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Calles no. No calles.

by C.N.A. on noviembre 7th, 2016

Los lejías se han molestado mucho con lo de que se le quiera quitar su calle en Madrid a Millán Astray. Se han manifestado en la plaza Mayor y luego se habrán ido a tomar un vino español seguido de una comida de hermandad, puede que seguida de una capea. Y ya está. Ya se ha abierto el interesante debate recurrente sobre la estupidez de turno: las calles y su nomenclatura. Lo que haga falta con tal de no hablar sobre lo importante y hacerlo. Fetichismo. A la calle Millán Astray se la va a rebautizar como calle de la Inteligencia. Estamos salvados. Los vecinos de esa calle se van a volver listísimos de repente.

Las calles no son más que caminos trillados que debemos seguir de un redil a otro. Marcan la diferencia aberrante entre el campo, con su espacio abierto, y la ciudad, donde nos amasamos encajados. Las calles son para pisarlas, son vías de máquinas ciegas, de desfiles sonámbulos de pies con el paso cambiado; lugares de ocio absurdo alquitranado, lugares donde se sientan los mendigos a contemplar el espectáculo, grietas, fronteras, obstáculos entre bloques, casas y oficinas; delatores, chivatos que nos localizan cuando la Policía viene a por nosotros o cuando el cartero nos trae la carta de desahucio o de embargo. Aquí vive, todo vuestro. Cuando la muerte llama a nuestra puerta ha logrado nuestras señas en el callejero. Fuera calles. No calles.

 

Claro que, cuando hace falta, cuando estás buscando la dirección de un ambulatorio para que te den pirulas o la de una empresa para que te den curro, no hay un dios que encuentre la placa. Puesto que esos sitios están en calles, habría que poner placas en cada esquina, ayuntamiento. Hay calles que se prolongan kilómetros sin que se pueda encontrar su nombre, sobre todo en los polígonos industriales, cuando más las necesitas para localizar la empresa que te va a dar trabajo, sueldo, un mono y otro jefe.

 

Yo he vivido en las calles Santurce, Sílfide, San Marcelo, Jaime Hermida, Troya, Pobladura del Valle, Gutierre de Cetina y Emilio Ferrari, todas de Madrid. Cuando vivía en ellas, no supe ni me interesó nada saber quiénes eran Emilio Ferrari ni Jaime Hermida, no sentí un deseo imperioso de leer los poemas de Gutierre de Cetina, no me sentí heroico como un troyano, ni me encomendé a San Marcelo, ni me dio por viajar a Pobladura del Valle oa Santurce, ni adelgacé como una sílfide. Eran nombres repetidos, administrativos, que me provocaban tanta emoción como las facturas de mi teléfono.

 

Ahora parece que van a limpiar las rebabas franquistas que se dejaron en el callejero los ayuntamientos socialistas. Vale, todo muy chanchi. Pero hay genocidas, torturadores, esclavistas y asesinos antiguos como Fernando VII, Carlos V, reyes, papas, políticos, guerreros, que tienen plazas y calles y casi hasta aeropuertos y no pasa nada. Porque a nadie le muerde ya en el ojo la vista de sus nombres; ha pasado el tiempo suficiente como para que sus víctimas hayan muerto todas, y los muertos ni votan ni protestan. Es evidente. Claro que si viera o si viviera en una calle dedicada a Emilio Hellín Moro o Juan José Rosón, por ejemplo, me sublevaría. Con seguridad, me asquearía. Pero, tras la primera reacción, pensaría que no importa. Los perros se mean en las esquinas de las calles, se cagan en sus aceras; la gente escupe chicles insípidos y esputos espesos, tira las tobas, los borrachos vomitan en sus bordillos, sus paredes se llenan de pintadas, los coches las llenan de humo. No es un gran honor tener una calle; es algo vano y banal, casi bananero. Es una horterada. Tengo una calle. Enhorabuena, que la disfrutes con salud. Un verdadero alarde de vulgaridad y falta de categoría. A ver quién tiene la calle más larga, más ancha y con menos fulañí. Con las calles y plazas a nombre de particulares me pasa como con las estatuas (Ver Estatua grande ande o no ande y Gente sin estatua). Me parecen advocaciones religiosas rancias de la Madre de Dios, Nuestra Señora La Democracia.

 

Puestos a dar bombo a los Mitos, lo que ya debe de ser la hostia es que bauticen, no ya una calle, sino una ciudad entera con tu nombre: Leningrado, Ciudad de Ho Chi-minh, Ciudad Juárez, Comodoro Rivadavia. Y que bauticen con tu nombre un país debe de ser para mearse de gusto: Bolivia, Colombia, Filipinas. O un continente: América; o un planeta, o una estrella, o una galaxia. O el universo mundo. O todos los universos posibles. O el infinito, o todos los infinitos de toda la eternidad. ¿Por qué no? ¿Por qué conformarse con una triste calle, con sus alcantarillas y sus jeringas y sus farolas rotas y sus baches?

 

Claro que, si le dedicara un hueco en mis aturdidos pensamientos al asunto, preferiría que no hubiera calle Millán Astray ni Caídos de la División Azul ni Alfonso XI. Ni Payaso Fofó. Ni Dos de Mayo, ni Hostias Confitadas. Y mucho menos nombres de anarquistas. El día en que le pongan una calle a su nombre a Bakunin iré a la ventanilla de la cosa ácrata a darme de baja y que me devuelvan el dinero. Hay por ahí alguna callejuela, plazuela, colegio y tal, escondrijos penosos, cagaderos ocultos, en Barcelona, Getafe, Leganés y así dedicados a Durruti, Anselmo Lorenzo, Montseny y pocos más. Las migajas del banquete progre que consuelan a las hambrientas y tragonas bocas anarcorreformistas. Si viviera en esos sitios pintaría las placas para que no haya una plaza Durruti esquina calle Rockefeller con vistas a la avenida Papá Noel. Los anarquistas, siempre en las calles, no les dan nombres, sino vida.

 

Lo funcional —siguiendo con la ficción de que me importara un rábano el asunto— sería llamar a las calles por números, o por letras, o por cuadrantes. No hay nada evocador en el nombre de una calle, al menos universalmente evocador. Los países, como las calles, tendrían que desaparecer, pero mientras tanto, deberían tener nombres también asépticos, descriptivos, burocráticos: Estados Unidos, Países Bajos. Nombres que no remitan a etnias, razas, poemas épicos, héroes o mitos fundacionales. ¿Que unos Estados se unen? Pues Estados Unidos. ¿Que unos países son bajos? Pues Países Bajos. Sin complicarse la vida, que ya está bastante complicada.

 

Aunque ésos son parches. La única salvación de las calles, la única forma de darles vida es tomarlas y devastarlas, levantar los adoquines, alzar barricadas, prenderlas. Como los países. Como el mundo, el universo, los universos, la eternidad al cubo. Y luego hacer una fiesta en la calle desaparecida hasta el amanecer.

 

El ayuntamiento de Madrid se mete con esta cosa de las calles, le gusta, se entretiene con el juego de cromos de los nombres de las calles, con ese veo-veo. Mientras tanto, las agencias de empleo municipales no dan trabajo ni formación. Llevo allí apuntado tres años o más y no me han llamado una sola vez. Hasta iniciativas interesantes como los talleres de escritura de las bibliotecas municipales, que al menos daban algo de circo ya que no tenemos pan, están en vías de extinción con estos paladines de la cultura. Claro que todo eso venía de antes, de los gobiernos municipales del bipartidismo malo o como se llame. Pero éstos, los de Unidos En Común Podemos Por Si Acaso, ¿no venían a arreglarlo? ¡Eh, espera! —nos dirán—: ¿no querréis que os lo den todo hecho? No. No queremos que nos den nada hecho. No queremos que nos den. Pero nos están dando. Nos la están dando con queso, el queso mugriento de los nombres de las calles. Cuando le pongan a la calle en la que vivo el nombre de Pasionaria Con Reluciente Sonrisa de Niña Mirando al Futuro Nuevo Mundo Sí Se Puede Rojo Amanecer Puño En Alto, seguro que encuentro curro, seguro que los perros dejan de cagarse en las aceras y que los políticos nuevos como la septuagenaria Carmena dejan de pillar.

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