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No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan Carlos
«El Rey»
Benjamín
Prado
El País (11/11/04, ) En pleno siglo XXI, a 65 años
del final de la Guerra Civil española y a casi 30 de
la muerte del Funeralísimo, como siempre lo llamaba Rafael
Alberti, no sólo da la impresión de que en España
no hubo jamás franquistas, por lo que el general sedicioso debió gobernar 36 años
el país en completa soledad y combatido por todos, sino que también se ha
llegado a un punto en el que nadie quiere hacerse cargo de su sombra envenenada,
al menos a cara descubierta.
No hay más que ver el
caso de la estatua ecuestre del golpista que aún cabalga sobre la dignidad de
todo Madrid en la plaza de San Juan de la Cruz, ¡vaya por Dios!, justo el poeta
que supo profetizar la desesperación de tantos españoles de la posguerra
cuando dijo: "¿Qué muerte habrá que se iguale / a mi vivir lastimero, /
pues si más vivo más muero?".
El Congreso acaba de
aprobar, por fin, con la oscura abstención de la derecha, una iniciativa que
exige la retirada de todos los símbolos fascistas -y, por lo tanto,
anticonstitucionales- que aún ennegrecen los edificios públicos y las calles
de nuestro país. El Caudillo a caballo de la plaza de San Juan de la
Cruz galopa también en los patios de la Academia Militar de Zaragoza, la
Capitanía General de Valencia, la Academia de Infantería de Toledo, sigue en
la plaza del Ayuntamiento de Santander, en Melilla, en Guadalajara...
Si las estatuas significan
cosas -y debe ser así cuando, por ejemplo, la imagen de la invasión de Bagdad
que dio la vuelta al mundo fue la de la estatua de Sadam Husein derribada por
los soldados norteamericanos-, entonces debemos preguntarnos qué significa que
Franco aún esté en las calles de nuestras ciudades: ¿Significa que algunos de
los pactos a los que se llegó para lograr la transición política a la
democracia aún son inconfesables? ¿Significa que todavía estamos en peligro?
No lo creo. En cualquier caso, a veces la prudencia está mucho más lejos de la
sensatez que de la cobardía, o es la virtud del perezoso, o la coartada del
neutral, o un afluente del cinismo. En cualquier caso, nada sano.
A Franco no queda hoy
quien lo defienda, pero sí hay quienes no lo condenan claramente, o lo hacen de
modo tan matizado, tan tímido y tan respetuoso, que su condena parece más hija
de la necesidad, la hipocresía o el miedo que de la convicción. ¿Quién va a
quitar esa tumba en forma de jinete de la plaza de San Juan de la Cruz? El
Ayuntamiento de la ciudad, pese a que la obra del escultor José Capuz, tallada
en 1956, aparece en el Catálogo de Elementos Singulares de la Concejalía de
Urbanismo de la capital, asegura que la estatua está bajo la jurisdicción del
Ministerio de Fomento y éste dice que, en todo caso, si no le pertenece al
municipio, sería responsabilidad del Ministerio de Economía y Hacienda, al que
pertenece la Dirección de Patrimonio Nacional. Parece muy fácil resolver el
problema: ¿No es de ustedes? Entonces, es nuestra: la quitamos y asunto
resuelto.
Hay quien opina que las
estatuas de Franco no deben moverse de sitio, porque así siempre habrá un
lugar donde ir a indignarse y soltar adrenalina. El problema es que a lo que se
va allí todos los años, cada 20 de noviembre, es a honrar su memoria y a
deshonrar la de todos los que murieron en su guerra. A nadie se le ha ocurrido
permitir semejante disparate en Alemania o Italia.
El pretexto artístico o
histórico, al que han recurrido muchos para barrer los símbolos franquistas,
no tiene justificación: con el mismo argumento con que el ex alcalde popular de
Madrid, Álvarez del Manzano, se negó a quitar la estatua de Nuevos
Ministerios, "la Historia es la Historia", se le podría hacer otra
estatua a los etarras que volaron a Carrero Blanco o se podría levantar, junto
al monumento a los abogados laboralistas de la calle de Atocha, otro a sus
asesinos. La Historia no es sólo la Historia, sino la suma de ella, de la
verdad y de la justicia. Y lo que hace la gente como Francisco Franco no es
escribir la Historia, sino pervertirla.
Por cierto, no estaría
nada mal que en el hueco que deje la estatua del dictador se pusiera otra de
Manuel Azaña, el presidente legítimo al que el militar sublevado echó a tiros
del lugar en el que le habían puesto, con sus votos, los ciudadanos. Es sólo
una idea, naturalmente.