CEPRID

BIBI, EL BLANCO PERFECTO (I)

Miércoles 30 de abril de 2008 por CEPRID

Ricardo Rodríguez 30 - IV - 2008

“Ella, (Benazir Bhutto) no representaba a nadie más que a sí misma y, por lo tanto, tampoco iba a hacerse a un lado en el casi seguro caso de ganar. De eso se encargaron antes quienes la mataron. Y no hay quien la sustituya. Su hijo Bilawal, es demasiado joven e inexperto y su marido goza de una mala reputación. Tal vez sería el momento de que el Partido del Pueblo de Pakistán (PPP) dejara de descansar en una sola familia y se convirtiera en un verdadero partido (político)”. Lucía Luna

Rawalpindi, antigua capital de Pakistán, ciudad-cuartel, sede del Comando Central de las Fuerzas Armadas, base logística de los Servicios Secretos (ISI) y lugar de residencia del dictador, ex general y ex Comandante en Jefe de las FFAA, Pervez Musharraf. La ciudad más militarizada y controlada del país por las fuerzas de seguridad e inteligencia del Estado, pero también la ciudad que tiene uno de los índices más altos del mundo de asesinatos y ejecuciones de líderes políticos. Da lo mismo que estos se realicen en el vasto sistema de mazmorras en los subsuelos de la ciudad-cuartel, que en los parques y plazas del custodiado exterior.

Minutos después de concluir su discurso a una audiencia muy disminuida (25 mil personas según cifras del gobierno) por el espanto que causaron atentados previos, Benazir Bhutto, la fugitiva líder y figura emblemática de la más poderosa dinastía de Pakistán, se acomodaba en un gran coche blindado rodeada de sus partidarios. Se disponía a abandonar el recinto de la manifestación en el céntrico Parque Lashkar-i-Tayyba. Era el atardecer del 27 de diciembre del 2007.

Que Benazir Bhutto era una mujer valiente, nadie lo discute. Que tenía un sentido de la audacia y del encanto que irradian las mujeres mediáticas, tampoco. Trabajó con paciencia y tesón para convertirse en la prima dona de Washington y Londres. Su carisma, sin duda, heredado de su padre, Zulfiqar Ali Bhutto, siempre estuvo fuera de toda duda. Con sus habilidades, sus dotes y sus interminables viajes, se rodeó de importantes figuras políticas mundiales, creó una red de incondicionales situados en esferas claves de influencias, tanto dentro como fuera de Pakistán, pero al final, nada, en el meticuloso armazón tejido con dedicación, le sirvió para mantenerla con vida. Más bien, la llevaron directo a una emboscada mortal de cual no pudo salir indemne. Existen señales, pero son tan sólo eso –señales- que indican que en los últimos días de su vida, habría reculado de las componendas que fraguó a tres bandas con Bush y Musharraf, provocando la ira tanto de la administración americana como del dictador de turno en su país.

A los 24 años y en condiciones muy adversas, tomó el relevo político de su padre y estableció un liderato y la continuación de una aristócrata dinastía política que duraría 30 años. Durante toda su vida, gran parte de sus energías, las empleó porfiadamente en volver a los caminos y lugares donde la habían vitoreado y aclamado, amado y odiado, encarcelada y juzgada, y según sus propias palabras -denigrada con acusaciones falsas sobre el origen de su descomunal fortuna. Recordemos que sus dos períodos como Primera Ministra de Pakistán, suman menos de cinco años. Su anunciado asesinato, remeció hasta sus cimientos la torpe política imperial en el sur de Asia y obliga al presidente Bush, en sus últimos meses, a recurrir a tácticas de emergencias para intentar recomponer una estrategia que no tiene una solución viable a corto plazo.

Durante su existencia política, esquivó varios atentados y tejió con astucia -de manera no muy limpia ni ética- los resortes y mecanismos para apropiarse del cargo de Presidenta de por vida del Partido del Pueblo de Pakistán (PPP), una organización política que desde hace décadas, pertenece al inventario de los numerosas feudos de la familia Bhutto. Haber sobrevivido durante 54 años a los albures y peripecias de la política en Pakistán, era ya todo un logro.

Cuando amplios sectores de la prensa mundial se dedican a resaltar sus valores y aportes –que sin duda los tuvo- llama la atención el hilo conductor que oculta sistemáticamente lo que podríamos calificar como “los aspectos negros de su vida”. La prensa estadounidense en su totalidad y la mayoría de los medios de comunicación europeos, con contadísimas excepciones, han dedicado grandes espacios a endulzar su figura “democrática” y a endiosarla como la carta salvadora de Pakistán en sus horas más difíciles. En análisis sesgados y unilaterales, intentan encumbrar un mito a partir de una mujer dedicada, desde muy joven, a peligrosos juegos políticos en una saga que ya la prensa compara con las tragedias de la familia Ghandi en la India o los Kennedy en los EEUU. El refinado todo terreno tenía dificultades para abrirse paso entre la multitud. En los precisos momentos en que el vehículo abandonaba el perímetro del Parque, dos hombres la esperan en medio del desorden y del tumulto que provocan sus partidarios políticos. En películas y fotos publicadas con posterioridad a su asesinato, uno de los esbirros es retratado de gafas y traje oscuro, y el otro, con un lienzo blanco medio tapando su cabeza y su rostro. Son los sicarios contratados para realizar el asesinato. Los brazos ejecutores de la conspiración en curso. Ambos individuos se abren paso, resueltos y dispuestos, en dirección al coche principal de la comitiva. Benazir Bhutto no intuye nada, tampoco sus partidarios, ni sus escoltas ni la policía y militares que, en gran número se encuentran al acecho en la zona. Los asesinos se colocan a menos de dos metros de la mujer, en la ciudad de mayor densidad militar del mundo.

La líder opositora, con su cabeza envuelta en un pañuelo blanco, asoma medio cuerpo por la abertura o ventana horizontal ubicada en el techo del vehículo. Saluda sonriente a sus partidarios y agita sus manos. Los dos hombres bregan para avanzar en dirección al coche. El blanco a disparar se mueve lentamente. Colocado a menos de dos metros de la figura política pakistaní, el primer pistolero de un supuesto “comando de dos”, extrae de uno de sus bolsillos un revolver, posiblemente calibre 38, y dispara tres tiros a la ex primera ministra. De esta manera, se repite en Rawalpindi el expediente de Dallas, pero esta vez, prácticamente a quemarropa y con bomba incluida. El pañuelo blanco que cubre la cabeza de Benazir, sufre un brusco zarandeo. Ella se dobla y cae hacia el interior del coche. Por lo menos, dos de los disparos impactan a la mujer. Segundos después del atentado, al parecer, el segundo hombre, un kamikaze, junto al pistolero de gafas, acciona el detonador de una carga explosiva que lleva adosada al cuerpo. La explosión hace tambalear varios coches en la comitiva y destroza todo lo que se encuentra en un radio de 25 metros. El chofer de Benazir hunde el acelerador y escapa del lugar hacia el Hospital General de Rawalpindi, donde los médicos, después de inútiles intentos por mantenerla con vida, certifican la muerte de Benazir Bhutto.

Sherry Rehman, portavoz de prensa y amiga desde hacía muchos años de la ex primera ministra, que viajaba en el coche inmediatamente posterior, llegó hasta el Hospital siguiendo a la comitiva que velozmente transportaba a la mujer herida de muerte y allí, una vez pronunciada extinta por el dispositivo médico que la atendió, formó parte del equipo que -de acuerdo a la tradición musulmana- lavó prolijamente el cuerpo y maquilló el rostro de Benazir Bhutto. Más tarde, hablando frente a muchos periodistas, la señora Rehman, expresó que “el cuerpo Benazir presentaba dos heridas de bala, al parecer, una de ellas mortal: un proyectil penetró por la parte posterior de la base del cuello con salida por un costado de la cabeza. El otro, en la parte alta del abdomen”. Momentos después del atentado, decenas de ambulancias y vehículos de rescate levantan los cuerpos de 26 muertos, casi un centenar de heridos graves y restos humanos diseminados en un amplio radio en la escena del crimen. Una vez que se constató que no quedaba nadie herido de gravedad en el lugar del crimen, brigadistas muy bien organizados limpiaron con singular esmero toda la zona. Primero, barrieron los restos de vehículos, vidrios, afiches, lienzos, pedazos de goma y de neumáticos, desperdicios y hasta restos humanos y, de inmediato, potentes mangueras de agua repasaron todos los lugares donde antes se había cometido el homicidio y la posterior masacre. Insólito. Media hora después del atentado, nadie hubiese jurado que en el lugar se había producido una potente explosión que dejó decenas de muertos y heridos. El objetivo de la conjura se había cumplido de manera profesional y en la escena del crimen no quedó rastro de nada. Una “neutralización limpia” en lenguaje de la CIA.

Mientras tanto, en el hospital, miembros de la dictadura, presumiblemente agentes del omnipotente Servicio Secreto, intimidan a los médicos en el sentido que no hablen con la prensa y se apoderan de exiguos informes, notas y radiografías de cráneo de Bhutto. No se realiza autopsia alguna al cadáver por negativa –dice el gobierno- de su viudo, Asif Ali Zardari, que vuela con apremio desde Dubai, donde se encontraba.

Poco más tarde, el vocero del Ministerio de Interior, asegura a la prensa que el autor intelectual del crimen es un destacado comandante talibán pakistaní vinculado a Al Qaeda, Baitullah Meshud, y que posee una grabación telefónica que lo incrimina. Este comandante guerrillero, que opera en el mítico Valle de Swat, en la Provincia de Waziristán del Sur, con unos 20 mil hombres afiliados a la organización Tehrik-i-Talibán, ha negado rotundamente tener algo que ver con el crimen. El máximo jefe de esta organización aliada a los talibán afganos y a Al Qaeda es el legendario muyaidin Jalaladdin Haqqani, héroe de la lucha contra los soviéticos y el hombre que ayudó a Osama bin Laden a escapar del cerco de Tora Bora a finales del 2001.

Pero a mediados de enero del 2008, la fuerzas de seguridad paquistaní arrestaron en el pueblo de Dera Ismail Kahn, en la convulsionada Provincia de la Frontera Norte, a Aitezaz Shah, de sólo 15 años de edad quien –según Al Jazeera citando fuentes de la seguridad- admitió que formaba parte de un comando de 5 hombres enviados por Baitullah Meshud con la misión de matar a Benazir Bhutto en Rawalpindi. Pero la propia Benazir Bhutto días antes de ser asesinada descartó a Meshud. “No estoy preocupada por Meshud –dijo Bhutto a “The Observer” de Londres. Me preocupan las amenazas que provienen desde el interior del gobierno. Gente como Mahsud son sólo peones. Son las fuerzas detrás de ellos las que presiden el aumento del extremismo y el radicalismo en mi país”. Mehsud también ha sido descartado como culpable por todos los dirigentes del PPP que se han referido al atentado. Sin embargo, la CIA emitió una confirmación oficial en el sentido que “no le cabían dudas que Meshud estaba detrás del crimen”, que concuerda con la opinión del gobierno de Musharraf y también con las conclusiones extra oficiales a que han llegado agentes británicos de Scotland Yard que investigaron in situ el atentado, pero sin poder realizar la autopsia al cadáver de la ilustre dirigente política. Con este mismo jefe muyaidin, la dictadura de Musharraf firmó “un acuerdo de no agresión” en el 2005. Posteriormente, el trato fue roto por ambas partes. Más allá de este hecho, el portavoz de la dictadura agrega –mostrando dos radiografías- que “Benazir Bhutto murió al golpear su cabeza contra la manilla de la ventana horizontal situada en el techo del vehículo al ser catapultada por la explosión del suicida”. Implicaba que bien la muerte de Benazir pudo haber sido enteramente accidental.

La destacada escritora e investigadora pakistaní Ayesha Siddiqa, autora del aclamado libro “Military Inc: Inside Pakistán’s Military Economy”, expresa que no tiene dudas sobre quién se encuentra detrás del asesinato: “estoy convencida que los Servicios de Inteligencia están envueltos. Sólo con la autorización de los Servicios de Seguridad, un pistolero y un terrorista suicida podrían llegar tan cerca de Bhutto. Otros analistas, que básicamente comparten el juicio de la escritora, agregan a militantes fundamentalistas coludidos con los organismos de inteligencia. En el mes de noviembre, la propia Benazir Bhutto escribió un correo electrónico a su amigo y representante en los EEUU, Mark Siegel, a quien dejó claro que si a ella le sucedía algo, debería considerarse responsable al General Pervez Musharraf.

Benazir Bhutto es la cuarta líder del país asesinada en los últimos 60 años, un record similar al que tienen los políticos estadounidenses toda vez que este es el método favorito de los poderosos para “neutralizar” –como también diría Kissinger- a quienes estorban la política de los poderosos tal y como sucedió con el Presidente Abraham Lincoln y John Kennedy, también con su hermano, Robert Kennedy, en momentos en que era seguro vencedor como aspirante a la Casa Blanca o los líderes o figuras como Martin Luther King, Malcom X, John Lennon y otros tantos. En Pakistán, Liaqat Ali Khan, Primer Ministro desde 1948, curiosamente también fue abatido a tiros en Rawalpindi, en 1951, por un separatista Pastún mientras hablaba a sus adherentes en una manifestación. Zulfikar Ali Bhutto, también Primer Ministro y Presidente y padre de Benazir, fue ahorcado en abril del 1979 por el dictador Mohammed Zia-ul Haq, también en Rawalpindi, acusado de haber ordenado el asesinato de un líder político opositor de Baluchistán. Poco más tarde, en agosto del 1988, el mismo General Zia, gran parte del alto mando de las FFAA y el Embajador de los EEUU en Pakistán, Arnold Raphel, murieron misteriosamente cuando su avión explotó en el aire. Con días de diferencia, el más descomunal depósito-polvorín de armas acumulado por la CIA y el ISI para sus operaciones contra los soviéticos en Afganistán, fue volado con explosivos.

De acuerdo al ex Jefe de los Servicios Secretos de Pakistán, General Mohammad Yousaf, el avión sufrió un sabotaje. Richard Clarke, analista del Departamento de Estado en la época y quien fue más tarde Zar Anti-terrorista del Presidente Clinton y de Bush, apunta a responsabilizar a la KGB soviética en venganza por la derrota en Afganistán. ”Nunca he podido encontrar evidencias que prueben que la KGB soviética ordenó y ejecutó los dos actos como venganza por su vergonzosa derrota, pero muy profundamente en mi conciencia y en mis huesos, estoy seguro que ellos fueron” -dijo en uno de sus libros de memorias. Lo cierto es que desde el Golpe de Estado que derribó al padre de Benazir en julio de 1977, Pakistán se hundió en una sucesión de gobiernos militares permanentes que vista la actual situación, no tiene visos de desaparecer de la escena política. Ha sido el imperialismo de los EEUU quien ha destruido las instituciones, fomentado los golpes de Estado, aniquilado el Estado de Derecho y el imperio de la ley y sustentado el poder militar. Han hecho en Pakistán lo que hacen en todo el mundo: promover dictadores de las filas militares que ellos entrenan y adiestran y políticos corruptos que sirvan los intereses del complejo militar-industrial de los EEUU.

El primero de la lista de generales golpistas fue Ayub Khan, quien se hizo con el poder en octubre de 1958 fuertemente presionado por Washington y Londres. Tariq Ali dice que el dictador “prohibió todos los partidos políticos y pasó a controlar toda la prensa de oposición y en la primera reunión de su gabinete ministerial, expresó ‘en lo que a ustedes concierne, sólo hay una Embajada que cuenta en este país: la Embajada americana’”.

Ricardo Rodríguez es periodista y escritor. Ha publicado en la Editorial Txalaparta “¿Cuántas veces en un siglo mueve sus alas el colibrí?” Marzo 1999; “El desafío de Bin Laden” Septiembre 2002 y “La Ruta del Esqueleto” Marzo 2006


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