Las demandas populares traslucen la proximidad de cambios
políticos
radicales. Deben ejecutarse con decisión y sin miedo
Deprisa, deprisa
Oriol
Bohigas
elperiodico.com
9 de mayo de 2004
Hace unos
meses que parece que se avecinan cambios políticos radicales. Algunos se
anuncian, algunos ya se han iniciado y unos cuantos parecen flotar en el
ambiente de las progresivas demandas populares. No parece lejano el día en el
que, pase lo que pase, estos cambios se solidifiquen: la mejora de la educación
pública en calidad y en equidad social, las soberanías nacionales con
interdependencias libremente establecidas, la real separación del Estado y las
iglesias, la transferencia de la Monarquía a la República, los derechos
indispensables para una vida y una muerte dignas, las normas electorales para
conseguir una democracia de verdad, la representación en Europa según las
realidades territoriales y nacionales, la atención a las minorías lingüísticas,
el nuevo plan hidrológico, el cambio de planificación de infraestructuras, etcétera.
YA SABEMOS que la historia va por este camino y que, con tiempo y paciencia,
todo esto será realidad, si no llega algún que otro obstáculo. La meta es
incontrovertible. Lo que hace falta es hacerlo deprisa, sin dudas, con
resultados comprobables como los que el Gobierno de Zapatero nos ha ofrecido en
temas complicados como el retorno de las tropas de Irak o la paralización de la
LOCE, aunque en algunos temas más locales no aparenta tener tanta prisa.
La lentitud en ciertos cambios no parece deberse tanto a dificultades reales
como a estrategias menos confesables. Es más fácil introducir el catalán en
Europa y devolver los papeles de Salamanca que retirar las tropas de Irak. Las
dilaciones tienen dos inconvenientes: hacen perder credibilidad y abren un
periodo en el que las ideas se diluyen y los conservadores cogen aliento para
hacerlas tambalear, especialmente cuando en el otro lado escasea la confianza.
Cualquier revolución es más eficaz si se hace de prisa, sin miedo a las
rupturas. Y sólo así se puede evitar un periodo de desconcierto. Ya sé que
los cambios de ahora no llegan a ser una revolución en términos tradicionales.
Pero lo son por el relanzamiento de la democracia.
En el glosario de Xènius de los años 1917 y 1919 hay muchas referencias a este
problema, atendiendo la conmoción sindical de aquellos años en Catalunya.
Existe una glosa que se titula De pressa, de pressa. Y otra en la que aún es más
explícito: "Contra una opinión muy corriente, yo creo que, en ciertos
cambios, el ahorro del desorden y de la anarquía no está en la lentitud, sino
en la rapidez. Hay que proceder como un buen cirujano, como un buen dentista: ¡Esto
es un ay" La prisa y la inmediatez son, pues, instrumentos para la eficacia
de los cambios y para mantener el orden. Pero los jerarcas del catalanismo
conservador que dominaban la política no se lo creyeron y contribuyeron con
indecisiones a los posteriores desenfrenos. Estas glosas fueron seguramente
elementos acusatorios que contaron en la famosa defenestración de Xènius de la
Mancomunitat. Poner sensatez y prisas a la revolución o a los cambios es,
esencialmente, mal visto por los que no la quieren a ningún precio. No hay que
caer en los mismos errores.
PERO TENEMOS que reconocer que no todos los temas se pueden incluir en un mismo
ritmo de calendario y método de decisiones. Temas como la República o la
exigencia de una real separación Estado-Iglesia quizá no pueden resolverse tan
de prisa como los que dependen de un decreto o una ley del Parlament.
Es preciso que, antes, los conflictos queden más evidentes y más reconocidos
por la ciudadanía. Es preciso, por ejemplo, que se multipliquen escenas tan
antimonárquicas y anticatólicas como la boda principesca. El exhibicionismo
trasnochado de las familias reales destronadas o en peligro de serlo y la
presencia de cardenales y mensajes papales deben de haber hecho reflexionar a
muchos ciudadanos contra el trono y el púlpito.
Jaume Reixach lo ha dicho claramente en el Avui: "¿Era necesario que el
Papa y los cardenales avalaran la boda del Príncipe? ¿No habría sido mejor
distanciarse? ¿No habría sido más elocuente la ausencia que la
presencia?". Pero todavía añadiría: ¿por qué había que dar solemnidad
estatal al rito católico cuando en el país existen otras religiones? ¿No se
podía centrar la fiesta al único acto común y laico que es la boda civil y
dejar la religión para un acto privado si los novios son, de verdad, católicos?
Me parece tan evidente que me lleva a pensar que estas escenas anormales irán
provocando la exigencia de corrección a medio plazo. Pero hay que ayudar a que
esto ocurra para que no sea muy tarde y los cambios indispensables no lleguen a
deshora. "Deprisa, deprisa", como decía Xènius, pero con la ayuda de
la persistencia de errores tan visibles como esta boda. Que siga la comedia y
que el panorama se aclare de prisa por sí solo.
* Oriol Bohigas. Arquitecto.