PCE: de la transición al futuro
Paco Frutos
20 de Abril de 2008
Hace
31 años, el Gobierno legalizó al PCE. Fue un acto
jurídico-formal, por decisión de Suárez, quien no tuvo más
remedio que admitir que no habría unas elecciones creíbles sin
legalizarnos. Al partido del antifranquismo y la lucha por la
libertad no se le podía mantener en la ilegalidad impunemente.
La capacidad demostrada de movilización del PCE hacía muy
complicado, además de ilegítimo, emprender una reforma política
excluyendo a los comunistas. La impresionante demostración de
fuerza y autocontrol del PCE en el entierro de los asesinados en
Atocha hizo evidente que no sería posible convocar unas
elecciones con mínimos visos de democracia sin dejar participar
en ellas a los comunistas. Esa fuerza y esa capacidad de
organización no eran casuales, eran el resultado de una
trayectoria de lucha de los militantes del PCE, cuyo resumen
político, social y cultural es francamente positivo, por no
decir algo que pudiera sonar a triunfalismo patriótico. El papel
del Partido en la reconstrucción del movimiento obrero, en la
elaboración y difusión de plataformas reivindicativas, y en la
conquista de derechos económicos, sociales. La militancia
comunista fue el alma y el cuerpo de la lucha antifranquista,
social y por la libertad. No es extraño, por tanto, que las
personas que se movilizaban en España por todo tipo de
reivindicaciones tomaran al PCE como referente y éste se
convirtió, así, en partido del antifranquismo y la lucha por la
libertad.
El Partido afrontó la transición defendiendo la ruptura
democrática y la apertura de un proceso constituyente, pero la
correlación de fuerzas no lo permitió y hubo una transición
pactada, en la cual se pusieron en marcha las libertades
fundamentales de un sistema parlamentario representativo. El
PCE, que actuó con inteligencia evitando su aislamiento, sin
embargo aceptó algunas cuestiones que no era necesario aceptar y
que representaron en la práctica, a 30 años vista, una dejación
de ciertos valores y principios que produjeron las primeras
disensiones fuertes. Hoy, con la perspectiva de 31 años, podemos
ver las dificultades de encontrar el equilibrio entre asumir los
cambios sociales ocurridos en España en treinta o cuarenta años,
algo que fue clave para el éxito de la política de unidad
antifranquista del PCE, y mantener la lealtad a las referencias
del pasado. Por eso, reconociendo las dificultades del momento,
podemos hoy decir que el principal error del PCE fue haber
sustituido la lucha social y popular desde abajo por la acción
desde las instituciones que, a pesar de haber cambiado en la
superficie, no dejaban de tener detrás el mismo aparato del
Estado del franquismo. El error fue abandonar la guerra de
posiciones en la sociedad para limitarla sólo a la lucha
institucional. La estrategia debía haber consistido básicamente
en mantener una línea de lucha molecular por la democracia; por
democratizar bastión a bastión cada institución, creando
«parcelas de libertad»; en seguir, en mejores condiciones y con
los cambios tácticos necesarios, la estrategia de hecho que el
PCE desarrolló en la fase final del franquismo. Por el
contrario, se quiso hacer aparecer la política seguida como la
lógica continuación de la política anterior. De todo el programa
para la ruptura sólo quedó la consigna del Gobierno de
concentración. Hasta los pactos de la Moncloa se presentaron
como un paso en esa dirección. Y lo más terrible: en condiciones
de más libertad, se extremó el autoritarismo interno y el
dirigismo en la relación con las masas, buscando un lugar al sol
en el proceso de cooptación y pacto de élites en que se
convirtió la transición. Las concesiones aparentemente
conseguidas, en particular en materia social y laboral, eran,
como luego se pudo verificar, mucho menores que la literalidad
del texto constitucional. Pero no cabía esperar otro resultado
si se había desactivado la movilización popular, en particular
la sindical. El error continuó y se remató con la subordinación
del movimiento vecinal a los nuevos ayuntamientos democráticos
tras 1979. La consecuencia inmediata de todo esto fue la
desmovilización; he ahí la raíz del «desencanto». A continuación
se fue gestando la crisis, que desembocó en expulsiones a
diestro y siniestro y en los resultados electorales de octubre
de 1982 (4 por ciento de los votos) y la pérdida de la mayoría
de diputados/as. La historia posterior se sabe. Ruptura y
creación del PT-Unidad Comunista por parte de Carrillo y
posterior entrada en el PSOE. Y, paralelamente, creación del
PCPE. En uno de sus momentos más bajos, el PCE recuperó su
capacidad para buscar en las necesidades reales, en el
movimiento de la sociedad, las bases y los fundamentos para
relanzar su papel como partido útil para la gente, para el
avance. Lanzó la política de convergencia. La oportunidad se
presentó en 1986, el año de la movilización por la paz y contra
la guerra. La gran movilización contra la OTAN exigía una
respuesta unitaria ante la convocatoria de elecciones
adelantadas. Esta respuesta fue IU. IU fue progresando política
y electoralmente. Su discurso y su propuesta fue capaz de
reagrupar a amplios sectores sociales críticos con las políticas
social-liberales de Felipe González. Su declarada voluntad de
reformar los mecanismos de participación política atrajeron a
miles de personas que habían rechazado los métodos autoritarios
y dirigistas tradicionales y buscaban una nueva forma de hacer
política. Pero en su interior se gestaron contradicciones y
enfrentamientos producidos por dirigentes del Partido y por
otros que no eran del Partido. El clima anticomunista producido
por el derrumbe de la URSS planteaba la liquidación del PCE y la
conversión de IU en partido, superando la fase de coalición y la
de movimiento político y social. Durante años hubo, a pesar de
las contradicciones internas, una aceptable dialéctica PCE-IU.
En 1997 se produce la salida de Nueva Izquierda del seno de IU,
con el argumento de que era necesaria una profunda renovación de
la izquierda. Los resultados de ésta, y otras renovaciones, a la
vista están. En el año 2000, Julio Anguita deja la coordinación
general de IU, que pasa a ser ocupada por Gaspar Llamazares, en
una nueva fase política marcada primero por los gobiernos del PP,
luego por las movilizaciones del «Prestige», contra la guerra,
de la Universidad, al final por el Gobierno de Zapatero. Una
fase caracterizada por el endurecimiento de la explotación
laboral y por un modelo de crecimiento basado en la precariedad,
la desigualdad y la especulación; por una política de gestos
progresistas y contenidos profundamente conservadores. En ella,
IU va perdiendo progresivamente su funcionamiento democrático y
su perfil soberano de izquierdas.
La historia se repite, esta vez como farsa: una formación
política que va cayendo en la subalternidad y una dirección a la
que cada vez le sobran más las bases. Los resultados electorales
de IU constatan que no existía un problema personalista
Frutos-Llamazares, o PCE-IU, sino un grave problema político.
Los síntomas de catástrofe electoral venían acompañados de
pérdida de apoyo social y de falta de credibilidad. El resultado
ha sido una estrategia fracasada, una derrota electoral y una
crisis difícil de superar. Las justificaciones sobre la derrota
no tienen consistencia: contra el bipartidismo se lucha creando
un espacio propio en ampliación y contra una ley electoral
eternamente injusta se lleva a cabo una acción política
institucional y social, movilizando a la ciudadanía de
izquierdas contra ella, algo que debía haberse hecho los pasados
cuatro años, en vez de la cantinela narcotizante de «somos
exigentes e influyentes» y permitir que el Gobierno del PSOE y
el PSOE eludieran su responsabilidad para cambiar la ley
electoral, con la excusa de que el PP no quería. Estamos en el
momento de reconstruir el discurso y, sobre todo, la práctica de
lo que fuera la primitiva IU. Estamos en el momento de impulsar
todas las tareas del Partido en una sociedad demasiado
desmovilizada social y políticamente. El PCE tiene historia pero
de nada le sirve si, aquí y ahora, no tiene organización,
militancia, política y capacidad creciente para intervenir en
todas las cuestiones que afectan a las gentes, sumando así, como
supo hacer en otro momento, a miles de personas a la
construcción de la alternativa. Este reto pasa por centrar los
objetivos políticos y contribuir a articular las movilizaciones
sociales que exige el momento, con una crisis económica que se
pretende, una vez más, paguen los trabajadores, con escandalosos
beneficios multimillonarios de las empresas y la banca, con
continuas privatizaciones, con cierres y deslocalizaciones de
empresas, en medio de una movilización de la derecha importante.
Es el momento de plantear un progresivo avance en la conciencia
cívico-republicana hacia la III República. Es el momento de
ampliar la lucha contra la guerra y por la paz. Es el momento de
construir otra Europa y de practicar con todo el mundo la
solidaridad internacionalista.
Francisco Frutos Gras es Secretario General del PCE