1. Lo que no se dice del modelo de defensa militar.

2. Las consecuencias ocultas de este modelo.   

3. Lo militar inunda el plano cultural y social.

4. Algunas propuestas para comenzar un debate unificador entre el pacifismo y el ecologismo.

   a)      Un concepto compartido de defensa alternativa.

   b)      Una metodología común.

   c)      Horizontes de trabajo en común.

  


Resulta asombroso y turbador constatar cómo, a pesar de la incidencia que tiene el tema de la defensa en la política global y en las aspiraciones e intereses de la gente, éste despierte tan poca interés y tan pobre preocupación.  La opinión pública percibe la idea de la defensa como un mundo aparte y ajeno, en manos de expertos militares y sobre el que ni tenemos opinión ni responsabilidad. Además, en las “agendas” de los movimientos sociales o de las organizaciones con cierta aspiración transformadora, la defensa tampoco forma parte ni siquiera de sus antepenúltimas propuestas.

 

A esta apatía y desprecio contribuye mezquinamente el “consenso” impuesto por los grupos dominantes acerca de la exclusividad militar del tema y de nuestra insignificancia (más allá del pago de impuestos) al respecto, así como la política de opacidad y secretismo con que se rodea todo lo relativo a lo militar.

 

Lo que no se dice del modelo de defensa militar.

 

Para acabar con el secretismo oficial y con la apatía social sobre los temas de defensa es necesario conocer las principales características del sistema militar del estado español.

 

Es cierto que la caída del sistema de bloques militares en el año 1990, tras el derrumbe del muro de Berlín y del bloque oriental, despertó ciertas expectativas de que el enorme lastre de la carrera de armamentos se orientara a beneficios sociales globales, con los famosos “dividendos por la paz” derivados del previsible descenso de inversiones militares y con la creación de un nuevo orden internacional basado en principios de respeto a los derechos humanos y a la naturaleza.

 

El contexto internacional permitió atisbar una redefinición de la propia idea de defensa y seguridad, si bien los acontecimientos posteriores han desmentido cualquier sospecha de optimismo y la reformulación de la defensa lo ha sido, si cabe, para peor, con un repunte global de la investigación de fines militares, del gasto militar mundial, de la capacidad destructiva del armamento y de los conflictos bélicos y prebélicos y de las justificaciones para intervenir en ellos. Además los medios de comunicación de masas nos  han permitido asistir con crudeza inusitada a unas consecuencias que se antojan cada vez más inmorales y catastróficas.

 

El panorama en el Estado Español reproduce el modelo de defensa vigente en occidente y sus evoluciones actuales. Se caracteriza, como veremos, por un doble esfuerzo de reforzamiento del aparato militar y de su presencia en la escena política nacional e internacional y, por otro lado, por la penetración de las prácticas y valores militaristas en la sociedad. Desde el poder está construyéndose es, nada menos, una nueva cultura de la defensa de tinte más elaborado y sutil, pero no menos militarista que el precedente con:

 

·        Un ejército de más de 100.000 efectivos (actualmente otros 30.000 más de reemplazo), más 50.000 mandos y más de 60.000 Guardias Civiles (estos últimos recientemente encargados de la defensa de fronteras, de labores de espionaje y contraespionaje y lucha contra enemigos difusos tales que el terrorismo internacional o los flujos migratorios).

·        Desplegado de forma espacial para el control del Sur de Europa en colaboración con el resto de la OTAN.

·        Con un núcleo “duro” de “fuerzas de acción rápida” con capacidad de “proyección” (eufemismo para ocultar la idea de invasión de este ejército) y de “ensamblaje” en los mega-ejércitos occidentales.

·        Con un importante esfuerzo (oculto en los gastos de otros departamentos ministeriales como investigación científica) en nuevas tecnologías de armamento, que pasan desde las armas inteligentes a las llamadas “armas no letales” y los clásicos sistemas de destrucción cada vez más precisos.

·        Con una expansión de sus cometidos a diversos escenarios[1]:

o       El mantenimiento del statu quo y la defensa del territorio nacional frente a agresiones militares exteriores u otras interiores de índole política.

o       La inclusión como objetivos de la defensa de la protección de los “intereses vitales” de España en el exterior (no se dice qué intereses vitales son esos ni cómo puede defenderlos el ejército)[2]

o       La participación en acciones de injerencia internacional con la coartada de la cada vez menos creíble desde el punto de vista ético del concepto de  “ayuda humanitaria”.

o       La plena integración en el sistema de defensa occidental (OTAN, UEO, OSCE, Eurocuerpo, Fuerzas de Intervención Rápida, ...).

·        La configuración de unos nuevos y difusos enemigos, que ahora no son exclusivamente territoriales, y donde se integran, de forma abstracta, peligros medioambientales, culturales, étnicos, comerciales, catástrofes naturales o situaciones de inestabilidad interna o internacional.

·        El empleo de la defensa y del ejército como instrumento vanguardista de la política exterior.

·        La preocupación por la creación de una “cultura de la defensa” henchida de militarismo y capaz de legitimar socialmente todo lo anterior.

 

Las consecuencias ocultas de este modelo.

 

Desde un punto de vista crítico, este modelo es nefasto porque consolida el sistema de dominación existente y se muestra como uno de sus baluartes más determinantes, imposibilitando las aspiraciones de transformación social.

 

-         En el plano económico, configurando una economía militarizada, que tiene en lo bélico y en la preparación de sus instrumentos uno de los elementos más determinantes del ritmo y prioridades de las economías. Además los aparatos militares de occidente se configuran como los defensores y brazo armado del sistema injusto de reparto mundial de riqueza.

-         En el plano de las aspiraciones de justicia social y de promoción, al ser el ejército una de las puntas de lanza de la lógica coercitiva del actual statu-quo que hace de la amenaza del uso de la fuerza y la preparación de la guerra su principal baza.

-         En el plano de los gastos sociales, pues es evidente que el incremento del gasto militar directo o indirecto relega las inversiones sociales a un segundo plano o las condiciona de forma que imposibilita el verdadero desarrollo.

-         En el plano ético, al consolidar sociedades jerárquicas y autoritarias y valores sociales violentos, insolidarios e injustos.

-         En el plano medioambiental, al ser los aparatos militares como uno de los principales agentes de destrucción y contaminación a escala planetaria (actualmente lo podemos ejemplificar en los casos del Tireless en Gibraltar, en el caso del uranio empobrecido en las guerras de Bosnia y de Kosovo, aunque en muchas otras ocasiones hemos sufrido la contaminación por las municiones en los campos de tiro y el uso inapropiado de parajes de alto valor ecológico como la isla de Cabrera y un largo etcétera.).

-         En el plano político, pues la vertebración de las políticas desde esta expansión de los valores militaristas resta posibilidades al crecimiento de los derechos individuales, sociales o culturales.

 

El modelo militar, por ello, se vuelve el principal agresor de todo interés transformador, pues lo que el sistema de defensa defiende es, precisamente, el modelo que se aspira a transformar.

 

                        Lo militar inunda el plano cultural y social.

 

 Pero no sólo esto, es que los valores y modelos del militarismo, en la actualidad, trascienden a los aspectos relacionados con la defensa y se expanden a todos los campos sociales imaginables.

 

Estamos en un elocuente proceso de militarización social, y contamos con verdaderos ejemplos de militarismo transversales a toda la organización de nuestra sociedad, incluidas mentalidades, hábitos y prácticas a derecha e izquierda. Existe, y crece, un verdadero “partido tácito” del militarismo que se comprueba en los instrumentos  de respuesta a las conductas sociales conflictivas (por ejemplo cárceles y aparatos policiales, sistemas de vigilancia y preocupación por la seguridad ciudadana), en la organización jerárquica y elitista de los grupos sociales (incluidas muchas ONG´s), el modelo de adopción de decisiones políticas y económicas trascendentes (en donde abunda la delegación, la falta de participación y compromiso), en el modelo de consumo y desarrollo económico, en la cada vez más interiorizada asunción de valores machistas, sumisos y violentos. Y así podríamos seguir ampliando la lista, hasta concluir que el militarismo y los valores que lo sustentan (en muchas ocasiones compartidos con otras lacras sociales), de una forma u otra, vertebra de forma radical nuestras sociedades. Y la búsqueda de una alternativa global de lucha contra éste se constituye en una piedra angular para los intereses liberadores de la sociedad.

 

Sólo así se puede comprender la pasividad social ante situaciones que hace unos años serían motivo de escándalo y de protesta, como es el caso de que el ejército haya expandido sus miras a la “defensa” (militar) contra las catástrofes naturales (se mantienen programas militares de alerta y de respuesta ante riesgos catastróficos), o que mantenga programas concretos de “conservación medioambiental” (¿también son el defensor de la ecología?), o que se pida la intervención del ejército para regular el flujo migratorio en Andalucía y Canarias (la defensa se expande a la inmigración), o que sea el ejército quien coordina y protege la ayuda internacional y humanitaria y hasta a las ONG´s en zonas de conflicto (¿el ejército se reconvierte en ONG?), o que sean sus expertos quienes analizan y observan los conflictos internacionales, asesoran a las transiciones políticas y valoran, desde una óptica militar, los riesgos sociales e internacionales (entre los que se incluyen problemas como las hambrunas, los recursos naturales escasos, la falta de respeto a los derechos humanos o la inestabilidad política) de cara a la planificación de la defensa, investigación fines militares, tema de cultura y convenios universidades, etc.

 

            Algunas propuestas para comenzar un debate unificador entre el pacifismo y el ecologismo.

 

a)      Un concepto compartido de defensa alternativa.

 

Desde nuestro punto de vista, el tema de la defensa, o mejor aún, de aspirar y construir una defensa alternativa, supone uno de los ejes inaplazables de las luchas de  talante transformador y, probablemente, uno de los argumentos con mayor potencialidad vertebradora (no el único) de una deseable coordinación de grupos alternativos, para potenciar la eficacia de sus propuestas de cambio social.

 

La evolución de las ideas y prácticas pacifistas ha llevado a los grupos antimilitaristas a proponer un concepto de defensa alternativo radicalmente al militar.  No se trata de complementar o dulcificar las múltiples deficiencias y horrores causados por la política militar, sino que el objetivo de este nuevo concepto de defensa es sustituir absolutamente el, hasta ahora, hegemónico concepto militar de la defensa. 

 

Se busca rebasar las trasnochadas nociones de enemigo asimilado al extranjero, defensa del estado nación y de su territorio, imposición violenta de la fuerza militar, etc;  creando y practicando un concepto de defensa (en ocasiones llamada defensa social) con un “chip” diferente, que pretende defender los derechos y libertades de la gente, las conquistas sociales, la consecución de las necesidades básicas para tod@s y la solidaridad como modelo de relaciones internacionales.  Tanto los ciudadanos como las organizaciones sociales tenemos derecho a redefinir qué es lo que queremos defender, sin esperar a que los grupos hegemónicos lo decidan por nosotr@s.  Por ejemplo, desde el mundo del ecologismo, la práctica habitual ya ha definido qué es lo que merece la pena ser defendido:  calidad ambiental, desarrollo sostenible, respeto a los ecosistemas, ...  También son perfectamente conscientes en las diversas organizaciones ecologistas quiénes nos agreden, y el modelo militar de defensa es uno de los principales enemigos ecológicos porque:

 

·        directamente provoca grandes contaminaciones químicas y nucleares, destruye parajes naturales de alto valor ecológico en los “supuestamente protegidos” campos de tiro y en las zonas donde se desarrollan guerras (la guerra del Golfo sería el paradigma)

·        indirectamente, a través de la estructura que supone el militarismo a nivel económico detrae recursos necesarios para el desarrollo social y los malgasta en “guerras de las galaxias”, aviones “invisibles”, y otras lindezas de I+D que hipotecan el desarrollo social e igualitario de los pueblos.

·          Pero también, indirectamente y de manera más sutil, a través de la cultura militarista que nos impone un sistema de valores en el que esquilmar la naturaleza es algo normal y no cabe una alternativa de desarrollo respetuoso con el medio y con otros pueblos.

 

Este nuevo concepto de defensa implica necesariamente tanto a pacifistas como a ecologistas, feministas, gentes de la solidaridad, etc.  Desde nuestras prácticas concretas la defensa puede pasar de ser de dominio exclusivo de los militares a formar parte de nuestras preocupaciones y sería beneficioso “rescatar” la idea de defensa como uno de los espacios a desmilitarizar y a completar con nuestra experiencia política de movimientos de base.

 

b)      Una metodología común.

 

Siendo coherentes con lo anterior es necesario que los medios respondan fidedignamente a estas nuevas ideas de qué defender. Para ello es necesario transgredir nuevamente el concepto militar e idear una metodología radicalmente alternativa en la forma de defender.

 

Este ha sido uno de los muros en el que ha chocado continuamente el pacifismo porque ha querido dar una alternativa a la forma de defensa militar pero asumiendo como objetivo de la defensa la defensa de las instituciones establecidas y del statu quo: se ha planteado como defensa social frente a agresiones militares externas en vez de cómo la idea de defensa social  que hemos desarrollado antes.

 

¿Cómo podríamos buscar la coherencia fines.-medios desde los movimientos sociales en estas cuestiones de defensa?  La respuesta es asombrosa y turbadora. Debemos buscar en nuestras propias prácticas como movimientos sociales para defender lo que realmente nos interesa. Es decir, si queremos defender la ecología, nada mejor que hacerlo con las metodologías, campañas y actividades de los múltiples grupos ecologistas. Ídem para las feministas, para los movimientos de solidaridad, etc.

 

En conclusión, lo que proponemos, en lo concerniente a la metodología, es sustituir los ejércitos por el trabajo en los movimientos sociales para defender y progresar en una sociedad más justa. Y esta metodología de defensa, aunque parezca una perogrullez, no hay que esperar a un mundo futuro idílico para ponerla en práctica, por la sencilla razón de que ya estamos llevándola adelante.

 

Desde el pacifismo se ha acuñado un concepto, “transarme”, que recoge estas ideas y pretende un doble proceso de cambio, esto es, se entiende que el militarismo no va a desparecer de la noche a la mañana y que, por ello, es necesaria una dinámica doble de cambios graduales en los siguientes sentidos:

 

·        Quitar poder a lo militar:  mediante la reducción progresiva de material bélico y de efectivo y su reconversión a fines socialmente útiles (ecológicos, de solidaridad), la reducción del papel preponderante de lo militar en el apartado cultural y su transformación progresiva en una cultura de paz alternativa.

·        Dotar de poder social a la alternativa de defensa (lo que hemos denominado más arriba defensa social ejercida por los movimientos sociales) aprovechando los recursos, efectivos, espacios e ideas liberados de lo militar o creados por la propia dinámica de los movimientos.

 

c)      Horizontes de trabajo en común.

 

Lo anterior nos podría abrir a ecologistas y pacifistas un nuevo ecotono (ecosistema producto de la interacción de dos ecosistemas limítrofes, caracterizado por su alta variedad y riqueza biológica y ya está) de unión ideológica y práctica.

 

Ello nos posibilitaría para hacer campañas de doble utilidad. Se profundizaría en una alternativa real al militarismo, que aunase ideas, esfuerzos, objetivos y metodologías tanto de pacifistas como de ecologistas, para acabar con el actual poder del militarismo y reconvertirlo para cubrir objetivos concretos que serían tanto del ámbito pacifista como ecologista, como de otros movimientos sociales. Por ejemplo: transformación de los polígonos de tiro (Teleno, Bardenas, etc) en ecosistemas naturales, reconversión del I+D militar en investigación social y ecológicamente útil, reconversión de la base militar de Rota en un centro de acogida y ayuda a inmigrantes y de colaboración con el África,  etc. Seguro que los lectores de esta revista pueden poner múltiples ejemplos de utilización de bienes militares para promoción de la naturaleza.

 

Estos posibles trabajos conjuntos también deberían profundizar en otro plano no desdeñable y con muchas posibilidades de alta productividad. Si queremos una verdadera alternativa deberíamos trabajar para que esta lo fuera también en nuestras propias organizaciones y no repetir roles militaristas en lo organizativo, formativo, etc., creando formas de trabajo, actuación política y vida coherentes con aquellos principios que pretendemos defender.

 

Uno de estos trabajos sería el buscar una coordinación teórica y práctica más profunda entre el pacifismo y el ecologismo, tarea a la que pretendíamos contribuir con este artículo y que esperamos que tenga respuesta en Ecologistas en Acción.

 

 

                                                                 

COLECTIVO UTOPÍA CONTAGIOSA[3]

 

 

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[1] Así aparece en la Directiva de Defensa Nacional 1/2000 (www.mde.es) en la que se definen estos escenarios

[2] En la DDN se consagra la orientación ofensiva y agresora de la política exterior española, que pasa de tener como fin la defensa del territorio a considerar el planeta como escenario de la política de defensa y de exteriores para defender los “intereses vitales”.

[3] Es un colectivo pacifista-antimilitarista que se dedica al estudio y análisis de la defensa militar y a la investigación, profundización y difusión  de alternativas de defensa noviolenta aplicables en la realidad del estado español.