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No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia.
Juan Carlos
«El Rey»
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Nos
sobran razones
Salvador Crossa Ramírez
No
podemos, se comprenderá, como ciudadanos libres que queremos ser (¡y bien
que lo pretendemos día a día!), dejar de cuestionarnos todo lo que se nos
antoje o nos venga en gana, incluso al propio Rey y la institución monárquica.
Pero, seamos sinceros, no se nos oye ahora tanto como quisiéramos. Cuando
decimos ¡República!, mucha, demasiada gente, mira con disimulo para otro
lado. Aunque seamos pocos y apenas se nos tenga en cuenta, no tenemos porqué
cohibirnos en denunciar la falta de transparencia informativa que rodea a la
corona y a su ámbito familiar mas cercano, ni el exceso de privilegios con
que se mima al monarca para mantenerle izado en su prestigio y protegido de
cualquier crítica, justa o no. A pesar del trato de favor tan absurdo que
le brinda la prensa, no nos pasa desapercibido el hecho de que más que de
artistas, científicos y gente ilustre, “nuestro Rey” (puedo decirlo sin
temor a errar demasiado), no se ha relacionado hasta ahora más que con
financieros de a lta cuna, algunos acusados y condenados por la justicia, y
muchos pijos, eso si, todos del mas rancio abolengo nacional-católico.
Nuestro actual jefe de estado nada más que representa a unos pocos españoles,
es verdad, pero goza de una extraordinaria estabilidad dorada. ¿Por qué?
Se sabe que es de buena tradición republicana argumentar, pongamos por
caso, contra la lascivia de Isabel II, antecesora de “nuestro monarca” o
contra la afición de Alfonso XIII, su abuelo, por la vida fácil y
disipada, o la del propio Juan Carlos I por su vocación probada de excéntrico
hombre de negocios multimillonario. Pero la verdad es que no insistimos
demasiado estas cuestiones tan humanas, ni siquiera en sus asuntos
extramatrimoniales, que ya no asustan a nadie, aunque puedan afectar a la
maquinaria del Estado como asegura José García Abad en su reciente libro.
La razón es que estas críticas ya no llegan como antes al núcleo central
de la institución, se entretienen en el aspecto mas anecdótico de la
persona de “su majestad” y crean en la opinión pública cuando no
tolerancia resignada, verdaderos accesos de ternura por rebajarse a
coquetear con la humana y plebeya condición . No me estoy refiriendo en
este caso a la respetable minoría incondicional de los monárquicos de toda
la vida, emparentados y bien avenidos con el catolicismo mas castizo, ni a
las masas poco comprometidas con la “cosa pública”, sino a la inmensa
mayoría de nuestros dirigentes electos de izquierdas. Cómodos e
indolentes, apoltronados sobre la tumba de un régimen que fue en su día la
admiración del mundo, esconden su pasado republicano bajo sonrisas de
anuncio. Y mientras, miles de muertos andan aún perdidos, enterrados junto
a las tapias de muchos cementerios, en las fosas comunes a pié de
carretera. Nuestros republicanos, combatientes o no, nuestros anarquistas,
nuestra gente roja, sigue aún desde los corazones de muchos clamando
justicia.