La
boda
José
H. Chela
Canarias
ahora 11 de mayo 2004
A
los republicanos nos importa un pimiento –y la yema del otro- la inminente
boda del Príncipe Felipe y la colega Letizia. Lo que nos importa y nos asombra
es el derroche que va a suponer toda la parafernalia que rodeará el dichoso
enlace. Está claro que la obligación del heredero de la Corona es casarse (así
lo exige la institución para garantizarse su propia supervivencia), aunque no
tenga, que a lo mejor lo tiene, ningún deseo de hacerlo. Y, luego, por
supuesto, también habrá de esforzarse en tener hijitos, a ser posible,
varones, a la espera de que la Constitución se reforme finalmente y deje de ser
monárquicamente machista. Es, pues, lo del matrimonio y la procreación un
asunto puramente laboral en este caso, y, como tal, no habría que darle mayor
trascendencia ni el tremendo bombo que se le está dando.
Pero,
el personal es muy novelero y, al fin y al cabo, el que más y la que menos leyó
o escuchó, en su infancia, algún cuento con príncipes azules y cenicientas
variopintas como protagonistas. Forman esas románticas tradiciones parte de la
educación íntima y nostálgica incluso de los republicanos; qué le vamos a
hacer.
Sin embargo, uno opina que las monarquías modernas –ya que todavía las hay,
a pesar de su anacronismo y de su inutilidad– debieran adaptarse mejor a los
tiempos, dando, por ejemplo, muestras de austeridad, que los tiempos susodichos
están muy chungos y que los embobados ciudadanos (antes, súbditos) las pasan,
mayoritariamente, canutas para que sus familias puedan llegar a fin de mes sin
que falte el potaje en casa y sin que les desconecten la televisión de pago.
También es verdad –y he de reconocerlo- que la boda de marras ha tenido un
efecto beneficioso, lo está teniendo ya, en ciertas economías: la de los
vendedores de recuerdos regios y las de un montón de avispados profesionales
que han aprovechado el acontecimiento para, a su sombra, hacer negocio o para
atraer la atención publicitaria sobre sus personas y sus empresas. Desde músicos
que no vendían un disco desde hace años y que se han apresurado a componer una
novedosa marcha nupcial en honor de los contrayentes, hasta pasteleros que
elaboran tartas alternativas, pasando por escritores que publican libros sobre
la real pareja, pintores que pintan a la novia sin que ella se lo haya pedido,
artistas plásticos que venden sus obras como churros a las instituciones para
que sus esculturas sirvan como obsequio oficial a los desposados, etcétera, etcétera.
Cuando hablo de derroches, no me refiero, claro está, a los gastos del almuerzo
o de la cena tras la ceremonia, que no sé lo que será, sino a todo lo que va a
rodear al fausto suceso: desde las atenciones a los cientos de ilustres
invitados extranjeros a la decoración de calles y avenidas, pintura y
adecentamiento de edificios por donde transcurrirá la comitiva, seguridad,
protocolo, floristerías y sigan ustedes contando pequeños, medianos y
trascendentes numerosos detalles que costarán un pastón inimaginable y que
pagaremos todos los españolitos. Sean monárquicos o no. Españolitos que no
sabrán nunca, me temo, a cuánto se elevarán, exactamente, los gastos del
cacareado enlace.
Aunque, bien mirado, tampoco es cosa de agarrar una calentura a cuenta del
evento (la Academia, tan acomodaticia últimamente, ya ha aceptado esta palabra
para definir un espectáculo en absoluto sujeto a veleidosas eventualidades). No
es cosa de encochinarse, digo, porque tampoco iba a ser menos el Príncipe de
Asturias, puesto a contraer matrimonio, que la hija de Aznar. Pongamos por caso.
chela@canariasahora.com