Curso de España
para principiantes
Malali Labrac 29
de Mayo 2004
A los compañeros Luis Lavandeyra y Ana Cauwel
El bólido supersónico de Fernando Alonso recorre velozmente todos los grandes
circuitos del automovilismo mundial mientras cada vez más súbditos del Reino
de España lo contemplan extasiados al otro lado del televisor. La bandera
rojigualda ondea cuando el piloto asturiano consigue terminar entre los tres
primeros, y la alegría invade las vidas de los buenos españoles. Fernando
Alonso es considerado un gran héroe nacional, el coloso hispano que
acabará con el reinado interminable de Michael Schumacher.
Los poderes mediáticos han trabajado bien, han creado un ídolo de masas para
la España monárquica que aupó al poder a la derecha franquista y, tras ocho años,
la sustituyó por la socialdemocracia liberal. Alonso ha acabado siendo
un símbolo de la unidad de la patria, al igual que el Real Madrid o las Fuerzas
Armadas. El automovilismo une a las masas, contribuye a su alineación, es una
dosis más de opio para el jodido pueblo. La España que nos legó el Carnicero
de El Pardo resurge victoriosa tras el momentáneo fracaso de su versión más
radical, cuando Bono ocupa el ministerio de
Defensa Preventiva, cuando Herritarren Zerenda es ilegalizada o cuando el piloto
de Fórmula Uno hace un buen puesto en cualquier carrera. Una patria inventada
durante las cuatro décadas fascistas para enterrar bien hondo el cadáver de la
otra España. Mientras la República moría en las cunetas, los jerarcas
fascistas creaban la España Una Grande y Libre, que suavizada y domada, es la
misma que nos toca sufrir en este mayo de 2004. Una España quese cuartea poco a
poco y necesita más parches en cada ocasión, un Régimen acosado por los
nacionalismos periféricos, la izquierda revolucionaria y el movimiento
republicano, una gran mentira que tortura a Unai Romano, juzga a Diego Cañamero
y casa a un Borbón para poder sobrevivir.
La Constitución del 6 de diciembre de 1978 es el alma unificadora de la
democracia burguesa que parieron conjuntamente el Departamento de Estado, Willy
Brandt, Juan Carlos Borbón, Adolfo Suaréz y Santiago Carrillo. El texto
constitucional de marras, virginal cómo María, nos es presentado por muchos cómo
la perfección encarnada en Carta Magna. Algunos valientes, entre ellos el juez
Joaquín Navarro, han desmenuzado concienzudamente el texto, y lo han
desembarazado hábilmente de las múltiples máscaras que le habían colocado
los panegiristas de ayer y de hoy. Tras leer las conclusiones de
estos estudiosos, comprendes el verdadero carácter del Régimen: un Estado
capitalista, burgués y subimperialista , sometido al Imperio USA y a las demás
potencias imperialistas, que somete a los trabajadores y a los pueblos a la más
cruel explotación , que concede derechos civiles y sociales para luego ir
recortándolos poco a poco mientras transcurren los gobiernos y los parlamentos
y permanece la omnipresente patronal de los explotadores.
Salir a las calles de los pueblos y ciudades del Estado Español y explicarles a
las gentes el verdadero rostro del conglomerado en el que habitan, puede ser
peligroso. La manipulación de los medios construye desde hace décadas en las
maleables mentes de los españoles un Matrix castizo, un país de cuento de
hadas amenazado por el terrorismo, el separatismo, la inmigración y demás
demonios familiares. El juancarlismo potenció el franquismo sociológico,
consolidándose el españolismo agresivo y canalla que conforma el electorado
del Partido Popular. Un españolismo más moderado y
socializante reside en los votantes del PSOE. Estas dos corrientes,
fundamentales en la España de nuestros días, tienen más aspectos en común de
lo que pudiera parecer a primera vista. Unidos son el ariete defensivo de la
Santa Constitución (Aunque algunos de ellos quieran reformarla en cuestiones
sensiblemente menores), forman la muralla patriotera que resguarda el
capitalismo neoliberal y la monarquía Borbón. Estas personas no aceptan
ninguna crítica al sistema o a la podrida unidad de la patria. El estigma
maldito del terrorismo etarra caerá sobre quién se atreva a cuestionar la
fantasía en la que viven. Los que no sean llamados etarras serán unos ilusos y
utópicos sin cabeza, unos radicales que no entienden la democracia.
No nos extrañemos si algún día se ilegaliza a todas estos ciudadanos para
preservar la pureza intangible del Estado de Derechas. La independencia de los
poderes del Estado no es más que una quimera, una entelequia pasada de
moda para los fieles servidores de las transnacionales del crimen y la explotación,
un triste sueño de una ajada noche de verano. Si mañana ilegalizarán Euskadi,
pusieran fuera de la ley a las mujeres y hombres de la CAV, todo sería fiel a
su Constitución, eficazmente interpretada.
Aún así, no debemos rendirnos, no podemos rendirnos, no queremos rendirnos.
Debemos gritarle bien alto que no creemos en su patria, en su bandera, en su
"constitucioncilla", en sus partidos políticos, en sus prohombres, en
sus borbones, en sus equipos de fútbol, en sus empresas, en sus emprendedores,
en sus criminales, en sus explotadores, en sus aznares, en sus felipes, en sus
carrillos, en su democracia, en su telebasura, en sus misiones humanitarias, en
sus guerras, que no creemos en esta mierda. El pesimismo que me abruma no
me hace ciego para ver lo que ocurre en las múltiples periferias de su
realidad, para ver que a pesar de los pesares, la Tercera República está a la
vuelta de la esquina. Puedo recordar que cada once tiene su trece, que toda
revolución empieza por una contrarrevolución. Después de Octubre, siempre nos
quedará Noviembre.