
Un
florero caro e inútil
Juan Carlos Ibarra
Deia
El actual rey
español pasará a la Historia por sus “retrasos de Estado” (no seré yo
quien le adjudique el adjetivo correspondiente, que puede costar la cárcel).
Hasta ahora, la mayor alabanza que ha recibido el monarca borbón es por su
papel en el intento de golpe de Estado del 23-F de 1981. Dicen que cuando
compareció en televisión, la intentona quedó desactivada, aunque no está
tan claro si fue antes el huevo o la gallina. Su tiempo se tomó el monarca,
cuando su posición al lado de la democracia debería haber sido inmediata,
sin ofrecer un segundo a la duda, fueran cuales fueran las consecuencias que
aquello le acarreara en el caso de prosperar el golpe.
Ahora, al rey Juan Carlos le quieren adjudicar otra dilación “meritoria”.
Lo ha dicho la vicepresidenta primera del Congreso, Carme Chacón. Según ésta,
el monarca demoró su aparición en televisión el 11-M, día de los atentados
en Madrid, porque sabía que ETA no era la autora de aquella matanza. Cuando
apareció, mantuvo un discurso bastante ambiguo y aquello, comparado con la
rotundidad con la que el Gobierno español apuntaba a ETA, resultó bastante
clarificador. El retraso, seguramente, también fue calculado.
Quienes le están escribiendo la historia a Juan Carlos I a base de
adjudicarle papeles decisivos, siempre con apuntador y en “diferido”, dirán
que la prudencia es una característica imprescindible en una institución
como la monarquía. El problema es cuando la prudencia se convierte en hablar
después de verle los atributos al bicho, de forma que se evitan los patinazos
y se asegura el pleno de aciertos. Ese juego siempre a toro pasado no hace
sino contribuir a la convicción de que la monarquía (cualquier monarquía,
pero en este caso de forma especial la española) es totalmente prescindible.
Es un florero caro y perfectamente inútil.