Miguel arrastrado por antidisturbios

El peligroso terrorista es arrastrado con delicadeza por los servidores del orden que no han tenido más remedio que intervenir ante la amenaza que su sola presencia suponía para las altas instituciones del Estado. Puede observarse con claridad como vocifera in­sultos y groserías, con el rostro congestionado, mientras intenta agredir a los sufridos hombres de azul. Hecho un energúmeno, pone en riesgo claro la integridad física de los agentes, que se limitan a cumplir con su deber de un modo ejemplar… etc. etc.

Cuando el sistema está en sus momentos dulces se limita a una manipulación apenas visi­ble, sutil, en la que basta resaltar sus evidentes “bondades”: la posibilidad de un consu­mo masivo y creciente. Poco importa que ese consumo esconda inmensas desigualdades, que se base en necesidades artificiales, que sustituya (e impida) un auténtico desarrollo humano, personal y colectivo, que se construya sobre la miseria del Sur o que sea insos­tenible y destructor de la naturaleza. La violencia directa (“leña y punto”) permanece en un segundo plano. Está, por si acaso, toda la gente lo sabe, pero se procura no hacer exhibición.

Cuando el sistema manipula de forma burda, no sólo deformando o alterando la reali­dad, sino directamente mintiendo, cuando la violencia no sólo se hace presente sino que se exhibe más allá de cualquier prudencia, cuando lo que se pretende abiertamente es intimidar, aterrorizar, “dar una lección que no se olvide”… entonces, paradójicamente, cuando parece estar haciendo una demostración de fuerza, está haciendo realmente una demostración de debilidad. La zanahoria se acabó y ya sólo queda el palo. Cada vez me­nos “zanahoria”, cada vez más “palo”.

Eso es lo que explica que Miguel, un activista de 72 años, que sigue trabajando por un mundo más justo desde hace décadas, por una banca ética, por una economía alternativa y solidaria, arrastrado y vejado, y todas nosotras hayamos vencido, poniendo al descubierto el miedo del sistema y su carencia de salidas. No sólo sus desconchones y grietas, sino la fragilidad de sus cimientos. En definitiva, su esencia de farsa.

Eso… y un arma secreta invencible e indestructible: su (nuestra) dignidad.

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