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[Articles Vells, Temes Recurrents] Montjuïc, el museo posible.

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dilluns 11 de desembre de 2000, per  remenaire

Montjuïc, el museo posible.

Una soleada mañana de enero de 1999, mi amigo Francesc Vilanova y yo ascendimos la cuesta de Montjuïc en un taxi que nos dejó ante la puerta principal del castillo. Cruzamos el puente del foso y penetramos por el túnel de acceso a la fortaleza hasta el control de entrada, dimos nuestros nombres a un anciano que expendía los billetes de visita. Nos encontrábamos en aquel lugar en calidad de comisarios de la exposición 1939 Barcelona any zero, organizada por el Museu d’Història de la Ciutat y con el objetivo de solicitar al director del Museo militar, el coronel Montesinos Espartero, la cesión temporal de un lienzo del general Franco para nuestra exposición.

Nos condujeron al despacho del coronel Montesinos, una estancia amplia y abarrotada de papeles, libros y toda suerte de objetos. En una mesa auxiliar, a la izquierda, aguardaban los últimos ejemplares de la revista Fuerza Nueva , hoy distribuida sólo por subscripción. Al fondo, una segunda mesa auxiliar sostenía un enorme televisor rodeado por un sin fin de fotos castrenses, y al frente de todas ellas una del general Franco y otra del general Moscardó. Entró el coronel, su cordialidad fue absoluta. Se interesó por la exposición, confesó su gusto por la historia y nos mostró su más reciente lectura: Caudillo, una biografía de Franco realizada por don Ángel Palomino.

Escogimos el lienzo. De regreso al despacho, preguntó a un hombre entrado en años si había ocurrido algo en su ausencia. "Sin novedad", respondió. El ambiente era en sí mismo un objeto de museo. Fue entonces cuando apareció el hombre de la bata gris. Era un excelente conocedor del Museo, de sus pistolas, lanzas y banderas, pero en especial de sus espacios. Prolongamos con él la visita y penetramos en una sala cerrada al público. De las paredes pendían los restos de una exposición celebrada en 1964 para conmemorar los 25 años de paz franquista; eran reproducciones ampliadas de fotografías de La Vanguardia Española del año 1939, sin. valor alguno y descritas con vocabulario de época. El hombre de la bata gris nos dijo que tenían la sala cerrada por si alguien buscaba problemas. En la sala siguiente, abierta al público, una foto dormitaba en solitario mostrando la entrada de tropas facciosas en Barcelona. Nos informó que el retrato era un obsequio procedente del señor Juan Bassegoda Llenas. Sonreímos. Entramos en la sala central y contemplamos la efigie ecuestre del general Franco, protegida con cristales blindados y arropada por los bustos y esculturas de sus hombres; la llaman la sala de los generales, nos dijo. No había contexto, no había explicación alguna de lo que se mostraba en aquella sala, sólo piedra, cemento y aire de almacén limpio. Nos aguardaba la sorpresa final.

Creo que sucedió mientras cruzábamos una sala llena de lanzas, el hombre de la bata gris se detuvo y señaló el fondo de la sala, a la izquierda. Allí había la celda en la que estuvo encerrado Lluís Companys. Nos contó que estaba hecha un asco y que en 1977 la habían tapiado para evitar "peregrinaciones". Nadie se había ocupado nunca del tema, aguardaban órdenes. Nos despedimos. Cruzamos el patio y descendimos a pie por la ladera del monte.

En estos últimos días el Museo Militar ha sido objeto de comentarios por vender en su tienda objetos de simbología nazi y franquista. Nuestro alcalde ha ordenado su retirada y ha dicho que se abordará la reorganización del museo "para adecuarlo a las circunstancias políticas actuales." Sin embargo, eso es imposible porque en el Castillo de Montjuïc no existe "museo" alguno para remodelar o adecuar, tan sólo un almacén y su inventario, nada más.

Pero sí hay un museo posible que la ciudad no tiene y debiera tener. Un museo que centre su narración en la historia de los movimientos sociales contemporáneos de los dos últimos siglos, entre 1800 y 1979 por poner fechas, pero enfatizando notablemente el período de la última dictadura, que no suprima símbolos ni imágenes sino que los exhiba contextualizados en su sentido y función. Si nuestra ciudad fue conocida en la Europa del XIX con el hermoso nombre de Rosa de Fuego, por las constantes vindicaciones sociales de sus habitantes, por sus esfuerzos en obtener mayores cotas de igualdad, los ciudadanos de hoy debieran saberlo para apreciar más, mucho más, los derechos civiles de que disfrutamos y que nadie nos ha regalado, para saber que no son un producto natural, sino el resultado de una voluntad antigua y persistente. Y no hay lugar más adecuado ni emblemático para ese museo que el castillo de Montjuïc. Desde él se bombardeó la ciudad en 1842 para sofocar la revuelta popular, sus celdas albergaron las víctimas de la represión política, social y sindical, convirtiéndolo en el símbolo maldito de la conciencia popular, en él fueron encerrados y torturados cientos de obreros con el falso pretexto de las bombas del Liceo y la calle Cambios Nuevos, en 1919 había en el castillo más de tres mil obreros encerrados a causa de la huelga de La Canadiense. No sólo Companys fue fusilado en su interior, también Ferrer i Guardia, y diversos sindicalistas encontraron allí la muerte.

Es un buen momento para pensar qué hacer con nuestro castillo, y elaborar un proyecto museístico sería su mejor destino. Posee fondos documentales y bibliográficos, posee piezas que tenemos derecho a interpelar históricamente y disponemos de profesionales capaces de dar vida a todo ello en un centro de investigación destinado a vitalizar el museo y divulgar su contenido. Nadie debería temer la apuesta por un museo así, sólo se trata de devolver al ciudadano su perpetua Rosa de Foc . Eso es lo que sugiero a mi alcalde.

Ricard Vinyes, historiador. publicat per El País l’11 de Desembre de 2000

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