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  No consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan  Carlos «El Rey»   

Guerreros de la libertad
Mario L. Ocaña

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AQUELLOS tipos les tocó vivir tiempos difíciles. Tiempos de hambre y demiseria. De señoritos terratenientes y revoluciones; de curas fanáticos y anarquistas dinamiteros. Aquellos tipos, cuando fueron capaces de sobrevivir a su propia juventud y miraron atrás, se dieron cuenta de que, sin comerlo ni beberlo, se habían pasado la vida peleando por sus libertades y por las de los demás. Así, como quién no quiere la cosa, cuando apenas tenían pelusilla en los pómulos, se echaron al coleto una guerra de tres años, que perdieron en España contra el fascismo que imperaba en aquellos locos años treinta en una Europa adicta al autoritarismo que cabalgaba enloquecida hacia su propia destrucción. Exiliados a la fuerza, a muchos no les cupo más salida, para seguir peleando contra la marea parda, que enrolarse en las tropas de la Francia Libre, aquella que no se sometió al gobierno colaboracionista de Vichy, y seguir peleando contra el nazismo, una forma más germánica y menos mediterránea de fascismo que aspiraba a eliminar las democracias y las libertades del viejo continente. Algunos de aquellos jóvenes estuvieron el Dia D en las playas de Normandía y, algo más tarde, encalomados en los tanques de asalto que se llamaban, curiosamente, Brunete, Guadalajara o Belchite, echaron a patadas a los últimos alemanes que aún mancillaban con sus pesadas botas a la Ciudad Luz. Días de vino y rosas, tras años de hiel y espinas. El aroma del verano parisino y los tersos labios de las muchachas de Montmartre sobre la piel. Han pasado sesenta años y muchos de ellos ya no están. Han pasado demasiados años. Pero más vale tarde que nunca. Para los viejos, y honorables, soldados de la II República Española, comunistas unos, anarquistas y socialistas, otros, que dieron su

vida por la libertad de Europa, ha llegado el momento, lejano y tardío, del reconocimiento a la labor prestada. Así al menos lo ha hecho la ciudad de París. Así al menos lo reconoce Francia. Sin su participación en las tropas de De Gaulle, sin su experiencia en la organización de la Resistencia Francesa, la destrucción del nacionalsocialismo habría sido más ardua. Bueno es reconocerlo, aunque sea, como siempre, bastante tarde.

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