Hay que introducir una palabra en la línea de comandos. Igualdad
Carlos Sánchez Almeida 21
de mayo 2004
"Hace
poco estuve en Disney World, concretamente en la parte llamada el Reino Mágico,
caminando por Main Street USA. Esta es la perfecta pequeña ciudad victoriana y
cuca que lleva al castillo Disney. Había mucha gente; nos abríamos camino más
que caminábamos. Justo delante mío
había un hombre con una videocámara. Era una de esas nuevas videocámaras en
las que, en vez de mirar por un visor, contemplas una pantalla plana en color
del tamaño de un naipe, que televisa en directo lo que quiera que la cámara
esté grabando. Sostenía el aparato cerca de la cara, de tal modo que le tapaba
la vista. En vez de ir a ver una pequeña ciudad de verdad gratis, había pagado
dinero por ver una falsa, y en vez de verla a simple vista estaba contemplándola
por televisión."
La cita
pertenece a "En el principio fue la línea de comandos", de Neal
Stephenson, y ejemplifica a la perfección el proceso mediante el cual estamos
ansiosos por ser cómplices de nuestro propio engaño.
El ciudadano occidental necesita una interfaz que le permita la
comunicación con una realidad que le da vértigo conocer.
En el ámbito de la informática, son mayoría los usuarios que no
quieren conocer el verdadero funcionamiento de la máquina: su única aspiración
es una pantalla simple, sin complicaciones.
La complejidad les da miedo.
El
sistema político-económico también necesita de una interfaz.
Es necesario para su estabilidad que los consumidores no conozcan los
resortes internos del sistema de poder. A
un usuario simple le basta con tocar de vez en cuando algunos botones, el
sistema se encarga del resto. Una
vez cada varios años, el usuario debe limitarse a depositar su voto: la máquinaria
estatal se encargará de controlar todo lo demás.
Sería peligroso que los consumidores supiesen más: querrían
convertirse en ciudadanos.
Los
representantes políticos y los medios de comunicación desarrollan en nuestro
sistema social las mismas funciones que, en los sistemas operativos de nuestros
ordenadores, son desempeñadas por la interfaz de usuario.
La continuidad de la maquinaria productiva exige que no sepamos más de
lo que ellos nos muestran. Y la
mayor parte de nuestros conciudadanos no quiere saber más: bastante complicada
es ya la vida. Que el Mercado
decida por ellos.
Vivimos
en una falsa ilusión de democracia. Los
derechos fundamentales, la esencia misma de un sistema social libre, son una
pura entelequia. Están enterrados bajo toneladas de burocracia estatal: eso
es algo que sabe cualquier inocente que haya intentado ejercer sus derechos.
En la práctica, en nuestra vida cotidiana, es el sistema económico el
que impone las reglas. Y ese sistema económico necesita que no conozcamos el
funcionamiento de la máquina: podríamos intentar cambiarla.
En la
pasada guerra de Irak, vivimos el curioso fenómeno de los periodistas
"empotrados" en unidades militares.
Tres círculos concéntricos de engaños: unidades militares que obedecen
órdenes, los periodistas que sólo ven lo que el militar les enseña, y el
espectador que sólo ve lo que quiere enseñarles el medio.
Y a pesar de tanta mentira, la verdad se filtró.
El
próximo sábado presenciaremos un nuevo ejercicio de hipnosis colectiva: las
calles de Madrid se convertirán en un inmenso plató de televisión, para
asistir en directo a una ceremonia en la que, nuevamente, se "empotrarán"
periodistas y militares. El mensaje del medio no puede ser más claro: no todos somos
iguales, pero todos podemos ascender socialmente. De nuevo la interfaz del sistema nos dejará escoger, en una
falsa ilusión de libertad: podremos elegir entre apagar o no la televisión.
Decía
Neal Stephenson -traducido en España por Sindominio- que para liberarnos de la
interfaz del sistema hemos de recurrir a la línea de comandos.
Sólo la línea de comandos nos permite hurgar en las tripas de la máquina
y hacernos dueños de nuestro propio destino.
El próximo sábado hay que introducir una palabra clave en esa línea de
comandos.