UTLAI PUNTO DOC

Nº 21 --- abril 2004

 

EDITORIAL

 

                MÓVILES

 

 

El pasado 13 de marzo, pudimos constatar que a través de los teléfonos celulares y de internet, se convocaba a una “concentración” frente a la sede del partido popular en Madrid, que inmediatamente se extendió a varias ciudades del estado español. Se trataba, nos pareció, de poner en evidencia una supuestamente nefasta política informativa practicada desde el Gobierno, pero, eso sí, el día de reflexión (Jornada que precede a unas elecciones, en este caso, a cortes generales); cosa que nuestros políticos enfatizan mucho, invitándonos probablemente a que pensemos sólo durante esas horas y les dejemos a su libre albedrío el resto del mandato electoral.

 

Varios centenares, e incluso miles de personas según los casos, confluyeron en el tiempo y lugar señalados al reclamo de un mensaje simple y emotivo que, a fuerza de reenviarse a los amigos llegó, según proclama entusiasmado uno de los que se dicen principal instigador, a Jutlandia, península con la que nunca pudimos sospechar que tuviésemos alguna relación.

Y es que he aquí una de las cuestiones más relevantes: si se puede verificar o refutar empíricamente un principio básico de la denominada como teoría de la interdependencia.

 

Sosiéguese de inmediato el sufrido lector de esta sección y disculpe el tono escéptico del presente, pues se trata de examinar, como en tantas ocasiones, si la consecuencia alimenta la causa y además, en este supuesto, si hay alguna variable que de modo querido, o no, encubre la relación lógica o aparente de las cuestiones, haciéndonos percibir la realidad distorsionada, como en el clásico ejemplo estadístico que sostenía, sin rubor, la existencia de una fuerte correlación entre el número de fallecidos y los hospitales, de tal modo que éstos parecían explicar la cantidad de aquellos: a más Centros sanitarios, más bajas en el registro civil.

 

Por tanto, y tras intuir que las llamadas pomposamente “nuevas tecnologías”es la primera disonancia que pasamos por alto para poder continuar, entendemos que de los sucesos arriba reseñados no se puede inferir fácilmente ningún claro ejemplo de movilización o acción colectiva como consecuencia del uso de aquéllas.

Y ello, porque hay una inmensidad de acontecimientos similares que se han producido  sin ninguna parafernalia de útiles como los actuales, sobre todo en situaciones de tensión emocional proclibes a desplazar la razón en beneficio de sentimientos excelentes para el equilibrio del individuo, pero asfixiantes para el de la comunidad.

Todo lo cual, no desmiente en absoluto que los hechos fuesen los que se citan, pero sí que la red o los “móviles” hayan sido determinantes.

 

Dejamos también a un lado los roces de esas “concentraciones” con  el derecho, principalmente con el ejercicio de reunión y manifestación, y la influencia de los medios de comunicación, siempre sublimada por los que de ellos viven, y centrémonos en lo que pudiera ser el quid de lo que se pretende tratar.: la información pública y el intento de pribatizarla y/o acotarla.

 

Conocer lo que ocurre nos sirve, fundamentalmente, para orientarnos y reducir una incertidumbre, que de otro modo,  nos sojuzgaría como cuerpo social. Sin embargo, conceder a otros o depositar en ellos parte de nuestra capacidad para tomar  decisiones, e incluso la elaboración de las mismas, exige no sólo abulia o absentismo políticos puros, sino el reconocimiento de   una necesidad en delegarla ante la ingente masa de datos a procesar y valorar.

 

Los titulares de poder público, cuando son elegidos, deben administrar entre otras trascendencias, la información y, según la tendencia política, construir un capitalismo monopolista del estado o desarrollar unas estructuras para redistribuirla e invertirla directamente en la sociedad que disgregadamente la genera.

 

A nuestro juicio, la mentira de estado, para algunos un pleonasmo, para otros base de la consabida Razón, puede tener una percepción aceptable en el ciudadano con dos límites: de una parte porque consiga un bien común mayor que el alcanzable de otro modo; en segundo lugar que no sea beneficiario ningún gobierno en particular, entendiendo éste como una emanación de partido o coaliciones de los mismos.

 

Si alguien ha resistido hasta esta línea, podrá aventurar, sin error, la conclusión: el gobierno de España consiguió un colapso de información respecto a la ciudadanía precisamente cuando la demanda, insatisfecha desde tiempo atrás, iba en aumento.

Nótese que de ninguna manera calificamos la calidad de la mencionada información, pero sí de su contraste y distribución. En definitiva, de una tendencia coyuntural a un libre acceso a la misma facilitada, que no creada ni tan siquiera motivada, por los medios tecnológicos.

 

 Así pues, la información, al igual que el dinero, como se dice vulgarmente, no da la libertad pero ayuda a conseguirla.

Y ahora que releemos lo escrito, no se nos hacen términos distantes, resultan sospechosamente cercanos ¿No le parece, lector?

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