía propuestas; una de las cuales se dirigía a personas que querían viajar a Europa. Era un trabajo delicado, el de redactar una propuesta realista, por ejemplo, incluyendo la información de que la embajada holandesa (al igual que la suiza, la española y las demás) aprobaba todos los días solicitudes de visados para bailarinas y artistas. Los agentes (buscones, coyotes, prestamistas) que habían vendido sus paquetes a viajeros potenciales a menudo entregaban a las embajadas el papeleo de numerosas personas a la vez, lo cual quiere decir que los funcionarios sabían perfectamente de qué se trataba. Lo que queríamos explicar a los viajeros potenciales era su responsabilidad de revisar bien los contenidos de los paquetes y de no confiarse por la simple presencia de un visado oficial. Pero se decidió que no podíamos meter en la propuesta una advertencia sobre la complicidad de las embajadas. Al final la propuesta de educación para viajeros quedó medio vacía de las cosas en las que creíamos.

Y, claro, cada viajero cree que él se contará entre los más afortunados: es una condición imprescindible para viajar.

Migrantes transnacionales: migrantes múltiples veces

Con películas educativas, o solamente con sueños, los migrantes vienen cada vez más a Europa. En el «tercer mundo», los trabajos asequibles a las mujeres son a menudo domésticos y sexuales; ya que los mismos trabajos están disponibles también en Europa con pagos muy superiores, el proyecto de viajar tiene sentido. Para la mayoría de los hombres de tales países que viajan a Europa, los trabajos disponibles son a menudo la venta en el mercado negro o los de «peones», por ejemplo, en la construcción. Los sueldos que se pueden conseguir en la industria del sexo son más altos que en muchos otros trabajos: significan la posibilidad de ayudar a los parientes, meter a los hijos en la escuela, construir casas, poner pequeños negocios o vestirse como reinas. Pero además de los factores económicos que pueden impulsar a estos migrantes, existe el deseo de conocer el mundo, ser artista, independizarse o casarse, vivir en buenas casas y comer bien –los sueños de personas de todas partes del mundo, incluyendo Europa. Es también importante señalar que entre los que sufren la pobreza, malos matrimonios y todo el abanico posible de factores causales, no todos optan por migrar y, entre los que migran, no todos optan por el trabajo sexual. Ningún tipo de determinismo explica por completo el fenómeno humano de la elección. Toda opción se ve intervenida por cuestiones de clase, género, etnia y nivel económico, por las condiciones sociales del momento (guerra, dictadura, hambruna, violencia, paro, etc.) y por la naturaleza del individuo, de sus deseos, sus pasiones, su aburrimiento, su curiosidad y su capacidad de arriesgarse.

El fenómeno de los migrantes que trabajan en la industria del sexo se puede entender en el marco de los procesos de globalización, pero tiene un rasgo especial: es normal que estos viajeros no se asienten en un lugar a vivir, sino que sigan viajando.

Al trabajador sexual que hoy encuentras en Madrid puedes encontrarle mañana en París, el próximo mes en Ámsterdam y al año de vuelta en España. Y no es el resultado sólo de esfuerzos por esquivar los controles policiales o porque son trasladados de sitio en sitio por agentes intermediarios. Existe una cultura entre estos trabajadores en la que se quiere conocer Europa y en la que todos tienen sus lugares preferidos. Aunque son a menudo pobres e ilegales, muchos migrantes viajan de manera cosmopolita. Y aunque los estudiosos de las diásporas y de la transnacionalidad, en su gran mayoría, no han incluido a este grupo de migrantes en sus trabajos, la omisión no tiene justificación2.

Hoy en día se acepta que no se puede saber mucho, numéricamente, sobre las migraciones de carácter irregular, es decir, en las que se utiliza mucha documentación falsa y técnicas «informales» para moverse y mover a la gente. Cuando los migrantes se orientan a trabajos sexuales, es aún más difícil. Sus respuestas a la pregunta «¿De dónde viene?» pueden o no ser verdaderas, ya que a muchos de ellos les habrán cambiado la nacionalidad u otro aspecto de su «identidad» oficial como parte del «paquete». No confían en ningún encuestador ni en muchos agentes sociales. El concepto europeo de «la solidaridad» fácilmente se les escapa.

De hecho, la «solidaridad» de los del «primer mundo» también se debe problematizar, ya que causa bastantes contradicciones.

El mundo de los proyectos

Los programas de solidaridad y ayuda casi siempre dirigen sus esfuerzos hacia los trabajadores de la calle, planteando que son los más necesitados. Vale decir, sin embargo, que este grupo es el único al que les parece posible acercarse con cierta facilidad y seguridad. La «metodología» de hablar sólo con los que trabajan en la calle omite a todos los demás que trabajan en burdeles o casas de citas, clubes de alterne, bares, cervecerías, discotecas, cabarets y salones de cóctel; en líneas telefónicas eróticas o en sexo virtual por Internet; en sex shops con cabinas privadas; en casas de masaje, de relax, de desarrollo del «bienestar físico» y de sauna; en servicios de acompañantes (call girls, chicos de alquiler) y en agencias matrimoniales; como actores en cine, video y revistas pornográficos; en restaurantes eróticos, servicios de dominación o sumisión, en complejos turísticos y en pisos particulares3.

En el mundo de los migrantes «irregulares», los que trabajan en todas las demás formas son mucho más numerosos que los callejeros, y corren a menudo más peligro que los de la calle justamente porque no están expuestos a la vista pública. Aunque no cuentan con información comparativa sobre los no-callejeros, muchos proyectos de investigación o acercamiento de calle a menudo extrapolan lo que aprenden en la calle a todos los demás trabajadores sexuales. Hablan de la «prostitución» sin distinguir entre las personas que trabajan a tiempo parcial, a tiempo completo u ocasionalmente, entre personas que comparten o dan dinero a sus novios, novias y/o «chulos» y las que no lo comparten con nadie, entre personas más jóvenes y más viejas, y entre personas de distintas sexualidades o gustos sexuales. En términos internacionales esta tendencia a confundir todas las variedades significa fusionar las experiencias de personas tan distintas como guías de Sri Lanka, trabajadoras de burdel de Sudáfrica, chicos playeros jamaiquinos, mujeres de las vitrinas de Ámsterdam, muchachas de los bares de Bangkok, actores de porno de Budapest, callejeras transexuales de Brasil, mujeres de Kenia en matrimonios temporales, «concubinas» chinas de comerciantes japoneses y gente de los puertos de Nueva Zelanda que vive una serie de relaciones fijas con marineros, por mencionar una parte mínima de la enorme variedad que se da en el mundo.

El resultado que hay que tener en cuenta cuando se conocen los informes de esos proyectos es que tienen contacto con un grupo bastante específico, del cual no solamente la mayoría son personas de la calle, sino que también son aquellos que buscan algún tipo de servicio y no tienen miedo a acercarse.

Los proyectos son conocidos por repartir condones gratuitos. A pesar de que los trabajadores sexuales ya los tienen, no se niegan a aceptarlos (aunque en alguna ocasión también he visto eso). Pero no entienden por qué, si los solidarios realmente quieren ayudar a los migrantes, no hacen algo más «útil» sobre el único problema decisivo que todos comparten, la necesidad de regularizar su situación. En la película Cosas que dejé en La Habana4, la industria que fabrica documentos falsos juega un rol importante. Hacia el final una actriz cubana que no sale en la lista de créditos de una obra de teatro en la que ha actuado en Madrid (porque ha trabajado ilegalmente) habla con su novio. Dice: «Quiero papeles. Papeles auténticos, ¿entiendes?». Le contesta el novio: «Todos los papeles son auténticos, son todos de papel».

Hubo aplauso rotundo por parte de unos segmentos del público cuando vi la película en un cine normal de Madrid; cuando la vi una segunda vez en un ciclo de películas «solidarias», la reacción fue negativa. Esa negatividad sostiene que la industria de los documentos falsos explota a los migrantes, pero el punto de vista de muchos migrantes es que les facilita y hasta les salva la vida, aún si a la vez les explota. El protagonista de la película, el novio de la actriz, vive de vender documentos a otros migrantes y de relacionarse amorosamente con españolas. Ambas actividades se ven por parte de muchas personas solidarias como «parasíticas», pero en la película el cubano es amable y amado.

Los que trabajan en los proyectos a menudo saben poco de cómo viven los trabajadores cuando no están trabajando. No distinguen entre los países de África y parecen confiar bastante en los reportajes sensacionalistas que salen con frecuencia en la prensa española. El resultado es la creencia en que todas son jóvenes bajo el control total de unos «mafiosos» que las traen a España, las mantienen en pisos y no les permiten ninguna libertad. Otra impresión que se puede escuchar es de que se ven muy graciosas y deben estar disfrutando mucho del cambio fascinante respecto de sus vidas en «África» – como si la mayoría no viniera de grandes ciudades posmodernas en sus propios países. Existe otro punto de vista, sin embargo, de los que están trabajando en la Casa de Campo, en el que se critica a los españoles por no poder hablar ni inglés ni francés, lenguas que la gente del Oeste de África considera adquisiciones normales e imprescindibles de los ciudadanos del mundo. Si ahora están aprendiendo español es como tercer, cuarto o quinto idioma.

Esta diferencia de percepción sobre las necesidades de los migrantes es uno de los puntos importantes que quisiera destacar. Mi propósito no es el de culpar a los europeos sino de problematizar las actuaciones alrededor del fenómeno de la «prostitución migrante», que más o menos se puede describir como un deseo de «ayudar», incluso de «salvar» a estas personas del «tercer mundo» sin saber casi nada acerca de ellas. Hoy día, muchos españoles y españolas se sienten llamados a salvar a los migrantes de ciertos aspectos de sus propias culturas, por ejemplo, de sus hábitos sanitarios, de su «bajo nivel cultural», de sus «creencias mágicas»5 o de ser víctimas de «redes mafiosas». Este impulso tiene el mismo tinte moralizador que caracterizaba los esfuerzos reformistas del siglo XIX respecto a la prostitución. Los agentes sociales proponen «proteger» a estas personas, a las que etiquetan de ignorantes e indefensas. Los sujetos de este discurso no se ven así, pasivos y coaccionados; el impulso de los que quieren ayudar vuelve a ser controlador.

En Europa, sobre todo durante los últimos dos siglos, la «prostitución» ha sido construida como una transacción (sexo por dinero) que se desvía de la normalidad de la familia nuclear. Discursos médicos, sociológicos, criminológicos, psicológicos y feministas se han fijado en las «prostitutas» en vez de en los clientes y en las mujeres en vez de en los hombres. Se han centrado en los individuos aislados sin pensar que todos forman parte de alguna familia y que desempeñan papeles comunitarios.

Y han tratado a estas personas como si lo único importante de ellas fueran ciertos órganos –la vagina, el pene– en vez de sus cuerpos enteros. En España ahora se habla de los trabajos sexuales bien como «tráfico de mujeres» (siendo conveniente pensar en extranjeros, criminales, negros, etc.) o bien como un problema de zonificación (acerca de si se les va a permitir seguir trabajando en ciertas zonas o no). En el primer caso los medios hablan con pena o lujuria de «víctimas engañadas». En el segundo, publican siempre la misma foto de una mujer inclinándose para negociar con alguien que está en su coche. Esa foto tan repetida realmente despista la mirada respecto a lo evidente: la existencia de un amplio mercado en España, al igual que en toda Europa, que desea pagar servicios sexuales.

Durante los últimos doscientos años en Europa, este grupo llamado «prostitutas» ha sido construido como personas que necesitan ser rescatadas. En los últimos cien años el rescate ha sido dirigido a algo que antes se llamaba «trata de blancas» y ahora se denomina «tráfico de mujeres»6. Hoy en día, incluso los que no hablan de «tráfico» suelen utilizar abstracciones teóricas tales como «violencia de género» o «explotación», conceptos valoradores de por sí de situaciones muy complejas. Los enfoques que se dan en España son todavía de fuerte carácter moralizador. Parten de suposiciones sobre el lugar «correcto» del sexo (la casa de una pareja), sobre las «buenas» formas del sexo (con «amor», en pareja y sin dinero) y sobre los conceptos occidentales acerca de la clase media, poco fáciles de imponer a personas de otras culturas (por ejemplo, la identidad personal o el yo, la autoestima, la dignidad del trabajo). Estos enfoques sólo se pueden seguir manteniendo mientras nadie preste atención a los discursos de los sujetos implicados.

Existe otro argumento para no perpetuar la construcción de la prostitución como un solo tipo de relación (hombre poderoso/ mujer «desempoderada»). Law señala cómo esta representación –ciertamente importante para demostrar las desigualdades económicas, políticas y sociales de las personas involucradas– tiene a su vez el efecto de fijar las identidades de «opresor» y «víctima», convirtiéndolas en un discurso hegemónico en el que los sujetos encuentran poco espacio para maniobrar.

El mercado del sexo

La clientela de esta industria, siendo invisibilizada por un discurso que se fija solamente en las servidoras, es incontable; sin embargo, algunas fuentes han calculado que hasta un millón de hombres compran sexo todos los días en España. Incluso si esa cifra está equivocada, nunca pretendía incluir todas las modalidades que forman parte de la industria sexual sino solamente la «prostitución». Hay que tener en cuenta además que no serán los mismos clientes quienes acuden a los ambientes todos los días: los habrá que van una vez a la semana mientras que otros van más o menos, con una larga suma de personas al año que busca servicios sexuales. Estos servicios son, además, diversos, porque la clientela se compone de personas de todo tipo, edad, nivel económico, etnia, región y gusto y porque los servicios pueden tener un carácter homosexual, heterosexual, transexual o mixto. Los migrantes también son clientes.

Se dan entonces bastantes y variadas oportunidades para trabajar en esta industria. Para los migrantes que encuentran sus otras opciones desagradables, difíciles o mal pagadas (limpieza, servicio doméstico interno o externo, cuidado de ancianos, enfermos o niños), encontrar una situación en la industria sexual puede resultar interesante. Ya que muchas veces no tienen los papeles en regla, o que sus permisos de trabajo (como doméstica, por ejemplo) pueden estar basados en documentos falsificados, trabajar en un mundo lleno de irregularidades puede no parecerles más arriesgado. Pero, ¿qué es lo que dice la sociedad receptora acerca de esta industria? (1) Que los que utilizan estos servicios son hombres pervertidos que no saben vivir una vida «normal» de familia; (2) que son machistas que, al no aguantar la creciente libertad de las mujeres, buscan formas de dominarlas; (3) que responde al aumento del consumismo en general, ya que ahora todo se convierte en mercancía; (4) que son porquerías extranjeras, o que forman parte del proyecto «Europa» o que es la «globalización»; (5) que es la presencia de prostitutas la que provoca el deseo, así que la culpa la tienen «esas mujeres viciosas» o (6) la tienen los mafiosos «rusos» que las traen (o senegaleses o colombianos, según el momento) o (7) la tienen las condiciones económicas injustas que fuerzan a las personas a salir de sus países para ganarse la vida. Son todas explicaciones negativas, basadas en la suposición de que el trabajo sexual es malo. Menos escuchadas, pero algo más positivas son: (8) que en una democracia la gente tiene derecho a experimentar su sexualidad como libertad de expresión; (9) que si el acto sexual es «consensual» no hace daño a nadie; (10) que si los trabajadores cobran bien y se ganan la vida no hay ningún problema para nadie.

Entre estas explicaciones la única que cuesta trabajo creerla es la que etiqueta a los clientes como perversos o pervertidos. Son tantas las personas que pagan el sexo que es imposible que se trate de casos excepcionales. Al contrario, la abundancia de la demanda es exactamente lo que nos explica la presencia de tantas personas que trabajan en esta industria; los migrantes no vendrían a trabajar si no hubiera trabajo, si no hubiera quien quisiera sus servicios. Lo mismo sucede a las personas europeas que entran en el mercado sexual.

En España lo que sale en los medios de comunicación son casos de victimización, desgracia o fracaso. A la vez ha salido repetidas veces la noticia de que después de una redada las trabajadoras comentan que sólo quieren que se las deje en paz con su trabajo. Mientras tanto, el cliente y el mercado se hacen invisibles tanto en los medios como en los informes policiales. Vale examinar de qué se tratan tantas oportunidades para trabajar. La sociedad española sigue, a pesar de muchas formas de «apertura» y «modernización» en temas sociales, con el discurso de que la normalidad es la familia nuclear o la pareja (que ahora puede ser homosexual en ciertos sitios). Sin embargo, esa familia/pareja, sobre todo de la clase media, busca hoy en día en el mercado servicios tradicionalmente desempeñados por sus propios miembros: los servicios domésticos, de cuidado y sexuales7.

Aunque el estereotipo es el cliente masculino, la demanda de servicios sexuales existe no sólo entre hombres heterosexuales, sino también entre homosexuales, bisexuales, travestis, transexuales, mujeres heterosexuales y lesbianas. Si eso parece exagerado, conviene considerar los anuncios no sólo personales sino de sitios como New Boys Disco Top-Less Masculino (¡Dedicado a tí, mujer!) de las páginas amarillas de Madrid. ¿Que eso es sólo espectáculo? Lo mismo se dice sobre los topless para hombres. Dentro de los ambientes europeos, además, se habla del crecimiento de las clientas8, pero si todavía «no se ve bien» que la mujer vaya a comprar sexo en su propio país, es cada vez más convencional que lo haga en destinos turísticos como el Caribe, Indonesia o algunas costas de África. Allí cada vez más mujeres europeas tienen relaciones sexuales pagadas de una forma u otra, relaciones en que puede haber o no sentimientos de cariño o amistad.

Hay una conexión importante entre todas las variantes de turismo sexual y los migrantes que vienen a Europa. Bastantes investigaciones han demostrado cómo las relaciones afectivo- comerciales conducen a menudo a invitaciones a visitar, trabajar y/o quedarse en Europa. Allí, en esas playas de contacto entre culturas, donde los deseos europeos de divertirse encuentran una multitud de ofertas, empiezan muchos viajes. Tampoco se trata de una serie de individuos sin conexión con ningún contexto social; por eso vale pensar en todos los beneficiarios de la industria sexual: empresas aéreas, de telecomunicaciones (móviles, beepers, contestadores) y de seguridad (guardianes, sistemas de alarma), productores de bebidas y tabaco, agencias de viaje, servicios de alquiler de coches y de taxis, abogados, médicos, camareros, modistas, peluqueros, propietarios, gerentes, proxenetas y más. Todas son personas con sus familias que viven de la industria. Tanto dinero está involucrado que la Organización Internacional del Trabajo ha recomendado su inclusión en la contabilidad oficial de gobiernos nacionales y regionales. Sin embargo, en España la industria todavía no es reconocida en su diversidad e impacto financiero, y los que trabajan en ella, ahora más de la mitad extranjeros, son tratados sólo como víctimas de varios tipos de engaño, y como niñas indefensas.

Las maneras clásicas de abordar «la prostitución» no sirven para describir la realidad actual de la industria del sexo y sus trabajadores9. Además son maneras que no incluyen los contextos sociales en los que existe la industria: familias que no conforman a la definición clásica del patriarca que trabaja mientras su mujer está en casa; familias dispuestas a pagar nuevos servicios; viajes turísticos al alcance a personas cada vez menos ricas; negocios globalizados y consumismo creciente. Los marcos clásicos tampoco examinan bien la actuación del mundo de los agentes sociales (funcionarios, poli­cías, personal médico, investigadores y empleados de ONGs), los elementos imperialistas de varios discursos feministas y el papel negativo que juega la prensa. En vez de romper el silencio, se ha escuchado a menudo en las discusiones sobre las migraciones el argumento de que hablar de la «prostitución» como ocupación de los migrantes les «estigmatiza»; en múltiples estudios de mujeres migrantes en España se ha omitido el tema10. Pero esa idea proporciona la excusa para hacerlas desaparecer de los discursos donde sus experiencias deberían ser centrales; se les quita toda capacidad de opción y decisión. De este modo, se facilita la perpetuación de su ubicación donde han estado durante mucho tiempo: los márgenes.

Laura Mª Agustín

Publicado en GUASCH, O. y VIÑUALES, O. (coords.) Sexualidades: Diversidad y Control Social. Barcelona, Editorial Bellaterra, 2002.

CITAS:

  1. Me refiero a la ambigüedad del mundo del «turismo sexual». A quienes estudiamos el tema nos parece que la etiqueta es inútil.
  2. De los autores más famosos que estudian las diásporas y la transnacionalidad, sólo Arjun Appadurai ha escrito algo relacionado con el trabajo sexual, refiriéndose a una película (APPADURAI, Arjun. Modernity at Large. Minneapolis, University of Minnesota Press, 1996, pp.38-9 y 61-3). No salen en las obras de Homi Bhabha, Néstor García Canclini, James Clifford, Walter Mignolo, Edward Said, Avtar Brah y Fernando Coronil, por ejemplo.
  3. AGUSTÍN, Laura. Trabajar en la industria del sexo. OFRIM Suplementos, n° 6, Madrid, OFRIM, 2000, pp.155-172. https://www.nodo50.org/mujeresred/laura_agustin-1.html
  4. GUTIÉRREZ ARAGÓN, Manuel. (dir.) Cosas que dejé en la Habana (película). Gerardo Herrero Tornasol Films/Sogetel Productor, 1997.
  5. MÉDICOS DEL MUNDO. CASSIM. Ofrim Boletín, n° 31, Madrid, OFRIM, 2000, pp.12-13. Información muy básica sobre las otras culturas parece faltar en muchos de los proyectos. Tacharlas de «bajo nivel» es seguir en la misma línea de hace 500 años cuando los conquistadores vieron por primera vez a los indígenas del Nuevo Mundo. Desaprobar costumbres sanitarias comunes y corrientes en otros países (por ejemplo, la de inyectarse medicamentos en vez de tomarlos en forma de pastillas) representa un prejuicio. No conocer el carácter de las religiones no occidentales lleva al occidental a decirlas «magia» o «superstición», sobre todo cuando se trata de rituales ajenos a los suyos. El sacrificio de animales lo ve como «bárbaro»; una promesa jurada a un sacerdote o curandero lo ve como cruel servidumbre (que no necesariamente difiere tanto del ritual de la confesión católica). El choque cultural entre religiones ya está bien conocido en algunos países occidentales con poblaciones importantes de migrantes musulmanes, africanos, asiáticos o latinos.
  6. La primera frase tiene su origen en un escándalo en el norte de Europa durante una larga migración de mujeres europeas hacia Argentina, un país receptor al que faltaban mujeres a fines del siglo XIX. Ya que no se quería creer que esas «blancas» pudieran elegir vender servicios sexuales, se creó un concepto conveniente. GUY, Donna. «White Slavery», Citizenship and Nationality in Argentina. En PARKER, Andrew et alii. Nationalisms and Sexualities. Londres, Routledge, 1992, pp. 201-215; DOEZEMA, Jo. Loose Women or Lost Women: The Re-emergence of the Myth of White Slavery in Contemporary Discourses of Trafficking in Women. Gender Issues, vol. 18, n° 1, 2001, pp.23-50.
  7. AGUSTÍN, Laura. A Migrant World of Services. Social Politics, 10, 3, 2003, pp. 377-96. 20
  8. Comunicaciones personales durante investigaciones en Ámsterdam, Utrecht, Madrid, Pamplona, Londres, París y Roma. Además, en estudios del uso de páginas de pornografía y sexo comercial entre europeos, las cifras sobre mujeres como usuarias son muy importantes. Nielsen Netratings, published in Ciberpaís 9, Barcelona, March 2001, p.13.
  9. AGUSTÍN, Laura. Trabajar en la industria del sexo, y otros tópicos migratorios. San Sebastián/País Vasco, Gakoa, 2004; Y Lo no hablado: deseos, sentimientos y la búsqueda de «pasárselo bien». In: OSBORNE, R. (ed.) Trabajadoras del sexo: derechos, migraciones y tráfico en el siglo XXI. Barcelona, Bellaterra, 2004, pp.181-191.
  10. En 2001 se incluyó el tema en un estudio llevado a cabo para una entidad gubernamental, IMSERSO, de España, ahora publicado en AGUSTÍN, L. Trabajar en la industria del sexo, y otros tópicos migratorios. Op. Cit.

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