Diciembre: memoria y proyección de las rebeldías

Claudia Korol

"No hay revoluciones tempranas / crecen desde el pie".
Alfredo Zitarrosa

Este 16 de diciembre se cumplieron 13 años del "santiagazo". Se cumplen también cinco años de la rebelión del 19 y 20. Vale la pena recordar entonces que antes del 2001, se sucedieron en nuestro país distintos levantamientos populares, de rechazo a las consecuencias de las políticas neoliberales del capitalismo.

El fuego que llegó a la Plaza de Mayo hace cinco años, venía atizándose en las hogueras del interior del país, en las regiones declaradas "inviables" por los ideólogos de este proyecto de destrucción social, de saqueo y de devastación de los bienes naturales, de negación de la soberanía nacional, de desaparición de las identidades colectivas, de secuestro de la democracia, de corrupción política, de pérdida de derechos, de desgarramiento individual de las personas, empujadas por la exclusión a salvarse como se pueda.

El "ya basta" de los argentinos y argentinas, que el mundo "escuchó" en el 2001, -porque la rebelión lo hizo audible-, venía extendiéndose en revueltas, en las que sin fuerzas organizadas que pudieran dar cauce al cansancio y la rabia del pueblo, éste de todas maneras se decidía a poner freno, con sus escasos recursos, es decir, poniendo el cuerpo, para impedir que siguiera expandiéndose la barbarie capitalista.
Uno de los fuegos que ardió más fuerte, en aquellos años de reinado neoliberal, fue el de Santiago del Estero. El santiagazo sacudió a la sociedad como un grito de alerta, no suficientemente comprendido por las lógicas políticas de quienes miden y clasifican los movimientos del pueblo en función de los resultados inmediatos, ni tampoco por quienes hacen de la gobernabilidad y el orden, un programa que rechaza en todas sus formas a la Argentina plebeya.

En algunos de estos análisis, los levantamientos en los que existe un fuerte componente espontáneo, "sin programa ni vanguardia", o "sin conducción política", especialmente sin "su" conducción política, resultan estériles.

Si el miedo a la iniciativa popular es consustancial en la lógica del poder, es al menos curioso observar la desconfianza que estos sucesos provocan en franjas de la izquierda, que sienten amenazados sus proyectos, sus acumulaciones, sus cálculos electorales, sobre todo cuando se constata que estos movimientos no se traducen mecánicamente en votos para uno u otro partido -que esperan pasar la gorra para recibir los dividendos del cansancio popular-. Para otros sectores de la izquierda, la rebelión fue considerada la antesala inmediata de la revolución.

En ambas concepciones subyace una lógica que sustrae del centro de la reflexión al sujeto exasperado por el hambre, la miseria, las dificultades de la sobrevivencia cotidiana, así como la valoración real de los alcances y de los límites de los niveles de conciencia y organización alcanzados en la resistencia popular.

Las modificaciones en la subjetividad popular suelen ser procesos en los que la transformación resulta menos "evidente" que en los actos institucionales cuantificables, codificables, clasificables, y por lo tanto, confiables. Sin embargo, sus huellas van creando memoria y conciencia, cultura e identidad. Así lo expresan, en nuestro continente, los pueblos originarios, que 500 años después de que se iniciara su genocidio, "renacen" frente al mundo con capacidad de desafío de la cultura hegemónica, y con fuerza para la lucha y para la presentación de otras posibles cosmovisiones para interpretar al mundo, lejanas y opuestas a la lógica depredadora del capitalismo.

En el santiagazo, sucedido en diciembre de 1993, a diez años de la retirada de la dictadura militar, los tres poderes constitutivos de la "democracia republicana", fueron incendiados por la ira de una sociedad provinciana, que suele ser vista como "excesivamente tranquila".

Una semana antes, el 9 de diciembre, el pueblo de La Rioja había salido a la calle. Domingo Cavallo era el artífice de la estrategia económica neoliberal del gobierno del PJ, como lo fue en el 2001 con el radical De La Rúa.

Un año y medio después, en la Semana Santa de 1995, en una protesta social en Tierra del Fuego, fue asesinado Víctor Choque. La democracia comenzó a matar de bala las protestas, y siguió matando de gatillo fácil, hambre, desnutrición, enfermedades curables, falta de trabajo, depresión, abortos clandestinos, paco, abuso sexual de niñas, tráfico de personas, violencia contra las mujeres… y distintas modalidades de criminalización de la pobreza.

Años después, el 17 de diciembre de 1999, en el marco del correntinazo, eran asesinados por efectivos de la Gendarmería, Francisco Escobar y Mauro Ojeda. La orden de desalojar el puente, donde se desplegaba la lucha autoconvocada, había sido dada por el flamante ministro del interior Federico Storani.

Antes y después, estuvieron las puebladas de Cutral Có (1996/1997; el 12 de abril de 1997 fue asesinada Teresa Rodríguez), y Mosconi (en mayo del 2000 fueron asesinados Orlando Justiniano y Matías Gómez, en noviembre del 2000 fue asesinado Aníbal Verón, en junio del 2001 fueron asesinados Oscar Barrios y Carlos Santillán). En esos años también se sucedieron los cortes de ruta de los desocupados y desocupadas en Jujuy, en la Provincia de Buenos Aires, Santa Fe y en otros puntos del país.

Las políticas neoliberales, no se pudieron conjugar fácilmente con la gobernabilidad. Por eso en el mismo momento del Santiagazo, cuando en el corazón del pueblo se incubaba la revuelta, los "cerebros" del poder bipartidista redactaban el Pacto de Olivos, para hacer perdurable la dominación política.

Alternancia bipartidista, reelecciones, acuerdos parlamentarios, habilitaron esta manera de gobernar en la que el concepto de militancia fue sustituido por la profesionalización de la carrera política. Una carrera personal reemplazando las causas colectivas, carrera cuya meta no son los ideales, sino perdurar, individualmente, a cualquier costo. En este contexto, la "borocotización" de la política resulta de la exacerbación de un juego en el que el libro de pases de un equipo al otro del poder está siempre abierto, de acuerdo a las posibilidades, las candidaturas, los espacios y oportunidades que se reparten en cada momento.

El 19 y 20 de diciembre el Pacto de Olivos recibió una condena social. "Que se vayan todos". El poder se sintió amenazado. La gobernabilidad estallaba en mil pedazos. Todas las fracciones de la burguesía cerraron filas para reestablecerla, entendiendo que era la condición necesaria para continuar la dominación.

La energía desatada en las jornadas de la rebelión, se prolongó varios meses más. En el espacio liberado en la subjetividad popular, se multiplicaron asambleas, movimientos piqueteros, fábricas sin patrones, grupos barriales, culturales, medios de comunicación alternativos. Entre las características principales de estos movimientos, estaba la desconfianza hacia el poder y hacia el Estado, hacia los partidos políticos, hacia las jerarquías.

Se desplegaron múltiples iniciativas tendientes a crear colectivamente respuestas a la exclusión, a reinventar el trabajo, a resolver colectivamente la comida, la salud, la recreación, a compartir la poesía, las murgas, a multiplicar los mensajes en radios y medios alternativos de comunicación… es decir, la decisión de recuperar lo perdido y reinventar lo necesario. Experiencias de poder popular, de autonomía, atravesadas por un democratismo de base, asambleario, movilizado, que supo también encontrar caminos para ocupar el espacio público.

Ninguno de los proyectos políticos existentes alcanzaba para dar cauce a toda esa energía, y ninguno era suficientemente confiable para los sectores movilizados. Por ello se propagaron ejercicios diversos de autogestión y organización del pueblo, y también se amplió la capacidad de desafío, la imaginación y creatividad, la iniciativa, la autoestima. La Argentina plebeya, se volvió un gigantesco laboratorio de ensayos de alternativas.

Claro que hubiera sido mucho más potente, si a la hora del cansancio social, hubiéramos tenido organizaciones que pudieran proyectar no sólo nuevos niveles de resistencia, sino también constituirse en experiencias significativas de poder popular; si hubiéramos contado con mayor capacidad para interpretar las búsquedas que se venían desarrollando en nuestro pueblo. Pero la debilidad de nuestros movimientos, no puede ser el punto de vista excluyente para el análisis del conjunto de la realidad social; a riesgo de invertir las nociones de la transformación, volviendo a creer que el sujeto de los cambios son las organizaciones autoproclamadas de manera abierta o encubierta como vanguardia.

El 26 de junio del 2002, la orden de represión y muerte dictada por el gobierno de Duhalde, cumplió con el objetivo de poner a la defensiva al movimiento popular que se venía organizando. Si los nombres de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki resuenan con mayor potencia que la de otros compañeros y compañeras caídos en democracia, es tal vez porque este crimen se produjo precisamente en el momento que el movimiento popular estaba alcanzando mayor capacidad de desafío; y porque la Masacre de Avellaneda fue parte de una operación política que permitió al poder revertir el ascenso de la resistencia de masas.

El adelantamiento de las elecciones, -que cumplió con su objetivo de desarticular el incipiente frente que reunía como oposición desde los movimientos piqueteros hasta la CTA, partidos de izquierda, y sectores socialdemócratas y socialcristianos-, así como la distribución masiva de asistencialismo, fueron acciones complementarias del mismo plan político, tendiente a frenar el impulso popular, asfixiarlo, fragmentarlo, cooptarlo y reducirlo a su mínima expresión.

En este escenario, el gobierno de Néstor Kirchner resultó el instrumento más apto para disciplinar la enorme energía transformada en movimientos, a partir de una política cultural básicamente anclada en datos fundantes de la identidad y de las lógicas políticas tanto del peronismo como de las izquierdas: la resolución desde el Estado–gobierno de las demandas populares, fue ofrecida como único mecanismo de acción política viable.

De esta manera, la disyuntiva planteada desde el poder, fue "integrarse" al gobierno y a sus mecanismos de cooptación política, o quedar confinados a lugares de exclusión, meramente testimoniales. Así se cumplía con varios objetivos simultáneamente: la domesticación de las rebeldías y de las iniciativas autónomas, su disciplinamiento desde el aparato estatal, la fragmentación de los movimientos que protagonizaban la resistencia, la cooptación de una parte de los mismos, y el aislamiento de quienes no negociaran su capacidad de autonomía, o de quienes persistieran en políticas de poder popular, al margen de las estructuras controladas desde el aparato del Estado.

Cuando miramos el camino recorrido, es importante intentar aprender de cada batalla ganada o perdida, y también reconocernos en nuestra energía, en nuestras capacidades, en nuestros logros, en nuestras debilidades y fortalezas. Pudimos voltear varios gobiernos provinciales y un gobierno nacional. No alcanzamos a crear alternativas populares que fueran más allá del nivel de conciencia colectivo construido como "sentido común", que se expresa actualmente en un proyecto cosmetológico de embellecimiento del capitalismo, de corte neopopulista –populista en el discurso, en las políticas estratégicas, neoliberal-.

El discurso kirchnerista, dirigido principalmente a la captación de la generación de cuadros y militantes proveniente de la experiencia setentista -en sus distintas variantes-, impactó sobre los anhelos de una generación frustrada por la dictadura, ofreciéndole la oportunidad de una "revancha" aggiornada a los nuevos tiempos políticos, tanto nacionales como latinoamericanos.

El hecho de que esta generación es una parte principal de las direcciones de los múltiples movimientos nacidos en la resistencia, permitió que los procesos de cooptación no sólo fueran realizados a través de los mecanismos de corrupción política y clientelismo, sino también a través del convencimiento ideológico, y de la apelación simbólica a una memoria licuada por la derrota de los 70, y por el posibilismo de los años 80.

El sistema de alianzas estatales de la Revolución Cubana y del gobierno bolivariano de Venezuela, alentaron en los sectores de izquierda educados en las lógicas de las Internacionales, la repetición de modelos de actuación que parten de la identificación de los intereses populares de un país, con las necesidades geoestratégicas de otro Estado.

La falta de una profunda reflexión crítica, mediada por la práctica, lleva a la reproducción de estos modelos, incluso entre muchos de los militantes que en los años 70 criticaron ácidamente las lógicas de quienes "se resfriaban en Argentina, cuando nevaba en Moscú", y ahora disputan el primer lugar de preferencias, como correas de transmisión de las políticas de las nuevas mecas revolucionarias. La confusión entre internacionalismo revolucionario, y subordinación de los proyectos populares a las lógicas estatales, es uno de los debates aún pendientes en los movimientos políticos que reivindicamos el socialismo, como el proyecto que apunta a la abolición de todas las formas de dominación y opresión, como capacidad de autonomía de los pueblos, como ejercicio de soberanía de los sujetos colectivos que se reconocen en sus prácticas libertarias.

Pasados ya cinco años del 19 y 20 de diciembre, 16 años del santiagazo, y casi llegando al cuarto año del gobierno de Kirchner, cabe preguntarse qué queda de esas rebeldías, y de la energía popular desplegada en la resistencia a las políticas neoliberales.

No se trata de una pregunta retórica, sino del interés y la necesidad de pensar si estamos ante un cambio de escenario, en el que después de procesos de sucesivos desgarramientos y fragmentaciones de los movimientos populares, van quedando delimitados los contornos de un campo de organizaciones que actúa como base de operaciones de las políticas de gobierno, como mediadoras para el disciplinamiento social, y otro campo de movimientos que con diversos enfoques y propuestas, intentan aportar a la constitución de sujetos populares autónomos, frente a las distintas fracciones del poder.

El próximo escenario electoral, seguramente significará una nueva ronda de acciones e intentos de integración de sectores de la resistencia. Más acá y más allá de las mismas, algunos de los desafíos que se plantean a los movimientos político sociales autónomos son: cómo afianzar en este contexto los lazos que construyen y recrean el trabajo de base, cómo poner en debate las concepciones ideológicas y políticas de las izquierdas, que favorecieron los procesos de cooptación, qué características debieran tener los procesos de formación de militantes, con qué fundamentos, metodologías, valores, de manera de no volverse tan fácilmente asimilables por la dominación.

Debería ser parte de nuestros debates la consideración de cuáles son los sujetos sociales que devienen sujetos políticos de la resistencia, y en este sentido advertir el nuevo dinamismo que van asumiendo algunas franjas de trabajadores sindicalizados, que desafían a las burocracias gremiales; las potencialidades del movimiento estudiantil, la rebeldía acumulada en expresiones culturales de la juventud, que van desde las murgas hasta los diversos grupos de hip hop y otras expresiones de rechazo al orden capitalista que los niega como sujetos; el potente desafío que puede desarrollarse a la cultura patriarcal capitalista, desde las franjas no domesticadas del feminismo y de los movimientos de mujeres así como de agrupaciones que expresan a la diversidad sexual.

Rehacer redes de rebeldías, unidades de los que luchan, crear y fortalecer aquellos movimientos que tengan como contraseña el trabajo de base, reconocernos entre aquellos espacios políticos, sociales y culturales contrahegemónicos, como parte de un mismo espacio de creación de alternativas populares, que no se definen principalmente en su identidad por el apoyo o la oposición a un eventual gobierno, sino por la decisión de ir asumiendo la batalla contra todas las opresiones, y la disposición para ello de articular a todos y a todas las agredidas por el poder, pensar juntos y juntas el mundo que soñamos separados, crear colectivamente teorías que interpreten y proyecten nuestras prácticas, enamorar las palabras de los actos y los actos de las palabras que los nombran, pueden ser algunas aproximaciones, en un tiempo en que el pragmatismo no puede conducirnos más que a la mediocridad, y en el mediano plazo, a la liquidación del aporte simbólico de una generación que entregó sus vidas, no para la legitimación de un capitalismo serio, no para honrar la deuda con el FMI, sino para restablecer el valor de la dignidad humana, de la libertad, de la justicia.

Diciembre. Toda la memoria, para multiplicar y organizar las rebeldías.

17/12/2006

Enviar noticia