nro. 22
De las complejidades de la era Kirchner

(o de la necesidad de recordar que, apenas, han transcurrido dos años)

Daniel Campione

El 20 de diciembre fue el comienzo de un tiempo nuevo. Tuvo el laborioso preámbulo de las luchas de Cutral Co, de Mosconi, de General San Martín, de La Matanza, de las primeras fábricas recuperadas que radicalizaron sus planteos, como Zanon, de la lucha en torno a Aerolíneas Argentinas. El de la consolidación de los 'piqueteros' como una nueva identidad, una respuesta que ya no era un 'combate de retaguardia' para defenderse de privatizaciones y desregulaciones, sino un modo de enfrentar a la nueva situación que planteaba la creación de formas renovadas de organización y lucha, e incluso una revisión de las prácticas tradicionales de la izquierda. Visiones contestatarias, tendencialmente anticapitalistas, lograron una penetración, una capacidad de movilización, nunca vistas antes en la Argentina. Mientras el sindicalismo burocrático se replegaba hasta bordear la inexistencia práctica, en tanto los partidos políticos tradicionales perdían toda influencia que no derivara del sometimiento clientelista o de las pervivencias del sentido común conservador, el mundo de los cortes de ruta, los 'escraches', las asambleas con poder efectivo de decisión, los delegados con mandato imperativo y revocable, se abrió paso. Y cuando la crisis tocó fondo y el aparato estatal comenzó a ejercer las arbitrariedades más evidentes (corralito y posterior estado de sitio inclusive) estalló la ira popular, con una 'espontaneidad' que mostraba las huellas de la dirección consciente de las luchas de la última mitad de los 90'. Primero fue el voto, como multifacética expresión de descontento generalizado, en octubre de 2001. Luego la salida a la calle, la protesta activa y vociferante que terminó con un mandato presidencial, la primera vez que esto ocurre 'desde abajo' en la historia argentina.
Atrás quedaba la creencia en las privatizaciones como solución universal, la aceptación masiva del modo neoliberal de ‘insertarse en el mundo’, y la tendencia a desconfiar de todas las formas de acción colectiva, en aras de una competencia interindividual erigida en forma de vida y perspectiva ética universal.
La acción colectiva, la política de calles, quedó estruendosamente reivindicada en su vigencia y poder destruyendo todas las tesis posmodernas sobre la definitiva reclusión en los medios de la política. La democracia de matriz schumpeteriana, construida sobre la pasividad ciudadana, se vio fuertemente sacudida por la demanda generalizada de democracia efectiva, y por la consigna imprecisa pero contundente: 'que se vayan todos'.

El 20 no fue un momento aislado, un 'estallido', fue un punto de llegada, a la vez que de partida para un nuevo despliegue del movimiento social. Pero es cierto que los elevados niveles de movilización alcanzados en la primera mitad de 2002 sufrieron un reflujo. Y que éste se desenvolvió en tres tiempos. El primero, marcado por una remisión 'natural' de una movilización permanente y múltiple, difícil de mantener por mucho tiempo. Luego, los logros del gobierno Duhalde en cuanto a capear los ribetes más agudos y escandalosos de la crisis (Plan Jefes y Jefas, paulatina salida del 'corralito', pesificación asimétrica y freno a la inflación, etc.). Y finalmente la sutura institucional de la crisis que luego de un proceso electoral por demás irregular, derivó en el fracaso tanto de la alternativa abstencionista como de las propuestas de concurrencia de la izquierda, y en la instauración del gobierno Kirchner, lanzado rápidamente a gestos progresistas que lo legitimaran como representante de una 'nueva política' diferente de la de sus antecesores, luego de su más que tortuosa elección.

Por cierto que la falta de una propuesta alternativa a la 'normalización' propulsada desde arriba, y la repetición de viejos vicios a partir de no captar la existencia de una situación cualitativamente nueva (o de interpretarla con cánones gastados), contribuyeron al retroceso, pero no lo ocasionaron por sí solas. Tanto cierto reflujo espontáneo de una situaión de movilización continua que no podía durar demasiado, como la atenuación de algunos aspectos desencadenantes de la crisis (el ‘rebote’ de la actividad económica de la mano de la modificación del tipo de cambio, los planes Jefes y Jefas de Hogar, la gradual descompresión del ‘corralito’ bancario) coadyuvaron a que los planteos más radicales perdieran en masividad y eficacia.
A su vez se ha dado una asordinada batalla ideológica en torno al 'relato' de las jornadas del 19 y el 20, su interpretación, y las conclusiones consiguientes sobre la perspectiva que abrieron. Desde el poder se logró avanzar en abrir interrogantes sobre la profundidad y alcance de la movilización popular, separar el 19 ‘pacífico y espontáneo’ del 'manipulado y violento' 20, hacer aparecer los saqueos y los hechos del 20 como básicamente manipulación de 'aparatos', mostrar el conjunto de la movilización del verano de 2002 como un fenómeno circunscripto a las capas medias de la Capital, sublevadas sobre todo contra la confiscación de sus ahorros y ajenas a ideales más 'nobles'. Ha sido una lucha por reducir a la 'normalidad' (confrontación de intereses sectoriales, manipulación propagandística, 'aparateadas') los hechos más saludablemente 'anormales' de todo el período que va de 1983 a la fecha

A su vez, el gobierno actual, y en general todos los sectores medianamente lúcidos de las clases dominantes, saben que no pueden incurrir impunemente en las viejas prácticas, que tienen que dar respuestas que permitan cooptar o neutralizar sectores críticos, sin colocar la represión en el primer lugar. De ahí los gestos fuertes frente al FMI, el ataque contra determinadas esferas estatales señaladas por todos como corruptas (Corte Suprema, policía, PAMI), y las iniciativas en materia de Derechos Humanos, incluido el favorecer la reapertura de juicios contra los represores. Y también la idea de cooptar a un sector del movimiento social para el apoyo al gobierno. Dentro del gobierno unos tratan de reactivar la movilización sindical, como el ministro de Trabajo, con la idea de disputarle la calle a las organizaciones de desocupados, e incluso trabajan activamente para la reunificación de la CGT. Otros dedican amplios afanes a cooptar grupos piqueteros para las políticas del gobierno, con victorias pírricas como el entusiasta apoyo de Luis D'Elía, con un discurso cada vez más desbocado en dirección a un macartismo que no conviene al propio gobierno. Cuando no, tratan de crear nuevos grupos, directamente orientados al apoyo al gobierno. Y se realiza un vasto esfuerzo para recomponer un ‘progresismo’ que no se descomponga por su propia falta de fibra, como ocurrió con el Frepaso, aunque esté por verse si hablar de ‘transversalidad’ y otras vaciedades alcanza para conformar una fuerza política que soslaye al desprestigiado PJ para identificarse directamente con Kirchner.

Pero la mala noticia para el poder es que, mas allá del reflujo y la fragmentación, las organizaciones de trabajadores desocupados y el arco contestatario que los acompaña insisten, en su gran mayoría, en la tesitura de lucha y movilización. Y que, en un cuadro político partidario que sigue desarticulado, al menos en todo lo que está fuera de las fronteras del partido de gobierno, la oposición más visible y activa son, precisamente, los piqueteros. Los que con sus luchas erosionaron a Menem, derribaron a de la Rúa, y condujeron a Duhalde al llamado a elecciones anticipado. Son ellos los que ayudan a recordar con su sola presencia que la desocupación y la pobreza siguen allí, en los mismos niveles catastróficos que desataron la crisis, o muy poco por debajo. Ellos les ganaron las calles a las organizaciones sindicales burocráticas y a los partidos sistémicos, y a éstos les cuesta mucho recuperarlas..
Todo eso preocupa a los grandes grupos económicos, a los medios masivos de comunicación, y a los analistas políticos del establishment, incluyendo entre estos últimos a los 'encuestólogos' que se encargan de demostrar cuán amplio e intenso es el repudio de 'la gente' (el nombre convencional que se da a la opinión común que reflejan los sondeos de opinión) a cortes de calles y rutas. Y por supuesto al gobierno, que, al no encarar una política realmente distinta desde su base a la de los últimos quince años, escucha las sugestiones de los poderosos, si bien las 'filtra' para no perder coherencia discursiva y credibilidad. Así, mientras sectores de la gran empresa y la prensa de derecha pedía represión sin más en los últimos meses, el gobierno coqueteó con esa idea, para terminar haciendo profesión de fe 'dialoguista'. Pero el diálogo no es general ni igualitario. Dice privilegiar a 'los que no hacen política' (es decir la que no sea compatible con la del gobierno), a los que no están vinculados a partidos de la 'izquierda tradicional'. Traducido, ofrece concesiones y espacios de poder subordinados pero efectivos a los que se amolden por lo menos a las líneas generales de la política gubernamental, y críticas, aislamiento político y negación de favores para los que persistan en ser opositores, en no conformarse con el progresismo realmente existente. Y se sabe, 'hacer política' es el nombre que se da desde arriba al intento de encarar la transformación real de la sociedad, por fuera de los aparatos destinados a reproducir sus injusticias.

Debería estar claro que el gobierno de K. no encarna la realización de los ideales del 19 y 20 de diciembre. Le quita la concesión del correo al empresario Macri..., pero se aclara en seguida que se volverá a privatizarlo lo más rápido posible, se propone una fuerte quita a los acreedores privados..., mientras se le garantiza el pago completo al Fondo Monetario; se asumen las denuncias de sobornos en la ley de flexibilización laboral... para reemplazarla por otra ley que apenas atenúa en algún rasgo la tiranía patronal sobre los procesos de trabajo.
Su construcción política sigue descansando sobre las prácticas de acumulación de poder en el vértice, con los movimientos populares pensados sobre todo como ‘masa de maniobra’. Su proyecto económico tiene más que ver con los intereses de sectores del gran capital que se benefician de la reversión de ciertos aspectos del llamado 'modelo neoliberal', como la apertura económica indiscriminada o el privilegio absoluto al pago de la deuda, que con las mayorías perjudicadas por éste en sus posibilidades de trabajo y subsistencia. No se producen cambios de fondo en la política tributaria, la política monetaria continúa obsedida por la baja inflación, y el presupuesto estatal continúa hipotecado al ‘superávit fiscal primario’ impuesto por los organismos internacionales. Sus políticas sociales no superan en nada decisivo a la instauración de planes de asistencia que nunca terminan de universalizarse...
Pero también debería aparecer como evidente que el gobierno K. no es la simple continuidad lineal del ciclo anterior, y que algunas orientaciones de su política han generado expectativas favorables en sectores sociales muy amplios. Levantar hoy la consigna "Fuera Kirchner" carece de oportunidad y sentido, ya que suena a repetición mecánica de recetas invariables frente a situaciones diferentes, y aparece faltándole el respeto, no al gobierno, lo que no sería de objetar, sino a la mayoría que, por ahora, lo mira con esperanza. El gobierno continúa con su política de apertura hacia los organismos de derechos humanos; insiste en una visión más latinoamericanista y menos abiertamente pronorteamericana de la política internacional, y sigue en materia de deuda externa una orientación que mantiene el rumbo de fondo, pero multiplica una gestualidad de resonancias nacionalistas... Nada de eso es la continuidad lineal de Menem, de la Rúa, e incluso Duhalde.

En cualquier caso habría que contrarrestar la tendencia a que el movimiento se divida en nombre de la cercanía o no con el gobierno, a que se deje de discutir el ‘abajo’ para paralizarse analizando el ‘arriba’; sin que esto incluya a los que se vuelquen abiertamente al oficialismo, lo que les quita cabida en un espacio social que hizo de la contestación de la política tradicional una de sus razones de existir. El movimiento configurado no sólo por los piqueteros sino por las asambleas populares, las fábricas recuperadas, los espacios de comunicación, arte y cultura generados en torno a la crisis, sustenta aspiraciones mucho más radicales que los gestos que ha propuesto el presidente Kirchner para marcar una nueva etapa respecto de sus antecesores. En primer lugar, la de autonomía y democracia plena, incompatibles con aceptar una actitud benévola, de apoyo más o menos crítico, con un gobierno que, mas allá de sus gestos progresistas, está plena y cómodamente instalado en las relaciones capitalistas de producción y en la democracia representativa realmente existente. La idea de sanear las instituciones de los casos más aberrantes de corrupción, de poner 'algunos límites' al accionar de las grandes empresas, o de discutir con algo más de 'firmeza' (a veces más gestual que efectiva) con el FMI y los acreedores externos, no pueden ser ni por asomo un programa satisfactorio para movimientos que aparecieron como un cuestionamiento global a la dirigencia de la sociedad, desde la gran empresa a la dirigencia sindical, pasando, en un lugar muy destacado, por el conjunto de la dirigencia política sistémica. Y que adquieren su razón de ser primigenia de la defensa de amplios sectores de las clases subalternas, empobrecidos y sin trabajo, cuya situación no ha cambiado en una medida apreciable desde la asunción de Kirchner a la fecha.
Es cierto que es indispensable tomar nota del amplio apoyo al presidente para no chocar contra una muralla de consenso a fuerza de acciones confrontativas a destiempo. Pero ensar que un puñado de medidas que a duras penas dejan atrás algunos de los costados más retrógrados del llamado 'neoliberalismo' constituyen el inicio de una nueva era, de un 'gobierno popular’ sería profundamente equivocado.

No vale, con todo, gritar 'fuera Kirchner ya' para tapar la falta de una política autónoma coherente, de una construcción social que aúne radicalidad con manejo de los tiempos y capacidad de acción táctica. Si se persistiera en ello se demostraría la incapacidad de enfrentar políticas de estado más complejas que el invariable y hasta ostentoso sometimiento ante el gran capital que los gobiernos argentinos practicaron durante una década.
Optar por aminorar el paso y renunciar a toda iniciativa de riesgo a la espera de que retornen manifestaciones hiperagudas de crisis, equivale a confesar la carencia de capacidad contrahegemónica y de conformación de un bloque de las clases subalternas. ‘Sentarse en la puerta a ver pasar el cadáver del enemigo’ quizás sea un buen consejo para un campesino medioeval pero no a quiénes aspiran a construir un movimiento social y político con vocación de poder.
Pero no hay alternativa peor que renunciar a la independencia y a la defensa incondicional de los intereses de las bases, so capa de identificación con quiénes no prometen otra cosa que los todavía hipotéticos beneficios de la recomposición de un fantasmático 'capitalismo nacional'...

Las clases subalternas tienen en el movimiento piquetero, y en todo lo que subsiste del impulso desbordante de diciembre de 2001, unas armas organizativas, unas fuentes de prácticas creativas y novedosas, que no poseían hace sólo tres o cuatro años atrás. La fragmentación existente es un obstáculo para los logros de ese movimiento multiforme, pero está lejos de anularlos. La actual, asumido el reflujo, debería ser una etapa de consolidación, de debate, de estrechar lazos con los trabajadores ocupados, el movimiento estudiantil, las organizaciones de capas medias, de cultivo de los aspectos enriquecedores de la diversidad. De lucha para expandir una visión del mundo diferente, que parta del reclamo firme e impostergable de la mejora de las condiciones de vida de los sumergidos... Pero para ello se requiere abandonar el ‘tacticismo’ y el medir los tiempos por meses y hasta por días. Y construir una mirada estratégica, que sepa no apurarse como condición para llegar lejos, y que piense y actúe en función de la construcción y consolidación del movimiento social, y no de la pureza ideológica, la originalidad intelectual, o las vanidades de secta.

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