
Negociar
y ceder
Joaquín Navarro Estevan
Deia
Se podría
empezar por el tejado. La arquitectura moderna lo permite y, en algunos casos,
lo aconseja. La arquitectura política comienza normalmente por una cobertura
que haga posible el diálogo, sin estridencias ni ecos callejeros. No está
ocurriendo así. Las propuestas de Zapatero no pasan del sótano. Claro que
también los senadores nacionalistas vascos anduvieron por la portería al
otorgar su voto a los presupuestos gubernamentales de Zapatero. Dialogar por
abajo hace mover los pies, impide la movilidad. Conversar por arriba permite
que la verticalidad afinque sus raíces como las pasiones en tierra labrantía.
Mejor por abajo.
Lo malo es que la bajura esté tan emboscada que sea difícil pisar en suelo
firme. Si las promesas del Gobierno Aznar se convierten en ofertas del
Gobierno Zapatero, apaga y vámonos. Como decía José María Valverde,
‘‘nulla ética sine estética, ergo apaga y vámonos’’. Se refería a
la expulsión franquista de la universidad de su amigo José Luis Aranguren,
cuando el general se empeñaba enmierdear la universidad como si fuese una
cuadra de bípedos implumes.
Sin que nada se haya dialogado aún, los nacionalistas terribles levantan la
cabeza. Rajoy acaba de acusar a Zapatero de ceder ante los nacionalistas a
cambio de apoyo. Prometer cualquier conversación o negociación significa
ceder. Para quien no está acostumbrado al diálogo, negociar es claudicar.
Rajoy acusa a los socialistas de mantener ‘‘contradicciones diarias’’
entre sus ministros. Quien anda como una pura contradicción se permite
imputar contradicciones a los demás.
La ética no tiene por qué faltar. Ni la estética de supresión del
descuento del cupo del serio interés estatal por los gastos vascos en la
pesadilla del ‘Prestige’, de la ampliación de la Etzaintza o del
incremento presupuestario sin detrimento de la estabilidad.
Poeta hubo que dedicó un soneto al cubo de la basura y no se le trató con
ironía o con violencia. La fealdad y la indignidad no son propias de las
cuestiones que se dilucidan, sino de la forma de enfocar las soluciones y los
procedimientos.
Está bien que se hable de todas estas cosas que son puyas aznarianas en los
bajos del Gobierno Ibarretxe. Moscas cojoneras. Y que parecían que iban a
resolverse ‘‘per se’’, por la ley de la gravedad o del buen juicio,
con el nuevo Gobierno. Pero no. El honor y la transacción tienen muy lejano
parentesco. El buen sentido y la política, ninguno. Se impone por ello que se
hable de lo que debería estar más que zanjado por la misma naturaleza de las
cosas, que diría el viejo Aristóteles, al que apoyó el aquinatense buey del
Señor.
Pues no señor. Todo ello sirve ahora para negociar. ¿Acaso alguien duda que
el Gobierno vasco no debe financiar la sanidad de otras Comunidades porque la
negociación del Estatuto exige presiones ilegítimas y absurdas? ¿Alguien
puede cuestionar que los gastos de la limpieza del ‘Prestige’ eran típicamente
estatales, como la propia indiligencia que provocó la catástrofe?
El incremento del número de ertzainas era pedido a gritos por el Mayor Oreja.
A gritos también se pedía el reforzamiento de las escoltas para amenazados y
atemorizados. ¿Cómo iba a ir por cuenta del menguado presupuesto del
Gobierno vasco? Es como si le pidieran una compra masiva de tricornios a costa
de su erario. Como decía Pepe Bergamín, cuando pedía que España se
civilizara muchos entendían que había que guardiacivilizarla. Pero no era
eso. Pepe añadía algo bellísimo: ‘‘¿No ves que cuando siembras el
silencio/ preparas la cosecha del olvido?’’ Pero esto no tiene nada que
ver con el ‘Prestige’, el Cupo o la Ertzaintza. Ni con la estabilidad
presupuestaria que, al parecer, depende de que los objetivos trienales del déficit
de la Administración vasca hayan de fijarse en la reunión del Concierto, es
decir, de forma bilateral.
Pero los versos de Pepe Bergamín tienen mucho que ver con lo que, según se
dice, constituye la contraprestación que se pide al Gobierno vasco.
‘‘Disuadirlo’’ de su plan soberanista. Que lo echen hacia atrás. Que
lo metan en el cajón de los cachibaches olvidados. Que lo desdentren y lo
corrompan por falta de oxígeno ciudadano. Que los grandes arcontes y éforos,
los magistrados epónimos, se lo vayan comiendo en una fiesta-siesta de
papirofagia colectiva, pletórica de bostezos y rebuznos.