LA TORTURA NO ES ARTE NI CULTURA

La tauromaquia no es más que un obsceno negocio que trafica con la tortura y la crueldad. Las corridas de toros constituyen un crimen, un asesinato a sueldo, donde se martiriza a seres vivos por diversión. A tal salvajada algunos energúmenos la califican pomposamente de tradición otorgando a la palabra un carácter sacrosanto. Pero el circo romano y la quema de herejes también fueron tradiciones centenarias hasta que, por suerte, la sociedad superó semejantes barbaries.

Igualmente, hay quienes pretenden enmascarar esta orgía de sangre como "manifestación cultural". Por la misma regla de tres podríamos entonces, admitir el canibalismo, presentándolo como una peculiar cultura gastronómica de ciertos pueblos. Pero, no nos engañemos: cultura es aquello que contribuye a volver al hombre más sensible, más inteligente y más evolucionado. La violencia, la sangre y la crueldad, todo lo que humilla a la vida, jamás podrá disfrazarse de arte o cultura.
Alegan, además, los taurinos, que de los toros viven muchas familias a lo que cabría argüir que también es muy rentable el contrabando de armas o el narcotráfico, siendo lo cierto que los únicos que se lucran con la inmundicia taurina son un puñado de terratenientes, empresarios y matadores que medran a cuenta del brutal suplicio de miles de toros y caballos.
Porque, a menudo, se nos olvida que los caballos son víctimas temblorosas y dolientes de tan infame fiesta: ellos soportan atroces embestidas que rompen sus costillas, y con ellas rotas son forzados a salir una y otra vez a la arena, donde les aguarda el temido encuentro con el toro; para que no relinchen de espanto y de dolor, han amputado sus cuerdas vocales, y si atenazados por el pánico se niegan a volver al redondel, les quemarán los testículos con descargas eléctricas o periódicos encendidos.
Todo es repugnante, cobarde y vil en este inframundo maquillado bajo una hortera capa de lentejuelas y pasodobles.

Desde que los toros son secuestrados del rebaño, empieza el calvario de unos animales capaces de experimentar angustia y desamparo infinitos. Presos en un asfixiante cajón, con la cabeza ladeada, se los transporta lejos, muy lejos de sus pastos y encinares. Confinados en la cárcel del chiquero, antes de su linchamiento, padecerán continuos tormentos al objeto de debilitar sus fuerzas: palizas con sacos de arena hasta quedar desriñonados, purgas fortísimas que les abrasan los intestinos y extenúan, al punto de apenas sostenerse en pie; se les ciega con vaselina, se les inyecta fármacos hipnóticos, se introducen bolas de algodón en lo profundo de sus fosas nasales para dificultar la respiración...Así, disminuido, enfermo, desorientado, llega el toro al picador, quien le barrena el lomo cortando nervios y tendones hasta abrir una herida `por donde cabe un brazo; y en esa dolorosísima llaga se clavan los arpones de las banderillas, rascuñando en hueso a cada movimiento...Tras varios intentos fallidos la espada perfora la pleura y el animal agoniza entre vómitos, los pulmones encharcados de sangre...
Con razón Félix Rodríguez de la Fuente llamó a tan aberrante carnicería "exaltación máxima de la agresividad humana" .¡Y todavía hay políticos sinvergüenzas que nos hablan de paz al tiempo que nos venden violencia taurina!
Afortunadamente, el 90% de los ciudadanos del Estado nada quieren saber de esta monstruosidad que la tauromafia sostiene gracias a las subvenciones multimillonarias que, fraudulentamente, desvía del dinero público.

Aún con esas, este negocio carroñero tiene su fin anunciado, pues la conciencia de las nuevas generaciones camina hacia una relación armoniosa del ser humano con el resto de las criaturas del planeta. "Llegará un día- escribió Leonardo da Vinci- en que los hombres juzgarán la matanza de los animales como juzgan hoy el asesinato de una persona". Mientras llega ese mañana, podemos elegir entre la crueldad y la compasión, entre encogernos de hombros o ser la voz de quienes no la tienen. En nuestras manos está la respuesta.

PACMA