EL REALISMO MÁGICO DE LA UTOPÍA BOLIVARIANA
Declararse bolivariano y, en consecuencia, declararse
revolucionario dentro de la senda del marxismo implica transitar la
vida movidos por la esperanza de transformar la sociedad en busca
de la justicia; esta es una constante que indefectiblemente implica
la utopía como característica de la conciencia, natural
fruto del convencimiento racional.
En ello, la utopía es una meta superior de compromiso, en todo
caso relativa en cuanto a la apariencia como se presente, ya en manera
de posibilidad o “imposibilidad” según las dificultades
extremas que plantee; o relativa también en cuanto a finalidad,
tomando en consideración que su concreción histórica
es, como la misma historia algo cuyo desenvolvimiento no finaliza.
En la esperanzada búsqueda de realización
del “imposible”, la marcha conlleva una mescla de ilusiones,
realismo, magia y amor al pueblo, como razón de ser de la vida.
En fin, la utopía compendia amor, sueños, admiración,
arraigo de la historia, visión hacia el futuro, vivencia de
todos los estadios del tiempo y el espacio en plenitud como necesidad,
deber y anhelo humanizante, cuyo interés esencial es la preservación
del hombre y la naturaleza en absoluto equilibrio, desplegando las
potencialidades de la fe, de la memoria raizal, de la dignidad y de
nuestra identidad como factores vitales para la existencia.
En la senda de la utopía, la marcha del revolucionario desecha
la resignación frente a la opresión, y el compromiso
con los pobres de la tierra se asume incondicionalmente, de manera
perseverante y creadora.
Digamos, entonces que, la concepción marxista-bolivariana
de un revolucionario, implica que en su conciencia se abriga un ideario
en el que la imagen de una realidad aun no concretada, posible o tal
vez incierta, se plantea como meta con el convencimiento absoluto
de asumir su realización por “imposible” que parezca,
porque, como en la expresión supuestamente temeraria del Libertador,
es lo que nos corresponde hacer “porque de lo posible se encargan
los demás todos los días”.
Es esa la convicción del Bolívar que se lanza, por ejemplo,
a la misión inverosímil, para los más, de trepar
sobre las canas de los Andes a liberar a la Nueva Granada; y es la
persuasión del Marx que respalda La Comuna de París…,
con la certidumbre de que el deber de todo revolucionario es el de
“tomar el cielo por asalto”, según el imperativo
de su conciencia ética que le impele a liberarse de la opresión,
potenciando los valores todos de la experiencia humana, que son inmanentes
a la historia.
El autor del Manifiesto Comunista, cuando, en aras del fin altruista,
aboga por la posibilidad de arriesgarse en la lucha a enfrentar lo
quizás absurdo -¡qué contrasentido más
razonable!-, o lo quizás irrealizable, que se tiene en la mente,
ejecutando la acción que ha de pasar la prueba de fuego frente
al compromiso histórico que planteen las circunstancias, aún
a riesgo de la muerte, está desbrozando una concepción
de la vida que tiene una propia ética ligada a la dialéctica
de la realidad en que se mueve, pero mirando siempre hacia futuro.
Ahí, con niveles superiores de generoso altruismo, el decurso
del desarrollo histórico se asume con la determinación
inquebrantable de enfrentarse a todos los obstáculos que imponga
la explotación del hombre por el hombre.
Se trata de la posibilidad cuestionada interactuando con el ideal;
el ideal queriendo fundarse como realidad; y el conjunto irrumpiendo,
en últimas, como “utopía realista”, según
el rasero del revolucionario, pero ocurriendo que, como en el Mayo
68 francés, el realismo también es mágico, porque
se trata de ir más allá de lo que aparezca como evidentemente
factible, empeñando todas las potencialidades humanas: “seamos
realistas, hagamos lo imposible”, era la consigna generalizada
que resumía la determinación de cambio de aquel estudiantado
ardido levantado en Francia contra el injusto orden establecido.
Esta definición del compromiso con lo “imposible”,
que marca el compromiso cumbre de la utopía, perfila una concepción,
revolucionaria por supuesto, en la que la visión de la posibilidad,
aún en el plano de lo improbable, se visualiza como consecuencia
de las convicciones respecto a la finalidad, y como derivada de sentimientos
y razones que contienen el riesgo más allá incluso de
lo estrictamente racional.
El “pequeño ejército loco” solía
llamar Augusto Cesar Sandino, el “General de Hombre Libres”
a esa, su guerrilla, que valerosamente enfrentó a los marines
yanquis que invadían su patria, y esto porque su búsqueda
de verdades en el intrincado camino de su lucha antiimperialista y
de emancipación, tomaba no sólo los rumbos indicados
por la meticulosa planificación solamente, sino aquellos que
indicaban la osadía y el heroísmo; la audacia y el valor,
donde la espiritualidad del hombre está guiada por la fe, más
allá del conocimiento factual de las circunstancias. Y he ahí
entonces las “razones” de la utopía, el “hacer
lo imposible porque de lo posible se encargan los demás todos
los días”, el “ser realistas haciendo lo imposible”,
el “tomar el cielo por asalto”.
En esta concepción, ser marxista y bolivariano está,
por qué no, en el plano del realismo mágico de nuestro
mundo, que supera el mero racionalismo con toda la simbología,
imaginación y la creatividad fundadas en la exquisita tradición
raizal amerindiana y en el sincretismo de nuestros mesclados pueblos
oprimidos, mestizados, en proposición que anticipe la instauración
de la justicia social; es decir, realización del ideal en beneficio
de la humanidad.
Jesús Santrich. FARC-EP