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No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan Carlos
«El Rey»
La viga en el ojo ajeno
Rosa
Regàs
Escritora y directora de la Biblioteca Nacional
• La Iglesia católica
todavía sigue empecinada en la estructura piramidal de la sociedad que sitúa a
Dios en la cúspide, los ministros bajo él, luego los hombres y en el sótano
las mujeres
Corrían los años 50 y yo, que acababa de salir del internado, iba a casarme. Y para conseguir la autorización de la parroquia se me impuso la asistencia a unos cursillos que impartía un anciano cura para que nos contara los secretos del "uso del matrimonio". Yo, que no tenía la más mínima idea del funcionamiento mecánico del "pecado" de la sexualidad, y que mis conocimientos en la materia se limitaban esa "vaga pérdida de la virginidad" que había de perpetrarse la noche de bodas, pero que de momento se cernía como una lóbrega amenaza sobre el más candoroso beso adolescente, los tomé con entusiasmo convencida de que el cura me desvelaría qué extraño milagro ocurriría en el cuerpo ignoto de mi pareja para que pudiera producirse el desgarramiento de mi himen. Naturalmente, el cura no me informó y se limitó a hablarme de renuncia, humildad, paciencia, sumisión, sacrificio, entrega, para acabar siempre con el consabido "aguanta, hija mía, aguanta, que ésta es tu misión en la tierra".
Bien
mirado, me decía yo decepcionada, ¿qué puede contarme un anciano cura si ha
hecho voto de castidad?
Esta historia me ha venido a la memoria a raíz de la Carta a los Obispos de la
Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y
en el mundo, preparado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, el
antiguo Santo Oficio (de tan macabra memoria), y presentado en el Vaticano por
el cardenal Ratzinger, encargado de velar por la ortodoxia de la fe católica.
Y
me pregunto, una vez más, ¿cómo un hombre, en el siglo XXI, puede defender
una doctrina antropológica desde la mera teoría, como hace el cardenal,
olvidando lo que queremos y buscamos las mujeres? ¿Por qué oculto motivo nos
invita a "quedarnos en casa para cuidar al otro para el que hemos sido
creadas", a "no desear con concupiscencia" y a luchar contra la
"sexualidad polimorfa"? ¿Qué sabe de nuestra sexualidad, de nuestras
ansias de aparejarnos o no, de lo que esperamos de nuestra relación con
"el otro" o "la otra", si en su larga vida es de suponer que
no ha conocido más que unos centenares de monjitas, dimisionarias también como
él del sexo, y alguna devota y anciana princesa? ¿De dónde se saca el
cardenal el "carácter conyugal" de la condición de la mujer que nos
atribuye y en el que basa su análisis?
NO ES EN la doctrina evangélica donde encuentra argumentos para decidir cuál
es el papel de la mujer en el mundo, lo que tendría una justificación al menos
para los católicos, sino si acaso en las Epístolas de San Pablo, según las
cuales "la mujer estará sometida al marido", y en la doctrina que
elaboró y que convirtió el mensaje evangélico en una organización
internacional. No hay vestigios de cuál era la función que Jesús atribuía a
la mujer y, si no me engaño, Jesús fue el fundador del cristianismo.
Se
diría que este conocimiento profundo del que alardea el cardenal sobre la mujer
sólo es propio de los hombres: cardenales, obispos, talibanes, ciertos imanes y
ciertos rabinos que acaban de negarle a la mujer el derecho a conocer la cábala.
Todos coinciden en considerarla inferior, de ahí que en ninguna de sus
religiones la mujer pueda ser ministro de Dios. En cambio no los veo nada
preocupados por ahuyentar el atroz fantasma de la violencia sexual y descubrir
de una vez qué esconde la naturaleza del hombre que los lleva a monstruosidades
como las que contemplamos a diario en todo el mundo.
No parece que ninguno de ellos se sienta concernido por los atroces calvarios
que sufren tantísimas mujeres, ni he oído jamás a la Iglesia católica ni a
los fundamentalistas musulmanes o judíos detenerse en el análisis de estos
comportamientos tan extendidos ni en su denuncia y condena, con castigo
incluido. Al contrario, a poco que nos descuidemos, somos nosotras las culpables
de sus desafueros y, a poco que se descuiden, ellos acaban justificando el
dominio, el maltrato y el asesinato por haberse encontrado con una mujer que se
niega a sufrir los arrebatos de sus borracheras, de sus iras, de sus
frustraciones.
Pasan
los años, pasan los siglos y la Iglesia sigue empecinada en la estructura
piramidal de la sociedad que durante dos milenios le ha permitido el dominio de
las conciencias, de las naciones y del poder, y que exige situar a Dios en la cúspide,
los ministros bajo él, luego los hombres y en el sótano las mujeres. El
sufrimiento no parece afectarle. ¡Cuánta locura por la sumisión de la mujer!