VACUNAS TRANSGÉNICAS Y BIOTECNOLOGÍAS

Variolización y trangénesis son dos vocablos que marcan la evolución de una praxis que empezó hace siglos en Asia, como un intento puntual de controlar la virulencia de una determinada enfermedad y que, en un periodo de tiempo muy corto, coincidente con la emergencia de la economía de mercado, del experimentalismo tecno-científico, del positivismo y de la visión mecanicista de la vida, se ha transformado en una práctica universal que de la mano de la biotecnología simboliza el afán último por el control y el sometimiento de la naturaleza y de las fuerzas de la vida. En efecto, ya no se trata de dominar la incidencia de las enfermedades infecto-contagiosas, la vía abierta por la teoría celular y la biología molecular nos ha llevado directamente, previo descubrimiento del ADN, a las vacunas transgénicas. Las nuevas vacunas, las futuras inmunizaciones y con ellas la inmunología, se adentran por territorios cada vez más inquietantes (…)

Con las vacunas transgénicas, con los organismos manipulados genéticamente, con la clonación vegetal, animal y humana y con los investigadores trabajando con porcentajes cada vez mayores a sueldo de grandes corporaciones industriales, ya sean militares, agroquímicas o sanitarias, culmina un proceso que ha convertido a todo el planeta en un enorme laboratorio.

Que la mayoría de tecno-científicos no trabajen en instituciones independientes, ya sean universidades, fundaciones sin ánimo de lucro, etc. no es un tema baladí; al estar al servicio de intereses privados su actividad científica está contaminada en origen, puesto que las líneas de investigación, la publicación de trabajos y resultados vienen marcadas por los «intereses propios de cualquier industria». Y no sólo eso, significa además que cualquier vía de investigación cuya rentabilidad no sea inmediata o coincidente con los intereses corporativos es rechazada. En numerosos casos investigadores de prestigio han sido marginados, repudiados y calumniados por el mero hecho de expresar opiniones o marcar líneas de trabajo no deseables, el caso de Peter Duesberg, experto en virología, al cuestionar la hipótesis vírica del SIDA, es paradigmático. De este modo se pasa del hombre de ciencia, del científico que busca «la verdad», el conocimiento, al investigador mercenario al servicio de fines concretos, a veces inconfesables, de forma más o menos consciente (…)

Hasta el siglo XIX el laboratorio desempeñaba el papel de «mundo a pequeña escala» donde se descubría cómo ocurrían las cosas en el grande. Para ello era preciso aislar los fenómenos, era preceptivo sacarlos del contexto en el que se producían, ya que las infinitas variables incidentes imposibilitaban su comprensión, cuantificación y experimentación. Se pretendía así seguir la ruta, la secuencia de movimientos lineales, que permitían establecer relaciones de causalidad. Un movimiento produce otro, una causa tiene su efecto. Era la ciencia clásica, la física de la cinética, se construían artificios teóricos y prácticos en el laboratorio para explicar la realidad inexpugnable. Era el paradigma mecanicista.

Pero en el siglo XX, la nueva física y otra gran pléyade de científicos y pensadores, pusieron de manifiesto que no iba a resultar tan sencillo descubrir los entresijos de la Gran Máquina del Mundo. Nuevos interrogantes, al modo y manera de las muñecas rusas, aparecieron en el horizonte y el mundo de la complejidad empieza a cuestionar al mundo de la simplicidad o de las máquinas.

Aparece el concepto de relatividad y lo que parecía objetivo se torna subjetivo, la linealidad da paso a la circularidad convirtiendo los efectos en causas y las causas en efectos y la idea de retroalimentación, de interacción y de interdependencia se abre camino emergiendo un nuevo paradigma, grandes sectores de las ciencias biológicas y la medicina continúan aferrados a la antigua y simple concepción mecánica de la vida y de la enfermedad y así ante las nuevas epidemias, ante los nuevos problemas a los que se ven abocados los seres vivos, debidos a las transformaciones y los desequilibrios medioambientales vertiginosos que impone el actual modelo de desarrollo, persisten en la búsqueda de fallos en los mecanismos, persisten en la búsqueda de factores externos, ya sean virus, bacterias o genes anómalos a los que responsabilizar de sus propios despropósitos y a los que pretenden poner solución con medidas correctoras superficiales y transitorias, con «proyectiles mágicos», que vienen a incrementar o a desencadenar nuevos desequilibrios, siguiendo una espiral de acciones y reacciones entrelazadas en la que una vez perdidas las referencias se acaba por confundir causas y consecuencias.

En el interregno el laboratorio ya no es ese espacio físico concreto donde el hombre trataba de descifrar las claves del universo misterioso; el científico que buscaba el conocimiento tampoco. La industrialización, la mercantilización y el «progreso económico» imponen sus leyes condicionando todo el quehacer humano y la investigación tiene como horizonte la rentabilización cuanto más inmediata mejor. La agricultura y ganadería industriales sustituyen a la tradicional y las comunidades rurales que viven apegadas a la tierra y con ellas sus culturas, sus mitos y sus leyendas ven amenazada su existencia. La tierra es abonada y contaminada químicamente, las «malas hierbas» y los «bichos» son fumigados, revisados y mestizados y con ellos las aguas subterráneas, los ríos, los mares y los océanos. Los animales son cebados, medicados, hormonados y si es preciso sacrificados en masa. Es la usura de la vida y del planeta. El hombre cree poder decidir qué microorganismos, qué plantas y qué animales deben subsistir y para ello experimenta y reexperimenta en tiempo real sin medir las consecuencias, convirtiendo a todo el globo terráqueo en un enorme campo de experimentación. Como si su reino no fuera de este mundo, el hombre del siglo XX convierte a la tierra en un enorme laboratorio, iniciando y continuando ansiosamente una carrera sin destino final aparente. En este escenario, la ingeniería genética imprime al incipiente siglo XXI una brusca aceleración.

La irrupción de la biotecnología supone un salto cualitativo sin precedentes en la historia de la humanidad y sus repercusiones, imprevisibles y universales, afectarán a todos los ámbitos de la vida y sus efectos se notarán en la agricultura, en la ganadería, en la sanidad, en la industria y pondrán sobre el tapete temas muy complejos relacionados con la biodiversidad, el medioambiente, los derechos de propiedad industrial, el control de la reproducción y los derechos de las generaciones futuras.

En lo que a nosotros respecta, las biotecnologías suponen una vuelta más en la espiral de acciones y reacciones incontroladas.

Con las técnicas de manipulación genética el hombre se desafía a sí mismo y se atreve a redefinir a la naturaleza mediante la hibridación forzosa de las más diversas criaturas. Se transmutan genes entre diferentes especies microbianas, entre diferentes especies vegetales, entre diferentes especies animales y entre todas ellas y es probable que en un futuro no muy lejano tengamos árboles con escamas y peces con hojas, por lo que habrá que rehacer toda la taxonomía actual. Las barreras de especie saltan por los aires y del mismo modo que la fisión nuclear (con cuyos residuos no sabemos que hacer) acabó con lo que se consideraba elemento básico de la materia: el átomo; la manipulación genética ha puesto fin a lo que se consideraba la unidad fundamental de los seres vivos: la célula, abriendo la puerta a la parte más íntima de ellos. De esta manera, la teoría celular también salta por los aires y los herederos de Virchow, tan refractarios a la teoría endógena, ya no podrán decir omnis celula e celula, una célula viene de otra célula igual, ya que mediante el proceso de manipulación genética el resultado final de la reproducción celular puede ser cualquiera. Como cualesquiera, imprevisibles e irreversibles serán los efectos de una praxis que parte del supuesto de que un determinado gen codifica un determinado rasgo o función independientemente del contexto, cuando, como no se sabe prácticamente nunca dónde queda colocado el transgén en el genoma receptor, ni sabemos cuando se fija. No obstante (…), la carrera para la obtención de vacunas transgénicas sigue su curso promocionadas y avaladas por la propia OMS. (…) Estas vacunas presentan una serie de ventajas, entre las que destacamos:

1) Son vacunas de fabricación fácil y baratas, adaptables a la mayoría de laboratorios.

2) Permiten combinar diferentes genes de antígenos diferentes del mismo microorganismo o de varios. Es decir, nos introducirán genes diversos para que nosotros mismos sinteticemos proteínas extrañas contra las que nuestro sistema inmune deberá producir anticuerpos ininterrumpidamente.

3) Permitirán evitar la interferencia de los anticuerpos maternos o incluso inducir respuesta en los recién nacidos.
Este tercer punto es realmente paradigmático y pone abiertamente de manifiesto cómo se han perdido las referencias a las que nos hemos referido anteriormente y cómo el endiosamiento científico pretende redefinir a la naturaleza manipulando, en este caso, las entrañas celulares. Hasta la fecha, el diseño creacional había previsto que los neonatos estuviesen amparados por la transmisión de anticuerpos maternos a través de la placenta y de la leche materna.

Esta transferencia garantizaba la inmunidad del bebé mientras acababa de construir y madurar su propio sistema inmunitario. Sin embargo, esta cobertura, de naturaleza increíblemente maravillosa, se transforma de golpe en un obstáculo y los estudiosos deciden cortocircuitarla a la par que reprograman, vía vacuna transgénica, el proceso de maduración del sistema inmune de los recién nacidos.

¿Es esto lo que propone la OMS? Si nos atenemos a sus propios argumentos eso es lo que parece aunque antes, apuntan, deberán solventarse algunos problemas relacionados con la tecnología. ¿Qué problemas?, el primero consiste en la posibilidad de que el material genético inyectado se integre en el genoma del individuo, dando lugar a la generación de procesos cancerígenos; el segundo sería el desarrollo de enfermedades autoinmunes, al producirse reacciones cruzadas a causa de la producción de anticuerpos anti-DNA y el tercero tiene que ver con la ubicación, permanencia y destino final del material genético transfectado. ¿Qué garantías se ofrecen? Sencillamente «ensayos clínicos en modelos animales que descarten los problemas mencionados, al menos a corto plazo», ¿y el medio y largo plazo? Evidentemente éstas son cuestiones que no interesan al modelo de progreso y desarrollo que preocupándose sólo de la rentabilidad inmediata dibuja un futuro sumamente incierto para las generaciones venideras. Después… ya veremos, evocando a Laín Entralgo el futuro hablará, mientras tanto un nuevo problema generará la necesidad de una nueva solución con lo que la espiral frenética de acciones y reacciones garantizará nuevas inversiones, nuevos proyectos, nuevos mercados, aunque, eso sí, todo se hará en nombre de la lucha del bien contra el mal, de la salud contra la enfermedad. El experimentalismo tecnocientífico y el complejo sanitario-industrial conducirán a la humanidad a la Tierra de la Promisión, los Jardines del Edén están próximos, en el futuro no habrá sufrimiento, ni enfermedad, ni dolor.

Aunque las declaraciones a la prensa del científico norteamericano Richard Sees, tras la aparición de la oveja Dolly, parezcan disparatadas: «Quiero ser el primero en producir a un ser humano por el procedimiento de la clonación (…) cuando dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, lo que quería es que el hombre terminara convirtiéndose en Dios. La clonación es el primer paso serio en la conversión del ser humano en Dios», en realidad revelan las intenciones subyacentes y marcan la trayectoria de una gran parte del mundo tecnocientífico que actúa de forma menos esperpéntica pero más sigilosa e inquietante. Compartimos los anhelos sobre una ciencia responsable cuyos límites deben estar marcados por ética: ética de los fines, ética de los medios, ética de las consecuencias, pero creemos que resultará muy difícil satisfacerlos en el actual marco de intereses, relaciones y creencias; la locomotora va demasiado rápida y sin control aparente. La manipulación del genoma y la clonación abren un «abismo ante nuestros pies», el animal humano se enfrenta a desafíos insospechados. Maliciosa o cándidamente hemos abierto la «caja de los truenos» y controlarla no será tan fácil, son muchas las tentaciones.

Con las biotecnologías, con las técnicas de modificación germinal, con la clonación, con las vacunas transgénicas, el hombre cree o pretende tomar el control, no solo de la suya, sino de toda la evolución. La vieja disputa entre los dioses y los hombres, expresada en la mitología griega, se hace realidad 3.000 años después. Los científicos mecanicistas compiten con la divinidad: el arma, el método experimental, el escenario, la biosfera, el objeto de la disputa «la Bolsa y la Vida» (…). Parafraseando al entrañable García Márquez, es posible que, por fin, cuando nuestros modernos aprendices de brujo hayan descifrado los versos en sánscrito de la vida, acaben descubriendo y comprendiendo que la civilización de los espejos o los espejismos será arrasada y desterrada de la memoria de los hombres sin que, tal vez, tengan una segunda oportunidad.

(Extractos de la conclusión del libro «Vacunaciones sistemáticas en cuestión ¿Son realmente necesarias?», de José Manuel Marín Olmos)