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  No consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan  Carlos «El Rey»   

 

La Constitución y la masonería

 

Víctor Guerra García

victor.guerra@pais-astur.org

 

Ya concluido el año en que la Constitución Española estaba de galas y  cumpleaños,  felices le sean por largos años, y que cumpla algunos más. Es un deseo y una petición desde la modestia pero también desde la desesperación de una injusticia.

 

Pues a renglón seguido hay que decir que nuestra querida  Constitución,  esa dama de la que tanto se habla pero que tan poco se usa, debe hacerse alguna que otra operación de cirugía, pues los tiempos que corren piden una Constitución joven y tersa, al estilo de la sociedad que vivimos, aunque sin que ello signifique abandonar ese poso que da  o aporta la madurez. Tampoco estamos para que los viejos agoreros sigan con su grito de guerra fernandino con el que intentan impregnar a esta sumisa hembra que es la Constitución,  con el: ¡España unida jamás será vencida¡ .

 

Estamos como dijo el Rey, en una “convivencia en libertad”.  Aunque hay quienes nos quieren hacer creer que esa libertad se rompe porque el País Vasco quiera dar un vuelco a su relación sentimental  con el suelo patrio, o porque Cataluña desee pasar de un matrimonio de bienes gananciales a separación de bienes.

 

Aún así debemos felicitarnos, y confesarnos y prometernos en  “no dilapidar el caudal de entendimiento acumulado”, como decía D. Juan Carlos, Rey de España, y para mí eso significa que si bien ha habido restituciones morales importantes  de cara  lograr ese consenso, esa vuelta a la normalidad tan ansiada como pregonada, ese querer restañar heridas en el suelo patrio pero sin levantar sarpullidos, ante ello  he de decir y digo,  que hay una que aún sangra y es la falta de respeto que se ha tenido en este país por una organización como la masonería.

 

Una organización que ha sido vilmente perseguida, primero el reyezuelo  Fernando VII, luego Isabel II, que desbarata la incipiente organización masónica catalana y asturiana  en 1850, de ahí la 1ª República donde hubo prohombres con mandil al frente, se pasó a la debacle del 98, donde el chivo expiatorio fue como no podía ser menos  la masonería. Cruento desarrollo que se detendrá entre 1912 y 1938, con sus luces y sus sombras,  luego caería sobre los “Hijos de la Luz”, la noche de los tiempos más sombría, y tanto fue así,  que duró  40 años,  con sus días y sus noches. Hombres y mujeres que vestían el mandil y los guantes, signo de su membresía masónica  perdieron el tren de la esperanza y la posibilidad  de poder hablar en libertad como lo hacían en sus logias por encima de signos políticos o credos religiosos.

 

El retorno de la masonería en 1978, fue duro y polémico,  vino  envuelto en problemas  y esperanzas, fruto de la España resquebrajada,  pero vino en silencio y nunca levantó su voz para pedir compensaciones o prebendas. Otros lo hicieron de forma justa y necesaria,  para su propia autoestima como colectivo y como hombres que vivieron una tragedia. Justo fue ese reconocimiento, que los vencedores acallaron durante años a golpe de presidios, multas y vejaciones.

 

En estos meses hemos celebramos el veinticinco aniversario de la Constitución, pero ese cumpleaños no puede ser,  ni completo ni feliz,  hasta que los distintos  gobiernos de este Estado Español, reconozcan la aportación de hombres y mujeres que se entregaron al trabajo de  hablar en libertad, y por cuyo motivo  lo perdieron todo, sus vidas y haciendas.

 

Justo es que el próximo cumpleaños de nuestra Constitución, ya vamos perdiendo más de una ocasión, en concreto 25,  se celebre con el reconocimiento moral que se le debe a  la Orden de la Masonería, que ha dado hombres y mujeres de talla indiscutible, y hasta discutible, pero que ha sufrido en discreto silencio la marginación y ignominia del desprecio, y es hora de celebrar con todos los comensales de la patria el ensalzamiento  de la Carta Magna, donde no pueden ni deben faltar los “Hijos de la Viuda”, los masones, como tampoco faltó el maquis, las viudas de la República, etc.

 

Espero que el Sr. Valledor impulse desde su cargo como Consejero de Justicia del Gobierno del Principado de Asturias, lo que otros Consejeros, Secretarios Generales, y gobiernos no se han atrevido a devolverle a la masonería la deuda moral que con ella se ha contraído ya desde tiempos muy lejanos.

 

Víctor Guerra García

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