Manipulación
informativa: Decálogo
Luis
Bandrés Unanue y otros autores *
ÍzaroNews 12 de Mayo 2004
Estos últimos días hemos
tenido ocasión de ver en la prensa unas impactantes fotografías en las que
aparecían una serie de ataúdes cubiertos con la bandera estadounidense en su
envío desde Irak hacia sus familiares en tierras americanas. Posteriormente
hemos podido saber del disgusto de la administración Bush por la exhibición de
las mismas, así como de la prohibición de la repetición de algo similar.
Con ocasión de este hecho nos ha parecido oportuno traer a colación un libro
titulado “Principios elementales de la propaganda de guerra. (Utilizables en
caso de guerra fría, caliente o tibia)”, escrito por la historiadora belga
Anne Morelli, en el cual se desarrolla con más amplitud el tema que encabeza
estas líneas, tema que, como vemos, desgraciadamente no pierde actualidad en
nuestro mundo.
En él se hace una crítica de los recursos que utilizan los media para
conformar la opinión pública prescindiendo del exigible y deseable rigor que
una misión como la suya tiene. Esto hará que ya el prologuista de la obra se
pregunte. “¿Por qué razón no debería someterse la información de hoy a
las mismas exigencias que los documentos históricos de ayer? Puesto que se
verifica la calidad sanitaria de los productos alimenticios, por ejemplo, ¿por
qué no hacer lo mismo con la información?”. Veamos someramente éste decálogo.
“Nosotros no queremos la guerra” es el primero de los preceptos. Siempre y
en todos los conflictos bélicos los responsables políticos han recurrido a él.
Así, se recordará como ejemplo lo que manifestó F. Roosevelt cuando en 1940,
con ocasión de la 2ª Guerra Mundial, se dirige al Congreso de los Estados
Unidos pidiendo un aumento de crédito para el ejercito:
“No tan sólo cualquier ciudadano americano, sino cualquier gobierno en el
mundo, sabe que nos oponemos a la guerra. Nosotros no emplearemos las armas en
una guerra de agresión; no enviaremos a nuestros soldados a participar en
guerras en Europa. Pero rechazaremos la agresión contra los Estados Unidos o el
hemisferio occidental”...
Pero eso mismo aunque con otras palabras lo habían dicho en 1939 Hitler, el
mariscal Göering y von Ribbentrop. Es decir, nosotros somos contrarios a la
guerra, nos hemos visto obligados en conciencia o por legítima defensa, el
adversario es quien ha empezado...y esto nos conduce al segundo precepto.
“El adversario es el único responsable de la guerra”. Cada uno de los
bandos en conflicto exhibirá este aserto de haberse visto obligado a participar
en el conflicto para impedir que el otro cometiera o siguiera cometiendo
atrocidades. Así, no será extraño leer afirmaciones como la que dice que:
debemos hacer esta guerra para acabar con las guerras o esta vez será la última.
Por otro lado, una vez acabado el conflicto si uno vive en el lado de los
vencedores esta afirmación de culpabilidad de los otros se convierte en
“verdad” histórica. En este sentido, hasta los belicistas más acérrimos
intentan pasar por cándidas palomas: “ Sobre ciertas cuestiones de interés
vital para el Reich, Polonia debe ceder ante las reivindicaciones a las que
nosotros no podemos renunciar. Si las rechaza, la responsabilidad del conflicto
recaerá sobre ella, no sobre Alemania”, dirá von Ribbentrop para justificar
la entrada de los alemanes en Polonia.
El tercer mandamiento hace referencia a la necesidad de personificar al enemigo
en la persona de su jefe. Así, podemos enunciarlo como: “El enemigo tiene el
rostro del demonio”. Partiendo de la base de que es más fácil concentrar el
odio en una persona que en un grupo humano, hay que demonizar al líder del
enemigo y presentarlo como un monstruo, como un carnicero, como un enemigo de la
Humanidad. Monstruo del que vienen todos los males. Así pues, no queda otra vía
sino capturarlo y derrotarlo para que vuelva la paz y la civilización.
De todos modos, ese monstruo muchas veces ha sido muy útil antes del conflicto.
En la guerra contra Irak, Saddam Hussein ha sido presentado como el origen de
todos los males si bien anteriormente se le había presentado como el mejor
aliado “laico” contra el Irán de los ayatollas. El ciudadano necesita un
mensaje simple, un mensaje en el que se identifiquen inequívocamente a los
“buenos” y a los “malos” con vistas a que no se plantee, muchas veces,
cuales son las verdaderas causas del conflicto. Y esta reflexión nos conduce al
cuarto mandamiento.
Este es: “Enmascarar los fines reales presentándolos como nobles causas”.
En la mayoría de los casos, el móvil de un conflicto bélico suele ser de
consecución de unas ventajas geopolíticas acompañadas de motivaciones económicas.
Pero, esto no suele ser muy presentable y dado que las guerras actuales
necesitan, de una u otra manera, el beneplácito de la sociedad pues son los
parlamentos quienes tendrían que decidir al respecto (aunque no siempre, según
hemos podido constatar en España), es preciso recurrir a hacer creer a la
población que de esa guerra depende el honor, la libertad y los valores más básicos
de la civilización.
Sin embargo, hay veces que desde una actitud prepotente se soslaya este
precepto, así con ocasión de la 1ª Guerra Mundial el presidente americano W.
Wilson confesaba: ”¿Hay algún hombre o mujer –qué digo, hay siquiera un
niño- que no sepa que la semilla de la guerra en el mundo moderno es la
rivalidad industrial y comercial?...Esta guerra ha sido una guerra industrial y
comercial.” No obstante, en general, el cumplimiento es universal o alguien
duda hoy día de la razón última de la actual situación de Irak.
El quinto precepto nos dirá: “El enemigo comete atrocidades conscientemente,
nosotros, si es caso, errores”. Durante las guerras todos los ejércitos han
cometido y cometen abusos, incendios, violaciones, robos, etc. Sin embargo la
propaganda mientras se encarga de atribuir estos hechos al enemigo, nos intentará
convencer de que nuestro ejército está al servicio de la población, incluso
de la enemiga y que es querido por ella, aunque quizá alguna vez, por error o
inadvertencia, pueda cometer algo no deseado.
Durante la guerra entre Irak y Kuwait para convencer a la opinión americana de
la necesidad de intervención se contrató a la firma publicitaria Hill &
Knowlton la cual construyó una historia de unos bebés kuwaitis arrancados de
sus incubadoras por los iraquíes para que murieran. Y aunque se vio rápidamente
que esto era algo inventado por la agencia financiada con el dinero kuwaití el
bulo ya estaba en marcha.
En este contexto las palabras no son en absoluto inocuas, mientras en nuestro
bando se hablará de “liberación”, de “cementerios”, de “información”
lo del enemigo será “ocupación”, “fosas” o “propaganda”, por
ejemplo. Y así aunque como ya dijo Voltaire en sus “Cuentos Filosóficos”:
“No hay leyes de guerra”, sí que se nos querrá convencer de que nuestro
bando respeta los principios básicos humanitarios. Pero esto da pie al sexto
mandamiento y lo dejamos para un posterior trabajo.
*Jon Gurutz Olaskoaga, José Manuel Castells, Lamberto Benito del Valle, Baleren Bakaikoa (Profesores de la UPV-EHU) y Roldán Jimeno (Profesor de la UPNA).
Manipulación
informativa: decálogo (y 2)
Luis Bandrés Unanue y otros autores*
En un artículo anterior nos ocupábamos de los cinco primeros preceptos
utilizados por los media, según la historiadora belga Anne Morelli, con vistas
a conformar la opinión ciudadana en casos de conflicto. Veamos en este trabajo
los cinco restantes.
Sexto mandamiento: “El enemigo utiliza armas no autorizadas”. Este precepto
en realidad es un corolario del quinto. Nosotros no sólo no cometemos
atrocidades, sino que hacemos la guerra caballerosamente, respetando las reglas.
Así, en cuanto a los métodos se refiere, por ejemplo, mientras si los nuestros
efectúan una emboscada esta es legítima e incluso muestra de nuestra
perspicacia, recordemos al respecto las películas y novelas españolas que
relatan acciones de la guerra de la Independencia donde los “astutos” españoles
engañan a los “tontos” franceses; si la emboscada la hace el enemigo esto
es muestra de su cobardía.
En cuanto a las armas, durante la 1ª Guerra Mundial hubo una gran polémica con
respecto al uso de gases asfixiantes reprochándose cada bando el uso de los
mismos. Por ello, en 1925 se aprobaba un protocolo en Ginebra que prohibía en
caso de guerra el uso de gases asfixiantes o tóxicos, así como de medios
bacteriológicos.
No obstante, durante la 2ª Guerra Mundial se continuaría utilizando armas
“ilegales” y métodos de guerra considerados “ilegítimos”, como los
bombardeos de poblaciones civiles, que empezaron con la 1ª Guerra Mundial y la
Guerra Civil española y evidentemente la experimentación sobre poblaciones
civiles de las primeras bombas atómicas.
Tras la 2ª Guerra Mundial aparecieron otras armas "prohibidas" y así
los comunistas en la guerra de Corea acusaron a los americanos del uso de armas
bacteriológicas.
En este orden de cosas, en 1999 se acusará a los laboratorios de Saddam Hussein
de ser los causantes de la “fiebre del Nilo” durante el verano de ese año,
matando a cuatro personas e infectando a otras treinta y tres en Nueva York.
Por esta misma época se acusará a Yugoslavia de la utilización de “armas químicas”.
Y qué decir de las llamadas “minas antipersonas” de tan nefastas
consecuencias, incluso una vez terminado el conflicto, tema en el que los países
productores de las mismas, incluidos, muchas veces, sindicatos y trabajadores
dejan de lado. Habría que discutir mucho y profundamente sobre la sutil y
frecuentemente hipócrita distinción entre armas “lícitas” e “ilícitas”.
El séptimo mandamiento nos dirá que: “Nosotros no sufrimos casi pérdidas
mientras que las del enemigo son enormes” En general al ser humano le gusta
adherirse a las causas victoriosas y en caso de guerra esta adhesión depende de
los resultados aparentes del conflicto y si estos no son buenos la propaganda
deberá ocultar nuestras pérdidas y magnificar las del enemigo.
Así, desde nuestro bando la guerra debe aparecer como que casi no cuesta ni
sangre ni dinero. En esta época de la televisión vía satélite y de los
diversos media resulta difícil ocultar totalmente estos extremos, pero pueden
ser parcialmente minimizados y para ello existen los profesionales que adecuan o
fabrican la oportuna “información”.
De ahí el desasosiego de la administración americana ante la coladura de las
fotos que dan origen a estos artículos.
Octavo mandamiento: “Los artistas e intelectuales apoyan nuestra causa”. La
propaganda se basa fundamentalmente en la emoción y esta es el resorte para
movilizar a la opinión pública. Y así, para crear emoción se recurre a los
profesionales de la publicidad, a artistas o a intelectuales de predicamento
social.
Si bien la motivación de los publicistas es clara, y quizá la de los artistas
también, la de los intelectuales puede plantear la compleja cuestión de saber
qué es un intelectual y qué pueden aportar quienes no tienen ningún
conocimiento específico en materia militar o política. No obstante, dado que
sus nombres evocan autoridad (sin pararnos a cuestionar en qué ámbitos) son
utilizados profusamente.
En este orden de cosas se actúa sobre las emociones, de manera que hizo decir a
Anatole France “la guerra es menos detestable por todas las ruinas que siembra
que por la ignorancia y la estupidez que la aplauden”.
“Nuestra causa tiene un carácter sagrado” dice el noveno mandamiento. Y por
tanto, debemos defenderla incluso con las armas en la mano. Este carácter
religioso se puede tomar en sentido literal o en sentido amplio. No hay duda de
que el argumento religioso ha sido utilizado ad nauseam.
Así, San Benito, en la Edad Media dirá : “El caballero de Cristo mata
consciente y muere tranquilo. Muriendo se salva; matando, trabaja para Cristo.
Sufrir la muerte o darla por Cristo no tiene nada de criminal y merece una
inmensa gloria”. Y lo mismo o parecido dirán posteriormente Lutero y tantos
otros.
Pero recordemos que el Corán también recomienda: “Haced la guerra contra
quienes no creen en Dios. Hacedles la guerra hasta que paguen el tributo con sus
propias manos y sean sometidos. Cuando os encontréis con infieles, matadles
hasta hacer una gran matanza, matadles allí donde quiera los encontréis,
combatidles hasta que ya no haya más desacuerdos y que sólo subsista el culto
de Alá...” Y esto que suena tan duro , pero antiguo ¿podemos afirmar que no
tiene vigencia actualmente?.
Por otro lado, al margen de las guerras de motivación estrictamente religiosa,
en todo conflicto bélico se recurre a éste factor. Así, en la 2ª Guerra
Mundial, por ejemplo, mientras los italianos presentaban a los soldados (negros)
americanos como iconoclastas y ladrones de iglesias, en Estados Unidos la causa
aliada era presentada como la de Dios y el cristianismo.
Algo similar a lo que hoy día esta ocurriendo en Irak. En Estados Unidos la
religión está tan presente en la vida pública que como decía irónicamente Régis
Debray: “Una cabeza es americana cuando ha reemplazado la política por el
evangelio”.
Ahora bien, esta utilización de la religión no es en absoluto una exclusividad
americana sino algo mucho más general. Otras veces, se tomará lo que aquí
hemos llamado religión en sentido amplio y serán valores como la democracia,
la libertad , la “civilización” o el mercado quienes adquirirán el carácter
sagrado para convencer de la rectitud de la causa, ocultando otras finalidades más
“mundanas”.
Y así, finalmente llegamos al último mandamiento que se enuncia como: “Los
que ponen en duda la propaganda oficial son unos traidores”. En toda guerra
quien muestra prudencia, escucha los argumentos de los dos bandos antes de
definirse o pone en duda la opinión políticamente correcta es tachado de cómplice
del enemigo y acusado de poner en un mismo plano a víctimas y verdugos.
Así, por ejemplo, durante la 1ª Guerra Mundial el presidente T. Roosevelt
manifestaba: “Cualquiera que exprese directa o indirectamente su simpatía por
Alemania en Estados Unidos, debe ser detenido, fusilado, ahorcado o encarcelado
para el resto de sus días”. Durante un conflicto, nadie tiene derecho a
cuestionarse la verdadera razón del mismo, cuando es precisamente en esos
momentos cuando la pregunta tiene mayor importancia, cuando más debería
garantizarse la libertad de opinión para ayudar a superar dicho conflicto.
Pero, como se suele decir irónicamente “la guerra es la guerra”.
Este es el decálogo que Anne Morelli nos desarrolla, basándose en la obra
“Falsehood in Wartime” del político inglés Arthur Ponsoby (1871-1946). ¿Verdad
que desgraciadamente sigue teniendo vigencia?
*Jon Gurutz Olaskoaga, José Manuel Castells, Lamberto Benito del Valle, Baleren
Bakaikoa (Profesores de la UPV-EHU) y Roldán Jimeno (Profesor de la UPNA).