CONFLICTOS INTERNACIONALES:

¿SÓLO CABE ESPERAR LA BUENA VOLUNTAD DE LOS GOBIERNOS?

 

1.- Introducción.

2.- ¿A qué intereses responde la actual "resolución" gubernamental de conflictos?

3.- Percepción social ante los conflictos internacionales.

4.- ¿Sólo nos cabe esperar la buena voluntad de los gobiernos?

5.- Tomar conciencia de nuestra responsabilidad.

6.- Algo distinto que esperar: un nuevo concepto de defensa y una nueva metodología de acción internacional.

6.1.- Un nuevo concepto de defensa: la defensa social.

6.2.- Propuesta de claves para abordar los conflictos internacionales.

7.- Propuestas concretas desde la base para abordar los conflictos con pretensión transformadora.

7.1.- Antes de que surja el conflicto bélico.

7.2.- Durante el conflicto bélico.

7.3.- Tras el conflicto bélico: reconstrucción, prevención y transformación.

 


 

 

1.- Introducción.

La situación internacional actual, según todos los analistas, es muy preocupante desde el punto de vista de los conflictos. Así lo atestiguan datos como los siguientes:

  1. De 1.989 a 1.996 se han producido en el mundo 101 conflictos armados, de los que sólo 6 han sido entre estados y el resto en el interior de los estados.
  2. De 1.990 a 1.995 murieron 5’5 millones de personas en guerras. Durante todo el siglo XX los muertos se elevan a 110 millones.
  3. Más de 23 millones de personas militan en fuerzas armadas, regulares o irregulares. Entre ellos, más de medio millón son mujeres y 200.000 niños menores de 15 años.
  4. Existen cerca de 40 millones de refugiados en el mundo como consecuencia de guerras o represión política.
  5. El gasto mundial en armas por persona (datos de 1.995) supone más de 20.000 Pts. anuales.
  6. En 1.986 la fuerza nuclear era capaz de matar a 58.000 millones de personas, es decir, 12 veces consecutivas a la población de aquel entonces.

Las dimensiones del problema son aún mayores, si tenemos en cuenta que los datos ofrecidos más arriba son parciales y atrasados.

Ante este panorama internacional, diversos análisis, de uno u otro signo, nos quieren hacer creer que:

  1. Los conflictos internacionales actuales son diferentes de los de épocas pasadas, tanto por la forma diferente de utilizarse la violencia, como por su carácter interno o por su aparición inesperada (¿?).
  2. Que esta diferencia impone la utilización de métodos diferentes para afrontarlos, tales como los novedosos de "diplomacia preventiva", firma de tratados de control de armamentos, desarme, prevención de conflictos y gestión de crisis.

Este abordaje, en cambio, no es nada original o, dicho de otro modo, muestra los mismos perros con distintos collares. Seguimos asistiendo a la imposición de la fuerza armada en supuestas operaciones humanitarias, al juego de la imposición de los intereses geopolíticos a gran escala y a cualquier precio, a la generación de conflictos en la periferia (Ruanda-Burundi, etc.), a su mantenimiento mediante el comercio de armas (Ex-Yugoslavia) o a la pasividad malintencionada en Chechenia, Kurdistán, Etiopía o ante las hambrunas africanas.

Frente al escandaloso y ofensivo muestrario de los conflictos actuales, insoportable para la sensibilidad "occidental", la retórica oficial es absoluta, pero, en realidad, ¿Alguien tiene alguna intención de hacer algo respecto a las propias causas de los conflictos o en relación al modo obsceno de abordarlos?. El presente artículo quiere ser una reflexión al respecto.

 

Índice

 

2.- ¿A qué intereses responde la actual "resolución" gubernamental de conflictos?

Los gobiernos nos ocultan de manera interesada (y los medios de comunicación les siguen el juego desde esa dinámica de inmediatez en que anda metida su nueva estrategia de ofrecer espectáculo-noticias, así como por falta de análisis rigurosos, críticos e independientes) y bajo fuegos retóricos y conceptos vacíos como son los de "globalización", "cambios en la estructuras de las relaciones internacionales", "situaciones de riesgos" indefinidas, y "los grandes interrogantes que plantea el uso militar de las nuevas tecnologías", que entre tanto cambio aparente, lo que no ha cambiado ha sido la macropolítica ni la manera (militarista) de abordar los conflictos.

Tanto Europa como Estados Unidos siguen buscando la hegemonía mundial (por medio de las armas y la amenaza del uso de la fuerza, de la imposición del modelo económico, científico y cultural, por la instrumentalización de las organizaciones internacionales como la O.N.U., el F.M.I., el Banco Mundial, etc.). Desde el punto de vista internacional seguimos siendo los primeros exportadores netos de conflictos, como antiguamente pero sin un competidor creíble enfrente.

En el otro lado, los países de la periferia ven como aumenta su dependencia económica y política; y ven como dentro de sus fronteras se generan o se destapan la mayor parte de las guerras y tensiones de todo tipo. Son países importadores de conflictos (muchas veces prefabricados allende sus fronteras) que se cobran la vida de su población, el desarrollo de sus economías y, en definitiva, su futuro.

Resulta asombroso y turbador comprobar cómo estos países periféricos son considerados como amenazas y riesgos por los gobiernos occidentales. Con ello se cierra el círculo vicioso en el cual occidente provoca situaciones estructurales de conflicto e injusticia, define a sus "víctimas" como peligros potenciales para su estabilidad y prosperidad y luego desgrana toda una ristra de metodologías militares y económicas para defenderse de este recién prefabricado enemigo.

Lo anterior podría ser un interpretación factible, pero necesitaríamos un móvil para comprender satisfactoriamente esta mecánica. Este no es otro que la propia justificación de la existencia de los ejércitos: Un mundo sin enemigos (todos los países occidentales han definido en sus políticas generales de defensa que no tienen enemigos) no permite la existencia, ni siquiera la justificación, del gigantesco complejo militar. Hay un salto lógico entre no tener enemigos y necesitar, por ello, un ejército. Por tal razón, y ante la estrepitosa caída de los viejos enemigos, nos inventamos otros de reemplazo. Salvo que ahora no sirve cualquier enemigo. El nuevo enemigo no debe ser conocido y previsible como una superpotencia de la época anterior, sino algo más indefinido (el Ministerio de Defensa español habla de un concepto tan etéreo como son los "riesgos"), desconocido en su capacidad de amenaza (Serbia, Irak, terrorismo internacional) y con un sistema de valores distintos (en lo político, económico, religioso, social) para que pueda ser presentado como exento de valores o como contrario a los valores occidentales.

Un enemigo como ese exige toda la sofisticación posible y toda la inversión necesaria para combatirlo en los múltiples planos en que se presenta su cabeza de hidra maléfica.

Índice

 

3.- Percepción social antes los conflictos internacionales.

El principal agente moldeador de la opinión pública en la actualidad es la televisión. Esta nos presenta, no sabemos si con la intencionalidad suficiente, los conflictos internacionales con absoluta inmediatez, de manera fragmentaria y superficial, lo que sirve, con un doble rasero, para confundir aún más a la opinión pública, abrumada por la complicación, crudeza, fatalidad e impotencia de los nuevos conflictos y para hacer del poder militar el nuevo protagonista de la política internacional.

Parece sintomático comprobar cómo, habitualmente, la presentación de los conflictos en los medios: a) ensalza los juegos de luces y hace halago a la puntería y complejidad técnica con que nuestros buenos chicos acuden a interponerse entre los salvajes guerreros de fuera (cuando se trata de justificar nuestra intervención quirúrgica en los conflictos) eludiendo dar imágenes del verdadero rostro de la guerra o, b) presenta a los contendientes como carniceros irracionales y se fija en la crueldad y el drama de esas guerras que siempre ocurren fuera, cebándose en la destrucción y el horror (cuando se trata de demonizar los conflictos y de reprobar a sus participantes).

Una y otra visión se usan desde el poder para forzar la percepción social de mundos incompatibles, de distancia insalvable entre nosotros y ellos, de miedo, así como la necesidad de estar preparados (militarmente se entiende), ya sea para ayudarlos humanitariamente, ya para defendernos de sus maléficas intenciones, según los casos. Sea como fuere, preparación de la guerra y justificación del aparato bélico.

Quizás un buen análisis de esta situación no puede pasar por alto que la atomización y avalancha de noticias de conflictos sirven, también, para insensibilizarnos. Pero, más aún, la presentación fragmentaria, parcial, inmediata y descontextualizada de los conflictos provoca en nosotros, la gente llana, sentimientos de enajenación: si el problema es tan difícil de entender (pero sin embargo no hay análisis o se hacen complicadísimos y aburridísimos de seguir sobre las causas, los intereses en juego, el desarrollo del conflicto, etc.), tan imprevisible (pero sin embargo un atento repaso de los países a los que vendemos armas o a las zonas donde están las materias primas que anhelamos nos permite saber de antemano donde ocurrirá la próxima guerra) e inabordable, no somos la gente de a pié quienes podemos hacer algo para parar el conflicto. Ni tenemos el conocimiento (que nos enseñan a suponer que sí tienen los gobiernos y sus aparatos de inteligencia), ni el poder y capacidad (que tienen sus ejércitos) para hacer algo.

La solución no puede ser más favorable a los intereses de los que manejan entre bambalinas estos temas: la gente delega. Porque quiere respuestas inmediatas, que nos quiten de la vista los perfiles duros de los conflictos y porque, desde luego, tiende más a la piedad que a la aspiración de acabar con las causas estructurales de los conflictos. Esta actitud tiene mucho que ver con la educación y la cultura que nos envuelve. Se nos enseña más una actitud de compasión puntual y despolitizada que una actitud crítica y creativa en la que se afrontan los conflictos desde su raíz estructural, único lugar desde donde se pueden potenciar los cambios.

Índice

 

4.- ¿Sólo nos cabe esperar la buena voluntad de los gobiernos?

Así y todo, las soluciones militares e intervensionistas que los gobiernos promueven y los medios prestigian no aparecen, a tenor de sus resultados, como mínimamente creíbles. Ninguno de los conflictos abordados desde la perspectiva militar ha tenido solución. Más bien, podemos decir que las soluciones ofertadas por esa panoplia de intervenciones de nuevo-viejo cuño (interposición de paz, mantenimiento de la paz, imposición de paz u otros similares) no han hecho sino complicar más aún las cosas, restando legitimidad a la ONU, principal promotora de estas, y desenmascarando el papel de fuerza imperial de la OTAN, principal baza de esta nueva conflictividad internacional. Tal es el maremágnun de desprestigio que hasta en él han caído las O.N.G.s, a las cuales muchas veces se les ha criticado, con excesivo rigor y de manera interesada y cicatera, el llegar tarde y sin grandes soluciones a los conflictos abiertos. Una crítica muy extendida en los espacios más inconformistas tiende a considerar la ayuda humanitaria prestada por las ONG´s como mera ayuda paliativa y a las propias ONG´s, o a su mayoría, como entidades apéndice del entramado de intereses militares, como una especie de misioneros de su imperialismo y benefactoras de pingues beneficios.

Si tampoco las ONG´s pueden aparecer como agentes de cambio, o no del todo, ¿Qué vale? ¿O sólo nos queda una cínica resignación y conformismo en evitar, ya que no transformar, los perfiles más duros de estos conflictos?

Al propio movimiento pacifista, aún cuando se le desconoce y banaliza, se le reprocha su falta de respuestas ante los conflictos armados y tampoco sus protestas parecen incorporar pautas de una acción más afinada.

 

Índice

 

5.- Tomar conciencia de nuestra responsabilidad.

Quizá la idea más básica de este artículo sea la de que debemos concienciarnos de nuestra responsabilidad en los conflictos externos, en las guerras, en las violaciones, en las hambrunas, en la conculcación de los derechos humanos. Es la idea más básica porque a partir de esta base nos es posible construir alternativas. Si realmente somos conscientes de que nuestras políticas gubernamentales son vectores de injusticia y de guerras, si somos conscientes de que estas políticas dependen de nuestra actividad política (o lo que es más triste, de nuestra ausente o delegadora actividad política), seremos conscientes, en buena lógica, de que el cambio puede provenir de nuestra acción política.

Se puede esgrimir como argumento o como excusa que el actual sistema político no permite nuestra participación comprometida en estos y otros asuntos. Y ahí está la clave: el actual sistema político de democracia representativa y de delegación nos conduce a la pasividad. Y dado que en lo concerniente a la política internacional, a la "cooperación" y a las "acciones humanitarias", las actuaciones del poder son injustas, nuestra pasividad no es neutra, es una pasividad cómplice.

La toma de conciencia nos permitirá un cambio de actitud que se verá reflejada en un cambio de actuación política. ¿Pero cómo ha de ser ésta?

Índice

 

 

6.- Algo distinto que esperar: un nuevo concepto de defensa y una nueva metodología de acción internacional.

Dado que desde la perspectiva actual es imposible una solución realmente transformadora de los conflictos internacionales, nuestra propuesta pasa por un cambio radical y revolucionario de enfoque del problema:

  1. avanzar hacia la definición y aplicación de un nuevo concepto de defensa del que deriven nuevas políticas internacionales y de cooperación.
  2. abordar los conflictos internacionales desde claves internas, antigubernamentales y estructurales, como explicaremos más adelante.

Ante la indefinición interesada que propugnan los elementos estatales, nuestra propuesta es una visión estructural del conflicto en el que el objetivo ya no es tanto la actuación en los conflictos cuando ya han explotado como la prevención anterior de los mismos mediante la creación de un clima político económico, social y cultural que permita una paz positiva y estable a largo plazo. El concepto de paz ya no está exclusivamente relacionado con la violencia directa (la que tiene que ver con las agresiones directas, homicidio, guerras) sino con las causas estructurales que provocan violencia estructural (racismo, hambre, marginación, explotación económica, imposición religiosas o política, etc.) que explotan en conflictos no necesariamente bélicos (migraciones, hambrunas, conflictos religiosos, ...).

Ante un concepto de seguridad basado en la seguridad militar del territorio contra la agresión externa y la seguridad del estado nación y de los intereses de la clase dominante, nuestra propuesta tiene más que ver con el ser humano (con las posibilidades que tiene la gente de vivir en una sociedad que permita la libertad para ejecutar las diversas opciones, que potencie el acceso a las necesidades mínimas y a las oportunidades sociales para desarrollar una vida digna y plena). Nuestro concepto de defensa atiende a la seguridad en la vida cotidiana, ante aquellas situaciones que realmente suponen un peligro: la amenaza de ante la enfermedad, ante el hambre, ante el desempleo, ante el delito, ante la represión política, ante los riesgos del medio ambiente, ...

Hablamos, por ello, de un nuevo concepto de seguridad, entendida como seguridad humana, y de un nuevo modelo de defensa acorde con éste: la defensa popular noviolenta, de la que nos hemos extendido en otras ocasiones y el cual fue objeto de trabajo temático en los Encuentros de Avila del año 1999.

 

Nuestro concepto de seguridad es universal, pues es pertinente a todo el mundo, tanto en países ricos como en países pobres. Hay muchas amenazas que con comunes a toda la gente, como el desempleo, los estupefacientes, el delito, la contaminación y la violación de derechos humanos. Su intensidad puede variar de un lugar a otro, pero todas esas amenazas contra la seguridad humana son reales y van en aumento.

Por otra parte, dicho concepto tiene componentes interdependientes, puesto que cuando la seguridad de la población está amenazada en cualquier parte del mundo, es probable que todos los países se vean afectados.

A su vez, el concepto de seguridad humana intenta abordar los problemas desde una óptica preventiva, indagando en las causas e intentando intervenir sobre éstas para provocar las transformaciones adecuadas .

Desde este punto de vista, aparece hoy como un reto para la educación para la paz el investigar y popularizar este nuevo concepto de defensa entendida como seguridad humana, llenarlo de contenidos y de las metodologías apropiadas para que se pueda incardinar en el sistema educativo y en los valores socialmente compartidos. Además, el movimiento pacifista debe proponer nuevas vías de acción coherentes con el concepto de seguridad humana y que den respuesta a los nuevos-viejos conflictos internacionales. El pacifismo debe trabajar para que la sociedad consiga adueñarse de la definición de la política de defensa. El movimiento pacifista tiene que trabajar desde la perspectiva de campañas pedagógicas y divulgativas que potencien que sea la sociedad la que asuma el protagonismo en los temas de defensa y que sea la que defina las líneas políticas de la acción internacional, es decir, la idea es acabar con el secretismo y con el elitismo con los que se toman las decisiones en política de defensa y política internacional. Según se vaya avanzando en este proceso se podrán conseguir cotas más elevadas de paz estructural.

 

Más arriba anunciábamos que, a nuestro entender, las claves que permitirían avanzar en el tratamiento creativo de los conflictos internacionales son las siguientes:

  1. internas, con ello queremos ser coherentes con la idea de que es Occidente el principal generador de conflictos y, por tanto, el lugar desde donde nuestra acción puede ser más eficaz para luchar contra la exportación de estos conflictos a la periferia.

    Sin despreciar, por supuesto, y sin dejar de potenciar la acción local en los lugares de conflicto y en el momento bélico, nuestra idea es complementarla con el estímulo de la acción continuada, incluso antes del surgimiento de la crisis en nuestro propio Estado para que deje de desarrollar políticas intervensionistas, militaristas y no comprometidas con la cooperación para el desarrollo. Por ejemplo, si el riesgo son las migraciones desde el Magreb motivadas por el hambre, la política correcta no sería otra que potenciar de manera continuada el desarrollo sostenible y solidario de esta región africana. O también, si el riesgo son los continuados conflictos en los Balcanes, la acción que tendríamos que privilegiar en nuestro Estado sería el acabar con la venta y comercio de armas hacia esos países.

    El trabajo interno exige acciones en muchos frentes: unos son específicos, otros son inespecíficos del conflicto de cada momento y destinados a la modificación genérica de nuestras políticas, creando cultura solidaria con los países en conflicto y promoviendo condiciones políticas, económicas y sociales diferentes en nuestro Estado para que se puedan desarrollar otras líneas de actuación internacional.

  2. Antigubernamentales. Como hemos señalado que las políticas habituales del poder persiguen objetivos contrarios a la idea de seguridad humana, lo coherente es luchar contra dichas políticas con el objetivo de obligar a los gobiernos a ejecutar otras políticas más adecuadas a los intereses de la defensa social. Seríamos muy ingenuos si confiáramos en convertirles o en que ellos se autoconvenciesen de sus errores, pues sus actuaciones responden a un juego de intereses muy complejos y poderosos, prácticamente incompatibles con los nuestros por los que no nos queda más alternativa que la lucha política para forzar procesos de cambio.

    Algunos de los principales defectos del modelo gubernamental son su secretismo, elitismo, jerarquía, insolidaridad y ser generador de injusticias estructurales. A esta metodología de trabajo, y en coherencia con el objetivo de justicia y paz estructural que se busca, hay que oponer una acción metodológicamente antitética basada en el desarrollo de trabajos en las O.N.G.s y grupos de base que fomenten la participación igualitaria, la toma de decisiones por consenso, la rotación en las responsabilidades y demás prácticas que nos aseguren una forma revolucionaria de trabajo para conseguir los cambios que pretendemos.

    En los movimientos sociales estas prácticas ya son aplicadas, en mayor o menor medida y con mayor o menor acierto, y tienen referentes concretos como las campañas ecologistas, feministas, de solidaridad con el Tercer Mundo y pacifistas.

    En este sentido es de destacar que existen (dentro de esta lucha preventiva) unos contenidos específicamente antimilitaristas: lucha contra la O.T.A.N., contra el gasto militar, contra el comercio de armas, contra la industria del armamento, ..., que cobran sentido de solidaridad internacional y de lucha contra los conflictos actuales desde esta perspectiva.

  3. Estructurales. El hecho de que la violencia estructural existe implica que la alternativa tiene que ser global. No es posible solucionar un conflicto como los que actualmente nos preocupan (los Balcanes, Chechenia, hambrunas en África, guerras tribales, integrismos, etc.) sin la conjunción teórica y práctica de alternativas en todos los ámbitos (culturales, sociales, económicos, de género, políticas, ...). Es necesaria la coordinación entre los distintos movimientos y la asunción de las propuestas, actitudes e iniciativas de los demás para que la acción sea realmente transformadora.

Como colofón queremos hablar de lo cotidiano. No es necesario ser una superheroína para participar en estas acciones. Es mentira que los conflictos se tengan que resolver siempre en países extranjeros y por expertos (sobre todo militares). Cualquier persona puede participar, a mayor o menor nivel, en la resolución de los conflictos existentes desde su trabajo, con colaboraciones más continuadas, más concienciadas y comprometidas, sin necesidad de ningún tipo de conocimiento iniciático ni cualificación "técnica".

Índice

 

 

7.- Propuestas concretas desde la base para abordar los conflictos con pretensión transformadora.

Tal vez no sea un descubrimiento llamativo el abordar los conflictos desde la óptica de la gente de a pié y con el compromiso de trabajar aquí y ahora por cambiar las cosas, sin embargo optamos por él porque pensamos que es eficaz y que nos saca del impasse político en el que nos encontramos desde la caída del muro de Berlín. Frente a las enmascaradoras ideas de que los conflictos son algo estático, que ocurren fuera (y que por tanto hay que parar o solucionar fuera de nuestras fronteras), o de que hay que abordar cuando estallan, resulta más útil para nosotr@s pensar en los conflictos en términos dinámicos, como algo que tiene un antes, un durante y un después y que, precisamente porque son generados desde nuestro primer mundo, hay que trabajar (antes, durante y después) dentro de nuestra sociedad para buscar transformaciones graduales de éstos y de sus causas.

Concretando, los conflictos internacionales nos angustian y provocan impotencia porque intentamos dar una solución puntual a hechos que tienen, normalmente, un recorrido muy amplio. Para cooperar en conflictos internacionales hay que plantearse que estos tienen tres fases muy diferenciadas en las que los objetivos y la metodología de acción son, obligatoriamente, muy distintos.

 

 Antes de que surja el conflicto bélico.

Actualmente todos los analistas políticos están de acuerdo en que el momento más oportuno y productivo para abordar un conflicto es antes de que surja la guerra. Después los actores están demasiado enfrentados y la solución se complica demasiado. Por ello, la opción verdaderamente realista es la prevención de la violencia en los conflictos. Cualquier trabajo que no se haya abordado en esta fase se tendrá que abordar, necesariamente, con posterioridad y mucho mayor gasto económico, social, político y cultural.

Antes de que surja el conflicto bélico, hay una fase en la que se están incubando las características del conflicto (odio, violencia, dogmatismo, exclusivismo, intereses locales, prejuicios, intereses internacionales en juego, etc.), que luego tras una escalada conflictual más o menos compleja, estallarán al unísono, de manera violenta, impidiéndonos comprender las causas del conflicto.

Los gobiernos y algunas O.N.G.s están poniendo el énfasis en la detección de los primeros síntomas del conflicto para dar una alerta temprana. Este podría ser el único punto en el que los esfuerzos se han concentrado con verdadero éxito: muchos conflictos bélicos y humanitarios están previstos con suficiente antelación (se saben sus causas, sus implicaciones, las posibles actuaciones que lo limitarían o lo pondrían en vías de solución, ...). Sin embargo lo que falla es la "reacción inmediata" ante esas primeras señales de alerta.

Pero no hay que ser ingenuo y hay que ir más allá. No basta con suministrar una ayuda puntual que merme las condiciones de injusticia económica, política o social. Es necesaria una acción coordinada que cambie dichas situaciones de manera estructural.

En el antes del conflicto el objetivo lógico debe ser prevenir su estallido virulento, no prevenir, porque esto es imposible, el conflicto en sí mismo.

Si queremos evitar que el conflicto degenere en guerra:

 

  Durante el conflicto bélico.

Cuando estalla un conflicto bélico hay que asumir que la fase preventiva ha fallado (si es que se ha aplicado). Lo lógico es intentar dilucidar por qué causas no ha dado fruto e intentar redoblar los esfuerzos para que las acciones emprendidas para evitar el conflicto armado se apliquen y tengan éxito. Una guerra no implica la inutilidad de las políticas para prevenirla sino su mala o poco utilización. Por ello, durante un conflicto bélico hay que redoblar los esfuerzos para promover las políticas citadas en el capítulo anterior.

Sin embargo, el objetivo principal en esta fase es lograr aquello que va a permitir una solución madura, democrática y solidaria del conflicto: parar la violencia y el enfrentamiento armado. Tras este logro es posible entrar en una fase creativa en la que el conflicto pueda tener visos de tratarse respetando los derechos humanos.

En muchas ocasiones hemos preguntado a personas que han vivido el conflicto bélico qué iniciativas desarrollaban durante éste. Su respuesta ha sido lacónica: sobrevivir. Hay que ser conscientes que en la guerra es muy difícil burlar el toque de queda y las medidas militares de excepción. Sólo por ello son impresionantes las manifestaciones contra la guerra que se celebraron en varias ocasiones en las repúblicas yugoslavas. En cualquiera de ellas se arriesga la vida o se ponen en el ojo de la represión.

Constatar la dificultad de cualquier iniciativa en un país en guerra no es una excusa ni escurrir el bulto, es una realidad de la que hay que ser consciente para que nuestra acción política sea eficiente.

Esta situación tiene varias implicaciones:

  1. Hay que continuar, y reforzar si cabe, los trabajos que proponíamos en el apartado previo a la guerra.
  2. Dado que la situación interna dificulta cualquier actuación, debe tomar el relevo la acción internacional para poner fin al enfrentamiento bélico o, al menos, lograr un alto el fuego. Se conocen muchas iniciativas en este sentido (interposición de observadores civiles, pactar corredores desmilitarizados, promover conversaciones de paz, ...).
  3. Dado que la opinión pública está altamente mediatizada por los medios de comunicación de masas, es necesario hacer una labor informativa objetiva que cuente la realidad de la guerra sin tapujos y sin intenciones ocultas de propiciar a ninguno de los contendientes. Se pueden privilegiar en este sentido todo tipo de actos culturales y divulgativos, tales como mesas redondas, jornadas culturales dedicadas al conflicto, talleres, encuentros, paneles, teatros de calle, etc., como medio de difusión y debate. Además, la información debe ser crítica con las causas de la guerra y debe promover la movilización social propiciando alternativas que sean factibles para la población (cartas de apoyo a la deserción, cartas de autoinculpación en solidaridad con los desertores y objetores de la zona en conflicto; solidaridad económica; protestas directas ante gobiernos, instituciones, etc.). Por último, se debe exigir (mediante cartas al director, llamadas telefónicas, creando boletines alternativos, etc.) que los medios de comunicación privilegien la información sobre las actuaciones antibélicas tanto en los países en conflicto como internacionales.
  4. Se deben crear redes de solidaridad con las acciones de desobediencia a la guerra (deserciones, boicots, manifestaciones, etc.) para que los que participen en ellas no sean represaliados.
  5. Se debe exigir desde las bases que la ayuda humanitaria a los refugiados, a las víctimas de la guerra, a los desertores, etc., sea rápida y eficaz, no ligada a lo militar y desprovista de intereses económicos. Además, se debe buscar que la ayuda humanitaria palie las necesidades urgentes y puntuales de la población, pero también que, a medio y largo plazo, ayude a atajar las causas estructurales de injusticia social, política y económica que son generadoras de guerras.

Por tanto, como se ve, las acciones son múltiples y coherentes con una política solidaria. Queda mucho por hacer, por organizar y coordinar desde los movimientos de base para que podamos sentirnos inútiles ante los conflictos internacionales o para que nos limitemos a un simple donativo para tranquilizar nuestra conciencia.

 

 Tras el conflicto bélico: reconstrucción, prevención y transformación.

En muchos conflictos se nos ha hecho pensar que tras el fin de la guerra se hace borrón y cuenta nueva y viene la paz. Sin embargo esta idea es ingenua porque el conflicto bélico, con seguridad, ha ahondado los problemas (injusticias sociales, económicas, etc; ha enconado odios y rivalidades políticas y personales), lo que va a dificultar la reconstrucción de la sociedad.

Otra idea que se nos suele vender de forma muy interesada es que tras el armisticio han desaparecido las causas que originaron la guerra. Afirmar esto es desconocer gravemente las realidades históricas, sociales, etc. que generan los conflictos actuales. Normalmente el período entreguerras no es sino una pausa que bien sirve para realimentar los conflictos y preparar la nueva fase bélica, pues no se abordan de forma conveniente los problemas de fondo y estructurales, antes bien, se refuerzan los mecanismos que sirvieron como causas del conflicto.

En definitiva, ningún ejército y ninguna solución bélica ha resuelto nada en la historia de la humanidad. El conflicto, tras la fase bélica, sigue latente y agravado por la propia guerra. Ello nos obliga a una doble dinámica de trabajo:

Desde la investigación para la paz moderna se es muy consciente de que los conflictos internacionales no se resuelven, sino que tienden a transformarse en situaciones más o menos polarizadas y justas, con una promoción mayor o mejor de la democracia, con situaciones más o menos igualitarias, etc. Por eso el enfoque de base buscará acciones tácticas que transformen el conflicto hacia perfiles más noviolentos. Todo este trabajo tras el conflicto entronca con la prevención antes del conflicto, lo cual nos lleva a reforzar el argumento esgrimido más arriba de que el trabajo más importante, desde nuestro estado y desde la base, es prevenir los conflictos bélicos antes de que estallen.

La concienciación posibilita que tengamos una opción política crítica y exigente con nuestros gobiernos para que no sean generadores de conflictos y para que no enfoquen sus respuestas de manera militarista.

 

COLECTIVO UTOPÍA CONTAGIOSA

Índice