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  No consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan  Carlos «El Rey»   

 

Españas en el corazón

Jesús Nieto Jurado 

19 Noviembre 2004

Creo que fue Salvador de Madariaga, insigne historiógrafo patrio, quien sentenció que la historia de España es la peor de todas las historias porque siempre acaba mal. Aunque su campo de acción fuera el pasado, no se equivocaba el célebre historiador al vislumbrar el futuro de aquella España que mientras escribía, celebraba jubilosa en la Puerta del Sol de un Madrid primaveral la llegada de la Segunda República.

Por ello, por el reiterativo y dramático final de nuestros acontecimientos históricos, el español a lo largo de los siglos de nuestro anciano y riquísimo pasado ha ido forjando una espiritualidad casi martirizante, en el que el estoicismo hispano se ha traducido en resignación ante la clase política que ineficazmente ha venido rigiendo, de un tiempo a esta parte, los designios de esta España nuestra. De Pepe Botella al despreocupado Felipe IV, o de la regencia de Espartero al pésimo gobierno de la chacha falangista de las Azores, el español que trabaja, labra, ora y guarda las fiestas que diría Unamuno, ha sido víctima de las ambiciones de los gobernantes que no miraban más allá de los Reales Sitios.

Pero, la España cainita, envidiosa, cerrada y supersticiosa que retratara Goya en sus pinturas negras, aquella que condenó a "garrote vil" a los españoles que veían más allá de los Pirineos, (mal llamados "afrancesados"), vuelve a estar de actualidad, al acusar los nostálgicos del aguilucho y las flechas a la España que despierta de reavivar el fantasma de las dos Españas, concepto que paradójicamente originaron los enemigos de la libertad al atentar un cálido mes de Julio de 1936 contra una República legítimamente establecida.

Hoy, el concepto de las dos Españas vuelve a ser criticado por la derecha más rancia. Se acusa a Zapatero de favorecer el eterno enfrentamiento, cuando únicamente ha dado a los homosexuales voz y voto, ha limitado la tendencia golpista de los púlpitos y ha favorecido un clima audiovisual que pretende devolver el prestigio perdido de la televisión.

Como dice mi amigo Pérez-Reverte, el problema de este país es la flagrante falta de perspectiva histórica. Con esta justificación, únicamente se explicaría el hecho de que los partidarios del "Franquismo sin Franco", durante el desconocido periodo de la Transición, (el Generalísimo se hallaba rindiendo cuentas ante el Altísimo), se presenten hoy como los únicos favorecedores del cambio democrático, obviando que Don Juan Carlos fue el sucesor elegido por Franco y el titánico esfuerzo de los comunistas al acatar la Corona, en aquellos momentos en que la Pasionaria desde su tribuna de diputada en el Congreso, debía hacer de tripas corazón para evitar un nuevo "derramamiento de sangre".

El problema de las dos Españas no ha muerto ni ha de ser enterrado, debe exaltarse el perdón, pero debe la sociedad conocer la voz de los ciudadanos de aquella España que trabaja de sol a sol, sufre la represión en los puentes de Cádiz o naufraga en el Cantábrico profundo, mientras la otra España disfruta de las rentas latifundistas en yates que cruzan el Mediterráneo, mismo charco en el que la tercera España, aquella del turbante, se deja la vida en el intento de encontrar los jardines de Alá nada más llegar a Tarifa.

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