UTLAI PUNTO DOC

 

Nº 21 --- abril 2004

 

 

     

             Breve reseña de los ciegos en León

 

Por Juan José Miñana

Correo electrónico: safor96@wanadoo.es

         

             Durante la Edad Contemporánea los conventos diseminados por

          la provincia de León, fueron grato refugio y amparo, o casi el

          único, de los numerosos ciegos que mendigaban por estas tierras,

          donde el frío y el calor son muy extremados. En estas casas de

          Dios, se les suministraba diariamente un plato de sopa caliente

          a las doce del día, anunciando el reparto con el toque de El

          Angelus; y, frecuentemente, se descubrían sus desnudeces con

          ropas usadas que donaban personas caritativas. Siempre había

          alguna habitación conventual para hospedar a quienes carecían de

          vivienda y corrían grave riesgo de desfallecer, si pasaban la

          noche a la intemperie.

             En Sahagún fueron varias las mujeres sin vista que profesaron

          como monjas en casas religiosas, colaborando al bienestar de la

          comunidad con una buena dote al ingresar como novicias, y

          cooperando diariamente en todos los quehaceres domésticos y

          costumbres conventuales; pero ocupándose, principalmente, de

          tocar el órgano o el harmónium, dirigir los cantos religiosos y

          hacer labores de punto. Con frecuencia tenían por misión hacer

          compañía a enfermos y cuidar de niños desamparados.

               

             En todas las importantes estaciones de ferrocarril, se

          contemplaban ciegos, pidiendo limonsna a quienes iban o venían;

          no faltando invidentes que se arriesgaron a hacer trayectos en

          los trenes, vendiendo gaseosas y refrescos en verano y café

          caliente y tortas de Astorga en invierno, como hacía el conocido

          ciego Marcos, en la década de los años 30.

         

             Vida tan azarosa llevó también a mediados del siglo XIX el

          maragato Tirso el Ciego, quien, recorría toda la provincia de

          León, ejerciendo la profesión de arriero, acompañado por un

          familiar. Se orientaba, parece ser, muy bien por aquellas

          trochas.

             Transportaba en su carro toda clase de géneros, tomando todas

          las precauciones para no ser engañado ni robado. ¡Qué biografía

          más interesante para hecho escrito una novela picaresca!

         

             Como es lógico, muchos ciegos leoneses fueron internados a

          perpetuidad en el Hospicio provincial o en otras casas de

          Beneficencia y Misericordia, donde se les encomendaban trabajos

          manuales sencillos y faenas domésticas para que estuvieran

          entretenidos, porque el "ocio es la raíz de todo vicio" y en

          estos asilos es prioritaria la formación espiritual, la moral

          cristiana de sus acogidos.

         

             Don Miguel Hernández, Administrador General del Hospicio

          Provincial de León en el año 1.943, nos decía que tenía

 

 


 

 

 

 

         

 

          referencias de que en aquel asilo siempre hubo acogido algún

          invidente; y recordaba que uno de ellos era muy hábil

          electricista y había renovado toda la instalación eléctrica del

          inmueble.

         

             La mayoría de ciegos de esta provincia permanecen en su

          hogar, mantenidos hasta su muerte por los parientes más

          próximos, pero estos invidentes se esfuerzan en desarrollar

          alguna actividad laboral para ser útiles a sus familiares y

          compensar el beneficio que de ellos reciben. Mendigan por el

          pueblo, llevan recados, cuidan de los animales, acarrean el

          agua, ayudan a desgranar los cereales, colaboran a cargar y

          descargar todo tipo de carros, en resumen, cooperan en la medida

          de sus fuerzas a que su manutención no sea tan pesada carga para

          sus seres más queridos.

         

             Un caso extraordinario lo constituyó a principios del siglo

          XX, el ciego de Riaño, quien ayudaba a la hermana con la cual

          vivía y que le cuidaba, pescando en el río Esla, cazando pájaros

          con liga y cepos, cogiendo conejos y liebres con trampas y

          lazos, así como trayendo leña y frutas del monte.

         

             En León, no se organizó sociedad de ciegos alguna, pero sí

          funcionó en la capital una humilde escuela para invidentes desde

          el año 1930, la cual la abrió un ex alumno del Colegio Nacional

          de Sordociegos y de Ciegos, quien, en su propio hogar, enseñaba

          a sus discípulos el sistema Braille, las cuatro operaciones

          fundamentales de la Aritmética y otros conocimientos prácticos y

          de cultura general, cobrando una módica cantidad, especialmente,

          para comprar material adaptado.

         

             El Ciego Fidel (1.877-1.937)

         

             Nació Fidel en Villafranca del Bierzo, en el seno de una

          humilde familia de comerciantes de tejidos y en su  adolescencia

          comenzó atrabajar en la tienda de sus padres, evidenciando un

          gran talento para los negocios mercantiles, pero contrajo una

          grave enfermedad ocular que le dejó totalmente ciego, cuando

          contaba 27 años de edad, y que, además, coincidió con un mal

          momento familiar arruinándose económicamente.

             No se arredró Fidel ante su desgracia, y se dedicó a ir de

          pueblo en pueblo por todo el Bierzo, vendiendo gran variedad de

          artículos, principalmente, telas, consiguiendo con sus ganancias

          que sus padres abrieran otra vez el negocio en su pueblo natal.

             Acompañado de un ,lazarillo recorrió varias provincias

          trajinando y cambalacheando con bastante éxito, hasta que llegó

          a Madrid, capital que le gustó mucho e instalándose  allí su

          residencia  y negocio.

             En 1923 ya se veía a Fidel vendiendo telas por los cafés y

          restaurantes más castizos y más caros de la capital de España,

          llevando además, corbatas de seda, pañuelos y como no sus

          tijeras y su metro para medir y cortar las telas que llevaba.

             el ciego Fidel es un tipo clásico de la picaresca española, y

          su figura estrafalaria con la americana llena de brillo y

          grasilla, su cara con un ojo tan abultado como un huevo,  parece

          sacada de una página de Quevedo, de Alonso Jerónimo o de Salas

          Barbadillo; pero aquí el ciego es el protagonista, porque conoce

          muy bien el corazón humano para explotar sus debilidades.

             Al comenzar la guerra civil española el 18 de julio de 1936,

          desaparece de la escena madrileña el ciego Fi,del, que regresa a

          su pueblo natal, huyendo de los frentes bélicos y buscando un

          lugar tranquilo donde descansar de su ajetreada vida,

          disfrutando de su fortuna ganada en Madrid.  En Villafranca del

          Bierzo falleció el año 1.937, víctima de unataque cardíaco

          mientras dormía.

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