La monarquía zozobra entre la indiferencia y la lluvia


Higinio Polo
23 de mayo 2004.

 

Terminado el almibarado despliegue informativo de todas las cadenas de televisión y casi todos los periódicos, cerrados los salones donde se había concentrado una significativa parte del parasitismo social europeo, abandonados los cursis adornos que llenaban las calles de Madrid, pagados con recursos públicos, y vueltos a casa los miles y miles de policías que aseguraban un vergonzoso despliegue de inutilidad, apenas queda nada de ese enlace entre un Borbón y una periodista, por mucho que en los días siguientes -lo sabemos- las revistas del corazón sigan llenando páginas y las mismas cadenas de televisión hinchen horas de programación con la repetición hasta el empacho de unas escenas de mal cuento infantil.

Las imágenes y los comentarios de los periodistas destacados ante la boda de Felipe de Borbón y Leticia Ortiz eran reveladores: pese al obligado entusiasmo con que debían servir el ritual, las calles de Madrid mostraban la certidumbre de la indiferencia popular, y todo se resolvía con la insistencia hasta el hartazgo de las ridículas pamelas de las señoras y las anécdotas sobre la colocación de los invitados en el banquete. Hay que recordar que, en su obsequioso entusiasmo, algunos medios de comunicación y algunos portavoces habían especulado con que las calles quedarían congestionadas con un millón de personas al paso del cortejo. Nada de eso se ha visto. Al contrario: había más policías que ciudadanos jubilosos. Recuérdese que, según cifras oficiales, se habían movilizado casi veinticinco mil policías y funcionarios de la seguridad. Las escuetas imágenes, poco repetidas, mostraban unas calles casi vacías, y el recurso a las escenas aéreas se revelaba, así, inútil.

Una costosísima campaña de propaganda monárquica naufragaba, gracias a la lluvia, sin duda, pero también por la indiferencia popular. La burla que los ciudadanos españoles han tenido que soportar, en la mayor y más extravagante operación publicitaria de los últimos años en España, recibía así una cumplida respuesta de los ciudadanos de Madrid. En la España de los contratos basura, de la precariedad laboral, de los diarios accidentes mortales de trabajo, de la vergonzosa especulación inmobiliaria, lo más cutre y siniestro del país, los tiburones que medran en las dificultades del ciudadano, los empresarios que se enriquecen con el trabajo ajeno, los sujetos que derrochan los recursos que un buen gobierno destinaría a otros asuntos más urgentes, sonreían satisfechos por asistir al banquete, por pertenecer a la camada de esa familia real que, una vez más, mostraba su absoluta displicencia por los problemas reales del país.

Mucho tendrán que trabajar, a partir de mañana, las cucamonas de palacio y los gabinetes de propaganda para convencer al país de que esa ridícula ceremonia religiosa y esos insultantes festejos de exaltación monárquica que han congregado a un completo cuadro de esperpentos surgidos del Antiguo Régimen, han tenido alguna utilidad. Para la historia, no quedará nada, excepto la avidez de una familia que España no merece soportar, y la evidencia de que, un cuarto de siglo después, la entronización de un rey decidida por el viejo dictador fascista y la recuperación de una herrumbrosa institución como la monarquía, es contestada cada vez con más fuerza por la población.

En su perseguido día de gloria, la monarquía española quedaba marcada por la zozobra, entre la indiferencia y la lluvia.