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Adiós y hasta nunca

QUIM MONZÓ

gener de 2006, per  remenaire

Lo mejor del final del servicio militar obligatorio es que, con él, se
acaba el suplicio que significaba que tus amigos o conocidos te lo
contasen. Los más jóvenes quizá no sepan de qué va el asunto, pero hace décadas, cuando todo quisque sin excusa verosímil pasaba por la mili, era inevitable que, al regresar, te la explicasen con pelos y señales.

Incluso gente sin espíritu patriótico o militar se deshacía, a la vuelta,
narrándote con deleite las novatadas y el resto de prácticas habituales,
tan simpáticas según ellos. Cuando ataron las sábanas de Fulano de forma que no se pudiese meter en el camastro... Cuando vaciaron botellas de agua sobre la ropa interior de Zutano y lo divertido que fue ver cómo se la ponía, completamente mojada... O la incultura del sargento, que lo llevaba a creer que la fuerza de la gravedad tenía poco que ver con el hecho de que la bala cayese al suelo "por su propio peso". Te explicaban lo que era una imaginaria, y cómo en plena noche se dedicaban a gritar: "¡Imaginaria, agua!". Y venga reír, de tan divertido que era.

Te contaban las clases en las que les explicaban cómo se montaba un cetme. Era un mundo tan absurdo -te decían- que no sólo arrestaban a los reclutas, sino también a mulos, armarios, puertas o piscinas. Te contaban lo que era un pase pernocta, lo que era estar lili y lo que era ser un abuelo y un lavadora. Te cantaban los himnos del cuerpo, te relataban la cantidad de horas que pasaban en la cantina, los bocadillos que comían y lo mucho que bebían. Te lo explicaban todo, sin olvidarse de nada. Compañeros de estudios o de trabajo se creían siempre con la bula de contar a los que convivían con ellos sus inolvidables aventuras castrenses. Y a los que nos salvamos de hacer la mili -por cortos de vista o de talla, pies planos, estrechos de pecho o hijos de viuda- no nos quedaba más remedio que aguantar estoicamente. La de milis que me explicaron en mi juventud. Si hoy entrase en los cuarteles de Sant Climent Sescebes, en el de San Gregorio en Zaragoza, en el de Jerez o en el de Valencia, sin necesidad de mapa caminaría por ellos como Pedro por su casa. Lo pasmoso es que te las contaban con los ojos enternecidos. Era lo mejor, lo más divertido, lo más emocionante que les había pasado en la vida.

Por fortuna, luego vinieron los objetores de conciencia y los insumisos, y
lo del servicio militar empezó a ser evitable. La opción antimilitarista
comenzó a ganar terreno y, con ella, la discreción de muchos de los que aún hacían la mili, que regresaban de ella y no te la contaban. Algo habíamos ganado. Quizá para compensar, entonces empezaron a explicártela los cineastas y los escritores, en forma de películas o de libros en los que había un cierto contenido crítico -¿cómo no?-, pero la delectación, las imaginarias, la piscina arrestada y los himnos de infantería aparecían religiosamente.

Ahora, todo eso es historia. Desde primeros de año ya no hay más mili. Se acabó la paliza de tener que escucharlas. Es, pues, el momento de volver la vista atrás y dar las gracias al género femenino. En aquellos años turbios, de servicio militar obligatorio, las chicas, cuando iban a hacer el llamado servicio social -también obligatorio, no lo olvidemos- tenían al menos la delicadeza de no contártelo con voz emocionada.

La Vanguardia - - 09/01/2002

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