
Superar al PP
Mariano Monge Juárez
IzaroNews 14-
08-2004
La política de extrema derecha que practica el PP en los últimos dos años,
incluso más radicalizada desde su salida del gobierno, hace que muchos sectores
de la izquierda, el centro y el nacionalismo no españolista no terminen de
superar el trauma producido por las barabaridades peperas en los últimos
tiempos. Quizá pretendemos resucitar aquel espíritu antifranquista de los años
setenta que rejuvenece a algunos. Es como si en el fondo empezáramos a echar de
menos la vida contra Aznar.
No pasamos una, respondemos a todos los disparates. Desde un flanco u otro,
siempre hay un ataque frontal contra los neofranquistas. No estoy seguro de si
esto es una estrategia del todo buena o es lo que precisamente busca el Partido
Popular. Creo que va siendo ya momento de considerar al PP un partido de oposición,
y sobre todo, de dejar de ser contra-oposición. Los disparates del PP y sus
aliados son alardes de cinismo, provocaciones y sobre todo, muestras de la
impotencia que les produce haber perdido las elecciones generales. El PP se
defiende de su fracaso atacando.
Ya sabemos su enorme poder de manipulación, pero creo que hay disparates que no
merecen ni repuesta. Actualmente, los del PP se comportan como una banda de
terroristas verbales, que buscan la publicidad con sus rebuznos y ofensas a la
dignidad democrática y a los derechos humanos. La derecha española se ha
significado de nuevo como lo que es y sobre todo, como lo que ha sido siempre:
un grupo de caciques sin más intereses que la defensa de sus cortijos.
Desconocen la democracia porque han crecido y se han formado entre la dictadura
franquista y las faldas del Opus Dei y ni quieren ni pueden quitarse ambos
lastres de encima porque les son gratos. Les apesta la libertad, siguen creyendo
en la "dialéctica de los puños y las pistolas", como anunciara su
profeta José Antonio Primo de Ribera antes de la guerra civil.
A pesar de todo ello, voy a intentar que este sea uno de los últimos artículos
que padezca como tema directriz los excesos del partido fundado por "Fragasaurus",
aunque sé que va a ser dificil. Decía Jardiel Poncela que "los hombres
que no tienen nada que decir hablan a gritos", y viene bien, a propósito
del penúltimo artículo de Ricardo Solaguren, "El que más grita más daño
hace". Esto es exactamente lo que le pasa al PP, que ha perdido la razón y
pretende hacer ruido, crear polémica, negar las evidencias.
El cinismo siempre ha funcionado, ellos lo saben, como también son conscientes
de que han actuado muy mal y de muy mala fe en asuntos de gran importancia para
todos: el Prestige, la Asamblea de Madrid, la guerra de Irak y el desgraciado 11
de marzo. Siguen el viejo truco de decir las mentiras cada vez más grandes
porque son más creibles, pero no hay que morder con tanta facilidad el anzuelo.
Considero más saludable un discurso esencialmente constructivo; a la
"heterodoxia" política le hace falta exponer sus ideas y alternativas
con creatividad ante la contundencia y funcionalidad que caracteriza siempre al
proyecto conservador, casi siempre exitoso. Es necesario y legítimo el
planteamiento de otras reglas del juego en clave positiva, diferentes de las
actuales, y, sobre todo, más justas.
Tres ejemplos podrían darnos una pista: las reglas del juego político en una
democracia –la Constitución- no pueden ser inamovibles porque contravienen el
propio espíritu de la democracia; la igualdad real de los ciudadanos ante la
ley no puede ser tan vulnerable como lo es ahora mismo; el derecho de
autodeterminación de los pueblos es una condición sine qua non, es posible el
ejercicio de los derechos y libertades más elementales de los ciudadanos.
Ante semejantes fraudes es insuficiente la denuncia, hacen falta propuestas
afirmativas: la política de referendum y de reforma o derogación
constitucional en beneficio de un nuevo texto más adaptado a los problemas del
momento -es imprescindible votar una constitución en libertad que supere la de
1978-, la abolición de las fianzas para salir de la cárcel, el tratamiento
equivalente de los internos en instituciones penitenciarias y, por último, el
respeto y praxis de los derechos colectivos: derecho al pleno de una lengua en
juzgados, parlamentos, universidades... Estas podrían ser propuestas positivas
en el cambio de sociedad que muchos pretendemos.