Boda zombi
Tremendo
Melón
Es bastante
probable que cualquier crítica de un espectáculo, aun la más ácida o sádica
de todas ellas, no sea en realidad más que un simple matiz subordinado al
propio espectaculo, por lo que me abstendré o intentaré abstenerme de aportar
nuevos puntos de vista a una crónica que, en cualquier caso, hace ya muchas páginas
que ha rebasado los límites de lo pornográfico. ¿Qué puede entonces
comentarse acerca de la boda del príncipe y su puta (en el sentido más rapero
del término) sin incurrir en colaboracionismo? Se me ocurren dos cosas: el
insulto directo y sin tapujos: "los responsables de este circo estúpido
son unos parásitos sin vergüenza que en un país menos anestesiado
que éste serían objeto del escarnio público"; y la obviedad que todo el
mundo sabe pero que nadie dice: "los atentados del 11 de marzo han
aumentado fabulosamente el potencial de impactos mediáticos del evento
-publicidad gratuita, sí, pero no sólo eso: además de atención mediática y
tensión dramática, las muertes regalan a la farsa una pseudocoartada (en el
curioso lenguaje del espectáculo funciona como coartada auténtica) que permite
a sus protagonistas representar sin complejos el macabro papel de padres de la
patria-. Al fin y al cabo, todos los reyes, emperadores, dictadores, sacerdotes
o gurús de hoy y de siempre han bebido la sangre de los sacrificios para
preservar el carisma de sus personajes y de paso estimular el miedo del rebaño,
que nunca viene mal."
Lamentablemente, nada de lo que pueda decirse o hacerse detendrá la
infernal maquinaria que dentro de unos días salpicará las pantallas de medio
mundo con el semen sanguinolento de esta paja insensata que es la monarquía
democrática (sic) española. La sangre muerta de los flamantes mártires será
regada por el esperma podrido de una dinastía casi póstuma en una ceremonia
sencilla y en apariencia absurda pero que zigzaguea entre diversos planos de
significado, oscuros y perversos todos ellos. El mensaje es, eso sí,
rotundo: vosotros saltáis en pedazos, nosotros celebramos. O mejor: ellos
celebran, porque los protagonistas de este cuento no suelen decir nada, sólo
saben salir de sus tumbas-palacio para vagar por el cementario mediático,
farfullando sonidos incomprensibles a la manera de los muertos vivientes, zombis
capaces de absorber todas tus reservas energéticas con sólo mirarte.
Zombi Juan Carlos, zombi Sofía, príncipe zombi Felipe, las
infantas zombis… ¿alguien puede negar que es zombi Marichalar? Y la novia del
príncipe, ese busto parlante, muerta viviente, ¿acaso no cambió la ce de su
nombre por la zeta de zombi?
Una cosa es verdad: ellos son especiales, no son como nosotros, simples
ciudadanos. No es que estén desnudos: están muertos. Caminan, hablan y ríen
como muertos. Y si bien es cierto que estamos todos muertos, la diferencia está
en que ellos se niegan a aceptarlo, se proclaman eternos, y de ahí su afición
a las momias, pirámides, mausoleos, museos o libros de historia, y atención
ahora porque viene el punchline:
En una sociedad inteligente los muertos se incineran o se entierran.
Nunca se les permite pasearse en público, mucho menos casarse. Y no se trata de
una cuestión moral, sino de salud pública. Pura higiene.