La buena información no produce ciudadanos menos dóciles

Con una afirmación de Ignacio Ramonet: "La mala información produce ciudadanos dóciles", Rubén Martin da título al artículo inserto en esta misma página. 
 
 
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Jaime Richart

Culpar de la docilidad de los ciudadanos a la mala infor­mación me parece una simplificación. Pero no rechazo el aserto por ser una simplificación. No estoy contra las simplificaciones. Son más perturbadoras las complejidades artificiosamente interesadas y el ocultismo. Estoy contra las simplificaciones semivacías. Es que no responde a la auténtica relación efecto-causa ni aun en una parte del binomio.

  Ni siquiera creo que sea bueno culpar de la doci­lidad de los ciudadanos a la mala información. Primero porque los ciudadanos nada pueden hacer y genera impotencia, y tam­poco los multimedios van a cam­biar sus criterios, directrices y vicios deliberados o asumidos, por denunciar nosotros que es falsa su información sin señalar golpeando con el dedo donde está la falsedad cada vez que surge la sospecha. Sólo hay un mecanismo eficaz frente al abuso del poder, pero espanta: ¡la revolución!...

  La inferencia a sensu contrario sería: con una buena in­formación periodística y televisiva el ciudadano (que no sabe y no quiere pensar) pensa­ría mejor. ¿Y qué si pen­sase mejor? Franca­mente, no creo que tam­poco una información veraz, y más que veraz, imparcial, y más que imparcial, rigurosa, originase ciudadanos mucho más rebeldes de lo que son ahora, y en las dosis que lo fuesen no siguiesen siéndolo, como ahora, asimismo de boquilla...


  En cualquier caso son ganas de situar el centro de gravedad del “problema” en su especialidad, la periodística. Pero es como si el oftalmólogo atribuye a razones optométricas la enfermedad ocular que tiene su raíz en una disfunción endocrina. No digo que no influya en alguna medida la desinformación, pero la etiología de los males de nuestra sociedad está en razones más profundas. Creo que hay mucho mayor fundamento para situarla en la educación y formación general de la población. Y esto no tiene solución...  


  La culpa, la etiología de todo está en la educación en sumisión. Lo que se hace en escuelas, institutos y universidades es repetir las orientaciones y prédicas que se imparten en las universida­des estadounidenses donde Marx y otros contracapitalistas están proscritos desde tiempo inmemorial. Por eso no es imaginable en un país occidental un ministro marxista o engeliano o simplemente partidario del colectivismo y del cooperativismo. ¿Qué posibilidades, si ir más lejos tiene de gobernar un partido radical de izquierdas? Tengamos por seguro que, al menos en nuestro país, si se produjese su presencia decisiva en un gobierno inmediatamente iría el ejército a cerrarle el paso al final del pasillo. Ahí tenemos a Lula a punto de fracasar estrepitosamente, y no por su impericia y menos por su poca voluntad. Ahí tenemos a Chávez a punto de su­frir otro asedio como el del Palacio de la Moneda en Chile otro 11 de setiembre, de 1973...

  Ya está el flamante y recién titulado en sociedad para integrarse en ella, y ya está perfectamente preparado para recibir en su pecho al “dios” capitalismo como el menos malo de los siste­mas. Por más objeciones que escuchara en las lecciones de pedagogía del neocapitalismo, no tenían otro fin que el de refor­zar más “el sistema” como dogma. El mismo, Ramonet, razona como un alumno educado, pacífico, constructivo y sumiso. Y es sumiso porque sabe que por ese camino tam­poco se va a ninguna parte. Y él, ellos, son también peligrosos pues forman parte del poder y se integran en el juego del poder... Por eso los centros de poder y de intelligentsia son inmunes a sus denuncias. ¿Ha cambiado algo, se ha notado algo, desde que empezaron a ponerse en marcha en Porto Alegre sus magníficas ideas?

  Luego concurren una serie de concausas más allá de los afiligranados análisis que se hacen al respecto, como el que hace Ignacio Ramonet. Análisis que provocan otra perplejidad de la misma intensidad y efecto de extravío que el exceso de información, pues tampoco aclaran, porque no lo precisan, lo que en definitiva se explica por sí solo. 

  Y que se explica por si solo es evidente con in­dependen­cia de la veracidad o falseamiento de todos y cada uno de los pormenores, casi todos escabrosos, sobre el asunto de una ocupación armada de un país por otro. Y no es que esto sea lo único a lo que se refiere Ramonet. Pero sí es o puede ser el punto de partida de todo lo demás relacionado con la mala información a la que alude y a la que culpa de la docilidad del ciudadano. Los datos económicos son falsos. Los da­tos sobre las causas, la presencia y la permanencia brutal de los yanquis en Irak son falsos. Las perspectivas económicas oficiales en el mundo son falsas. Las estadísticas y sondeos de opinión son falsos. Todo es falso... El 11-S es falso, el 11-M es falso. No falso en cuanto al hecho en sí naturalmente, sino en cuanto a las causas y sobre todo a los verdaderos autores... Sabemos ya, por lo menos los que buscamos la verdad, que todo es falso, aunque sólo sea por el peso de la propia naturaleza de las cosas. 

  La verdad desnuda es simple y no debe por ello mismo intentar simplificarse más. Y es simple con independencia de que la información sea más o menos abundante, más o menos veraz. El ciudadano lo sabe y no hace nada porque nada puede hacer y porque no quiere molestarse en darle muchas vueltas y menos en “tomar medidas” hasta que no le toca a él padecer los abusos del poder... La insolidaridad es galopante. Y pronto llegará un momento en que alguien grite también en Occidente ¡sálvese quien pueda!...

  La cuestión fundamental gravita sobre otro aspecto imparable mediante la palabra. Y es que los que tienen las armas y gracias a ellas ejercen el máximo poder, no van a abandonar ni las armas ni el poder. Los razonamientos frente a ellos son un predicar en el desierto. Y ya tienen previstas las soluciones para la indocilidad eventual de los ciudadanos. El control social lo tienen asegurado. Hasta puede que excite a los déspotas nuestros esfuerzos por hacerles entrar en razón... Los re­sortes falseadamente democráticos están ideados por los custodios de los intereses de las clases dominantes. Las leyes mismas están ideadas y elaboradas por las clases medias justamente para perpetuarse en el poder social, económico y político. Y lo consiguen. Y burla burlando ahí sigue todo como siempre.

  De manera que todo lo que no sea una revolu­ción tradicional en toda regla, no conduce más que a hacer aún más nebuloso el panorama. Por estos caminos encomiables como los que siguen los teóricos del contrapensamiento único, tampoco se va a ninguna parte. Como no se quiere la revolución entre otros motivos porque eso exige tensión vital, medios y voluntad que pocos tienen en realidad, todo seguirá lo mismo hasta que la inminencia del estrangulamiento del sistema económico obligue al poder a dar un golpe de timón. Eso... o un milagro.

  En lo que sí estoy de acuerdo es en que estos medios de contra información o contra medios no no son la solución. Pero yo voy más lejos. Es que amortiguan, contribuyen, como los planteamientos de Ramonet y otros, a parar el golpe revolucionario que está pidiendo a gritos la sociedad occidental. Los celulares, como él dice, los móviles, internet parecen un arma eficaz contra los abusos, y sin embargo nunca, desde Hitler, ha ido tan lejos el poder en acciones abyectas y en mentiras. Que vamos para atrás, a peor, y que en estos foros descargamos nuestras frustraciones es un hecho casi patético porque a nadie se le ocurre ir a formar de una vez las barricadas.

  El enjambre debe golpear ahí, (lo que representa Davos) golpear evidentemente pacífica y políticamente, en términos de discusión de ideas, termina Ramonet.

Por eso digo que no hay nada qué hacer. Mientras ellos, Ramonet y los suyos, todos tan entusiastas de sus ideas pe­riodísticas y teóricas, se limiten a intentar golpear pacífica y políticamente en términos de discusión de ideas, los cirujanos, los dueños del bisturí no sajarán, y el paciente seguirá de­sangrándose ad infinitum.


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