Las cuentas del gran capitán
Juan
Francisco Martín Seco
Estrella Digital
No hemos
logrado saber aún el coste de los fastos y romerías que han acompañado la
boda de don Felipe y doña Leticia, y mucho me temo que jamás lo conoceremos.
Lo que sí hemos averiguado es la cuenta de la aventura de Irak: 60.000 millones
de pesetas. Claro que, a decir verdad, nos hemos enterado porque ha cambiado el
Gobierno, de lo contrario se habría transformado en la cuenta del gran capitán.
Uno de los principios básicos de toda democracia es la transparencia
financiera, es decir, la obligación que tiene todo gobernante de explicar a la
sociedad cómo emplea los recursos públicos. La liturgia presupuestaria obedece
a esa finalidad, pero el exceso de información - debidamente condimentada, además-
y los tecnicismos ocultan bastante más que lo que clarifican. La disparidad de
agentes y organismos públicos coadyuvan por otra parte a la confusión. Por
ello, nunca sabremos el coste global de la boda, y no nos habríamos enterado
del de la guerra de Irak de no haber cambiado el Gobierno.
Me parece estar escuchando al pequeño Bush, el del pucherazo, farfullando un pésimo
castellano e intentando convencer a la opinión pública española de los
enormes beneficios, lluvia de bendiciones y dones, que se seguirían de nuestra
participación en la contienda. Ahora ya está claro el resultado: la vergüenza
de haber sido cómplices de todo tipo de atrocidades, algunos muertos dentro y
fuera, y el haber derrochado 60.000 millones de las antiguas pesetas. No es
cuestión de empezar a enumerar todas las cosas que se podrían haber hecho con
esos fondos. Necesidades no faltan. Pero lo que se demuestra una vez más es
que, cuando un gobierno tiene interés en hacer algo, saca el dinero de debajo
de las piedras, y la apelación a la falta de recursos es tan sólo un eufemismo
para indicar que la medida no es suficientemente prioritaria en su política.
Se ha dicho que la política es el arte de lo posible, pero algunos estrechan
conscientemente el margen de esa posibilidad de acuerdo con sus intereses, y
disfrazan de imposibilidad aquello que no les conviene. El retorno de las tropas
de Irak ha demostrado que el margen de actuación de los gobiernos es mucho más
amplio de que lo que a menudo se afirma. Es de alabar la audacia del actual
presidente de Gobierno dando la orden antes de que se desataran todo tipo de
presiones y los cuervos comenzasen a graznar anunciando los desastres que se
derivarían de tal medida. Es una pena que el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero
no adopte la misma postura en materia económica, y haga oídos sordos a los
profetas de la necesidad y de la conveniencia.
Si la aventura ha costado a un país como España 60.000 millones de pesetas,
podemos preguntarnos cuál habrá sido el coste total de la guerra y de la
posguerra. ¿Cuántos ceros se precisan añadir? ¿Qué cifras fabulosas habría
que manejar? ¿Cómo es posible que después afirmemos que el Estado del
bienestar es insostenible? Insostenibles son las guerras y se mantienen. Con
todo, el mayor costo de las contiendas no se encuentra en los enormes recursos
que en términos materiales absorben, sino en el dolor que producen. ¿Podemos
acaso sospechar el sufrimiento que se ha generado inútilmente?
EEUU, con la vista puesta en Irak, acaba de conmemorar el Día de los caídos.
En nuestro país, en Almería, el domingo pasado, se celebró también el Día
de las Fuerzas Armadas dedicado a rendir homenaje a los españoles fallecidos en
eso que tortuosamente llaman misiones de paz. La paz casa bastante mal con el ejército.
¿Cómo se pueden calificar de misiones de paz las actuaciones en Afganistán y
en Irak? Las sociedades americana y española, inflamadas de patriotismo,
conmemoran a sus muertos. Sólo que los muertos los ponen siempre los mismos. Ejército
profesional. Seguro que la opinión pública sería menos propicia a las
misiones de paz si a ellas tuviesen que ir el hijo de algún ministro, de algún
insigne tertuliano o director de periódico, o de algún banquero, en lugar de
los chicanos, ecuatorianos o los que no tienen dónde caerse muertos. Sería
sumamente interesante hacer un análisis de cuál es la extracción social de
los soldados profesionales.