EL PRINCIPIO ANTRÓPICO

Por Aristarco el Bolchevique

Es una verdad irrefutable que los seres humanos existimos, y en consecuencia no es menos evidente que el universo se rige por unas leyes que hacen posible nuestra presencia. A partir de este enunciado surge el llamado Principio Antrópico, de la palabra griega anthropis, que significa “hombre”.

Ciertamente, hay constantes del universo que, en caso de haber sido distintas, no habrían permitido que la humanidad surgiera sobre este pequeño planeta. La gravedad puede ser el modelo más representativo. Si su intensidad fuera menor, las estrellas no se formarían, y por tanto tampoco todos los elementos químicos que se producen en su interior y de los cuales estamos integrados. Si hubiera sido un poco mayor, esos elementos no podrían salir de los núcleos estelares y no se crearían planetas, ni mucho menos seres orgánicos complejos como nosotros.

La gravedad influye de otros modos en el suceso de que estemos aquí, por ejemplo marcando el ritmo de expansión del Cosmos, el cual si hubiera sido distinto no habría posibilitado nuestra aparición. Hasta tal punto es así que si la intensidad gravitatoria hubiera sido mayor o menor del orden de una parte entre un 1 seguido de 60 ceros, la humanidad no se habría dado. Lo mismo puede decirse de otras constantes como la fuerza electromagnética, las fuerzas nucleares o la relación entre las masas del protón y el neutrón.

A la vista de ello se empezó a hablar del Principio Antrópico Débil, que viene a decir que: “lo que debemos esperar de la observación ha de estar restringido por las condiciones necesarias para nuestra presencia como observadores”, es decir, que puesto que observamos el cosmos, este ha tenido forzosamente que ser propicio a nuestra aparición.

Para muchos científicos esto no era más que una perogrullada, y era equivalente a decir que el hombre existe, sin aportar nada nuevo. Sin embargo, Fed Hoyle, en 1953, se basó en ese principio antrópico débil para predecir la forma en que podía formarse el carbono en las estrellas. Hoyle pensó que si esa formación no se diera de determinada manera, no estaríamos aquí, y formuló una hipótesis al respecto que resultó ser correcta.


Fred Hoyle

De este modo Hoyle encontró que el Principio Antrópico Débil podría tener utilidad para formular hipótesis. Stephen Hawking, en su libro de 1988 “Historia del Tiempo”, pone otro ejemplo de aplicación útil de este principio, explicando a partir del mismo porqué el universo se formó hace un mínimo de diez mil millones de años, y es por la razón de que ese es el tiempo necesario para que surjan estrellas con capacidad para formar planetas a su alrededor, y por tanto para que nosotros estemos aquí especulando sobre todo esto.


Stephen Hawking

Pocos ponen en duda la utilidad del Principio Antrópico Débil para formular hipótesis, que a la larga pueden resultar falsas o no, pero siempre pueden aportar algo. Sin embargo, esta versión “débil” del principio ha degenerado en el llamado Principio Antrópico Fuerte, el cual sugiere que el universo está hecho a medida para el hombre, o lo que es lo mismo, que el universo estaba destinado desde su comienzo a producirnos a nosotros.

Pocos científicos dan por válida esta enunciación, que nos devuelve a los tiempos en que se pensaba que la Tierra era el centro del universo y a un egocentrismo humano sin sentido tras conocer la magnitud del Cosmos y nuestra insignificancia en su interior. Sin embargo, a partir de ello se ha especulado con hipótesis interesantes, como la existencia de muchos universos diferentes, cada uno con distintas leyes, siendo el nuestro sólo uno de ellos, concretamente el que ha hecho posible nuestra existencia.

Esta multiplicidad de universos forma parte de la visión más vanguardista de la física teórica, como explica, una vez más, Stephen Hawking, en su libro del año 2001 “El Universo en una Cáscara de Nuez”, en el cual se refiere varias veces al principio antrópico, pero siempre negando la existencia de un diseño premeditado del universo buscando nuestra existencia.

Y es que, como era de esperar, el Principio Antrópico Fuerte ha sido acogido inmediatamente por quienes no pueden vivir sin pensar que hay un Dios creador del Mundo, que les guía, les protege y observa sus actos desde “allí arriba”. A esta gente se refirió Bertrand Russell cuando dijo: “si se me garantizara la omnipotencia y dispusiera de millones de años para experimentar con ella, no pensaría que pudiera presumir del Hombre como culminación de mis esfuerzos”

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