Pésima praxis
Hugo Martínez Abarca
Blog III República 30 de Enero 2008Lamela es un tipo repugnante. Fue Consejero de Sanidad de Esperanza Aguirre y acusó de 400 homicidios al equipo médico del doctor Montes, que se dedicaba a dificultar que el dolor físico agudizara el sufrimiento de gente que agonizaba. Como la Santa Inquisición Lamela y Esperanza Aguirre emprendieron esa etapa de su cruzada por los santos valores a partir de un anónimo. Atacó Aguirre a Montes con todo su equipo de mercenarios mediáticos, que acuñaron bellos alias para Montes: Doctor Muerte, Sendero Luminoso… Los médicos de la Sanidad Pública madrileña tenían muy claro que no podían administrar ningún fármaco que facilitase el camino a los enfermos terminales: si les ahorraban sufrimiento podían topárselas con Aguirre y la cólera de Lamela. Fue la primera etapa de la cruzada que ahora tiene en su punto de mira a las mujeres que deciden libremente sobre su cuerpo.
Un juez tuvo a bien esperar a que pasaran las elecciones autonómicas y a que Lamela fuera trasladado de Sanidad a Transportes para escribir en una sentencia que era verdad que no había prueba alguna de ningún delito pero, arrogándose una capacidad para la medicina de la que carecía, habló de mala praxis médica. Es como si en un juicio por injurias un juez dijera que delito no hay, pero que el estilo literario del acusado no es bueno. No procede, pero el juez necesitaba otorgar a los dirigentes de la Comunidad de Madrid (Aguirre y Lamela, fundamentalmente) un clavo ardiendo al cual agarrarse.
Ayer, en sentencia firme se les quitó ese absurdo clavo. Ningún argumento queda para no reconocer que Lamela y Aguirre pusieron muy por encima sus odios y sus servidumbres ideológicas de los derechos civiles. Quienes tenemos algún principio liberal vemos satisfecha una función de la judicatura: el freno a los abusos cometidos por el poder político contra los ciudadanos. El buen liberalismo llevaría a que nadie salvo cada individuo pueda decidir sobre la propia muerte: quien quiera sufrir hasta el final que lo haga, quien no quiera sufrir que evite el dolor, quien quiera abdicar de ese tipo de vida que sea ayudado. Decidir sobre la propia muerte, en el sentido que sea, es tener una muerte digna.
Frente a ello, las prácticas realizadas por perversos inquisidores políticos, mediáticos, clericales y judiciales pretendieron machacar a unas personas que habían hecho más amable la muerte a los sufrientes y repartir miedos entre los médicos de la Sanidad Pública madrileña. Es terriblemente difícil llamar dirigentes democráticos a la gentuza que ha hecho esto y que no ha dimitido. La dimisión no es suficiente: espero que Montes y su gente sigan ayudando a tener una sociedad mejor querellándose contra quienes tanto daño nos han hecho a todos a través de ellos.
La dimisión sería un simple requisito mínimo como muestra de vergüenza personal. de la que carecen nuestros dirigentes autonómicos.
Y por el otro lado… Ya toca: ley de plazos para la interrupción del embarazo, legalización de la eutanasia. Un Estado democrático defiende a sus ciudadanos de las agresiones inquisitoriales. Así sea.
En 1991 un generoso médico, otro doctor Montes, ayudó a mi abuela a dejar de sufrir. Espero que cuando me toque a mí, también pueda encontrar a un doctor Montes, sin miedo a Lamelas y Aguirres, que le obliguen a hacerme sufrir.