
No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia.
Juan Carlos
«El Rey»
Noticias de
la España (y de la France) cañí.- Bono la lía (Una vez más)
Joaquim Pisa
14 de octubre 2004
El martes día 12 de octubre es, además del día de las Pilaricas y de la fiesta nacional/regional de Aragón, el Día de la Hispanidad. O eso dicen ahora. Cuando yo era niño y mandaba aquél señor gallego y bajito, éste era el Día de la Raza. Nunca entendí bien a qué raza se refería, pero al parecer Franco creía seriamente en la existencia de una raza española, dotada de genes invictos y todo eso; el fascismo doméstico nunca tuvo sentido del ridículo, como es bien sabido.
En aquellos tiempos había unos desfiles tremendos, que duraban horas y horas. En la tele los retransmitía un señor que se conocía al dedillo todas las unidades que desfilaban y las que se habían quedado sin desfilar. En las tribunas de aquellos desfiles habían muy pocos señores vestidos de civil y casi ninguna señora; casi todos los asistentes vestían uniforme militar y eran bastante mayores.
De aquellos polvos, estos lodos. Todos los gobiernos y casi todos los políticos de la democracia de después de Franco han hecho equilibrios y juegos de manos con esto de los desfiles patrióticos, la asistencia a tribunas presidenciales y los juramentos a una bandera que muchos siguen mirando de reojo. La política tiene estos peajes, ya se sabe. Y hay quien siente cierto gusto sádico viendo a los políticos pagarlos; como por ejemplo, un servidor.
La cosa es que el martes por la mañana me instalé ante la tele para ver el desfile, mientras desayunaba y ojeaba el diario. La verdad es que me lo pasé en grande. Más que por el desfile propiamente dicho, por el espectáculo que ofrecieron la mayoría de asistentes a la tribuna, un sitio donde habitualmente la gente pone cara seria y está más tiesa que un palo.
Pues resulta que en esta ocasión, en la tribuna hubo más tomate que en un programa de salsa rosa. Recapitulemos. Fraga estuvo a pocos centímetros de besarle la mano a Maragall, después de hacerle una reverencia con la pata chula como si el presidente catalán fuera una Infanta o un cardenal; Gallardón y Esperanza Aguirre se insultaron por lo bajini; Gallardón y Acebes se insultaron a gritos; el Rey regañó a Bono como si fuera un colegial; los embajadores de EEUU y del Vaticano brillaron por su ausencia (no encontraron medio de transporte para acercarse al desfile, dijo el yanqui; podían haber ido en Metro, digo yo); y en fin, los “reconciliables” republicano y fascista –plato fuerte de la jornada- ni se miraron a la cara y se ignoraron ostentosamente (“¿cómo voy a explicar cuando vuelva a París que he estado al lado de un nazi?”, se preguntaba ante las cámaras de la tele el bueno de Luis Royo). En fin, la leche, con perdón.
Y mientras, por delante de la tribuna iban pasando soldaditos vestidos de blanco y equipados para la nieve –con el solete que estaba cayendo-, legionarios despechugados –incluida la cabra Blanquita, a la que debían haber dado pase de pernocta en el Guiñol del Canal Plus-, regulares uniformados como jenízaros de opereta –si añaden a Gary Cooper hubiera salido una escena de “Beau geste” de lo más molona-, los tricornios de la Guardia Civil –que desde que se los volvió a poner el PP parecen otra vez como más guardiaciviles, no sé si me explico-, y en fin, el sunsum corda armado patrio. Hubo un momento en que salieron media docena de soldados franceses a paso ligero, y ahí estuve a punto de prorrumpir en vivas al 2 de Mayo y a Agustina de Aragón, pero me contuve a tiempo. De todas maneras, mejor que desfilen los franceses que los hijos de Bush; sin comparación posible, oiga.
O sea que en líneas generales, la cosa fue divertida. Y sin embargo sigue pareciéndome incomprensible el empeño de Bono en “compensar” la presencia por primera vez de un antiguo combatiente republicano, invitando para ello en plano de igualdad con él a un antiguo –no sé si actual- nazi. Incluso Bono debería saber que no “to er mundo es güeno”, y menos cuando el nazismo sigue siendo una realidad histórica objetivable y una amenaza asimismo real para el presente y para el futuro.
Se dirá que todo es en aras de la reconciliación, que hay que olvidar el pasado fratricida, y bla bla bla. No sé yo. Por ese camino el año próximo igual se le ocurre a Bono hacer desfilar a una víctima del terrorismo etarra al lado de Mikel Antza. Puestos a reconciliarlos, tampoco es que sean elementos más dispares que los de este año; tanto como ellos sí, pero más seguro que no.
En fin, que si en cualquier país europeo normal un ministro de Defensa organizara la patochada que montó Bono con el desfile de marras, a estas horas ya habría un trasero nuevo ocupando el sillón de ministro. Pero Spain is different, ya se sabe.
DEL ENGORDE DE PATOS COMO METÁFORA POLÍTICO-EXISTENCIAL
Los franceses son gente seria, ya lo sabíamos. Cuando el Estado francés se pone a desmantelar una organización ilegal (ya sea de terroristas o de apostadores al parchís), la desmantela y punto. Es lo que ha pasado con ETA. “Vamos allá”, se han dicho los franchutes. Y zas, al trullo. La cosa ha sido tan fuerte que Imaz ha declarado que de este golpe “ETA no podrá recuperarse, como hizo después de las detenciones de Bidart”(sic).
Bueno, no crea usted, señor Imaz. Todo depende de que el PP se proponga que ETA se recupere: repasen las hemerotecas del período 1993-1996, y sabran cómo. Zapatero, prepárate, porque de aquí a un año o dos, a medida que las encuestas te acerquen a la mayoría holgada, te van a empezar a dar paletadas de “cal viva” mediática con la excusa de ETA. Y sino, al tiempo.
Otro asunto es porqué los franceses han decidido que éste y no otro era el momento de descabezar ETA. Según EL PAIS del 14 de septiembre último, parece que la organización terrorista le estaba siguiendo la pista a varios policías franceses. Pues quizá haya ahí un motivo. O tal vez, lisa y llanamente, estemos ante una especie de regalo de bienvenida francés a Zapatero. Tampoco sería de extrañar. Es sabido que Francia desde siempre ha dosificado el asunto ETA de acuerdo exclusivamente con sus intereses y no con otras consideraciones.
Lo más curioso de toda la operación ha sido el arresto de Mikel Antza y su compañera y al parecer colega en la dirección de ETA. Resulta que según hemos visto en la prensa estos días, ambos residían en una verdadera “mansión campestre” (así la califican los diarios, y las fotos no lo desmienten), situada en un paraje idílico, aparentemente dedicados a la cría de patos destinados a convertirse en rico foie gras. Eran buenos vecinos, serios y tranquilos. Una vida plácida y hasta un poco hippie, en suma.
Dice la prensa que cuando los polis franceses irrumpieron en la casa, encontraron al señor Antza escondido detrás de una puerta. Supongo que también abría cerrado los ojos para no ver lo que se le venía encima. En algún momento de nuestra vida todos hemos deseado ser invisibles, pero parece que esta vez tampoco el señor Antza lo consiguió; otra vez será.
Y en fin, todos sabemos que desde que fue liquidado el feo asunto del GAL, cuando la policía detiene etarras a un lado u otro de la “muga” primero les convida a chocolate con churros, luego les hace la manicura, y por último les llevan al palco del Real Madrid para que se entretengan mientras esperan al juez. O al menos eso es lo que ocurre de creer a personas tan serias y responsables como el ex presidente Aznar, el ex ministro del Interior Acebes o el ex ministro de Justicia Michavila. Aunque es probable que una vez vueltos los socialistas al poder, los interrogatorios policiales los dirija de nuevo Fu-Man-Chú en persona, y entonces ya estemos otra vez como antes. Peste de democracia, que diría Forges.
Así que por si acaso, un ayuntamiento de Euskalerria cuyo nombre no recuerdo (ni ganas), se ha apresurado a interesarse por la salud de la señora compañera y colega de Mikel Antza. Un tanto precipitada la cosa, porque ni siquiera le ha dado tiempo a su abogado a interponer una querella por torturas, pero bueno: así como hay abogados o farmacias de guardia, parece que también hay “ayuntamientos de guardia”, prestos al quite y a poner la venda antes incluso de que el interfecto haya aducido herida alguna.
A los franceses estas cosas se las traen al fresco, no sé si me entienden. “La Republique” pasa por encima de todo, como una apisonadora que todo nivela y a la que nadie cuestiona. En España es diferente, claro: en España y aledaños todo el mundo se la coje (o finge hacerlo) con papel de fumar. Y luego pasa lo que pasa.
De todos modos, a mí me sigue llamando la atención lo del engorde de patos. Lo encuentro como muy metafórico, y además tan tópicamente francés que resulta hasta cañí. También es casualidad que entre las múltiples ocupaciones campesinas posibles, eligieran cebar a esos pobres bichos y aguardar tranquilamente hasta que el hígado les sale por las orejas como quien dice, para entonces ¡pataplán!.
Ahí hay mucho Freud escondido, se lo digo yo.