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Artículo de Klare que
aporta elementos importantes para el análisis de los acontecimientos que están
sucediendo en el mundo y, especialmente, en América Latina con el sector
petrolero. La división de Ecopetrol en Colombia como abrebocas de su posterior
privatización, el regalo de la prolongación del contrato de explotación del gas
de la Guajira a la ChevronTexaco, las proyectadas concesiones coloniales sobre
los nuevos campos petroleros y la extensión de los actuales contratos de
asociación hasta el agotamiento de los yacimientos; el debilitamiento de Pemex
en México a través de los famosos contratos de servicios que burlan el mandato
constitucional que excluye a los privados de los sectores petrolero y
eléctrico; el financiamiento de los sectores golpistas contra Chávez en
Venezuela; y la intervención en Bolivia, país que ingresó a las ligas mayores
con el reciente descubrimiento de gigantescos yacimientos de gas: La estrategia energética Bush-Cheney: procurarse el petróleo
del mundo MICHAEL
T. KLARE*; La Jornada, enero 26 de 2004 Una
estrategia de dos vías gobierna la política de Estados Unidos hacia buena parte
del planeta. Un brazo de esa estrategia es asegurarse más petróleo del resto
del mundo; el otro es refinar la capacidad de intervenir. Mientras que uno de
esos objetivos surge de preocupaciones energéticas y el otro de aspectos de
seguridad, resulta una dirección única: la dominación estadounidense en el
siglo XXI Al asumir
el cargo a principios de 2001, la prioridad central de la política exterior del
presidente George W. Bush no era evitar el terrorismo o frenar la diseminación
de armas de destrucción masiva; tampoco algunos de los otros objetivos que
impulsó aquel año después de los ataques del 11 de septiembre al Centro de
Comercio Mundial y el Pentágono. Más bien su prioridad era incrementar el flujo
de petróleo enviado por los abastecedores extranjeros al mercado
estadounidense. Durante los meses anteriores a su presidencia, Estados Unidos
había experimentado severas insuficiencias de crudo y gas natural en muchos
rincones del país, además de apagones periódicos en California. Por primera vez
en la historia las importaciones de crudo aumentaron hasta representar más de
50 por ciento del consumo total, lo que provocó gran angustia por la seguridad
de largo plazo en el abasto del país. Bush recalcó que enfrentar "la
crisis de energía" de la nación era su tarea más importante como presidente.
Sus
asesores y él consideraron que el abasto de petróleo era esencial para la salud
y rentabilidad de las principales industrias estadounidenses. El argumento era
que cualquier escasez energética podría tener severas y agudas repercusiones
económicas en sectores como el automotriz, aerolíneas, construcción,
petroquímica, transporte de bienes y agricultura. Se consideró entonces que el
petróleo era especialmente crucial para la economía por ser la fuente de dos
quintas partes del abasto energético estadounidense -y la mayor fuente de
energía-, además de proporcionar la casi totalidad del combustible del
transporte del país. Se percataban también del papel vital que el petróleo
juega en la seguridad nacional por ser el propulsor de las formaciones de
tanques, aviones, helicópteros y embarcaciones, columna vertebral de la
maquinaria de guerra estadounidense. "En
los próximos 20 años América sufrirá una importante crisis energética",
dijo el 19 de marzo de 2001 el secretario de Energía, Spencer Abraham, ante una
reunión, al más alto nivel, en torno a la energía nacional. "Si no
pudiéramos sobreponernos a este desafío, quedaría amenazada la prosperidad
económica de la nación, se comprometería nuestra seguridad nacional y
literalmente se alteraría la forma en que llevamos nuestra vida". El
torbellino energético de 2000-2001 lanzó a Bush a establecer el National Energy
Policy Development Group (NEPDG), un grupo de representantes de gobierno, de
alto nivel, con el encargo de desarrollar un plan de largo plazo que resolviera
los requisitos de energía estadounidenses. Para encabezar este grupo, Bush
escogió a su asesor político más cercano, el vicepresidente Dick Cheney. Resuelto
militante del Partido Republicano y antiguo secretario de Defensa, Cheney había
sido presidente y ejecutivo en jefe de Halliburton Co., empresa de servicios en
los campos petroleros, antes de unirse en 2000 a la campaña de Bush. Como tal,
Cheney reclutó a altos ejecutivos de empresas vinculadas con el campo
energético -como Enron Corp.- en busca de asesoría relacionada con asuntos
importantes. Conforme
el NEPDG comenzó a revisar las políticas energéticas del país, sus miembros se
percataron de que Estados Unidos se hallaba frente a una grave decisión entre
dos caminos muy divergentes. Podía continuar por el camino que había transitado
desde mucho tiempo atrás consumiendo cantidades crecientes de petróleo y
-debido a la caída irreversible en la producción interna de crudo- hacerse más
y más dependiente del abasto de importación. O podía buscar alguna ruta
alternativa confiando en las fuentes renovables de energía para reducir
gradualmente el uso del petróleo. Es claro
que el resultado de esta decisión tendría profundas consecuencias para la
sociedad, la economía y la seguridad nacionales. Seguir el camino de siempre
ataría mucho más estrechamente a Estados Unidos con los proveedores del golfo
Pérsico y a otros países productores de petróleo, lo que impactaría la política
de seguridad estadounidense. Buscar estrategias alternativas requeriría enorme
inversión en tecnologías de generación y transportación de nuevas energías, lo
que levantaría o desplomaría industrias enteras. De cualquier modo, el público
experimentaría el impacto de esta decisión en la vida cotidiana y en la
dinámica de la economía como un todo. Nadie, ni en Estados Unidos ni en otras
partes, dejaría de sentir los efectos. El NEPDG
luchó con este dilema y terminó su informe en los primeros meses de 2001.
Después de revisarlo cuidadosamente, Bush ungió el informe elevándolo al rango
de Política de Energía Nacional (NEP. por sus siglas en inglés) y lo publicó el
17 de mayo. A primera vista, la NEP, o Informe Cheney, como se le nombra con
frecuencia, parecía rechazar la dependencia creciente del crudo importado y
favorecer en cambio el camino de la energía renovable. La NEP "reduce la
demanda al promover la innovación y la tecnología para hacernos el líder
mundial en eficiencia y conservación", declaró el presidente al momento de
difundirla. Sin embargo, pese a toda su retórica conservacionista, la NEP no
propone reducir el consumo de petróleo. Propone aminorar el paso en el ritmo de
dependencia del petróleo importado impulsando la producción local mediante la
apertura de reservas no explotadas en las áreas naturales protegidas. La
propuesta más importante de la NEP era incrementar la producción de crudo
perforando en el Refugio Nacional Ártico de Vida Silvestre (ANWR, por sus
siglas en inglés), un área natural virgen e inmensa en el noreste de Alaska.
Aunque esta propuesta generó enorme controversia en Estados Unidos por su
deletéreo impacto sobre el ambiente, también permitió a la Casa Blanca argüir
que el gobierno estaba comprometido con una política de independencia
energética. No
obstante, un examen cuidadoso del Informe Cheney conduce a conclusiones muy
diferentes. Aparte de la propuesta de explotar el ANWR, nada de lo planteado en
la NEP contribuiría a disminuir significativamente la dependencia del petróleo
importado. De hecho, lo opuesto es cierto: el objetivo básico del plan Cheney
es encontrar fuentes adicionales externas de crudo para Estados Unidos. A fin
de cuentas, Bush decidía con claridad el futuro de la conducta estadounidense
en pos de energía. Conciente de que nada podrá revertir en el largo plazo la
caída de la producción interna de crudo, y renuente a frenar la insaciable sed
de productos derivados del petróleo que tiene el país, decidió continuar en el
camino de depender más y más del petróleo extranjero. INICIATIVA
DE CONSERVACION: ¿HECHOS O FICCION? El hecho
de que el plan energético de Bush implique una dependencia mayor, no menor, del
petróleo importado, no aparece a simple vista ni en los comentarios públicos
del presidente en torno a la NEP, ni en los primeros siete capítulos del
Informe Cheney. Es sólo en el capítulo ocho y final ("Fortalecimiento de
las alianzas globales"), que se hace evidente el objetivo real de la
política gubernamental. Aquí, el tono del informe cambia marcadamente, de una
preocupación expresa por la conservación y la eficiencia energética a un
énfasis explícito por asegurar más crudo de fuentes extranjeras. El capítulo
comienza: "La seguridad energética nacional estadounidense depende del
suficiente abasto de energía para cimentar Estados Unidos y el crecimiento
económico global". El informe continúa diciendo: "Podemos fortalecer
nuestra propia seguridad energética y la prosperidad compartida de la economía
global", trabajando con otros países para incrementar la producción global
de energía. Es un mandato "hacer de la seguridad energética una prioridad
de nuestro comercio y nuestra política exterior". El
Informe Cheney es muy cauteloso en torno al monto de crudo extranjero
requerido. La única clave proporcionada por el texto es una tabla de consumo
neto de petróleo y de producción real estadounidense a lo largo del tiempo.
Según estos datos, la producción interna de los campos petroleros decrecerá de
8.5 millones de barriles por día (mbd) en 2002 a 7 mbd en 2020, mientras que el
consumo crecerá de 19.5 mbd a 25.5 mbd. Eso sugiere que las importaciones u
otras fuentes de energía, tales como los líquidos de gas natural, deberán
crecer de 11 mbd a 18.5 mbd. Casi todas las recomendaciones del capítulo 8 de
la NEP proponen obtener este incremento de 7.5 mbd, lo que equivale al total de
crudo consumido por China e India. Un tercio
de las recomendaciones del informe se relacionan con las maneras de obtener
acceso a fuentes de petróleo en el extranjero. Muchas de las 35 propuestas son
específicas a regiones o países, y enfatizan la necesidad de retirar obstáculos
políticos, económicos, legales y logísticos. Por ejemplo, la NEP hace un
llamado a los secretarios de Energía, Comercio y Estado a "profundizar el
diálogo comercial con Kazajstán, Azerbaiján y otros estados del Caspio para propiciar
un clima de negocios fuerte, transparente y estable en aras de establecer
proyectos de energía y otros relacionados con infraestructura". El
Informe Cheney tendrá un profundo impacto en el futuro de la política militar y
exterior estadounidense. Los funcionarios tendrán que negociar estas
existencias foráneas y hacer arreglos para invertir, de tal modo que se
incrementen la producción y las exportaciones. Tendrán que dar pasos para
asegurar que las guerras, las revoluciones y el desorden civil no impidan las
entregas extranjeras a Estados Unidos. Estos imperativos serán especialmente
significativos para la política hacia el área del golfo Pérsico, la cuenca del
mar Caspio, Afrecha y América Latina. Aplicar
el plan energético de Cheney tiene implicaciones importantes para la seguridad
estadounidense y la política militar. Los países de los que se espera que
abastezcan de petróleo dicha nación en los años por venir están desgarrados por
conflictos internos, anidan fuertes sentimientos antiestadounidenses o entrañan
ambas situaciones. Los esfuerzos por asegurarse fuentes adicionales de crudo
foráneo seguramente conducirán a desórdenes violentos y a resistencia en muchas
áreas de producción clave. Aunque los funcionarios estadounidenses prefieran
evitar el uso de la fuerza en tales situaciones, pueden concluir que la única
manera de garantizar un flujo continuo de energía es custodiar con soldados los
campos petroleros y los oleoductos. Para
sumarle al dilema de Washington, es probable que los despliegues de tropas en
áreas productoras de crudo causen resentimiento entre los habitantes de esos
lugares que temen un resurgimiento del colonialismo o que objetan posiciones
políticas particulares, tales como el respaldo estadounidense a Israel. Los
esfuerzos por salvaguardar el flujo de crudo podrían ser contraproducentes, e
intensificar (más que amainar) los desórdenes y la violencia locales. EL
GOLFO PÉRSICO Actualmente,
Estados Unidos obtiene sólo 18 por ciento de su petróleo importado del área del
golfo Pérsico. Pero Washington tiene un interés estratégico en la estabilidad
de la producción energética en la zona, pues sus principales aliados, incluidos
Japón y Europa occidental, confían en las importaciones de ese enclave. Además,
el gran volumen de exportación del Golfo ha ayudado a mantener relativamente
bajos los precios mundiales del petróleo, lo que beneficia la economía
estadounidense. Ya que la producción interna decrece, observa la NEP, el Golfo
Pérsico "seguirá siendo vital a los intereses de Estados Unidos".
Estados
Unidos ha jugado un papel significativo en los asuntos del golfo Pérsico
durante mucho tiempo. En la Segunda Guerra Mundial, el presidente Franklin D.
Roosevelt forjó un acuerdo con Abdul-Aziz ib Saud, fundador de la moderna
dinastía saudita, para proteger a la familia real contra sus enemigos internos
y externos a cambio del acceso privilegiado al petróleo saudita. En los años
subsecuentes, Estados Unidos acordó también proporcionar apoyo en la seguridad
del Sha de Irán y de los líderes de Kuwait, Bahrein y los Emiratos Árabes
Unidos (EAU). Estos acuerdos condujeron a la entrega de vastas cantidades de
armas estadounidenses y, en algunos casos, al despliegue de fuerzas de combate
en los países mencionados. (El vínculo de seguridad estadounidense con Irán se
vio cercenado en enero de 1980, cuando el Sha fuera derrocado por las fuerzas
militantes islamistas.) La
política estadounidense relativa a la protección de las existencias energéticas
del golfo Pérsico no tiene ambigüedad alguna: cuando surge una amenaza, Estados
Unidos hará uso de cualquier medio a su alcance para garantizar el flujo
continuo de petróleo. Este principio, conocido como Doctrina Carter, fue
articulada por vez primera por el presidente James Carter en enero de 1980, después
de la invasión soviética a Afganistán y de la caída del Sha en Irán. Desde
entonces es parte de la política estadounidense. De acuerdo con este principio,
Estados Unidos usó la fuerza en 1987 y en 1988 para proteger los buques-tanque
kuwaitíes de los misiles iraníes y de los ataques de las lanchas artilladas, y
luego en 1990 y 1991 cuando sacó las fuerzas iraquíes de Kuwait. Al
explicar la necesidad de usar la fuerza en tales ocasiones, los funcionarios
estadounidenses enfatizan la importancia del crudo del golfo Pérsico para la
estabilidad y la prosperidad internas. "Nuestros intereses estratégicos en
la región del golfo Pérsico, pienso, son bien conocidos, pero importa
reiterarlos", dijo el entonces secretario de Defensa Cheney ante un comité
del Senado en torno a servicios armados, el 11 de septiembre de 1990, cinco
semanas después de iniciada la invasión iraquí de Kuwait. Además de los otros
vínculos de seguridad con Arabia Saudita y sus vecinos, agregó:
"Obviamente tenemos un interés significativo porque en el Golfo la energía
está en juego". Irak poseía 10 por ciento de las reservas mundiales de
petróleo y adquirió otro 10 por ciento al apoderarse de Kuwait, explicaba el
secretario. La ocupación de Kuwait colocaba a las fuerzas iraquíes a unos cuantos
cientos de kilómetros de otro 25 por ciento de estas reservas, situadas en el
este de Arabia Saudita. "Una vez que [el ex presidente iraquí Saddam
Hussein] adquirió Kuwait y desplegó un ejército tan grande como el que posee,
estuvo en posición de dictar el futuro de las políticas mundiales de energía, y
consiguió una llave privilegiada de nuestra economía y de la de casi todas las
otras naciones del mundo", resaltó. Cheney insistió en que Estados Unidos
no tenía otra posibilidad que emplear la fuerza militar en defensa de Arabia
Saudita y de otros Estados amigos en el área. Cuando
las fuerzas iraquíes fueron expulsadas de Kuwait, Estados Unidos adoptó la
política de contener a Irak, poniendo en práctica severas sanciones económicas
y zonas "sin vuelos" en el norte y el sur de Irak, con el fin de
debilitar el régimen de Hussein y evitar nuevos ataques a Kuwait y a Arabia
Saudita. Al mismo tiempo, Washington expandió sustancialmente su presencia
militar y sus bases en el área del golfo Pérsico a modo de facilitar las
futuras operaciones militares estadounidenses en la región. Lo más importante
es que el Departamento de Defensa envió enormes cantidades de municiones a
Kuwait y Qatar para que hubiera la posibilidad de enviar a combate grupos de
tropas sin tener que esperar semanas o meses el arribo de equipo pesado. A
principios de la primavera de 2002, el gobierno de Bush concluyó que la
política de contención no era suficiente para eliminar la amenaza que entrañaba
Hussein para los intereses estadounidenses; se requería una acción más
agresiva. Aunque se alegó mucho sobre la supuesta posesión iraquí de armas de
destrucción masiva como razón central para actuar de esta manera, Cheney le confirió
igual importancia a la seguridad energética estadounidense en su muy citado
discurso del 26 de agosto de 2002. "Si las ambiciones [de Hussein, de
adquirir armas de destrucción masiva] se cumplieran, las implicaciones para el
Medio Oriente y Estados Unidos serían enormes", dijo en la convención de
veteranos de guerras en el extranjero. "Es de esperar que -armado con un
arsenal de estas armas de terror y sentado encima del 10 por ciento de las
reservas mundiales de petróleo- Saddam Hussein busque el dominio de todo el
Medio Oriente, asuma el control de una gran porción de las existencias de
energía mundiales y amenace directamente a los amigos de América en toda la
región". Los
funcionarios dijeron al público que el petróleo no tenía nada que ver con las
motivaciones para la invasión de Irak conducida por Estados Unidos y que
comenzó en marzo de 2003. "El único interés de Estados Unidos en la región
es impulsar la causa de la paz y la estabilidad, y no la capacidad [iraquí] de
generar crudo", dijo Ari Fleischer, vocero de la Casa Blanca a fines de
2002. Pero una mirada más detallada sobre los planes gubernamentales de guerra
revela un panorama muy diferente. En información táctica producida en enero, un
"funcionario de defensa de alto nivel", no identificado, esboza
planes estadounidenses para proteger los campos petroleros iraquíes en la
eventualidad de una guerra, y resalta que los mandos del Pentágono revelaron
que el general Tommy Franks y su equipo "identificaron estrategias que nos
permitirán asegurar y proteger dichos campos lo más pronto posible, de modo de
evitar su destrucción". Dicho
funcionario, que probablemente se trate del secretario adjunto, Paul Wolfowitz,
indicó que el gobierno de Bush buscaba capturar intactos los campos petroleros
iraquíes, y proporcionar así una fuente de ingresos para la reconstrucción del
país. Bajo el régimen de Hussein, Irak era un importante abastecedor de
petróleo para Estados Unidos y entregó un promedio de 566 mil barriles diarios
en 2002, 5 por ciento del total de importaciones. Mucha gente en Washington
esperaba obtener en el futuro más crudo de Irak. Según el departamento de
Energía estadounidense, Irak posee reservas probadas de 112 mil 500 millones de
barriles, más que cualquier otro país excepto Arabia Saudita, y se piensa que
posee otros 200 mil millones de barriles en campos sin desarrollar. Irak podría
convertirse en el principal abastecedor de crudo en las décadas venideras, si
se estableciera en éste un gobierno estable que abriera su territorio para que
algunas firmas estadounidenses lo explotaran. Tal
panorama está lejos de ser seguro. Los planificadores tienen el reto de
asegurar que Arabia Saudita y otros productores del Golfo incrementen los
abastos de petróleo de modo de corresponder con la creciente demanda
estadounidense e internacional. Otro reto será proteger el régimen saudita
contra el desasosiego interno y la insurrección. Es
particularmente imperiosa la necesidad de aumentar la producción saudita. Al
contar con una cuarta parte de las reservas conocidas de crudo -se estima que
unos 262 mil millones de barriles-, Arabia Saudita es el único país aparte de
Irak capaz de satisfacer la siempre creciente demanda de petróleo. Según el
Departamento de Energía estadounidense, la producción total neta de Arabia
Saudita debe crecer en 133 por ciento en los próximos 25 años, de 10.2 mbd en
2001 a 23.8 mbd en 2025, para poder cumplir con los requisitos mundiales que
desde hoy se anticipan para dicho periodo. Expandir la capacidad saudita en
13.6 mbd, algo que es equivalente a lo que ahora producen Estados Unidos y
México juntos, costará cientos de miles de millones de dólares. También creará
desafíos técnicos y logísticos enormes. Los analistas occidentales consideran
que la mejor manera de lograr este incremento es persuadir a los sauditas de
que permitan una inversión sustancial de las compañías petroleras
estadounidenses. El Informe Cheney pide eso exactamente. Sin embargo, es muy
probable que cualquier esfuerzo de Washington por aplicarle presión a Riad se
tope con una renuencia significativa de la familia real, que nacionalizó los
consorcios petroleros desde los setenta y teme ser considerada abiertamente
servil hacia Estados Unidos. Los
fuertes vínculos estadounidenses con la familia real saudita son impopulares
entre los muchos oponentes del régimen. Además, números crecientes de jóvenes
sauditas se vuelven contra Estados Unidos por sus vínculos cercanos con Israel
y lo que se considera un sesgo antiislámico de Washington. Fue de este entorno del
que Osama Bin Laden reclutó muchos de sus seguidores a fines de los noventa y
obtuvo gran parte de su apoyo financiero. Después de los ataques del 11 de
septiembre de 2001, el gobierno saudita quebró muchas de estas fuerzas, pero
persiste una oposición subterránea a esta cooperación militar y económica entre
Washington y el régimen. En los próximos años, hallar la forma de erradicar
esta oposición mientras se persuade a Riad de aumentar sus remesas de crudo
será uno de los retos más difíciles para los planificadores estadounidenses.
CUENCA
DEL MAR CASPIO Aunque
Estados Unidos siga dependiendo del petróleo del área del golfo Pérsico por
mucho tiempo más, los funcionarios buscan minimizar lo más posible esta
dependencia diversificando las fuentes de energía importada por la nación.
"La diversidad es importante, no sólo por la seguridad energética; también
por nuestra seguridad nacional", declaró el presidente Bush el 17 de mayo
de 2001. "La sobredependencia de cualquier fuente de energía,
especialmente si es extranjera, nos hace vulnerables a las sacudidas en los
precios, a interrupciones en los abastos y, en el peor de los casos, al
chantaje." Para evitar esto, el plan energético del gobierno llama a un
esfuerzo sustancial de Estados Unidos para que impulse la producción en varias
áreas distintas al Golfo, incluida la cuenca del mar Caspio, la Costa
occidental de Afrecha y América Latina. Aquella
que probablemente reciba mayor atención de los planificadores es la cuenca del
mar Caspio, que consta de Azerbaiján, Georgia, Kazajstán, Kyrgizstán,
Turkmenistán, Tayikistán, Uzbekistán y partes adyacentes de Irán y Rusia. Según
el Departamento de Energía, esta área aloja reservas probadas (con 90 por
ciento de probabilidad) de entre 17 y 33 mil millones de barriles de crudo, y
reservas posibles (con un 50 por ciento de probabilidad) de 233 mil millones de
barriles. De confirmarse estos montos, constituirían las segundas reservas no
explotadas después del área del golfo Pérsico. Para asegurar que gran parte de
ese petróleo fluya eventualmente a los consumidores de Occidente, el gobierno
estadounidense hace ingentes esfuerzos por desarrollar la infraestructura
petrolera y el sistema de distribución del área. Fue durante el gobierno de
William Clinton que Estados Unidos comenzó a buscar acceso a las existencias de
crudo del Caspio. Dado que el mar Caspio está encerrado por tierra, su petróleo
y su gas natural deben viajar por oleoductos a otras áreas. Envasar dichos
recursos requiere construir ductos de exportación en grandes distancias. El
gobierno era renuente a aceptar que el crudo del Caspio fluyera por Rusia en su
camino a Europa occidental, pues esto daría a Moscú cierto grado de control
sobre los abastos de energía a Occidente. Transportar este petróleo atravesando
Irán estaba prohibido por las leyes estadounidenses debido a que dicho país
buscaba contar con armas de destrucción masiva. Así que Clinton respaldó un
plan para transportar crudo y gas desde Bakú, en Azerbaiján, a Ceyhán, en
Turquía, vía Tbilisi, en la antigua república soviética de Georgia. Antes de
abandonar el cargo, voló a Turquía y presidió la ceremonia de firma de un
acuerdo regional que permitía la construcción de un oleoducto
Bakú-Tbilisi-Ceyhán (BTC) con un costo de 3 mil millones de dólares. Mientras
se concentraba en los aspectos logísticos y legales que le procuraran la
energía del Caspio, el gobierno de Clinton afrontó también la amenaza que la
inestabilidad y los conflictos de la región le significaban a las futuras
entregas de crudo. Dado que muchos de estos estados eran desgarrados por
conflictos étnicos y separatistas, el gobierno inició una serie de programas de
asistencia militar dirigidos a fortalecer las posibilidades de su seguridad
interna. Esto implicó proporcionar armas y entrenamiento, además de conducir
ejercicios de maniobras conjuntas. A partir
de los esfuerzos de Clinton, el gobierno de Bush buscó acelerar la expansión de
las instalaciones productivas y los oleoductos del Caspio. "Los
inversionistas extranjeros y su tecnología son críticos para el rápido
desarrollo de nuevas rutas comerciales de exportación viables", se afirma
en el reporte Cheney. "Un desarrollo así garantizará que el crecimiento de
la producción petrolera del Caspio se integre efectivamente al comercio mundial
petrolero". Se hace énfasis particular en completar el oleoducto BTC y en
incrementar la participación de las compañías estadounidenses en proyectos de
energía en el Caspio. El gobierno también busca construir un oleoducto y un
gasoducto de Kazajstán y Turkmenistán en la costa este del Caspio, a Bakú, en
la costa oeste, para canalizar más energía del Asia central al sistema BTC.
Hasta el
11 de septiembre de 2001, el involucramiento estadounidense en la cuenca del
mar Caspio y en Asia central se había restringido en gran medida a acuerdos
económicos, diplomáticos y militares. Para combatir a los talibanes y a Al
Qaeda en Afganistán, el Departamento de Defensa desplegó decenas de miles de
combatientes en la región y estableció bases militares en Kyrgizstán y
Uzbekistán. El gobierno hizo llamar a algunas de estas tropas, pero
aparentemente planea mantener bases y una presencia militar permanente. Se
supone que esto busca ayudar en la guerra contra el terrorismo, pero es también
una salvaguarda al flujo petrolero. El gobierno desplegó instructores militares
en Georgia para proporcionar entrenamiento en contrainsurgencia a unidades
especiales que cuidarían el segmento georgiano del oleoducto BTC. La Casa
Blanca tiene grandes esperanzas en el desarrollo de los abastos de energía
procedentes del mar Caspio, pero quedan por resolver algunos obstáculos.
Algunos de ellos son logísticos: hasta que puedan construirse nuevos
oleoductos, será difícil transportar grandes cantidades de crudo a Occidente.
Otros obstáculos son políticos y legales: los regímenes autoritarios que
predominan en las antiguas repúblicas soviéticas rezuman corrupción y son
renuentes a aceptar las reformas legales o fiscales necesarias para atraer, de
Occidente, inversiones en gran escala. Pero aun resolviendo todo esto, el
principal problema que enfrenta Estados Unidos es que la cuenca del Caspio no
es más estable que el golfo Pérsico. Cualquier esfuerzo encaminado a la
seguridad de las entregas de energéticos requerirá los mismos compromisos
militares que Estados Unidos tiene con sus abastecedores del Golfo. AFRICA
OCCIDENTAL Otra área
que el gobierno de Bush avizora como prometedora fuente de crudo es Afrecha
occidental. Pese a que los estados africanos fueron responsables únicamente del
10 por ciento de la producción global de crudo, el Departamento de Energía
predice que su cuota crecerá a 25 por ciento hacia 2020. Esto añadirá 8.3 mbd a
las existencias globales, buenas noticias para Washington. "Se espera que
Afrecha occidental sea una de las fuentes de petróleo y gas que más rápido
crezcan en el mercado estadounidense", se observa en el informe Cheney.
El
gobierno espera concentrar sus esfuerzos en Nigeria, en sus vecinos en el golfo
de Guinea y en Angola. Como en la región del Caspio, las expectativas
estadounidenses de obtener crudo adicional de Afrecha podrían frustrarse a raíz
del desasosiego político y las guerras étnicas. De hecho, mucha de la
producción nigeriana tuvo que cerrar durante la primavera de 2003 a causa de la
violencia étnica en la región del Delta, enclave de gran parte del crudo en
tierra con que cuenta Nigeria. Los activistas locales han ocupado las
instalaciones petroleras fuera de tierra para negociar financiamientos a
proyectos comunitarios. El crimen y el vandalismo han empantanado los esfuerzos
que hace Nigeria por incrementar la producción de crudo. Estados
Unidos no es propenso a responder a estos retos desplegando tropas. Eso sin
duda evocaría imágenes de colonialismo, lo que provocaría fuerte oposición en
casa y en el extranjero. Pero Washington sí piensa escalar la ayuda militar
para los regímenes amigos en la región. La asistencia estadounidense total a
Angola y Nigeria suma 300 millones de dólares para los años fiscales entre 2002
y 2004, incremento significativo sobre el trienio anterior. En el año fiscal
2004, Angola y Nigeria tienen la posibilidad de recibir armas sobrantes de
acuerdo con el programa del Pentágono relativo al exceso de artículos de
defensa. Entre tanto, el Departamento de Defensa comenzó a asegurar derechos
para establecer bases navales en la región, sobre todo en Nigeria y en las
Islas de Santo Tomé y Príncipe. AMÉRICA
LATINA Finalmente,
el plan Cheney llama a incrementar significativamente las importaciones
estadounidenses procedentes de América Latina. Estados Unidos ya obtiene de esa
región una gran tajada de su crudo importado. Venezuela es actualmente el
tercer más grande proveedor de Estados Unidos, después de Canadá y Arabia
Saudita; México es el cuarto abastecedor y Colombia es el séptimo. Como
indicara el secretario de Energía Abraham, "el presidente Bush reconoce no
sólo la necesidad de incrementar el abasto de energía, sino el papel crítico
que el hemisferio jugará en la política energética del gobierno". Al
presentarle estas aspiraciones a los gobiernos de la región, los funcionarios
estadounidenses resaltan su deseo de establecer marcos de trabajo comunes en el
desarrollo de energía. "Intentamos enfatizar el enorme potencial de una
mayor cooperación regional en asuntos relacionados con la energía, de cara al
futuro", dijo Abraham en la quinta Conferencia Hemisférica Ministerial de
Iniciativas Energéticas en la ciudad de México, el 8 de marzo de 2001.
"Nuestro objetivo es construir relaciones entre nuestros vecinos, que
contribuyan a una seguridad energética compartida; que contribuyan también a un
acceso adecuado, confiable, sólido en lo ambiental y que sea rentable".
Pese a ser sinceros, estos comentarios enmascaran el hecho de que la "cooperación"
se dirige esencialmente a canalizar más y más remesas de crudo, de la región a
Estados Unidos. El plan
energético enfatiza la adquisición de petróleo adicional procedente de México y
Venezuela. "México es una fuente confiable y pujante de petróleo importado",
observa el Informe Cheney. "Sus vastas reservas, aproximadamente 25 por
ciento mayores que nuestras propias reservas probadas, hacen de México una
fuente probable de producción de crudo en expansión durante los próximos diez
años". Venezuela se considera vital porque posee enormes reservas de crudo
convencional y aloja vastas existencias del llamado crudo pesado, un material
viscoso que puede convertirse en petróleo convencional mediante un costoso
proceso de refinación. Según la NEP, "el éxito de Venezuela, convertir los
depósitos de crudo pesado en comercialmente viables, sugiere que contribuirá
sustancialmente a la diversidad de las existencias de energía globales y a
nuestras propias existencias energéticas en el mediano o el largo plazo".
Pero los
esfuerzos estadounidense por abrevar de las abundantes existencias energéticas
mexicanas y venezolanas puede terminar en un revés importante. Debido a la
historia de predación colonial e imperial, estos dos países han situado sus
reservas de energía bajo control estatal, y establecieron fuertes barreras
legales para la inversión extranjera en la producción interna de crudo. Aunque
desean capitalizar los beneficios derivados de un mayor volumen de
exportaciones a Estados Unidos, los países latinoamericanos son propensos a
resistir una mayor participación estadounidense en sus industrias energéticas y
en cualquier incremento significativo en la extracción de crudo. La NEP llama a
los secretarios de Comercio, Energía y Estado a cabildear con sus contrapartes
latinoamericanos con el fin de eliminar o suavizar las barreras existentes. Sin
embargo, en México, las reformas que facilitarían la entrada de compañías
petroleras privadas, se han topado con una dura resistencia en el Congreso. En
Venezuela, la nueva Constitución adoptada en 1999 prohíbe la inversión
extranjera en el sector petrolero, y en 2003, el presidente Hugo Chávez
despidió a los administradores de la empresa petrolera estatal, Petróleos de
Venezuela SA, que favorecieron nexos con firmas extranjeras. EL
VINCULO ENTRE LOS PLANES MILITAR Y ENERGÉTICO DE BUSH En su
búsqueda de petróleo, Estados Unidos se está entrometiendo en los asuntos de
las naciones abastecedoras de crudo. En el proceso, se expone a mayores riesgos
de involucrarse en conflictos regionales y locales. Esta realidad ya influyó en
las relaciones estadounidenses con las principales naciones productoras de
crudo y es seguro que tendrá en el futuro aun mayor impacto. No hay
ningún apartado donde la NEP reconozca este hecho. En cambio, se enfoca en las
dimensiones económicas y diplomáticas de la política energética. Sin
embargo, los arquitectos de la política Bush-Cheney saben que asegurar su
acceso a algunas fuentes petrolíferas puede resultar imposible sin el uso de la
fuerza militar. La estrategia militar del gobierno asume el punto enfatizando
fuertemente el requisito de proyectar capacidad de fuego en campos de batalla
claves. "Estados Unidos debe retener la posibilidad de enviar fuerzas bien
armadas y con buen apoyo logístico a puntos críticos por todo el globo, incluso
frente a la oposición del enemigo", señala el Quadrennial Defense Review.
Estos
puntos críticos necesariamente implicarán áreas que son fuentes de petróleo.
Sea que el gobierno vincule conscientemente sus políticas de energía y
seguridad o no, es indudable que Bush priorizó refinar la proyección del poder
estadounidense mientras respaldaba un aumento en la dependencia del petróleo
procedente de áreas inestables. El
resultado es que una estrategia de dos vías gobierna la política estadounidense
hacia buena parte del mundo. Un brazo de esta estrategia es asegurar más
petróleo del resto del mundo; el otro es refinar la capacidad de intervenir.
Mientras que uno de estos objetivos surge de preocupaciones energéticas y el
otro de aspectos de seguridad, resulta una dirección única: la dominación
estadounidense en el siglo XXI. Es esta combinación de estrategias, más que
ningún otro aspecto, lo que anclará las relaciones internacionales de Estados
Unidos en los años venideros. * Michael
T. Klare es autor de Guerras de recursos: nuevo panorama del conflicto global y
es profesor de estudios sobre la paz y la seguridad mundial en el Hampshire
College de Amherst, Massachusetts (EU); es analista de asuntos militares de
Foreign Policy in Focus (www.fpif.org) Traducción:
Ramón Vera Herrera ----------------------------------------------------------------------------- |