Por Pedro Zurita
Querido Luis:
No faltan quienes me tachan de loco por esa manía que me ha
entrado últimamente de escribir cartas a personajes que ya habéis
pasado a otra dimensión. Así es… En noviembre pasado,
hice llegar
una misiva a Valentín Haüy, desde París, en la que
compartía con él
los éxitos y las dificultades que los ciegos disfrutaban y padecían
en
el campo del empleo en todo el mundo. Por cierto, yo creo que te
alegraría conocerla, y que te gustaría saber que en marzo
la publicó
una revista francesa que lleva tu nombre. Voy a buscar la fórmula
de
transmitirte una copia, vía Internet, porque seguro que tú
sí que
tienes acceso a esa red, y no te dicen, como a mí, que te conectarán
el mes que viene.
Luis, hay cosas que a veces me ponen triste, y otras que incluso me
irritan. Personas hubo, y aún hay, que no comprenden el valor
de tu
sistema, y que están constantemente alerta para ver si sale
algo que
lo sustituya. ¡Serán estúpidos! Yo te confieso
que la primera vez que
coloqué mis dedos sobre una hoja escrita con tu código
(tenía a la
sazón 10 años), llegué a asustarme, y dentro de
mí pensé que nunca
lograría descifrar aquel caos de puntos; pero a los pocos meses
de
estar en una de esas escuelas que llaman especiales, superéesa
barrera psicológica y empecé a leer mediante el tacto
con gran
facilidad.
Es muy probable que, aunque esto no siempre se manifieste
explícitamente, se jerarquice a las personas en función
de su
capacidad sensorial, y, como el que ve es mejor que el que ve poco,
y el que ve poco es superior al que nada ve, siempre que haya un
resto visual, por pequeño que sea, se recomienda al niño
o adulto
que aprenda a leer en tinta, y en muchos casos no se informa ni a él
ni a la familia de la existencia del braille. Justo es señalar,
no
obstante, Luis, que en aquel lejano tiempo en el que yo iba a la
escuela, a niños que veían bastante les obligaban a leer
tu código con
los dedos y, claro está, como eso no les motivaba nada, preferían
jugar al fútbol antes que dedicarse a estudiar.
Cuando a principios de los setenta apareció un aparato al que
aún
llaman Optacón (¿de veras, Luis, era una cosa revolucionaria?),
leí en
muchas partes que había llegado el fin del braille. ¿Por
qué tanta
animadversión, Luis? ¿Acaso leer con los dedos tiene
algo de
obsceno…? Bien sé que tú, tras discutir horas y horas
con Charles
Barbier, te decidiste porque las combinaciones de seis puntos eran
la
mejor opción para la percepción táctil. Es evidente
que tú eras muy
consciente de que el punto se adaptaba al tacto mejor que la línea.
Al presentar tu idea a la dirección de tu Instituto, a los profesores
videntes tu hallazgo no les gustó.Pensaban que, por esa vía,
los
ciegos a lo único que podrían aspirar sería a
inscribirse en los
servicios secretos. Tu código, decían ellos, constituía
una indeseable
barrera para la comunicación entre los que ven y los que no.
Soy
consciente de que tú te esforzaste mucho por persuadirles de
que,
con tu método, la lectura podría ser mucho más
rápida y que,
consecuentemente, el acceso a la información llegaría
a ser mucho
más completo. Pero, lamentablemente, tuviste que irte de nuestro
mundo sin la satisfacciónde que la gente entendiera lo esencial
de tu
sistema.
Permíteme, Luis, que comparta contigo mi frustración,
casi mi dolor,
por el hecho de que, en un traslado de pertenencias de mi casa
paterna, alguien utilizara como pasto de las llamas mis libros
escolares, los que estudié bajo el dictado de mi padre, maestro,
algunos cuidadores de mi escuela, o que, simplemente, copié
yo
mismo a partir de materiales que encontraba en los sitios más
insospechados. Cuántas horas robé en aquellos años
de mi tierna
adolescencia al tiempo que, naturalmente, hubiera debido dedicar al
ocio o a las comidas colectivas, para confeccionar, a fuerza de regleta
y punzón, mi propia biblioteca infantil. Y ¿sabes, Luis,
qué me
respondieron cuando inquirí por qué habían hecho
aquello…? "Porque
ocupaban mucho sitio".
Y una cosa semejante me sucedió, tras las vacaciones del verano
europeo, al regresar a mi residencia universitaria: todos mis
volúmenes braille habían desaparecido. Al descubrir al
autor de
tamaña fechoría, arguyó: "Es que eran tan grandes
y tan feos…". Y,
puesto que aludimos a la estética, que les pregunten (dicho
sea de
paso) a los amigos de la FBU de Montevideo si un libro braille puede
o
no puede ser bonito.
Declaro solemnemente, Luis, que tu sistema es completamente
inocente del atentado al sentido común que supuso el que más
de
una persona me aconsejara que no leyera en braille en el autobús,
en
el tren o en el avión, porque eso llamaba demasiado la atención,
y
generaba una imagen negativa de mí.
Y, Luis, me gustaría que percibieras bien qué rebeldía
interior
experimenté cuando, en el año 90, descubrí en
Mongolia a un ciego,
una matemático que gozaba de un gran prestigio científico
en aquel
país, que había perdido la vista a los 30 años
y había encontrado
ciertas condiciones favorables para dedicarse a la docencia
universitaria. Cuánto me dolía, Luis, escucharle su relato
de las horas
que pasaba con un magnetófono memorizando reflexiones,
conclusiones, fórmulas matemáticas… Le habían
dicho, Luis, en su
momento, que el braille de nada le iba a servir. E, incluso, el viernes
pasado, en el Líbano, un alto dignatario del Gobierno exhibía
con
orgullo en persona y por teléfono, a las personas ciegas que,
gracias
a su sensibilidad, habían encontrado ocupación en oficinas
gubernamentales. ¡Qué pena, sin embargo, Luis, que la
única
persona que conocí directamente, fruto de los éxitos
conseguidos en
aquel lote de buenas intenciones, con quien tuve la oportunidad de
hablar personalmente, respondiera negativamente a mi interrogante
de si había aprendido braille! Y, quizá, Luis, baste
ya de darte la lata
con este tormento de injusticias cometidas contra tu sistema
maravilloso, que –estoy dispuesto a admitirlo- en la mayoría
de los
casos, fueron muy probablemente generadas por la pura y simple
ignorancia, o, incluso, en ocasiones, en nombre de la buena fe.
Afortunadamente, vista la situación desde el aquí y el
ahora, esa
genial herramienta liberadora que tú nos legaste tiene también
una
historia alentadoramente luminosa, y los que la valoran, la entienden,
incluso la aman, son hoy legión, y entre ellos, Luis, sin duda
alguna
están todos los que en este momento tienen la paciencia de escuchar
esta carta, que con tanto cariño desde Montevideo te hago llegar.
Tu
sistema -¿lo llamamos por tu apellido, el braille?- se enseña
en los
Estados Unidos, cada vez más en los últimos meses, porque,
aun a
pesar de la obstinación de algunos, otros lucharon porque en
las
leyes de muchos estados de la Unión se plasmara el principio
de que
quien lo quiera debe conocerlo como un derecho humano más.
Tu braille se produce a costes inimaginablemente inferiores y en
cantidades espectacularmente superiores en relación con lo que
sucedía hace poco tiempo. Y eso es así, Luis, porque
muchos, ciegos
y videntes, creyeron que valía la pena consagrar imaginación
e
inteligencia a buscar fórmulas que hiciesen posible aplicar
a su
producción los descubrimientos de la informática y de
la electrónica.
De veras, Luis, la tecnología no está haciendo superfluo
tu código,
tan extraordinariamente sencillo, sino que está potenciando
sus
posibilidades. Para mí y para otros muchos ya no es una utopía
consultar, a través de él, voluminosos diccionarios y
enciclopedias,
utilizando CD-ROM y otros mecanismos de acceso
electrónico.Tampoco tengo ya que preocuparme de la viabilidad
de
hacer mi biblioteca personal, que, en realidad, será mi biblioteca
braille, pues el problema del almacenamiento ahora es obviable
merced a los sistemas de memorización electrónica.
Y quisiera, Luis, que tuvieras la indulgencia de seguir prestándome
atención para que te enteraras de algunas anécdotas que
reflejan
actitudes diametralmente opuestas a las que figuraban en la parte
inicial de mi carta. Me refiero a lo que me sucedió con aquel
profesor
de semántica que, cuando en 1971 hacía un curso de verano
en
Cambridge (Inglaterra), al enterarse de que yo iba a estar entre sus
alumnos, se le ocurrió, ni más ni menos, que el loable
ingenio y la
ingenuidad de tener preparados, para el inicio del correspondiente
taller, todos los diagramas con un relieve que él había
conseguido
producir con un bolígrafo. No faltaban, incluso, Luis, las letras
correspondientes, hechas precisamente con tu código, basándose
en
un alfabeto que alguien me había pedido misteriosamente sin
yo
saber para qué.
El caso de aquella señorita del aeropuerto de Tokio, en diciembre
pasado, que, mientras intentaba resolver los problemas prácticos
relacionados con el abordaje del avión que habría de
llevarme a
España de regreso, con indisimulada alegría me dijo:
"Señor, aquí
tiene las hojas que se olvidó en el avión hace una semana".
Y piensa,
Luis, que mi intención había sido que el destino las
llevará a la
basura, porque yo ya no las necesitaba. Gracias a los medios
modernos puedo, Luis, hacer eso con frecuencia.
O esa señora que, a cargo de un servicio de comida a domicilio
que,
hace tan sólo muy pocos días, se interesaba por averiguar
si me las
arreglaba bien para distinguir la enorme variedad de platos que
componían el almuerzo dietético que con ellos había
contratado. "No
demasiado bien": (Y te ahorro, Luis, los detalles del incidente en
que
incurrí, pues me fallaron mis habilidades olfativas de reconocimiento).
¡Qué hermoso constatar la reacción que ella tuvo!
"Voy a ver qué
puedo hacer". La próxima vez los recipientes venían con
pegatinas
mediante las cuales ella hizo una convención para que un redondel
fuera el postre, una cruz el plato principal, y una raya el aperitivo.
Lo
malo era que quiso ir tan lejos que también puso en su concepto
de
escritura en relieve los nombres de cada cosaY, entusiasmada, volvió
a ponerse en contacto conmigo para evaluar el resultado de su
intento integrador. Ante tamaña positividad, me atreví
a proponerle
que inmediatamente le enviaba tarjetas adhesivas para escribir
braille con un punzón y una pequeña regleta, en cuyo
dorso figuran
visualmente las letras de tu alfabeto, y el reto no le asustó
en modo
alguno. A partir de entonces, sin ningún error, todo viene etiquetado
en tu sistema. De esa forma, ya puedo distinguir sin dificultad la
salsa de ensalada de la carne. Qué alegría, Luis, haber
conseguido
transformar su inicial actitud benefactora, tipo Valentín Haüy,
en otra
mucho más emancipadora, que es, en realidad y precisamente,
Luis,
la que tu sistema posibilita.
Estoy seguro, Luis, de que vas a creerme si te digo que yo no quiero,
de ninguna manera, ser ni excepcional ni privilegiado; que anhelo de
verdad que todos esos niños y adultos que aún me encuentro
en
Asia, en África, en América Latina, dedicando un esfuerzo
y un tiempo
preciosos a copiar a mano los libros que otros podrían producirles,
tengan acceso a las herramientas y materiales básicos que hoy
ya
existen. No dudo, Luis, de que me apoyarás en la petición
que
formulo a un tal David Blyth, que me han dicho representa a los
ciegos de todo el mundo, y a una señorita muy elocuente e
inteligente, llamada Norma Toucedo, a la que, según me he enterado,
han encomendado que promueva la mejora de oportunidades de
alfabetización, para que, uno y otra, hagan cuanto esté
en su mano
para que mi ferviente deseo no quede en un sueño quimérico.
Y, ¿sabes qué te digo, Luis? Que, desde hace bastante
tiempo, me
importa un comino lo que algunos piensen de mi imagen. Exhibo con
orgullo tu invento en cualquier parte. Leo material escrito como tú
diseñaste, de pie, tumbado, sentado…, como sea. Y en mi bolsillo
nunca falta esa regletita que puse a disposición de la señora
de mis
postres y alimentos. Y es que tu código, Luis, a muchísimas
personas
ciegas y a mí también, por supuesto, nos ha otorgado
dignidad,
libertad, autonomía y muchas horas de incomparable disfrute
espiritual.
Te prometo solemnemente serte fiel, aunque sé que, al fin y al
cabo,
sea por el camino que fuere, en una u otra forma, si alguien algún
día
encuentra algo que supere el sistema que tú propusiste al mundo
en
1825, tú, yo y todos nosotros nos alegraremos sobremanera.
Tuyo afectísimo,
Pedro Zurita
Montevideo, 27 de marzo de 1996.