DESOBEDIENCIA CIVIL. PARAR LA MAQUINA

La situación a bordo de la nave Tierra es de una emergencia extrema: agujero en la capa de ozono, lluvias ácidas, efecto invernadero, deforestación y desertización son algunas de las luces rojas encendidas en el panel de alarma. La realidad de la catástrofe medioambiental es tan evidente que los datos se filtran por todas partes pese al poderoso despliegue de falsedades con las que los medios de comunicación del Sistema enmascaran la verdad de los hechos. Renombrados científicos, como James Lovelock, autor de la teoría de Gaia, han advertido sobre los riesgos de continuar manteniendo las actuales tendencias de Crecimiento. No hace mucho, Lovelock manifestó en Barcelona que “estamos en puertas de la séptima gran extinción”. En su opinión, la dinámica puesta en marcha por el hombre a partir de la Revolución Industrial es de tal calibre que no existe posibilidad alguna de una acción individual para tratar de controlarla, y aconsejó que se hicieran preparativos para preservar el conocimiento científico y cultural con el fin de que los eventuales supervivientes pudieran hacer uso de él.

A la devastación medioambiental hay que añadir que tampoco funciona el servicio de comedor: el hambre y la miseria azotan a las tres cuartas partes de la población mundial, y las galopantes tasas de desempleo de los países industrializados han creado de hecho una estructura dual de la sociedad. Prácticamente, sólo un 25% de la población activa tiene un trabajo fijo. El resto, alterna entre la eventualidad, el desempleo absoluto y la marginalidad.
Ante esta situación de emergencia, personalmente prefiero no perder tiempo en la retórica del discurso contra el capitalismo. Ya sabemos que es un sistema pernicioso para la humanidad. Ahora, de lo que se trata es de actuar, de poner freno a un capitalismo cuya insaciable voracidad capitalista ha conducido a esta situación de emergencia planetaria. La magnitud del desastre es tal que, a estas alturas, gastar papel y tinta desgranando nuevos lamentos me temo que no sirve de gran cosa. En conciencia, mi papel, mi tinta y la modesta energía que traduzco en leves impulsos sobre las teclas del recado electrónico de escribir, no pueden perseguir ya otro objetivo que el de lanzar sobre mis compañeros de travesía una serena y firme llamada a la rebelión a bordo de la nave Tierra.

Al margen de lo indeseable de los métodos cruentos, el gran problema de las Revoluciones clásicas es que, como se ha demostrado históricamente, la dinámica revolucionaria ha acabado devorando a sus propios hijos. En Rebelión en la granja, Orwell nos descubre la clave de ese proceso: bajo el principio de que “todos los animales son iguales, pero los cerdos son más animales que los otros”, las vanguardias, burocracias y otras especies porcinas acaban secuestrando en beneficio propio los propósitos revolucionarios. Sin embargo, la diferencia sustancial entre la metodología de la rebelión clásica y la Desobediencia Civil es que esta se realiza por métodos totalmente pacíficos, lo que tiene una doble ventaja: por un lado, se evita el derramamiento de sangre, que a priori nunca está legitimado moralmente; por otro, al no tener que plantear batallas en orden cerrado, no hacen falta brigadieres, con lo cual en esta contienda no manda ni dios. (Abstenerse por tanto Rambos y otras hierbas del ardor guerrero).

Convencionalmente se denomina izquierda a la ideología política que respalda la lucha contra la injusticia. Durante los últimos cien años, la izquierda tuvo una metodología de acción concreta basada en la lucha de clases, y que fue desarticulada en aras del pacto del Bienestar firmado con el capitalismo. El asunto hubiera tenido cierta consistencia si ese Bienestar fuera algo consolidado. Pero hoy, el capitalismo vuelve por sus fueros desmantelando las instituciones encargadas de administrar el Bienestar ante la estúpida complicidad/complacencia de una socialdemocracia cuyos representantes en España llegaron a calificar de “vagos” a los parados (González-Solchaga, en vísperas del decretazo del 92), y la nula eficacia opositora de unos sindicatos burocratizados y enredados en discusiones internas.

Eso no quiere decir que no exista gente identificada con la ideología de izquierda. En la actualidad, lo que sucede es que, ante la falta de referentes, esa gente está dispersa en minúsculos grupos de lucha por los derechos civiles, la solidaridad, las ONG’S, etc. Esto tiene una ventaja, pues la dispersión dificulta su control por el Sistema. Sin embargo, mientras el capital actúa coordinadamente a través de las grandes corporaciones multinacionales, la izquierda no tiene una acción común. Por ello, creo que merece la pena reflexionar sobre la oportunidad de recurrir a la Desobediencia Civil, (a la que a partir de ahora, y para ahorrar papel, llamaremos DC), para extender un movimiento generalizado de rebelión contra la oficialidad del puente de mando capitalista que conduce a la nave Tierra hacia una catástrofe. En concreto, desencadenar un sabotaje generalizado aprovechando la estructura dispersa de los grupos que, no obstante, podrían actuar conforme a una estrategia “virtual” común.

El creciente rechazo a la obligatoriedad del servicio militar ha puesto de manifiesto el éxito obtenido por los insumisos a través de la utilización de la DC, un recurso usado por Ghandi en diversas campañas de lucha por los derechos civiles y, finalmente, en la consecución de la independencia de la India. También el filósofo Bertrand Russell, o el lider de color Martin Luther King, recurrieron a la DC en sus respectivas luchas. Sin embargo, el inmenso potencial de esta forma de acción política es bastante desconocido por estas latitudes. En primer lugar, hay que hablar sobre la legitimidad de la DC. Ya las primeras Constituciones democráticas, (Virginia, Maryland) y la propia Declaración de los Derechos del Hombre (lo siento, pero entonces se llamaba así) de la Revolución Francesa incluyeron expresamente el ius resistendi como uno de los principales derechos de la ciudadanía. La propia Declaración de los Derechos Humanos realizada por la ONU en 1948 alude a esta cuestión cuando en su Preámbulo dice expresamente: “Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”.

Las diferencias entre el derecho de resistencia y la DC son de índole demasiado técnica como para explicarlas en cuatro líneas. Me limitaré por ello a transcribir una de las definiciones más clásicas, como es la de H. A. Bedau: “Alguien comete un acto de DC si y sólo si, actúa de manera ilegal, pública, sin violencia y conscientemente, con la intención de frustrar las leyes, políticas o decisiones de un gobierno.” En esencia, esta definición se ajusta a la doctrina expuesta por el norteamericano John Rawls en su Teory of Justice. Ampliando el concepto, J. C. Acinas entiende por DC: “Todo tipo de actos voluntarios e intencionales, premeditados y conscientes, que -por comisión u omisión- tienen como resultado la violación de alguna ley, disposición gubernamental u orden de la autoridad, cuya validez jurídica pueda ser firme o dudosa, pero que, en cualquier caso, es considerada inmoral, injusta o ilegítima por quienes realizan tales actos dado que creen poseer buenas y suficientes razones -morales y políticas- para no obedecer, y transgredir esa ley, disposición gubernamental u orden de la autoridad”.

Al hablar hoy de leyes injustas, inmorales o ilegítimas no sólo hay que tener en cuenta las normas jurídicas emanadas de las instituciones estatales. Hay otras leyes, como las del consumo, la oferta y la demanda, que someten de facto a la gente a prestar obediencia a un régimen de opresión e injusticia. Sin ir más lejos, la presión del Consumo por parte de la industria del automóvil, ha hecho disminuir la fiscalidad a raíz del Plan Renove que incentiva la compra de vehículos nuevos. No contentos con la primera fase, los fabricantes han exigido una segunda que contempla el achatarramiento de vehículos con siete años de antigüedad. He aquí la Paradoja: ¡EI Sistema prefiere arrojar a la basura vehículos de siete años antes que destinar el 0,7% del PIB para ayudar al Tercer Mundo!

Estas “leyes” son dictadas por los estados mayores de las corporaciones capitalistas que cobran cada día un poder mayor mientras el poder del Estado se debilita cada vez más. Que nadie se haga ilusiones libertarias respecto a este debilitamiento del Estado, porque de sus cenizas lo que surge es un Sistema Organizado mucho más amenazante aún. Por lo menos, a Leviatán se le ve venir de frente, como al tricornio de la Beneplácita, y sabe uno a que atenerse. Pero contra el Sistema las revoluciones no son operativas, no hay Palacios de Invierno que tomar, pues la estructura formal del poder se encuentra organizada en forma de Sociedades Anónimas. A través de ellas, el capital fluye en ingentes cantidades mediante órdenes de compraventa informatizadas. La gente ya no controla ni siquiera su propio dinero, puesto que los propios salarios de los trabajadores están domiciliados en los bancos. Los fondos de pensiones sirven para llevar a cabo tremendas especulaciones. El capitalismo ya no es un señor con chistera y habano, sino un tremendo virus infiltrado en cada uno de nosotros y que se reproduce a través del dinero, de forma análoga a la transmisión de información a través del ADN en las células.

En aras de la eficacia de la acción, hay que aparcar la retórica revolucionaria y contemplar con total frialdad la verdadera dimensión actual del capitalismo, es decir, la de una Gran Máquina. La estructura del Sistema capitalista esta constituida conforme al modelo de un inmenso mecanismo al cual todo, personas, economía e instituciones políticas se haya supeditados como engranajes. La figura de la Máquina no es una simple metáfora: a partir de la Ilustración y deslumbrados por el paradigma de la mecánica newtoniana, los defensores del sistema industrial creyeron a pies juntillas que organizando el mundo a imagen y semejanza de una Máquina se obtendría el Mundo Feliz.

Pero la pretendida felicidad que la Máquina iba a traer al mundo se traduce en desempleo, miseria y hambre a escala planetaria, mientras políticos, economistas y otros espabilados idiotas morales al servicio de la Máquina recomiendan abandonar toda acción política, es decir, todo intento de poner topes a la acción de la Máquina, y centrarse en soluciones técnicas. ¡Sólo trabajando más, creciendo más, inyectando más energía podremos salir del atolladero! La pretensión es seguir haciendo girar la Máquina, aumentar el régimen de revoluciones de sus ejes. ¡Más madera! ¡Quemad todos los bosques de la Tierra! Mientras tanto, el discurso de la intolerancia prende con fuerza las llamas del racismo, del darwinismo social que preconiza el abandono de los necesitados a su suerte, de la represión de los “vagos”, es decir de los parados que han perdido el empleo, de los inmigrantes que huyen del hambre.

Henry David Thoreau, el hombre que acunó el concepto de la Desobediencia Civil, consideraba ésta como un deber moral. Más que referirse al Estado -“el gobierno no me preocupa mucho, y le dedicaré la menor cantidad de pensamientos”- Thoreau se refería a eso que hoy llamamos Sistema: una gran maquinaria ciega, que convierte a los hombres en simples servidores, en súbditos, en lugar de ciudadanos. Toda maquinaria, dice Thoreau, “tiene su fricción pero cuando es la fricción la que llega a tener su maquinaria y la opresión y la injusticia se organizan, no debe mantenerse por más tiempo una maquinaria de esta naturaleza”. Ante la constatación de la injusticia, la desobediencia surge como un deber de la conciencia: “Entonces digo: transgrede la ley, haz que tu vida sea un freno para parar la máquina. Lo que yo tengo que hacer es cuidar por todos los medios que no me preste a servir al error que condena”.

Este es el principio moral que inspira la DC. Ahora, de lo que se trata es de parar la Maquina del capitalismo recurriendo a lo que podríamos denominar una microfísica de la desobediencia. Me explicaré: para servir a los objetivos de la Máquina, la gente debe tener unos comportamientos uniformes que permitan que los distintos individuos sean intercambiables. No se necesita gente, no se necesitan personas, sino “personal”. No se necesita sociedad, sino masas que trabajen y consuman. No se necesita gente que piense, sino engranajes que sigan los dictados de los medios de comunicación: trabajar-consumir-alienarse-trabajar. AI servicio de este objetivo se han desplegado una serie de sofisticadas técnicas, a las que Foucault llama “microfísica del poder”, para reglamentar minuciosamente los menores detalles de nuestra vida. ¿Qué utilidad tiene rellenar casi a diario un impreso para cualquier cosa, incluido el permiso para celebrar una manifestación? Ninguna, salvo la de reducirnos a la obediencia, como un soldado que debe saludar “por norma” a sus superiores.

Existen múltiples formas de boicotear un mecanismo. Desde introducir palillos entre sus engranajes hasta echar arena en el depósito de combustible. Para funcionar sin problemas, el Sistema necesita la certeza de un orden que reduzca la imprevisibilidad; consigue la sumisión triturando la conciencia de los individuos mediante esa microfísica del poder. Se tritura así la sociedad reduciéndola a un amorfo puré social homogeneizado a fuerza de alienación, y relativamente sencillo de manejar por ese Pensamiento Unico mercantilista para el que la libertad sólo cuenta cuando se trata de la “libertad de mercado”. Pues bien, a través de la desobediencia podemos complicar el puré, llenarlo de microscópicos grumos, para que no cuele tan fácilmente por los poros del tamiz normalizado de la autoridad. Es factible responder a la microfísica del poder con una microfísica de la desobediencia ejercida a escala individual. De esa manera, cada individuo puede formar su propio grumo sin importar lo pequeño que éste sea. Llenando de grumos el puré, el tamiz terminará por atascarse.

Son ya demasiados los datos que confirman que una banda de perturbados mentales, de idiotas morales con uniforme de navegantes se han apoderado del gobierno de la nave Tierra. Sus pasajeros no podemos permitirnos correr la misma suerte que los del Titanic. De nuestra capacidad de rebelión contra los espabilados idiotas que manejan el gobernalle del navío, depende que podamos o no, modificar el futuro de una tremenda colisión con los limites físicos que aparecen en el horizonte. No es preciso aguardar a que aparezcan líderes que encabecen el motín. Desobedeciendo desde nuestra modesta silla de cubierta, negándonos a danzar en el baile de la estupidez, cada uno de nosotros puede contribuir a una rebelión general a bordo del amenazado planeta Tierra que detenga la maquinaria del Sistema. La necesidad de desencadenar una rebelión general a bordo de la nave Tierra es cuestión de mera supervivencia.

José Antonio Pérez
(Madrid)

LECTURAS PARA DESOBEDECER

Aunque existe una gran cantidad de bibliografía sobre la Desobediencia Civil, buena parte de ella requiere un considerable esfuerzo de lectura toda vez que su contenido es bastante académico, con disquisiciones jurídicas y filosóficas sobre esta materia de índole muy técnica. Sin embargo, hay libros que resultan bastante accesibles a cualquier lector que quiera iniciarse en los principios básicos de la desobediencia.

EL ESPIRITU DE LA DESOBECIENCIA

“Tan sólo hay cinco o seis hombres en la historia de América que para mí tienen un significado. Uno de ellos es Thoreau. Pienso en él como en un verdadero representante de América, un carácter que, por desgracia hemos dejado de forjar… Es lo que Lawrence llamaría un “aristócrata del espíritu”, o sea, lo más raro de encontrar sobre la faz de la tierra: un individuo”. Con estos rasgos, Henry Miller traza el retrato de H. D. Thoreau, «inventor» del concepto de la desobediencia civil.

Este individuo no tuvo jamás una profesión definida, aunque ejerció diversos oficios procurando trabajar el mínimo imprescindible para obtener los recursos esenciales para su subsistencia, de manera que ello le permitiese ser dueño y señor de su tiempo y emplearlo en vivir conforme le pareciera. vendiera mis mañanas y mis tardes a la sociedad, como parece hacer la mayoría, estoy seguro de que no me quedaría nada por lo que mereciera la pena vivir. Durante dos años, Thoreau se retiró a una cabaña que el mismo construyó en medio del bosque. Allí escribió Walden, una obra en la que anticipa los planteamientos que sostienen hoy pacifistas y ecologistas respecto a la necesidad de encontrar un justo equilibrio entre las necesidades humanas y los recursos del medio natural.

En el verano de 1846, Thoreau fue detenido y encerrado en la cárcel local de Concord por negarse a pagar impuestos. Entre las razones que adujo para ello, destaca su negativa a colaborar con un Estado que mantenía el régimen de esclavitud y emprendía guerras injustas como la que Estados Unidos había declarado a Méjico. A raíz de este episodio escribió una conferencia cuyo texto se publicaría definitivamente en 1886 con el título definitivo de Desobediencia Civil.

Una excelente versión de este texto en castellano es la edición bilingüe realizada por Antonio Casado da Rocha. Thoreau era una persona extraordinariamente culta, y en sus escritos desliza innumerables referencias de obras clásicas, incluida la filosofía oriental, así como maliciosos juegos de palabras cuya riqueza expresiva se pierde en las traducciones corrientes. El generoso aparato crítico con el que Casado da Rocha ha equipado su propia versión, además de permitir una mejor comprensión del texto original de Thoreau convierte su lectura en un auténtico recreo para el espíritu.

Henry David Thoreau, Sobre el deber de la desobediencia civil, Introducción, traducción y notas de Antonio Casado da Rocha, Iralka, Irún, 1995.

LA NO-VIOLENCIA

Una de las ideas más fecundas del pensamiento político occidental: el derecho de rebelión contra la tiranía, se fundió con la esencia de la filosofía tradicional hindú en el crisol ideológico del Mahatma Gandhi, cristalizando en un arma totalmente nueva para enfrentarse a la injusticia: la no-violencia. A través de ella, Gandhi encuentra una fórmula de negar la colaboración con el poder, por el no-uso de las instituciones, de los organismos, boicot de escuelas, tribunales, productos importados, rechazo de la prestación de ciertos servicios públicos, dimisión de cargos oficiales.
De la rueca gandhiana, símbolo de la autosuficiencia, surgió el hilo conductor de toda una táctica de rebelión civil basada en los métodos pacíficos, que demostró su eficacia en acciones como la famosísima marcha de la sal, y puso fin al dominio del Imperio Británico en la India. Gandhi comprendió que no era posible soportar pasivamente la injusticia y que la dignidad humana exigía combatirlas no a través de la violencia, puesto que si hiciéramos caso de la ley del Talión devolviendo ojo por ojo, «el_mundo_se_quedaría_ciego», piensa Gandhi. Encarcelado por las autoridades del Transvaal, estudió cuidadosamente los textos de Thoreau durante su permanencia en la cárcel y se identificó plenamente con el pensamiento del americano. En lo sucesivo, adoptó la expresión «desobediencia_civil» para su movimiento de lucha contra la segregación racial. Lucha basada en la no-violencia, a la que considera la única arma totalmente invencible, ya que no podrá jamás producir su contrario destinado a aniquilarla.

Louis Fischer, Gandhi, Plaza y Janés, Barcelona, 1950.

DESOBEDIENCIA Y EVOLUCIÓN

El psicólogo social Erich Fromm considera la desobediencia como el germen de la evolución: , dice Fromm, en alusión directa a la posibilidad de un holocausto nuclear. Analizando el mito hebreo de la desobediencia de los primeros seres humanos, Fromm afirma que Adán y Eva, cuando vivían en el Edén, formaban parte de la naturaleza, pero no la trascendían, como el feto en el útero de la madre. Esta situación cambió cuando desobedecieron una orden. “Al romper vínculos con la tierra y madre, al cortar el cordón umbilical, el hombre emergió de una armonía prehumana y fue capaz de dar el primer paso hacia la independencia y la libertad. El acto de desobediencia liberó a Adán y Eva y les abrió los ojos. Se reconocieron uno a otro como extraños, y al mundo exterior como extraño e incluso hostil. Su acto de desobediencia rompió el vinculo primario con la naturaleza y los transformó en individuos”.

Es el deseo de seguridad unido al miedo a la libertad, dice Fromm, el que nos hace obedecer: “Una persona puede llegar a ser libre mediante actos de desobediencia, aprendiendo a decir no al poder. Pero no sólo la capacidad de desobediencia es la condición de la libertad; la libertad es también la condición de la desobediencia. Si temo a la libertad no puedo atreverme a decir “no” no puedo tener el coraje de ser desobediente. En verdad, la libertad y la capacidad de desobediencia son inseparables; de ahí que cualquier sistema social, político y religioso que proclame la libertad pero reprima la desobediencia, no puede ser sincero”.

Erich Fromm: Sobre la desobediencia y otros ensayos, Paidós, Barcelona 1987.

EL CONTROL DE LA CHUSMA

Hay gente que se ha llegado a preguntar sobre si existían dos Noam Chomsky, uno, el lingüista, otro, el activista político. Pues no, se trata de la misma persona, la del científico comprometido con la acción política. Escritor prolífico y activista incansable, la figura de Chomsky es inseparable de la crítica al Orden Establecido. Quien quiera comprender como se está produciendo en la actualidad el establecimiento de ese Nuevo Orden que extiende la miseria a escala planetaria en beneficio de una minoría, no tiene más que acudir a Chomsky. En sus obras denuncia la descarnada verdad de la opresión que se esconde tras el discurso del poder sobre el libre mercado y la desregulación de la actividad económica de los pobres, mientras los ricos siguen teniendo bien atadas las riendas del control. Chomsky no se muerde la lengua a la hora de explicar los métodos utilizados para mantener «la_chusma_a_raya» en una serie de entrevistas agrupadas en un libro bajo ese título.

Noam Chomsky, Mantener la chusma a raya, Txalaparta, Tafalla, 1995.

RETORICA DEL PODER

Con esta definición, J. A. Herrero Brasas nos introduce en el análisis de cuestiones como el militarismo y la insumisión, temas en los que es un auténtico experto, y a los que ha dedicado varias obras.

Herrero Brasas, rompe con algunas concepciones ingenuas del Poder a través de una detallada radiografía de las diversas formas y orígenes de articulación del poder y la retórica que le es propia. Un aspecto notable y valiente del análisis consiste en no considerar la insumisión como una acción limitada exclusivamente a ser ejercida frente a los ejércitos convencionales, sino frente a todo tipo de militarismo, incluido el que practican las bandas armadas.

Juan Antonio Herrero Brasas, Poder, retórica e insumisión, Hiru, Hondarribia, 1994.

DESCONECTANDO EL SISTEMA

Finalmente, y para quienes necesiten echar un vistazo rápido a los principales argumentos filosóficos, jurídicos y políticos que sustentan el concepto de la desobediencia, así como de las nuevas perspectivas que la misma ofrece ante el fracaso global del sistema, me permito sugerir el uso del modesto Manual sobre esta materia que me he tomado la libertad de elaborar con vistas a «desconectar_el_Sistema».
Para desarmar una Máquina hay que pensar como un mecánico, y así en algunos de sus capítulos, este manual describe algunos detalles de la «microfísica_de_la_desobediencia». Es decir, la forma mediante la que un sistema puede ser perturbado actuando sobre el feedback que retroalimenta sus decisiones. La Cibernética nos enseña cómo un exceso de feedback positivo conduce a un sistema a un estado máximo de desorden. Unas nociones mínimas sobre esta materia permitirán a los desobedientes diseñar sus acciones de sabotaje al Sistema con mayores probabilidades de éxito.

José Antonio Pérez, Manual práctico para la Desobediencia Civil, Pamiela, Pamplona.

José Antonio Pérez