nro. 22
Hipótesis y discusiones

David Viñas

Para Irina

  1. La clave central de la administración Kirchner radica en lo que puede llamarse neocamporato: no sólo por lo que explicitan sus voceros con referencia a 1973, sino porque las personas que fueron altos funcionarios de aquel gobierno tan breve y que ahora reaparecen. Righi, ministro del interior en ese momento episódico y frustrado, es el último y más notorio ejemplo. Lo que no se pudo hacer entonces de la presunta revolución de la izquierda juvenil peronista, sería el programa fundamental en el año 2004.
  2. Varios rasgos de este programa atentan internamente contra la realización de semejante proyecto: 1) han pasado treinta años entre el momento en que esa izquierda juvenil tenía una base social multitudinaria, agresiva y exigente, y la actualidad; 2) los miembros más coherentes de esa juventud, por sus tensiones revolucionarias, han desaparecido o han sido asesinados; 3) los que quedan (Kirchner y la señadora Fernández son ejemplares en este sentido), moderadamente optaron por replegarse en desmedro de anteriores compromisos revolucionarios; 4) para decirlo bruscamente, se aburguesaron, así como sus fervores de cambio se trocaron en un discurso que, de tan elegíaco, se desplazó hacia lo sobreactuado y puramente simbólico; y 5) a lo largo de esos treinta años, sobre todo después de 1983, los sobrevivientes en su mayoría se vincularon acríticamente al menemismo, materialización política de la derecha peronista que, en su etapa combativa, representaba al “enemigo interno”.
  3. El perfil más visualizable de la táctica transversalista reside, precisamente, en personajes que adhirieron de manera servicial al menemato en su apogeo. Incluso, a las órdenes de figuras como Ruckauf –y otros por el estilo- que encarnaron no ya lo más reaccionario del menemato, sino que fueron altos funcionarios de Isabel Perón muy próximos, por cierto, a López Rega y a las represiones previas al 1976.
  4. En este orden de cosas, correspondería rescatar históricamente algunas genealogrías. Con los obvios matices correspondientes a cada coyuntura histórica, pero sin apelar a la ideología de los matices (polvorienta e interminable colección de datos que impiden cualquier posibilidad de síntesis). Las dictaduras siempre se han caracterizado por eliminar a sus propios sectores de izquierda, cuando se trataba de institucionalizarse frente a las presiones y exigencias del establishment más tradicional. Para no abundar: Hitler al suprimir a Roehm y a las SA en 1934, Mussolini anulando a los RAS provinciales más vinculados, por su origen, al sindicalismo y a la anarquía; Perón frente a quienes, realmente, le organizaron el 17 de octubre, descartando a Cipriano Reyes, Gay, e incluso, a Mercante.
  5. Con los jóvenes que le organizaron el regreso y el triunfo electoral en 1973, Perón actuó de manera análoga el 1° de mayo de 1974. Dura expulsión de Plaza de Mayo de los montoneros. Lamentablemente, otro olvido histórico por parte del presidente Kirchner y la gran mayoría de sus seguidores. Sin embargo, el señor presidente se declara peronista, “de centro”, cuando se le pregunta si es de izquierda. La senadora Fernández, al salir de una entrevista con la viuda de Mitterand, niega su filiación “progresista” en beneficio de un enfático peronismo. Un dirigente sindical, malicioso, me dijo hace unos días: “Si el señor presidente o su esposa me explican qué quiere decir ser peronista en el 2004, ya mismo me hago peronista”.
  6. En América, los dos partidos tradicionales han perdido sus contenidos; apenas si son aparatos eleccionarios y burocráticos. En Estados Unidos resulta penoso, cuando no grotesco, el empecinamiento de los republicanos y los demócratas por diferenciares más allá de un pragmatismo oportunista. Los adecos y los copeyanos –en Venezuela- no son más que aparatos que apenas si sobreviven en su oposición a Chávez. En el Uruguay, la situación de los dos partidos clásicos es lamentable: apenas una melancólica sobrevivencia de divisas blancas o coloradas, que agatas resultan eficaces cuando se trata de organizar algún contubernio frente a los avances del Frente Amplio. Los peronistas de todas las variantes (¡ay! en la Argentina), se regocijan por la degradación del radicalismo. Sin advertir que esa degradación los involucra a ellos mismos.
  7. Jaqueada cotidianamente por el Fondo Monetario Internacional y por los piqueteros más combativos, la administración Kirchner se obstina, por intermedio de sus voceros, en negar las categorías de izquierda y derecha. Se trata de una versión actualizada de “ni yanquis ni marxistas”. Convierte así el kirchnerismo un problema político en puro nominalismo. Ya se sabe de memoria, que esas denominaciones provienen de una categorización topográfica desde la revolución francesa. Pero los cuestionamientos financieros y las exigencias populares de hoy, aluden nítidamente no ya a una cuestión académica, sino a la insoslayable lucha de clases. Proceso histórico que no se conjura con la fórmula consabida de “ni... ni” que, en lo fundamental, corrobora el centrismo vacilante caracerizado por un penduleo táctico. Vaivén que vertiginosamente remite al clásico pragmatismo del teniente general Juan Domingo Perón. Ecuación pragmática que, en términos más exigentes, a su vez, aluden al “a más be sobre dos” definitorio del eclecticismo.
  8. Intervenir Santiago del Estero. Prescindiendo de ese residuo de mafioso feudalismo, representado por el obsceno clan Juárez, que ha recorrido (y definido lateralmente) cincuenta años de la historia del peronismo. Demostrando, si cabe, que la proclamada renovación del kirchnerismo no va más allá de los desplazamientos administrativos que, hasta ahora, son presentados como sus “logros más significativos”.
  9. Las expectativas –a nivel continental- que la actual administración parece abrir en torno al éxito electoral de los demócratas frente a Bush, olvidan, precisamente, que desde Wilson a Kennedy (emblemas privilegiados por el partido demócratia), si por algo se caracterizaron fue por su política intervencionista en América Latina. Veracruz y Bahía de Cochinos resultan, en esta franja, suficientemente representativos.
  10. Hasta este momento, la reactivación industrial no pasa de ser una virtuosa expresión de deseos. Resultando así que el turismo aparece al tope de ese rubro; turismo entendido como “industria sin chimeneas”. Que para la mirada futurista de Scioli y otros empresarios convertiría a la Argentina (de acuerdo al modelo Cancún de México) en un paraíso para propietarios privilegiados –desde el Tigre más allá de Bahía Blanca-, que abundarían en viviendas de gran prestigio. Desde ese borde balneario definido por su “cultura de fachada”, se organizarían raids en dirección a los lagos, ventisqueros promocionados, Tierra del Fuego, e incluso la Antártida. Se puede sospechar que la polarización (con el resto del país) –en el revés de trama de semejante estrategia- alcanzaría cotas alarmantes.
  11. Varios son los urbanistas críticos que se alarman frente a ese futuro eventual de la Argentina. Sobre todo cuando analizan los mapas que La Nación y otros matutinos canónicos publican semanalmente postulando las ventajas de los countrys que van rodeando a Buenos Aires y a otras ciudades del país. Destinados, desde ya, a propietarios o posibles compradores –como subrayan esas publicaciones con fervor- de la clase media alta hacia los topes de la pirámide social. Dejando de señalar, en el envés de las ventajas de la privacidad publicitada, que esos enclaves prestigiosos van bloqueando el desarrollo legítimo y necesario de las capitales. Nada se dice, además, en estos proyectos urbanizadores, de los desniveles que provocan entre el provecho de “la cultura in”, en detrimento de las poblaciones out. Desniveles que exasperan al máximo las diferencias tradicionales internas de cada ciudad, entre los “barrios bien” y las barriadas condenadas a la marginalidad (con el consumo trivial y el trabajo brutalizado).
  12. Donde más se reflejan esas contradicciones crecientes del año 2004, es en Página 12. Diario que, desde su origen con saludables entonaciones críticas se ha convertido en la publicación semioficial del kirchnerismo. Su paulatino desplazamiento ha dado como resultado un estilo periodístico cada vez más insípido y previsible; la homogeneidad beata parece condenar al escamoteo sistemático de las noticias que puedan resultar conflictivas para la actual administración. Apenas si es posible rescatar las interrogaciones retóricas con que suelen cerrar sus artículos Bruchstein o Pasquini Durán. Penosas ambigüedades de un posicionamiento estilístico –digamos- cuya contraparte puede leerse en el aumento de avisos oficiales.
  13. El inefable Nik confecciona su chiste cotidiano en La Nación: hoy, Bush y los magnos funcionarios de su ristra se ríen frente a los anuncios de Kirchner en relación a los pagos de la deuda externa, reducidos a nada más que al 25%. Cierto: se trata de una humorada; y quien no salta ante el humor no es un argentino. Moderadamente yo soy un argentino; y ese humor tan sutil no me hace ninguna gracia. Tendré que atribuirlo a mis notorias limitaciones. Pero, a la vez, no puedo menos de recordar que Nik es un módico divulgador de la ideología de los grupos que avisan en ese matutino, y que lo sostienen financieramente. Así como las risas odontológicas del “político más poderoso del mundo” (sic) están destinadas a un público que, de manera especular, apuesta a la mano de Bush en las elecciones de noviembre del 2004.
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