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No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan Carlos
«El Rey»
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En cal viva Javier
Ortiz |
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No
me chirriaría tanto la excarcelación de Galindo si la excusa esgrimida
por el Gobierno de Zapatero no fuera tan ridícula y, sobre todo, si la
medida no vulnerara de manera tan flagrante el principio de igualdad de
los ciudadanos ante la ley. Porque no veo ninguna razón -confesable,
quiero decir- por la que el Estado deba ser tan clemente con el reo de un
delito de doble asesinato cuando se muestra del todo inmisericorde con
otros reclusos, situados ya fatídicamente en la recta final de sus vidas.
Se
refirió José María Aznar el pasado domingo a los crímenes de Rodríguez
Galindo cuando aludió a la ocultación de cadáveres en cal viva. Me
indignó. Porque es indignante que alguien afecte principios de los que
carece. En
primer lugar: si el soterramiento en cal viva de Lasa y Zabala le
pareciera tan espantoso como dice, debería haber instado al partido que
preside a título honorífico a clamar contra la puesta en libertad
-vigilada, pero libertad- de su máximo responsable.Y se ha cuidado de
hacerlo. En
segundo lugar: si realmente siente tanta repugnancia por el partido que,
según da por hecho, alentó esos enterramientos, se entiende mal que
pusiera tanto empeño, cuando fue presidente del Gobierno, en pactar con
él toda suerte de medidas no sólo contra ETA, sino también contra
quienes no condenan su actividad.¿Habremos de
entender que su política pasaba por aliarse con los justificadores de
unos asesinos para combatir a los justificadores de otros? En
tercer lugar: huele a chamusquina que este hombre sólo se acuerde de los
GAL cuando él está en la oposición y el PSOE en el Gobierno. Habló y
habló de ese tétrico asunto antes de llegar a La Moncloa y vuelve a
hablar de él ahora que su partido ha sido desalojado del poder, pero lo
eludió con mucho cuidado, e incluso hizo lo posible para evitar que se
investigara -recuérdese su negativa a desclasificar los papeles
del Cesid-, mientras fue jefe de Gobierno. Pero,
en todo caso, y aunque la alusión a la cal viva no fuera demagogia pura y
simple -que lo es-, ¿qué tendría que ver eso con su corresponsabilidad
por lo sucedido en Irak? El aprobó y apoyó esa guerra, y así fuera Jack
el Destripador quien se lo reprochara, la denuncia seguiría siendo
pertinente. La verdad no depende del valor de quien la pronuncia: si
realmente es verdad, se defiende sola. Los
delegados al Congreso del PP le aplaudieron a rabiar. Acto seguido, y según
empezó a hablar el nuevo presidente, muchos optaron por irse. Se ve que
les entusiasma mucho más el pasado que el futuro. [Es
copia del artículo publicado por El
Mundo el 6 de octubre de 2004] |