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No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan Carlos
«El Rey»
Instrucción pública
Eduardo
Haro Tecglen
El País
(20/10/04)
El regeneracionista activo
Zapatero no pierde fecha; se reúne con los rectores y promete dar un impulso a
la educación. Por no dejar de rezongar, para no perder el aliento ni la mala
fama, recuerdo que la inimitable República conservó el nombre de Instrucción
Pública para el ministerio del ramo, y Franco lo cambió por Educación
Nacional: no es lo mismo "enseñar a todos", que "educar a la
nación". Educar es "dirigir, encaminar, doctrinar" (Academia).
Contiene la temible sílaba "duc", de donde Duce, que fue Mussolini, o
Conducator, de los fascistas rumanos, y toda una retahíla de palabras que
indican que uno dirige o "conduce", y otros obedecen o son "dóciles".
Creo que Zapatero ve claramente un problema de este país, que es la ignorancia,
la incultura.
También rezongo lo que puedo cuando se habla de televisión basura: si el
franquismo la quería usar, como la radio y la prensa, para conducir al pueblo,
ahora es el pueblo quien la hace, quien elige sus programas; y si elige lo que
parece malo a los ilustrados (que, sin embargo, no resisten el morbo de verlo),
será porque no entiende otras cosas. Y si no entiende, será porque se las
cuentan mal o ha sido mal educado, mal conducido. Se supone que la Universidad
es el escalón final de esta instrucción. Y los catedráticos se quejan siempre
de que los estudiantes les llegan mal preparados, y así nos remontamos hasta la
primaria y, desde luego, a los padres. Que a su vez fueron nacionalmente
educados en la mala época. Mal asunto todo éste, sobre todo cuando se rebota
en los propios alumnos, ahora víctimas y culpables de su mal rendimiento: díscolos.
La inercia de la educación anterior ha ido reduciendo el humanismo en las
clases en el sentido amplio, el de aguzar la facultad de pensar, expresarse,
conocer la línea intelectual de la que procedemos y una ideación de que no está
escrito adónde vamos; Aznar ha incidido en lo nacionalcatólico, aguzado por el
franquismo; no pensar en lo que pueda molestar a las viejas supersticiones
(religión, patria, poder). Ahora estaríamos en el trance de restablecerlo. (No
es una utopía: en Europa aún se conserva la facultad de pensar, la necesidad
del conocimiento, la libertad de la duda y del debate).