UTLAI PUNTO DOC

Nº 26 --- Julio 2005

 

ENTREVISTA A PEDRO ZURITA

 

Por José A. Ferrero

 

 

Nacido en una pequeña población asturiana, Pedro Zurita recibió formación en los colegios de la ONCE en Pontevedra y Madrid. En éste último impartió clases de inglés, mientras que en la escuela de fisioterapia enseñó francés e inglés, hasta que se le empezaron a encomendar tareas y responsabilidades propias de  las relaciones internacionales, dado su don natural

para las lenguas y la comunicación.

 

Desde 1986 al año 2000 DESEMPEÑÓ EFICAZMENTE EL CARGO DE  secretario general de la Unión Mundial de Ciegos.

 

Hoy es un ciudadano jubilado a los 57 años, con toda la experiencia y conocimientos reunidos y dispuestos para ser compartidos.

 

Pregunta:

 

Aunque sus problemas con la vista se manifestaron desde el nacimiento, ¿Cuándo y cómo fue consciente de que suponía una característica diferenciadora?

 

Respuesta:

 

Hasta los diez años, cuando ingresé en el Colegio Santiago Apóstol de la ONCE tuve resto visual, que fue bueno hasta los siete años, y a partir de ese momento disminuyó mucho. Me crié en una aldea de doscientos habitantes, Soto de Cangas, donde mi padre era maestro de la escuela unitaria para varones. Era consciente que veía mal, pero carecía de términos comparativos y no me autolimitaba más allá de lo objetivo con los compañeros del pueblo. Mi padre siempre me llevó a la escuela, y mi recuerdo es que la gente del pueblo me quería como un niño listo y travieso.

 

P.: ¿Qué actitud mantenía su familia al respecto?

 

R.: En la infancia en Soto de Cangas, nunca percibí un rechazo por parte de la familia. Sí recuerdo que con frecuencia me llevaban al oculista en Oviedo y en mi casa había montones de cajas de frasquitos de pilocarpinsal que me administraban debido a mi Glaucoma congénito. Como es muy común, el auténtico cambio en la auto-percepción social lo experimenté cuando en febrero de 1959, ya en el Colegio de Pontevedra perdí totalmente mi resto visual, y, posteriormente, cuando llegó el momento de ir durante los veranos a fiestas e interaccionar con chicas que veían.

 

P.: Los primeros años de su escolarización se produjeron en un aula de su pueblo, ¿Se podría hablar de enseñanza “integrada”?

 

R.: En mi educación, no es trivial el hecho de que mi padre era maestro y me enseñó a leer desde que yo tenía tres o cuatro años. Recuerdo que él exhibía con orgullo aquel hijo listo. Esa educación fue realmente inclusiva, pero mi padre era muy consciente de que él no conocía las características de mis peculiaridades de acceso al conocimiento. Tengo la impresión de que no vaciló mucho cuando el oculista que me atendía en Oviedo desde los dos años, Luis Fernández Vega, le sugirió que me ingresasen en un Colegio de la ONCE. La afiliación la hicimos en 1957, a los nueve años, pero no me llevaron al Colegio hasta el curso 1958-59. Recuerdo que antes de ingresar en el colegio de la ONCE, mi padre pidió en la delegación en Oviedo que le indicasen un niño ya escolarizado que viviese cerca de Soto. Nos dieron las señas de Ángel Muñoz Tocornal, y fuimos a verlo. La acogida fue magnífica y yo recuerdo que por primera vez puse mis manos encima de un libro en Braille. Me dije para mis adentros que yo no sería nunca capaz de descifrar aquel caos de puntos.

 

P.: En la zona rural donde vivió sus primeros años, ¿Qué idea cree que tenían los habitantes sobre la ceguera?

 

R.: La ceguera se percibe en todas partes como una desgracia humana, pero yo recuerdo que en aquel entorno rural no había una actitud excluyente. Recuerdo que en aquella pequeña aldea había una señora ciega que había perdido la vista con una bomba, supongo que tras la guerra civil, y una señora que veía muy mal. Una y otra llevaban una vida muy activa en aquel ambiente.

 

P.: ¿Le importaría describirnos someramente las impresiones que le produjo el colegio de internos que la ONCE administraba en la ciudad de Pontevedra?

 

R.: El ingreso en un centro donde se me proporcionaba educación acorde con mis necesidades específicas me abrió enseguida nuevos horizontes, aunque recuerdo que para mí fue un trauma interno grande el perder muy pronto el resto visual que me quedaba. El poso que había dejado en mí aquel estar en la escuela rural de Soto fue indudablemente importante, pues el primer año en Pontevedra lo consideraron como haber cumplimentado los cuatro años de primaria. Mi segundo curso escolar en Pontevedra, el 59-60, pasé a quinto, y en el tercero, mi último allí, hice séptimo. Más tarde en la vida, uno pudo darse bien cuenta de lo que le aportó y de lo que le privó aquella educación segregada, pero no hay que olvidar nunca que yo, aunque fuese hijo de maestro, me había criado en una aldea. los colegios de la ONCE, estrictamente gratuitos para todos entonces, tenían indudablemente muchas características de centros educativos privados para niños ricos. En Pontevedra, tuve acceso a muchas oportunidades escolares que en mi ambiente rural eran imnpensables. Una, nada banal por cierto en mi vida, fue que el segundo año empecé a estudiar francés.   

 

P.: ¿Qué tipo de relación se daba entre los internos?

R.: Es innegable que yo desde un principio exhibí algunas características bien diferenciadoras: mayor afición a los libros que al ocio, y un deseo de redimirme por el estudio. leía todo lo que podía encontrar en Braille; copiaba muchas cosas en nuestro sistema, y siento que no me quede ningún tesoro de aquella biblioteca escolar que yo mismo me hice. Creo que lo más notorio es que yo descuidaba los juegos en pro de leer libros y copiar yo mismo materiales diversos.

 

P.: ¿Recuerda los valores que se inculcaban?

 

R.: Puesto que yo procedía de un ambiente rural muy abierto, poco religioso pese a estar a siete kilómetros del santuario de Covadonga, y que mi padre, maestro, tenía un talante muy liberal, en aquella edad sí me influyó mucho el que en Pontevedra la dirección y en parte el profesorado, y, sobre todo, el capellán y las monjas de la caridad nos inculcaban valores religiosos muy estrictos. Confieso, no obstante, que tal vez mi condición de alumno brillante me granjeó pronto una actitud muy positiva por parte de las fuerzas rectoras de aquel colegio. En el último curso 1960-61, fui durante todo el curso presidente del recién creado consejo de alumnos. Aun cuando mi madre de pequeño no me hablase muy explícitamente de esas cosas, tuvo importancia el hecho de que ella procediese de una de las zonas más rojas de Asturias, la cuenca minera. Eso, unido a la actitud liberal de mi padre, influyó en que yo percibiese un contraste notorio en la ideología que de manera muy sincera exhibía y practicaba el director del Colegio, Benito Martínez Losada. Recuerdo una anécdota muy elocuente:

trascurridos unos meses en el ejercicio del consejo de alumnos, D. Benito nos dijo que había que aplicar el reglamento y proceder a la renovación de cargos, pero él declaró que el presidente seguiría siendo Pedro Zurita. Desde mis convicciones posteriores, es innegable que detecto anomalías en aquellas prácticas, pero a mis trece años me enorgullecía mucho el que el director consultase o compartiese conmigo cuestiones muy delicadas. 

 

P.: Usted se define como un buen analista, pero contenido para la acción, ¿También se recuerda así durante la adolescencia?

 

R.: Estimo sinceramente que esas características yo no las exhibo como definitorias de mi personalidad. Sí recuerdo que Antonio Vicente Mosquete valoraba mucho en mí lo que él percibía como una buena capacidad para analizar certeramente a personas y acontecimientos. En el proceso de renovación de la ONCE, yo me hallé desde un principio en una situación contradictoria:

vinculación (aun cuando no necesariamente ideológica) a los dirigentes de aquella organización no democrática

Y adhesión entusiasta a las corrientes renovadoras. No obstante, esa situación me colocó en contacto ideal con esa nueva movida y me impidió empaparme de lleno en los grupos contestatarios. En la UMC, yo fui en gran medida una persona de acción, pero siempre consciente de mi debilidad política. La UMC es fundamentalmente un entorno representativo, y yo tuve siempre muy en cuenta que aquí, sobre todo, después que Antonio Vicente nos dejó, yo estaba fuera formalmente, y sin duda más que formalmente, del movimiento representativo interno. Nunca se me ocurrió pretender presentarme a presidente de la UMC, pues sabía muy bien que esa responsabilidad es una forma de trasladar a la esfera internacional las experiencias reales obtenidas en la conducción de un grupo humano a nivel nacional. Creo que soy una persona con indisimuladas tendencias especulativas, un poco intelectual, por tanto, alguien que quiere que la verdad, la autenticidad siempre reluzcan. Es innegable que ese privilegiar de muy joven el estudio en detrimento del juego dejó marcas notorias en mi personalidad.     

 

P.: Su especialización temprana, ¿De qué cree que le ha privado como individuo?

 

R.: No sé si te refieres a que desde muy pronto descubrí mi pasión y mi interés por el aprendizaje de lenguas extranjeras. En efecto, he de reconocer que movilicé pronto dentro y fuera de mí medios para que esa afición fuese más allá de una mera curiosidad. En cualquier caso, voy a hacer ya una confesión muy sincera. Siento de veras el que, pese a que tengo relaciones buenas con la gente de mis entornos inmediatos, me haya convertido en un lobo (más bien, un cordero) solitario. Creo que durante mucho tiempo albergué una vocación sincera por encontrar a una compañera y formar una familia propia. Mi error indudable fue idealizar mucho lo que buscaba y darme cuenta un poco tarde de que en la vida todos, yo incluido, somos seres reales con nuestros puntos fuertes y débiles.

 

P.: ¿Ha visto realizarse alguna utopía?

 

R.: Yo suelo distinguir las utopías idealistas y las realistas. Pienso que para contribuir a que gradualmente la sociedad se transforme en sentido positivo hay que estar movido por ciertas utopías idealistas. que la sociedad se convierta en auténticamente para todos; que cada uno se desenvuelva de acuerdo con sus potencialidades e intereses... Las utopías realistas para mí se concretan en fenómenos que en un determinado lugar y tiempo parecen imposibles, pero que ya se han hecho reales en otro lugar de esta tierra. Estas utopías realistas sí han ido contagiándose de una parte a otra. Las utopías idealistas son metas que queremos alcanzar, pero a las que sólo nos vamos acercando poco a poco, y en circunstancias históricas determinadas incluso muy deprisa. En lo social, creo que tengo la obligación de ser optimista. Los árboles no deben impedirnos ver el bosque. La realidad actual de los ciegos en España es una utopía idealista si se mira con ojos de los años treinta del siglo XX. 

 

P.: Según su parecer, es la obediencia una virtud o una traba.

 

R.: Yo creo poco en cosas absolutas en lo humano. Yo soy muy consciente de que como cualquier otro soy una mezcla de cualidades positivas y de limitaciones claras. Obedecer por obedecer no es bueno. Mi voluntad es ser honesto y auténtico y no decir que algo es bueno sencillamente para regalar los oídos del interlocutor. No niego que muchas veces me callo en momentos que sería conveniente hablar alto. La condición de cordero solitario no es buena para promover una movilización social progresista. 

 

P.: Hasta su juventud más joven, ¿Percibía que la autoridad podría arreglar el mundo?

 

R.: Nunca pensé que la autoridad como tal podría arreglar el mundo. Valoré siempre lo que yo consideraba fuerzas progresistas. Estoy convencido que la fuerza transformadora deriva de dosis altas de autenticidad y de consciencia de las injusticias. No pienso como aquel escritor "que la injusticia es preferible al desorden".  

 

P.: ¿Piensa que a las personas grises les va peor que a las brillantes?

 

R.: El ir bien o mal no depende ni de la brillantez ni de la grisura. Es una obviedad, pero es claro que en el individuo influyen siempre muchas circunstancias.

 

P.: Cambiando de asunto. Cuando en los años 70, del pasado siglo, la democracia formal se asoma a España, ¿teme por la integridad de la ONCE?

 

R.: Yo nunca temí por la conservación de las cosas buenas de la ONCE, y siempre pensé que esos aires nuevos nos traerían brisas frescas. Sin embargo, la realidad demostró que el grupo de las personas ciegas que la ONCE contribuyó en gran medida a consolidar exhibió siempre algunas características que le situaron un tanto fuera del contexto del momento. A la ONCE la democratización llegó más tarde que al país. Aquí no hubo ni un rey Juan Carlos ni un Suárez. Hay que reconocer que la renovación se hizo más bien a pesar de, que gracias al grupo dominante.

 

P.: ¿Qué referencias organizativas, políticamente hablando, tomaban como ciertas los ciegos españoles en aquellos tiempos?

 

R.: Por desgracia, se convirtieron en modelos dignos de Imitación sólo las realidades políticas generales. Antonio Vicente Mosquete y otros sí apreciaban la realidad de las personas ciegas en otras partes del mundo, y él y otros sí valoraban lo que yo podía aportar. En la renovación ilusionante de mitad de los ochenta, yo puse mi granito de arena en la renovación de servicios ya existentes o en la creación de algunos nuevos. Es oportuno, no obstante, señalar que en ningún sitio existe el paraíso en la tierra para los ciegos, y creo que lo deseable es que trabajemos sinceramente juntos por conocer mejor nuestros logros y nuestras carencias y conjuguemos energías para combatir con sinceridad los prejuicios, las concepciones erróneas, que en grados y formas distintas obstaculizan en todas partes nuestro ascenso por la escalera que conduce a una verdadera inclusión social. 

 

P.: El modelo democrático asumido por el país, en buena medida fue tomado por la ONCE pero, ¿Cabía otra u otras opciones?

 

R.: Por supuesto, otras opciones estaban a nuestro alcance. A mí me hubiese gustado y me sigue encandilando el que intentemos preservar las conquistas indudables que aquí hemos logrado:

unidad ante la sociedad, pues un grupo social pequeño si se dispersa se hace muy débil; cuotas de empleo más elevadas que en ninguna parte del mundo. Hemos de propiciar que los encuentros, bastante numerosos que aquí se promueven, se conviertan en foros para que todos libre y honestamente exhiban lo que pueden y saben. Basta con la pertenencia a la ONCE como, entre otras cosas, el movimiento representativo de las personas ciegas en España. El pensar de esta o aquella manera no ha de transformarse en la obtención de prebendas injustificadas ni en la recepción de castigos ni exclusiones. ¿Es verdaderamente democrática en la práctica la envidiable democracia que tenemos sobre el papel? Evidentemente, no. El trabajo es hoy para videntes y no videntes un bien escaso, y el medre o la supervivencia no han de guiar nuestras actuaciones. 

 

P. Los ciegos de este país, ¿necesitan dotarse de una constitución interna?

 

R.: Yo creo que en este sentido, son importantes dos cosas: A) Necesitamos Una ONCE que se convierta en una fuerza auténticamente reivindicativa de las personas ciegas o con disminución visual grave ante la sociedad, y la ONCE, con todas sus peculiaridades, ha de consolidarse como una fórmula para proporcionar empleo a las personas con problemas visuales graves. Una y otra cosa precisa una plasmación en estatutos y reglamentos. Ya contamos con esa documentación, y la evolución deseable entrañará algunas reformas. 

 

P.: ¿Con qué derechos y deberes fundamentales?

 

R.: Idealmente, la utopía a la que las personas con problemas visuales graves hemos de tender (y la ONCE debe ser nuestro vehículo social verdadero) es a conseguir una inclusión social plena, a convertirnos en ciudadanos de primera clase con los mismos derechos y obligaciones que los demás. Esa inclusión ha de implicar, naturalmente, que se practique un diseño para todos, que todos los productos y servicios de la sociedad tengan en cuenta que hay unos ciudadanos que no ven nada o ven mal.

 

P.: Cuando se le encomienda la Secretaría de la Unión Mundial de Ciegos, ¿Qué gana con ello la dirección de la ONCE?

 

R.: A través de mi persona, y de las otras dos personas en la ONCE que me han sucedido en la secretaría general de la UMC, Enrique Sanz y Enrique Pérez, nosotros, los españoles, hemos tenido la oportunidad de estar muy presentes en la definición universal de las inquietudes y aspiraciones de las personas ciegas o con limitación visual grave en todo el Mundo. La ONCE, en términos relativos, no es pobre de solemnidad en el contexto mundial de las organizaciones de y para ciegos y parece, por tanto, que es un gesto loable que contribuya con recursos personales y materiales a la consecución de un auténtico mecanismo internacional de representación de las inquietudes de nuestro colectivo y de promoción de un fructífero intercambio de opiniones y experiencias y la aplicación de programas pilotos. Yo siempre he dicho con voz muy alta que la ONCE puso a mi disposición recursos para que desempeñase mi trabajo sin restricciones. El mayor inconveniente que yo percibí y percibo es que la ONCE suele encomendar las actividades internacionales a personas que no están muy implicadas en su estructura de gestión y conducción política. En mi caso, a partir de 1987, ese estar fuera del circuito general fue muy evidente, pero tengo la impresión de que después de mí, aún no se ha producido un enderezo adecuado.

 

P.: De su paso por ese cargo relevante, ¿Qué le ha quedado como verdaderamente digno de compartir?

 

R.: Creo que soy objetivo al afirmar que conozco mejor que nadie en el mundo la realidad de las personas con problemas visuales graves y tengo un buen acceso a personas en distintos países que juegan un papel protagónico en la provisión de servicios y en la representación social de las preocupaciones e intereses de nuestro colectivo. Los catorce años que pasé dentro del cuadro directivo de la UMC me aportaron una visión enriquecedora del mundo y sus problemas, de los seres humanos con sus vestimentas culturales.

 

P.: Descendiendo a lo llano, ¿Cree que los ciegos del llamado tercer mundo son más infelices que los de los países mejor dotados?

 

R.: Soy bastante contrario a las clasificaciones simplificadoras. Consciente de que la respuesta a esta pregunta requeriría un libro larguísimo, voy a avanzar algunas afirmaciones. En los países en vías de desarrollo, sobre todo, en las situaciones de no miseria, hay un mayor sentido comunitario, se practica una mayor solidaridad entre los componentes de un grupo. Por otra parte, el grado de exigencias para vivir y trabajar con los demás es menos ansioso. Es innegable que en el mundo industrializado se han producido mayores avances en lo social y en lo tecnológico, pero creo que el sentido comunitario de muchos países, de muchas culturas, no necesariamente pobres, por ejemplo, la japonesa, es en mi opinión un hecho muy positivo. Todos sabemos, por otra parte, que en los países con pocos recursos es mucho más pequeño que en los ricos el porcentaje de los que acceden a servicios. Sin olvidar en ningún momento la necesidad imperiosa de llegar cada día con nuestros medios y con nuestros mensajes alentadores a mucha más gente, he procurado siempre guiarme por lo positivo que es dar pasos adelante, por muy cortos que sean. Dice un proverbio chino que todo viaje empieza con un paso.

 

P.: A su parecer, ¿Es la ONCE una burbuja para los diferentes gobiernos?

 

R.: No hay que negar que aquí tampoco han desaparecido los prejuicios que atenazan nuestro auténtico progreso. En España, las personas ciegas se perciben como un grupo social que ha conseguido éxito, pero existe la in disimulada tendencia a pensar que nosotros hemos de estar dentro de ese gueto, de esa jaula de oro, pues ahí saben bien qué es lo que nos conviene. En primer lugar, quiero que quede muy claro que la ONCE, la excepción española en el campo de los servicios a las personas con problemas visuales graves, posee aspectos muy positivos de los que todos los españoles han de sentirse legítimamente orgullosos. Para todos los gobiernos, del signo que sean, es muy alentador el que la ONCE haya resuelto y esté afrontando de una forma bastante alentadora el abordaje social de un grupo social. No obstante, creo que es muy conveniente que en la ONCE se dé un golpe de timón en determinados enfoques. hay que acabar con una in disimulada autocomplacencia a nivel oficial; hay que estimular el que se pongan sobre la mesa inquietudes y soluciones y debe fomentarse verdaderamente que las personas se sientan de veras implicadas en un proyecto de progreso social y no estén guiadas nunca por instintos de supervivencia inmediata o por escalar injustamente en la escalera social.

 

P.:       ¿Y para la sociedad?

 

R.: Es obvio que en la respuesta anterior ya tuve en cuenta a la sociedad. No me cansaré nunca de decir que es muy alentador lo que hemos hecho, pero nuestra auténtica finalidad debe ser la equiparación verdadera de oportunidades y no la consecución de cuotas de bienestar que estén fuera del contexto social en que vivimos.

 

P.: De cuanto nos rodea, ¿De qué o de quiénes debemos tomar nota de inmediato como personas con discapacidad?

 

R.: Nuestro grupo tiene muchas características para estar en la vanguardia social. Como dije antes, hemos de plantearnos prioritariamente progresar en la conquista de la inclusión social y no limitarnos a "vivir bien".

 

P.: Volviendo sobre nuestros pasos, ¿Cómo  puede notar  un invidente  de Etiopía, por ejemplo,  que existe la Unión Mundial de Ciegos?

 

R.: En los años en que fui secretario general de la UMC, trabajé con empeño para que nuestro mensaje alentador llegase a todas partes. Hay que dejar muy claro que un organismo como ése nunca puede ser la solución de todo y para todos. Las personas ciegas de Etiopía o de cualquier país del mundo sienten gran aliento al percibir que su situación es realmente susceptible de mejorar. Hace unos años, un ciego de Singapur decía en una reunión internacional que una de las cosas que valoraba en un movimiento como el nuestro es estar en contacto con personas que le parecían dignas de imitar. En el caso de los ciegos, la mundialización constituye en muchos aspectos una realidad muy alentadora.

 

P.: Según algunos teóricos, los pobres de los países ricos subvencionan, inducidos por la ideología, a los mejor dotados  de las naciones subdesarrolladas, ¿Qué opinión le merece esa idea?

 

R.: Sin negar las diferencias reales, creo que la diferencia entre ricos y pobres ya no es muy válida. Actualmente, se promueve la práctica de una filosofía anglosajona en la que el ser humano ha de mostrar su capacidad de éxito con oportunidades sociales. Indudablemente, esa filosofía resulta también muy atractiva para personas que ahora viven en países del mundo en desarrollo. La inteligencia se cotiza aquí y allá. Por otra parte, en un país no muy rico, si uno sube peldaños en la escalera social, hay menos competidores, y, por tanto, el éxito en cierto sentido resulta más sencillo.

 

P.: Hasta donde Usted conoce, ¿Emigran los ciegos en similar proporción que el resto de la población?

 

R.: En primer lugar, me gustaría afirmar que si promovemos una mundialización de la economía, si fomentamos que las fábricas se coloquen allí donde resulte más efectivo y barato producir algo, es inevitable que la gente que a través de uno u otro medio intente acudir allí donde piense que las oportunidades vitales serán mayores. La experiencia ha demostrado que también hay personas ciegas que emigran. No obstante, tengo la impresión de que son menos en términos absolutos y relativos. Los ciegos son más fácilmente controlables en sus desplazamientos y suelen tener una mayor dependencia de su grupo de base. En cualquier caso, ese enfoque de la mundialización no es aún una filosofía de aceptación universal y los grupos, en este caso las naciones o los estados, tienden a autoprotegerse.

 

P.: ¿Tiene la ONCE capacidad para recibir e integrar flujos de población ciega procedentes de otros países?

 

R.:

Es obvio que el bienestar de los miembros de la ONCE no es ilimitado, y constituiría un inconveniente muy serio si lo que tenemos hubiésemos de repartirlo entre muchos, pues tocaríamos a poco cada uno. La práctica ha demostrado casi sin excepciones que si alguien viene a España de un país o de una zona pobre de Iberoamérica, son grandes las oportunidades de que termine quedándose aquí. No es, pues, infundado el temor de que si la ONCE acoge a los de fuera con los brazos abiertos, vendrían aquí muchos iberoamericanos, de la Europa del Este y de África.

 

 

P.: Usted conoce y usa seis lenguas que le servirán para comunicarse con  personas de otras culturas, ¿Porqué los españoles, en contacto con tantos pueblos, somos tan descuidados a la hora de aprender otros idiomas?

 

R.: Como en tantas otras cosas, no pretendo tener para esto la respuesta certera. No obstante, pienso que por razones políticas y geográficas, España ha vivido bastante aislada. Durante mucho tiempo, los españoles, salvo los que emigraban a otros países de Europa, vivían en un cierto aislamiento. En el aprendizaje de idiomas, estoy convencido de que la motivación desempeña un papel fundamental. Los programas educativos de lenguas en la escuela no han sido muy efectivos. Sin embargo, tengo la convicción profunda que si yo he podido aprender unos cuantos idiomas -soy enemigo de contar cuántos-, lo accesible a mí es también accesible a otros. Es indudable, no obstante, que la capacidad lingüística tiene algo de específico como lo tiene el dominio de la música. Por otra parte, yo tengo la profunda creencia de que los hombres de cualquier parte somos básicamente iguales y tenemos un derecho inalienable a superar las barreras lingüísticas en la comunicación interpersonal. por esa razón, una opción como la que se propone brindar el esperanto, me parece muy atractiva.  

 

P.: De regreso a lo nuestro, ¿Precisamos una refundación?

 

R.: En términos reales, nunca se dan auténticas refundaciones. En otras partes de nuestra charla, ya he dicho que en el contexto mundial, la experiencia española posee muchos rasgos edificantes. Creo que no hay que refundar nada si no más bien lo que es imperativo es dar un golpe de timón, replantearse seriamente el modelo que hemos ido consolidando. Que quede a todos muy claro que la verdadera inclusión social nunca será sencilla y que siempre será más sencillo en algunos sentidos practicar un sistema como el nuestro que tiene altas dosis de proteccionismo.

 

P.: ¿Qué deberes nos faltan por hacer a los ciegos de este país?

 

R.: Como apuntaba hace un momento, hemos de normalizar plenamente nuestra inclusión social y hemos de transformar la ONCE en un mecanismo social que nos sirva de catapulta ante la sociedad, que se convierta en una verdadera defensora de nuestro derecho inalienable a tener igualdad de oportunidades.

 

P.: Como Usted sabe, y ya para terminar, esta entrevista la estaba preparando otra persona también con una destacada trayectoria, ¿Qué cuestiones les han unido?

 

R.: Me da mucha alegría que me brindes la oportunidad de concluir rindiendo un sincero homenaje a José Luis González Nieto, que había grabado ya una larga conversación conmigo, pero que vicisitudes de su salud le impidieron transformar aquella charla en una entrevista para Utlai. Conocí a José Luis cuando yo tenía 17 años y luego tuve muy pronto la oportunidad de trabajar bajo su supervisión cuando yo iniciaba mi itinerario profesional a mediados de los sesenta. Establecimos entonces una mistad muy sincera que se ha mantenido a lo largo del tiempo. José Luis ha hecho mucho por acceder a sitios donde la puerta estaba cerrada. Acaso la única diferencia que tengamos en nuestra filosofía vital es que él piensa que los listos, los buenos son los que terminan marcando el paso yo procuro promover y practicar la filosofía de que todos los seres humanos, con independencia de nuestras características específicas,  tenemos derecho a triunfar o a fracasar, pero hemos de promover entornos que favorezcan el máximo desarrollo de nuestras cualidades e intereses individuales, sean éstos los que sean.   

 

P.: Esta publicación se distribuye entre personas con dificultades visuales pertenecientes a 24  países, ¿Quiere compartir con ellos algún análisis o, sencillamente, alguna idea?

 

R.: Mi convicción de ciudadano del mundo implica la desaparición de todo tipo de barreras entre nosotros. En mi actuación internacional, nunca he sentido dificultades de diálogo con los demás, pues, consciente de los muchos logros españoles, nunca me he autopercibido como alguien proveniente del paraíso en la Tierra para los ciegos. Todos, españoles, europeos, latinoamericanos, asiáticos o africanos debemos darnos la mano para juntos construir una sociedad auténticamente para todos.

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