Noticias de la España Cañí
¡¡Vivan
los novios!!
Joaquim Pisa 21 de mayo 204
Izaro News
Fue durante la toma de posesión de Juan Carlos como rey (1975). En un momento de la larga y tediosa ceremonia, el príncipe Felipe, que entonces debía tener cinco o seis años, se dirigió en voz baja a su madre: «Mamá, tengo pipí». Sofía de Grecia, seria y hierática como de costumbre, le contestó, igualmente en voz baja y sin mover un músculo: «los príncipes de España no tienen pipí».
Es muy probable que ésta no fuera la última vez en que a Felipe de Borbón y Grecia le recordaran que un futuro rey de España no tiene pipí, ni tampoco derecho a otras muchas cosas. Tampoco nos extrañemos tanto. A un antepasado suyo -que por cierto llevaba su mismo nombre-, la Corte llegó a someterlo a un ritual de exorcismo, contando con la aprobación de la entonces Reina Madre, por la sencilla razón de que el muy cabezota se había empeñado en ver desnuda a su esposa la reina.
Convendrán conmigo en que cuando uno recibe una educación de semejante estilo, de mayor solo puede ser misionero en el Amazonas, marine en Irak o heredero del trono de España. Parece que Felipe, con buen criterio, ha optado por la última posibilidad.
Claro que para poder sentarse en el trono con garantías una vez se haya producido el «hecho biológico sucesorio», hay que pasar previamente por la vicaría, requisito imprescindible en un oficio cuya supervivencia se basa precisamente en la continuidad familiar. Dicho en plata: hay que casarse, para así poder traer hijos al mundo que perpetúen la dinastía. Tan sencillo y tan complicado como eso.
A Felipe de Borbón lo de la boda no parecía hacerle mucho tilín. Entenderán ustedes que, después de haber recibido una educación espartana, militar por supuesto, cuando a los veintitantos años por fin le dejan a uno en paz y resulta que uno es príncipe y el Estado corre con los gastos, el mundo le ofrece un sinfín de posibilidades ninguna de las cuales pasa precisamente por uncirse al dulce yugo matrimonial. Parece lógico pues que Felipe hiciera honor a la fama histórica de su apellido, y a lo largo de más de una década dejara tras de sí un reguero de corazones rotos y de substanciosas facturas, pronto consolados aquellos en otros brazos igualmente glamourosos y amorosamente cubiertas por los Presupuestos Generales del Estado éstas. La vida son cuatro días, y hay que disfrutarla a fondo cuando se puede.
El caso es que en vista de que pasaban los años y el Príncipe no se decidía, la inquietud era creciente y no solo en los círculos monárquicos: a este paso, pensaban muchos, a Felipe de Borbón se le iba a pasar el arroz mientras seguía picoteando de flor en flor. Grandes debieron ser las presiones, y quizá una sola la conclusión final: que se case con quien quiera, sea de sangre azul o verde, pero que se case de una puñetera vez.
Y en eso estamos. La elegida de su corazón ha resultado ser una chica asturiana, ni más ni menos que la compañera de pupitre televisivo de Alfredo «C-C-O-O» Urdaci. Una moza «sin pedigree» de ninguna clase, y de la que dicen quienes la conocen que es brillante en lo suyo, pero también fría, ambiciosa y arrogante; la Reina Catódica, la llaman ya. Una elección bien extraña, en suma, aunque menos que la que gran parte del país creyó entender en las primeras horas en que se anunció el noviazgo de Felipe con «una presentadora de televisión llamada Leticia (con c)»; y fue una lástima, porque si la elegida hubiera sido realmente Leticia Sabater, la Tercera República hubiera estado a la vuelta de la esquina como quien dice.
Total, que ya tenemos aquí el casorio, y como no podía ser menos, hemos tirado la casa por la ventana. Tal como se están haciendo las cosas en Madrid, ésta no es la boda del siglo ni la boda del milenio: esta es la boda de la Era Cristiana.
A los pobres madrileños les ha tocado una vez más la china de cargar con uno de esos eventos en los que los cortes de circulación, los controles policiales y la decoración horrorosa de calles y fachadas, invitan a salir corriendo de la ciudad sin mirar hacia atrás. Ruiz Gallardón se ha volcado, y en palabras del inimitable Jiménez Losantos «Madrid luce hoy como una discoteca del Beirut de los años setenta», genial definición que describe ajustadamente el imperio del mal gusto impuesto a través de una decoración omnipresente y atosigante, resumida en un descoque de colorines chillones y de focos luminosos a lo campo de concentración, y en la que se han tapado las vergüenzas de muchos edificios céntricos mediante lonas gigantescas que reproducen, horror, idílicas pinturas goyescas. La apoteosis del kitsch. Un pasmo. oigan. O como decía mi pobre abuela: «para mear, y no echar gota».
Dicen que, entre pitos y flautas, la cosa nos va a salir por cuatrocientos millones de euros. Quizá sea una exageración maledicente, o quizá no.
De todas maneras, todo es poco para dejar claritas algunas cosas. Cuando ahora hace justamente un año Juan Pablo II visitó Madrid, el portavoz de la divinidad cristiana se hizo la tradicional foto con la Familia Real. Horas después tuvo que hacerse otra foto con la familia Aznar al completo, lo que motivó un comentario sarcástico del Sumo Pontífice: «¿Pero cuántas familias reales tiene España?». Unos meses más tarde, los Aznar casaron a su hija en El Escorial con la pompa y el boato propios de la boda de una Infanta, forzando incluso la asistencia, en un claro papel subordinado, de los Reyes.
Toca por tanto mostrar «urbi et orbe» que dinastía real, lo que se dice Familia Real fetén, en España sólo hay una. Los otros son unos advenedizos provincianos, palabrita del Gotha.
En fin, que gracias a la generosidad de la jefa de esta casa (Izaro News), y a la invitación que me ha pasado un primo que tengo en la Guardia Real, servidor se va el sábado a hacer la crónica en vivo y en directo de la Más Grande Boda Jamás Contada, y de paso a ponerse ciego de espárragos dos salsas y ternera jardinera, que es lo habitual en todas las bodas formales. Les prometo una crónica detallada.