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Pequeña y mortal: el arma probada en Gaza

dilluns 16 d’octubre de 2006, per  atom

Annalena di Giovanni. Il Manifesto

Traducido por Gorka Larrabeiti

Más pequeñas, más mortales, más precisas. Vaciados los arsenales de las discutidas bombas de racimo, les ha llegado la hora a las “armas de letalidad concentrada” o “municiones de daños colaterales reducidos”, un nuevo giro en la llamada guerra contra el terrorismo. Una nueva generación de artefactos de dimensiones reducidas y efecto tan limitado que se pueden usar en zonas densamente pobladas: en Afganistán, en Iraq, en los Territorios ocupados palestinos, en Líbano. No ya para enfrentarse a un ejército regular sino a pequeños grupos de guerrilleros camuflados a menudo (según las versiones oficiales) en el interior de centros habitados. Un tipo de intervención, el bombardeo aéreo, hasta ahora limitado por los extensos daños que comporta: decenas de civiles muertos, casas dañadas, protestas de la opinión pública.

Ahora podría haberse resuelto el problema. A partir de las peticiones de la marina y las fuerzas aéreas usamericanas, con posible cooperación militar israelí, en 2003 la Boeing se adjudicó la contrata para proyectar las Small diameter bomb (bombas de pequeño diámetro), artefactos que no debían superar los 90 kilos de peso y el metro y medio de largura. Gracias a ingentes fondos del Departamento de Defensa usamericano (inversiones duplicadas en 2004) los primeros prototipos estaban ya disponibles para la experimentación sobre el terreno a partir de mayo de 2006, y ya desde el pasado setiembre están disponibles, al parecer, en los arsenales militares. Con una variante respecto a las municiones tradicionales: el Dense Inert Metal Explosive (DIME), o sea, el último hallazgo en cuestión de letalidad concentrada.

El DIME está formado por una carga interna hecha de aleación de tungsteno (material de las bombillas, para que se entienda su conducción y reactividad). Libera en el aire un polvo incandescente que, al caer por su peso específico, agrede el objetivo con una cierta angulación provocando innumerables cortes y heridas, y sin superar los 4 metros de alcance. Esta carga inerte se combina con un envoltorio externo en fibra de carbono, más ligero y barato que el metal, invisible a los rayos x. Al explotar, se pulveriza en micropartículas sin producir esquirlas . Aun siendo capaz de perforar el hormigón, la fibra de carbono no ofrece excesiva resistencia a la detonación del explosivo contenido, aumentando de hecho su eficacia, hasta el punto de que los primeros prototipos destruyeron los instrumentos de medición de los laboratorios militares. Además, un DIME sería capaz de seguir al propio objetivo móvil gracias a su propia ligereza y a un sistema de control GPS.

Así pues: alta precisión, explosión limitada, nada de esquirlas. Pero este cambio radical parece poco positivo. Las pruebas realizadas en los laboratorios militares de Maryland han demostrado, según el New Scientist de febrero de 2005, una mortalidad del 100% en las cobayas: expuestas a los fragmentos de tungsteno, al cabo de 5 meses, todas desarrollan la misma forma rara de cáncer: el rabdosarcoma. Dejando aparte las hipótesis sobre la toxicidad del tungsteno, persisten preocupaciones más urgentes. Si lo que se ha probado en Gaza eran DIME, como todo parece indicar, los efectos producidos resultan más graves de los de las viejas bombas de acero. Se sustituyen pocos cientos de esquirlas por una lacerante nube de partículas incandescentes que penetra, corta y quema a las víctimas hasta los huesos. Al cabo de pocos minutos provocan la necrosis de arterias enteras, y terminan depositándose en el interior del cuerpo sin posibilidad de extracción. Todo ello en un escenario asimétrico, en el que en una parte hay un ser humano, mientras que en la otra, una bomba soltada desde un drone [vehículo aéreo sin piloto, ndt] pilotado a distancia, y en el que aumenta el número de víctimas invisibles: los inválidos permanentes. Obtener el máximo de resultados y el mínimo de pérdidas: éste es el objetivo. Y vistas las reducidas dimensiones de las DIME, las municiones almacenables de cada vehículo se cuadriplican automáticamente.

En conclusión: la diferencia de las municiones de letalidad concentrada podría residir precisamente en la justificación moral sugerida por los promotores mismos: el presunto interés de limitar los daños colaterales. Difícil, en virtud del derecho humanitario, prohibir el uso de estas municiones, devastadoras de hecho y, sin embargo, presentadas como reducidas, limitadas sólo a los “terroristas”. El DIME, barato y ligero, se podría ser arrojar en zonas densamente pobladas, en cantidad cuatro veces superior, provocando los efectos registrados en Gaza (ni civiles, ni mujeres, ni niños se han librado). Por lo tanto, su propia definición de arma de daños reducidos servirá de disculpa a quien la use, de modo bastante más justificable que con las “viejas” armas utilizadas hasta ahora

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