Ponencia-provocación en el taller de educación popular en el Foro Social de las Américas

Claudia Korol

- Estamos urgidos y urgidas de repensar, y sobre todo de transformar nuestras prácticas políticas populares, las ideas, valores y teorías que nacen de las mismas o las fundamentan, y la pedagogía que presuponen o proponen.
- Creo que necesitamos revolucionarnos, una vez más, individual y colectivamente, si queremos contribuir a revolucionar la sociedad en la que vivimos. Necesitamos revolucionar el concepto mismo de revolución. ¿De qué hablamos cuando decimos revolución? ¿De qué no hablamos? ¿Qué convoca esta palabra en nuestra imaginación y en la de nuestros pueblos? ¿Qué significa en nuestra vida cotidiana? ¿Cómo la soñamos en nuestras organizaciones? ¿La soñamos? ¿La deseamos?
- Pienso que estamos invitadas e invitados a reconocer y a hablar nuevamente de nuestros deseos, sueños y esperanzas, como punto de partida de nuestras prácticas, y en la perspectiva de promover una emancipación de todas las formas de explotación, opresión y dominación que actualmente ejercen unos pocos hombres, y menos mujeres, sobre la mayoría de la humanidad, y sobre la naturaleza. Necesitamos reconocer, para ello, el potencial subversivo del deseo en la práctica histórica, la fuerza movilizadora de la esperanza, y la energía motivadora de los sueños.
- Fue precisamente para aplastar y desaparecer si fuera posible, el deseo, la esperanza y los sueños, que la hegemonía cultural del capitalismo y el patriarcado reconstruyen y manipulan cotidianamente el sentido común. Un sentido común que –pese al despliegue fantástico de nuevas tecnologías informáticas y científicas- se vuelve cada vez más conservador, alienante, vulgar, mediocre y paralizante. El sentido común del capitalismo patriarcal nos cosifica, nos mercantiliza hasta límites no imaginados por los que entrevieron en el fetichismo de la mercancía las relaciones sociales características del capitalismo. Ahora, cuando franjas cada vez más amplias de la población quedan excluidas de la posibilidad de vender como mercancía su fuerza de trabajo, se multiplica la enajenación de hombres y mujeres, y se acentúa la crisis de identidad que ésta implica. Cuando la violencia se instala en las relaciones sociales “globales” como la manera de dirimir el “nuevo orden”, crecen paralelamente en cada país los mecanismos y engranajes de judicialización y criminalización de la protesta social, la represión sistemática de adolescentes y jóvenes crecidos en la exclusión, y se refuerza en el mundo doméstico la violencia contra las mujeres y contra las niñas y niños, afirmándose por esta vía los mecanismos de disciplinamiento y control de los cuerpos, las acciones, los deseos, las ideas y los sentimientos.
- El sentido común conservador, recurre cada vez más al fundamentalismo y a la irracionalidad de la fuerza para imponer no su verdad sino su ley –regida por el principio de máxima ganancia-, y desarrolla múltiples mecanismos de “ordenamiento” de nuestras prácticas sociales.
- Lo que queremos discutir centralmente en este encuentro, es cuánto de este sentido común es reproducido por nuestras organizaciones, grupos, movimientos, redes, que en muchas ocasiones actúan –más allá de lo que dicen, creen o proclaman- como anestesiadoras de la radicalidad de nuestros proyectos populares.
- ¿Cuántas veces nuestras organizaciones o movimientos, resultan funcionales a las políticas de disciplinamiento de las rebeldías, de moderación de las pasiones, de aplastamiento del deseo, de postergación de las esperanzas, de trueque de los sueños por migajas de asistencia, que nos permiten a veces sobrevivir, pero que nos impiden vivir con dignidad y ser sujetos de nuestra propia historia?
- ¿Cuántas veces nuestros movimientos reproducen jerarquías, que se asimilan a las que establece la cultura hegemónica burguesa, blanca, heterosexual, machista, xenófoba, y generalmente “occidental y cristiana”?
- Estamos planteando la necesidad de revolucionarnos, y revolucionar a nuestras organizaciones, partiendo de asumir el impacto en cada uno de nosotros y nosotras de las derrotas de los proyectos populares de los 70, de las décadas de dictadura del capital financiero bajo las formas de terrorismo de Estado primero y de democracias contrainsurgentes después. Observando las consecuencias en el imaginario social del derrumbe de las experiencias del llamado socialismo real, y en nuestro continente el fracaso del sandinismo como proyecto emancipatorio anticapitalista. Bajo la impresión de la fuerza militar desplegada por el gobierno de EE.UU. en invasiones como las de Panamá, Afganistán, Irak, en la presencia militar en Colombia y en numerosas bases militares y ejercicios conjuntos que se desarrollan en nuestro continente.
- La militarización de la política hegemónica norteamericana, provoca la militarización de la cultura política y penetra la vida cotidiana de los movimientos populares, y de las personas.
- Nos planteamos también, en la mirada crítica hacia nuestro campo de acción, ¿qué implicancias tienen en nuestras organizaciones, las experiencias de gobiernos de fuerzas de izquierda o progresistas, que llegaron después de décadas de acumulación de fuerzas de los movimientos sociales, y que al hacerlo reproducen las mismas políticas neoliberales contra las cuales se constituyeron como tales?
- Y en el posible reconocimiento de nuestros esfuerzos ¿qué aprendizajes aportan los proyectos que defienden su autonomía y su radicalidad frente al poder, como el MST de Brasil o el EZLN de México? ¿Qué exigencias nos plantean, en el terreno no apologético, sino en la defensa de su existencia como focos de resistencia antiimperialista, la vigencia de la Revolución Cubana, y los esfuerzos populares de la Venezuela Bolivariana? Al mismo tiempo ¿Qué debates nos provocan estas experiencias? ¿Cómo considerar críticamente sus logros, sus límites, los desarrollos que realizan y las dificultades con que se encuentran? ¿Cómo modificar la cultura del movimiento revolucionario que consideraba toda crítica a un proceso revolucionario como acción enemiga, para que estos procesos, con sus complejidades y sus riquezas, puedan ser fuente de aprendizaje no sólo hacia el futuro, sino también en el presente de los movimientos populares?
- Hablando desde Argentina, ¿qué entregaron, como capacidad de rebeldía vital frente a la opresión, las jornadas del 19 y 20 de diciembre del 2001? ¿Qué denunciaron en el terreno de la crítica activa a todo lo existente? ¿Qué límites mostraron en nuestras organizaciones y creencias, y en la dialéctica de la vigencia del deseo y la memoria, frente a la ausencia de alternativas políticas populares?
- Revolucionarnos puede ser un camino, puede ser una necesidad, puede ser una meta, en la que la educación popular tiene algo que aportar. Me refiero a la educación popular, como pedagogía de la resistencia y de la emancipación, como pedagogía de los oprimidos (y no para los oprimidos), como reflexión sobre las prácticas populares, como espacio de creación colectiva de conocimientos, como cultivo de la memoria, de la sensibilidad, de la capacidad de rabia y de indignación, y como apuesta a la esperanza.
- Creo que la oportunidad de la educación popular radica precisamente en la posibilidad de que desarrolle su aporte en la base misma de nuestros movimientos, abarcando en ellos no sólo los aspectos políticos o técnicos, sino también la formación de valores y la actuación en la vida cotidiana. Actuación prioritaria en la base, que es donde se están formando los nuevos militantes populares, y también las nuevas relaciones sociales que van constituyendo a estas organizaciones.
- ¿Qué espacio tenemos en nuestros movimientos, para trabajar como orfebres las relaciones sociales que construyen la base del proyecto político que anunciamos como alternativo u opuesto a la dominación?

Nuevas preguntas, en la actual coyuntura latinoamericana

La crisis del neoliberalismo, que provocó crisis en la gobernabilidad de estos modelos en todo el continente, abrió espacio para el acceso a espacios de gobiernos nacionales y locales de fuerzas de izquierda, progresistas, en algunos casos en coalición con movimientos sociales y políticos. Se creó sin dudas una nueva coyuntura en América Latina, que promueve nuevos desafíos. Pasado más de un año de estos gobiernos, muchos de ellos continúan aplicando las políticas neoliberales dictadas por el FMI, el Banco Mundial. Continúan negociando el ALCA, tratando de sacar mejores ventajas. Continúan participando de ejercicios militares conjuntos comandados por el Pentágono, e incluso han sido parte de la legitimación del golpe de estado y de la invasión a Haití. Nos preguntamos, mirando concretamente la coyuntura actual de nuestras luchas:
- ¿Será el rol de las organizaciones populares disciplinar o contener el descontento que se sigue acumulando en nuestro pueblo, en la medida en que más allá de los discursos oficiales, la lógica neoliberal sigue intacta en las políticas de gobierno?
- ¿Serán las izquierdas las fuerzas que se dediquen a anestesiar las rebeldías populares, a poner paños fríos en nombre de “lo posible”? Y si así lo hacen ¿Serán izquierdas? ¿Serán revolucionarias?
- Y en sentido aparentemente contrario –pero no tanto- ¿Será el rol o el destino de nuestras organizaciones o movimientos, la mera denuncia de la traición de las promesas o los discursos del poder? ¿Será su papel convertirse o continuar siendo fuerzas meramente testimoniales, que anticipen o proclamen la liquidación de las esperanzas populares y de la acumulación de fuerzas realizada por nuestros movimientos en las últimas décadas? Y si asumen ese rol testimonial ¿seguirán siendo revolucionarias? (en el sentido guevarista de “hacer la revolución”).
- Hablando más concretamente de nuestras prácticas de educación popular… ¿será nuestro rol el de proveer a políticas asistenciales que permitan una inclusión degradada en el sistema, en el espacio que las políticas fondomonetaristas asignan para contener a los excluidos y excluidas? ¿Restringir la pedagogía de los oprimidos y oprimidas a alfabetizar/ asistir técnicamente / proveer elementos sanitarios de emergencia / entrenar en destrezas artesanales / organizar panaderías y huertas que permitan sobrevivir penosamente a los condenados y las condenadas del sistema, desentendiéndonos de la tarea central de la liquidación de todas las formas y modalidades de opresión?
- ¿Entregar nuestra militancia solidaria para el salvataje de los espacios que se van achicando de las políticas sociales? ¿Aportar nuestra militancia a las políticas estatales de sobrevivencia en la miseria?
- Y si no es así ¿Negar nuestra participación en estas prácticas de sobrevivencia, elementales para la existencia del sujeto que aspiramos a que se constituya como factor de transformación, en pos de una formación ideológica o política que excluye de su campo las necesidades vitales de los hombres y mujeres en estado de emergencia?
- Planteo estos dilemas, aclarando que participo tanto en prácticas de alfabetización, en talleres de género, en huertas, como en proyectos de formación política. No pregunto a otros u otras desde el lugar del ejercicio retórico. Me pregunto. Nos pregunto, sobre la eficacia de nuestras experiencias.
- Sospecho que, según cómo nos ubiquemos en estas búsquedas, podremos pensar también qué tipo de organizaciones creamos, qué tipo de relaciones sociales establecemos en ellas, y qué vínculos existen entre éstas y nuestra vida cotidiana.
- ¿Pensamos el desafío al poder y a la hegemonía capitalista y patriarcal, desde organizaciones o movimientos que reproducen o confrontan en su misma lógica a las políticas de Estado, definiéndose desde el apoyo o la oposición a las mismas? ¿No estaremos entonces aportando a la formación de militantes con aptitudes para colaborar, o para enfrentar y negociar con este tipo de poder político, fundado en formas de representación vaciadas sistemáticamente de legitimidad? ¿No seremos parte también de la despolitización de los movimientos populares, de sus tendencias al pragmatismo, de la subestimación de la teoría –no me refiero a “la teoría realmente existente”, sino a la que necesita ser recreada colectivamente en la praxis histórica, afirmada en el diálogo de los sujetos de la creación colectiva, y de intelectuales orgánicos de las políticas emancipatorias de este tiempo?
- La simplificación de las políticas revolucionarias, puede ser el mejor camino para que éstas pierdan su carácter, y nuestra militancia se hunda en los valores del sentido común conservador. Si nuestras opciones políticas se achican al punto de reducirse a apoyar a gobiernos o a oponerse, sin creación de un concepto propio de política, de poder, de proyecto, no sería extraño que reprodujéramos en nuestras organización, las lógicas del poder que creemos combatir. Autoritarismo. Jerarquías. Hegemonismo. Clientelismo. Verticalismo. Machismo. Homofobia. Hipocresía. Doble moral. Individualismo. Marginación de la crítica. Pragmatismo. Cortoplacismo. Sustitución del diálogo por la orden, de la consulta por la voz de mando, de la solidaridad por la competencia. Por este camino, estas organizaciones o movimientos se vuelven tan espejo del Estado, que no resulta compleja su cooptación, su integración, su manipulación; y si esto no es posible, su fragmentación y disolución.
- Tenemos el desafío de pensar si el centro de las políticas populares está en su relación con el Estado, o en la conformación de sujetos históricos colectivos, que vayan creando su propio programa histórico, forjando espacios de poder popular basados tanto en el desarrollo de políticas de sobrevivencia crecientemente autónomas de la dádiva estatal, que posibiliten hacerse cargo históricamente de su existencia como sujetos, como por el trazado de estrategias que permitan superar los planos estrictamente defensivos y económicos de la lucha, para construir una política emancipatoria de las clases explotadas y oprimidas, y de todos los sectores, grupos, e individuos dominados por el capitalismo y el patriarcado. Tenemos que pensar el lugar de la batalla cultural, en la creación de nuevos modelos de organización popular y de resistencia.
- Tenemos que cuestionar la idea de que unas luchas valen más que otras, unos grupos sociales más que otros. ¿Quién establece estas jerarquías? Y si las aceptamos hoy ¿cuál será el lugar de estos movimientos y grupos que consideramos “de menor jerarquía” en la lucha, en nuestras organizaciones? Y ¿cuál será su lugar en la sociedad que queremos construir? Esa sociedad jerarquizada ¿no se parecerá demasiado a ésta que hoy criticamos y combatimos?
- ¿No serán algunos de estos factores, los que provocaron la crisis de los proyectos que se proclamaron como socialistas?

Pienso que estamos en tiempos de repensar estas y otras prácticas en las que nos vamos constituyendo colectivamente como sujetos. ¿Qué lugar tendrán los deseos, los sueños, las esperanzas en el proyecto histórico? ¿Qué lugar tendrán nuestros cuerpos en las nuevas teorías? ¿Qué lugar tendrán los intelectuales en los movimientos populares y en sus críticas del mundo actual? ¿Qué papel tendrá el ejemplo, en la transformación del mundo? ¿Qué espacio tendrá la revolución, en nuestra vida cotidiana? ¿Será que podremos imaginar y vivir un tiempo revolucionario que nos permita el encuentro de todas las rebeldías?

27-7-2004

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