CEPRID

Siria: La batalla por Alepo

Viernes 17 de agosto de 2012 por CEPRID

Dmitry Sedov

Fondo de la Cultura Estratégica

Traducido para el CEPRID (www.nodo50.org/ceprid) por María Valdés

Una vez más los acontecimientos de Libia hablan a favor de una vieja verdad: una revuelta local alimentada desde el exterior amenaza con extenderse y convertirse en una rebelión total si esta no es sofocada a tiempo de manera drástica sin ninguna vacilación. Muchos activistas libios de oposición miran hacia atrás y se preguntan sobre el resultado de los eventos: ¿Era esto lo que estábamos buscando? El país está devastado, nuestro sistema de primer nivel de seguridad social ya no existe, los grupos que se alzaron con el poder se hunden en disputas internas y no se ve una perspectiva a la vista.

En líneas generales lo mismo está sucediendo en Siria, la rebelión está creciendo instigada por actividades subversivas permanentes contra el gobierno sirio. Estando perdida y confundida mucha gente toma el bando de la oposición, especialmente los jóvenes. Como en Libia, vemos fotografías de los sistemas de armamento de combate capturados en manos de estudiantes y el número de desertores del ejército está creciendo (o la gente que se presenta como desertores frente a las cámaras de televisión, un método probado para librar una guerra informativa), muchos son presa de los medios hostiles y brindan apoyo a los grupos armados. Paso a paso más y más gente se involucra en la rebelión.

Sin embargo, existe una característica específica en la situación siria. No existe un poderoso impulso anti dictatorial que brinde ímpetu a muchos de aquellos que apoyan los esfuerzos de la oposición, como en Libia. En el caso de Gaddafi, cuarenta años en el poder eran demasiado para la tolerancia psicológica de la parte más activa de la población y fue un factor que atizó la lucha contra el gobierno. En Siria el Partido Baath encabezado por el clan Assad es lo suficientemente flexible para enfrentar los nuevos desafíos del tiempo. La reforma política en curso pareciera abrir el camino para el diálogo político, lo cual no ha ocurrido debido a los esfuerzos de aquellos que se oponen a una salida pacífica. Ellos perciben los vínculos con Irán como un gran “vicio” del régimen gobernante, agregado al hecho que los alauitas son considerados como una variante de la denominación shií del Islam.

Aquellos que influyen en el desarrollo de los acontecimientos desde el extranjero están en lo cierto, mientras los alauitas gobiernen el país, seguirá siendo un aliado de Irán. La creciente influencia de los shiíes en la región es un hecho indiscutible por el cual Arabia Saudita está sumamente preocupada. Los shíes, a pesar de ser una minoría, constituyen una parte tangible de su población y luchan por sus derechos, lo cual amenaza las bases del régimen imperante. En el mes de noviembre del 2011 cuatro hombres fueron asesinados en la gobernación saudita de Qatif, área urbana ubicada en la Provincia Oriental. En una declaración formal se señaló que los cuatro estaban armados y “actuaban bajo órdenes dictadas desde el exterior”. Se debería suponer que se trataba de agentes iraníes. A comienzos de enero, las autoridades sauditas dieron los nombres de 23 personas sospechosas de incitar desórdenes en Qatif, tráfico de armas y disparar contra civiles y militares. En los meses de marzo y julio, Qatif, de población principalmente shíi, fue otra vez escenario de protestas. Los shiíes exigen la liberación de los prisioneros políticos, reformas y el cese de la discriminación. Las manifestaciones fueron duramente reprimidas. Hubo muertos y heridos y 400 personas fueron detenidas de las que 70 aún permanecen tras las rejas, incluyendo al muy conocido activista de derechos humanos, Fadelal-Munasif. La situación es aun más tensa en Bahréin y Qatar donde los shíies son mayoría. En la primavera pasada, las protestas shiíes en Bahréin fueron sofocadas por las fuerzas armadas de Arabia Saudita y Qatar.

El rasgo decisivo de la rebelión es el hecho que los regímenes sunníes del Golfo Pérsico actúan como los mayores patrocinadores de los sucesos en Siria. Estos regímenes no son influenciados por ideologías democráticas occidentales, no manejan los hilos de títeres que actúan bajo el disfraz de luchar por la democracia. Se apoyan en terroristas musulmanes contratados en diferentes países. No es extraño hallar tanto militantes de Al Qaeda en las filas mercenarias, organización que es la vanguardia del extremismo del Islam sunní. Hoy en día terroristas internacionales provenientes de todos los rincones del mundo combaten contra el presidente legalmente elegido y actual gobierno de Siria. La mayor parte de ellos son contratados por emisarios sauditas en Túnez, Argelia y Yemen. El número de iraquíes y afganos también está aumentando. Se trata de un factor disuasorio en el proceso de degradación de la mayoría presidencialista de la población siria. Los mercenarios extranjeros no pueden ni deben conseguir un apoyo de masas decisivo dentro del país. Las áreas tradicionalmente hostiles dominadas por los sunníes de Homs y Hama y algunas rurales son en mayor medida vulnerables a los asaltos desinformativos de la oposición y continúan siendo los pilares de los esfuerzos de la oposición en Siria. Es por eso que las acciones de combate entre las fuerzas del gobierno y los rebeldes se parecen a una lucha contraincendios. El papel de Occidente es muy diferente en comparación con el caso libio. Esta vez Occidente cedió la iniciativa a Arabia Saudita, Turquía y Qatar con la esperanza que sus esfuerzos conducirían a la expulsión de Assad y al establecimiento de un régimen pro-occidental en Damasco.

Actualmente Occidente le está dando forma a un fondo diplomático y desinformativo con el objeto de derrocar a los dirigentes de Siria, pero no está dispuesto a involucrarse en una agresión armada en caso que la situación llegue hasta ese nivel. El significado del mencionado esfuerzo de guerra diplomática y desinformativa no debiera ser subestimado. Washington, Londres y París habilidosamente han empleado los resultados de las actividades de sus aliados terroristas en Siria para su provecho y han forzado la situación hacia un punto de inflexión política. Han creado una atmósfera de “última oportunidad” para Assad en la ONU. Al perderse la oportunidad se abriría el camino para un mayor agravamiento de la situación. Por eso se ha producido la prolongación técnica de la misión de observadores de la ONU por solo treinta días y no por tres meses como había sido pensado anteriormente. Una vez que los altos mandos militares sirios fueron físicamente eliminados a través de una acción terrorista, la dirección política del país en realidad se está ante un ultimátum: tiene un mes para normalizar la situación (y ahora menos). Luego se lanzarán las acciones preparatorias para la intervención directa. En Damasco entienden bien lo que esto implica.

Esa es la razón porqué los aviones de la fuerza aérea y los helicópteros militares aparecieron en el cielo de Alepo. Se encuentran llevando a cabo operaciones de “limpieza” para liberar de rebeldes una de las ciudades más importantes del país. El asalto general está en marcha y se emplearán todos los medios excepto el armamento químico. Se debería esperar que los medios de comunicación occidentales publiquen fotografías horrorosas de la limpieza de Alepo mientras se destacan los acontecimientos. Pero actualmente esto ha perdido todo significado para los dirigentes sirios. Actualmente se enfrenta al último recurso, la batalla final. La misión de los militares está clara: las bandas rebeldes deberán correr hacia la frontera turca. El consiguiente “sofocamiento del incendio” deberá tener como resultado obligar a los terroristas a correr hacia la frontera de Turquía. Las próximas tres semanas el mundo presenciará la batalla decisiva entre la internacional terrorista y las fuerzas del gobierno sirio. Quizá algún día los historiadores se refieran a ella como “la batalla por Siria.”

Tal vez. Todo dependa de quien triunfe para que Siria prevalezca.

N.T.- Este artículo fue publicado en el comienzo de la ofensiva gubernamental en Alepo. La referencia a las tres semanas que hace el autor es el tiempo que, según él, le quedaría al gobierno de Al-Assad antes de enfrentar una agresión abierta desde el exterior.


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