Rarezas españolas (o de la señorita Pepis)
Higinio
Polo 30 de Mayo 2004
En ocasiones,
tengo la tentación de pensar que el mundo se está volviendo raro. Puede ser
una impresión falsa, desde luego, causada por una pesada digestión o por la
difícil metabolización de algunas ocurrencias notables, como la del presidente
Maragall, que acaba de decirnos que los empresarios catalanes son nuestra force
de frappe: algunos ahora entenderán ahora la inquietud de buena parte del país.
Esa impresión de rareza que tengo, me consta que está muy extendida, y surge,
también, viendo, por ejemplo, que los portavoces del ejército de ocupación
norteamericano, y hasta el propio Bush y Colin Powell, hablan de que van a
traspasar el 30 de junio la soberanía en Iraq a un nuevo gobierno iraquí, y,
para ello, ¡eligen ellos mismos a un agente a sueldo de la CIA para presidirlo!
Pero no nos movamos de aquí, de nuestro país, porque, como España es un país
tan raro, en los estamentos oficiales y periodísticos nadie se extraña de que,
a quince días de la celebración de las elecciones europeas, apenas se oigan
comentarios al respecto, ni en la calle, ni en los programas de radio, y mucho
menos en televisión. Aunque no hay que ser demasiado críticos y extremistas:
después de todo, acabamos de salir de un impresionante esfuerzo informativo que
ha maravillado al mundo con el asunto de la boda de un señorito calavera y una
periodista, y esfuerzos semejantes dejan huella. Y, por otra parte, tampoco
podemos comparar la importancia de unas elecciones europeas con una boda de
relevancia mundial como la nuestra. Hasta ahí podíamos llegar.
Sin embargo, no soy el único en creer que todo es muy extraño. Un candidato
acaba de declarar que estas elecciones que llegan son "raras", porque
casi nadie se ha enterado de ellas, de lo que se deduce, entonces, creo, que esa
boda de Felipe de Borbón y Leticia Ortiz debe ser normal, al igual que el hecho
de que el Estado haya tenido que desembolsar ¡casi cuatro mil millones de las
antiguas pesetas!, para organizar un jolgorio que, encima, parecía un funeral.
Como debe ser normal —o raro, ya no entiendo nada— que el heredero llevase
en los pies, es un decir, unos zapatos que casi valen lo que cobran juntos en un
mes dos obreros que subsistan con el espléndido salario mínimo. Zapatos
pagados por el erario público, claro, no se le iba a pedir encima a la familia
Borbón que corriese con los gastos de la boda, encima de que se sacrifican por
el país y hacen prosperar a las revistas del corazón, que, a estas alturas,
son casi todas las publicaciones. Para colmo de rarezas, algunos, poco
considerados, y cada vez en mayor número, la arman exhibiendo banderas
republicanas. ¿Se dan cuenta? Son las rarezas del país.
Como lo son también que, en España, los obispos amenacen con echarse al monte,
armados con sus trabucos, por unas decisiones gubernamentales (ya saben, sobre
investigación de células madre, reproducción asistida, aborto, etcétera) que
en otros países parecerían razonables. No sonrían: en España, los obispos
(como si fueran metalúrgicos, quién nos lo iba a decir) han dicho con toda
claridad que van a convocar movilizaciones en las calles. Debe ser otra rareza
del clero. Como también lo es que el Tribunal Constitucional, para defender la
democracia, haya declarado ilegal una de las listas que se presentaban a las
elecciones, la candidatura de HZ. Al igual que, antes, se había aprobado en el
Parlamento español una Ley de Partidos escandalosa, para prohibir a un partido,
se hubieran suspendido y prohibido periódicos, como Egunkaria, o se siguieran
produciendo torturas en el País Vasco, como ha denunciado Amnistía
Internacional. Esa sentencia del Tribunal Constitucional, proclamada a
consecuencia de un recurso del gobierno del PSOE, debe ser una rareza más,
sobre todo si tenemos en cuenta que, la misma semana, el alto tribunal rechazaba
el recurso de amparo de los familiares de uno de los últimos fusilados, en
1975, por la dictadura franquista, José Humberto Francisco Baena, que alegaban
vulneración de los derechos fundamentales.
Otro rasgo de la extravagancia del país es que Juan Carlos de Borbón haya ido
a inaugurar la Feria del Libro de Madrid, cuando todo el mundo sabe que no lee
ni los periódicos, y, allí, que era el marco adecuado, no se le haya ocurrido
nada mejor que decir que no tiene tiempo para leer. Ya se sabe que las juergas y
la vela son muy exigentes. Por no hablar de los quebraderos de cabeza que le dan
los negocios turbios, y, si no, que le pregunten al pobre Prado y Colón de
Carvajal. Pero no vayamos demasiado lejos: después de todo, el monarca compró
en la Feria del Libro los Diarios de Samuel Pepys.
Esos diarios ocupan tres mil páginas en total, lo que no está nada mal para
una persona que no tiene tiempo para leer. Tal vez, apuntan algunos maliciosos,
el interés de Juan Carlos de Borbón resida en el hecho de que Pepys, que
conoció a Milton y Newton, dejó escrito que el monarca británico Carlos II se
dedicaba más a perder el tiempo con los chuchos que a estudiar asuntos de
Estado, y, así, mientras tanto, coligen, siempre puede aprenderse algo de la
experiencia de otros. Para acabar con ese mundo raro, solo faltaba que nos enterásemos
de que, en la cena de gala que ofreció la familia Borbón en el palacio de la
Zarzuela, en la víspera del bodorrio, algunos bebieron demasiado y acabaron liándose
a guantazos, con lo cara que se ha puesto la vajilla. Vaya escenas: se lían en
una bronca de borrachos y, al otro día, llueve, y, encima, los madrileños no
salen a las calles.
En fin. Tienen razón los escépticos: todo es muy raro, empezando por esa
inauguración de la Feria del Libro de Madrid que ha hecho Juan Carlos de Borbón,
vamos, algo así como si se hubiera pedido a Jack el destripador que inaugurase
una guardería, aunque, puestos a reparar en cosas raras no quiero ni pensar en
la cara de Juan Carlos de Borbón cuando, en palacio, se dé cuenta de que ese
libro de Pepys que ha comprado, es de un escritor inglés del siglo XVII y no
las memorias de la señorita Pepis, como pensaba. Ahora que el hombre iba a leer
un rato.